• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (18)

    La mano izquierda del paisaje

    por Ricardo Iribarren


“Los cadáveres y los espectros no sirven como interlocutores... sólo deben ser enterrados o incinerados y despedidos”.


El doctor Petrov tenía dos sonajeros diferentes. La norma era que tuvieran cierta simetría armónica entre ellos, pero el médico los prefería con un leve desbalance. De ese modo, al sacudirlos, podría abarcar más mundos con sus sonidos.

Uno de ellos era de cuero crudo, relleno con huesos de iguana y serpiente. Al agitarlo, el sonido era oscuro, profundo y podía escucharse debajo de la tierra. Al otro lo formaba una concha marina rellena de arena y las vibraciones se prolongaban a través de un caño hueco con una flor de madera en la punta. Cuando resonaba, los mares y los ríos recogían el sonido.

En el beso que diera a Mika, la muchacha lo había guiado por diferentes zonas de la ciudad donde debiera encontrarse el unicornio. Desorientado, el escritor había seguido a unos espectros. Uno era el de la locutora Irma La Morte y el otro su tío, un Camahueto, cuyo nombre humano era Pedro Galíndez. Petrov había recogido datos sobre él: era originario de la isla de Chiloé. La información afirmaba que una bruja había establecido su Cripsis como hombre ciego, cuando el gobierno de Salvador Allende subió al poder. Entonces, Pedro Galíndez fue Acusado de “Comunista”, y habría emigrado a Argentina, donde en poco tiempo se encontró bajo otro gobierno militar tan represivo como el de Chile. Cuando lo mataron, el escritor unicornio se encontraba dentro de él. En el corazón inmóvil de la bestia, había encontrado un sendero que lo unió con el Mundo sin Nombre. Le bastó montarse en una espiral y recorrerlo para llegar allí. Ahora, la organización Eunuperia, encargada de apoderarse de los restos de los unicornios, estaba tras sus huellas. Su forma de actuar nunca era directa. El doctor Petrov ignoraba si se habían apoderado de los restos del Camahueto. El cadáver había quedado en manos del ejército y faltaban condiciones para aprovechar toda la fuerza del cuerno y los huesos de la bestia chilota.

Los miembros de Eunuperia sabían que la efectividad del polvo que provenía de un unicornio, no consistía tan sólo la recolección y el molido. En su agonía, la bestia debía recorrer un camino ritual que se iniciaba con la aceptación y el deseo de su propia muerte. Esto le daría a los restos molidos de cuerno y huesos, los principios activos de la potencia sin límites y la inmortalidad.

La muerte del Camahueto había sido imprevista. El resultado de un error. Quizá el cuerpo de la bestia descansara en alguna morgue solitaria y mal conservada del ejército esperando que alguien llegue a reclamarlo. En todo caso, no podrían utilizarlo para repartirlo entre hombres maduros adinerados. El polvo obtenido de sus restos no tendría eficacia. El unicornio no habría dicho que sí a su muerte.


En el gigantesco libro que ocupaba uno de los cuartos de la biblioteca del doctor petrov, figuraba un axioma: Los unicornios son inmortales, hasta que por alguna razón ingresan en la esfera de la muerte.

En el caso del escritor que el doctor Petrov protegía, la sobrina del Camahueto, la popular locutora que se hacía llamar Irma La Morte, aspiraba practicar en él lo que se había convertido en un deporte para muchas damas: meter la mano en el interior del unicornio y apretar el corazón. Mientras hacía esto, un soldado interpretó mal su acto y disparó contra ella produciéndole la muerte. Al fallecer, con el corazón del unicornio en el puño, la agonía llegó al escritor y se instaló como un collar alrededor del cuello. A partir de allí, la organización Eunuperia, una mezcla de militares y chamanes, lo buscó con paciencia. Un unicornio que empezara a morir, concentraba toda la energía en el cuerno y en los huesos. Les brindaba un súbito poder de eternidad. .

El próximo paso de la organización era conducir al unicornio a una trampa. De ese modo podrían convencerlo de lo inevitable y necesario de la muerte .


El doctor Petrov, luciendo su décimo traje de Armani, estacionó el Jaguar que había pertenecido a Pier Paolo Passolini en las cercanías de la playa donde debía encontrarse el escritor. Miró a su alrededor. De un lado el farallón que terminaba en la costa. Del otro, el mar.

Sin descender a la arena, se apoyó contra una roca y allí hizo sonar los sonajeros. De estar cerca los miembros de Eunuperia, podrían escucharlo y detectarlo, pero aquel sonido era el único medio de orientarse en esa porción del universo. Enarboló a su derecha el sonajero con forma de concha para las deidades marinas y a la izquierda el de los huesos de iguana, dirigido a las potencias terrestres. El sonido, amplificado de modo manual por cientos de pequeñas conchas que a través de sus circunvoluciones, lo dirigían, se transformaba en tenues líneas de luz. El doctor Petrov tenía los ojos entrenados para detectarlas y conducirlas. Había descubierto que todo lo que existe proviene de la luz. También era efectiva la escuela que afirmaba que “todo lo que existe proviene del sonido”. Por su parte prefería alternar ambos. En mitad de la noche, pudo distinguir las líneas que se iban formando en el aire y que se distinguían por encima del resplandor artificial del mercurio de la calle y de la enorme luna llena en el horizonte.

Detenido en algún lugar de la playa, vacilante, perdido, estaría el hombre unicornio. A su lado había dos líneas más tenues: eran los espectros que el doctor Petrov viera durante el beso que brindara a Mika. Esos fantasmas estaban junto al escritor unicornio. Hablaban con él, respondían a sus palabras. Quizá se enzarzaran en discusiones y el escritor podía olvidar que ellos estaban muertos; que él seguía vivo. Que los cadáveres y los espectros no sirven como interlocutores. Que sólo deben ser enterrados o incinerados y despedidos.

El doctor Petrov miró a lo lejos. En aquel sitio de la costa y a aquella hora, la playa se ampliaba. La marea subiría en la noche, para llegar a su punto máximo en la mañana. Ahora la luna llena iluminaba el agua, y los destellos llegaban hasta la arena de la costa. Lo demás estaba solitario y silencioso. Sólo algunas gaviotas nocturnas volaban transversales al mar. La niebla salina que arrastraba el viento del sur, era más intensa que otras veces. Se aglutinaba en la brisa y los ojos acostumbrados del doctor Petrov, comprobaron que formaba carámbanos sutiles. No se trataba sólo de bruma, ya que el oído del médico detectaba una diferencia de matices en los sonajeros cuando los dirigía a esas formaciones.

Bajó a la playa y caminó hasta la orilla. Llegó hasta el agua y examinó la espuma de las olas. El paisaje era como un gigantesco libro que le diría si algo llegaba a fallar; si hubiera indicios de los miembros de Eunuperia. Bajo la luna, la espuma se veía normal, aunque con restos sucios, producidos quizá por el halo energético de alguna ballena. Al volverse a la playa, vio al escritor. Estaba sentado en la arena, mirando con fijeza hacia adelante. La luz de la luna mostraba palidez y ojeras. Petrov sabía que un regreso súbito del Mundo sin Nombre, alteraba el cuerpo y desequilibraba la energía. El hombre movió la boca, modulando algunas palabras. Hablaba con los espectros. El doctor Petrov, levantó el sonajero terrestre y lo hizo sonar hacia él. Luego de unos segundos, un viento súbito movió la arena y varios caracoles se alinearon alrededor del escritor. Suspendidos, formaron vórtices con una diferencia entre uno y otro de tres Añes una medida de uso exclusivo de los chamanes y que equivalía aproximadamente a dos pulgadas.

En la noche sólo se escuchaba el ruido del sonajero que recogía y trasmutaba los rumores del mar y de la brisa. La barrera avanzaba. Casi invisible, cuando formara un círculo alrededor del escritor terminaría de protegerlo. No importaría entonces que llegaran los miembros de Eunuperia. El unicornio miraba frente a sí con expresión atenta. Quizá escuchara las palabras de los espectros. A veces asentía con la cabeza y otras pronunciaba algún comentario aislado.

Como todo unicornio, el escritor parecía no tener edad. Sólo en manos y pies se marcarían las alternativas de la vida.

Desde el mar llegaba un olor a sargazos y a los lejos se veían las luces de un buque. Las gaviotas iban y venían con gesto indiferente. Todo era normal. Hasta el listado celeste y sucio de la espuma podía considerarse dentro de los parámetros comunes a toda noche de primavera junto al mar. Tan sólo un hecho no encajaba y era la presencia de los fantasmas. Los muertos no tienen voluntad ni autonomía. Sólo podían ser convocados desde afuera. Quizá la condición de vida del escritor los hubiera llamado, pero también era posible que fueran instrumentos de Eunuperia.

De pronto, la barrera se detuvo. El doctor Petrov dirigió hacia ella el sonajero de concha y advirtió que uno de los espectros había avanzado hasta ubicarse en el trayecto de los vórtices de arena, interrumpiendo la formación de la barrera . Con algo de esfuerzo, el médico podía verlo a simple vista; un par de columnas con forma humana, vibrando bajo las penumbras de la luna Al aumentar la música de los sonajeros, el espectro se movió apenas, dejando que la valla siguiera formándose.

Al llegar a la mitad, volvió a detenerse. Se había interpuesto el otro espectro. El doctor Petrov volvió a agitar los sonajeros en esa dirección, y el fantasma se movió, pero a los pocos segundos ambos se interpusieron en el trayecto impidiendo otra vez la formación de los vórtices. Debía retirar al escritor de aquel lugar. La conducta de los espectros no era casual. En el chamanismo había protocolos y una ley de oro. Cuando estos protocolos no podían llegar a armarse y la ley de oro no funcionaba, había que marcharse. Al retirarlo, el escritor no estaría sin protección, ya que disponía de otros elementos como arena de águila, orín de gato del Himalaya y limaduras de cuerno de sapo.

El doctor Petrov se acercó al círculo invisible. No pudo verlas, pero escuchó gritar y aletear a las gaviotas. Los trompos de energía de la barrera interrumpida, seguían girando sobre sí mismos, como pequeñas llamas sin fuego. Los espectros entraban y salían del círculo en una extraña danza.

El requisito previo a llevarse al escritor de aquel lugar, era que debía ver al doctor Petrov, saber que se encontraba allí. El médico se apresuró a bajar. Las gaviotas revolotearon en la playa. Caminó hasta la barrera. El escritor ya debía haberlo visto, pero continuaba inmóvil

El canto de las gaviotas no tenía sentido. Petrov volvió a sacudir los sonajeros. Los espectros se apartaron y la barrera volvió a armarse. Los sonidos de las gaviotas se normalizaron y formaron una armonía regular. El médico se sintió ansioso, pero procuró controlarse. Sabía que cualquier sentimiento que no fuera de equilibrio absoluto, podría convertir lo que lo rodeaba en fuerzas caóticas.

Interrumpió el sonido y llamó al escritor por su nombre. No hubo respuesta. Volvió a sacudir la concha que reverberaba debajo de la luna. Las formaciones salinas que flotaban en el aire, se sacudían a un lado y al otro. El escritor se incorporó con lentitud. El doctor Petrov advirtió que aún faltaba la mitad de la construcción de la barrera, y deploró la lentitud de los rituales. En el último cónclave de chamanes, había sugerido que el ritmo de los mismos debiera adaptarse a las exigencias de la vida contemporánea.

La ausencia de amenazas era ominosa. Siempre en un paisaje había lo que él llamaba una mano izquierda y una mano derecha. La primera era la encargada de mostrar el aspecto siniestro y la segunda, la faz luminosa. Aquí podía ver una serpiente desorientada buscando una cueva donde pasar la noche; allí una araña de mar y algunos trozos de madera descompuestos que guardaban un poco de energía negra. Sólo eso. Lo demás era demasiado luminoso. Las luces de aquella noche mostraban una intensidad desacostumbrada. Las gaviotas se perfilaban como una negra bandada que parecía llegar del horizonte y se acercaban a la costa.

El escritor ya caminaba hacia él. Quizá lo viera como un tercer espectro, como una niebla familiar. Petrov volvió a agitar los sonajeros. El unicornio estaba a pocos pasos. Se detuvo en el cartel de propaganda de ginebra donde sonreía la imagen de Marilyn Monroe, con un imprevisto parecido a Mika. Los espectros se alejaban y podía ver la columna bullente de luz a sus espaldas. El sonajero de concha aumentó el sonido, produciendo una lluvia de chispas etéreas. El escritor se acercaba.

En ese momento una gaviota se separó de la bandada, voló hacia el doctor Petrov y dio tres vueltas alrededor de su cabeza. Entonces el médico sintió desatarse la mano izquierda del paisaje. Sobre el mar, la luna se retorció formando un siniestro espiral. Vórtices invertidos de arena se deslizaron más allá y pudo escuchar la risa de los espectros mientras se alejaban.

El pájaro tomó con el pico el sonajero de concha y se alejó volando. Para el médico apenas fue una sombra oscura con forma de pájaro. La noche vibró y se abrió como una boca. Todo lo que lo rodeaba pareció sumergirse en un pozo oscuro y el escritor desapareció frente a sus ojos.

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