• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    La sombra de Mauthausen

    por Manuel del Pino


– ¡Vamos a robar al ciego! – dijo Lucas.

El pobre invidente que vendía cupones en la esquina parecía muy anciano. Se protegía la melena canosa con un sombrero de paja, pues la primavera en Denia es soleada. Unas gafas negras redondas reservaban sus ojos.

Los cuatro niños le rodearon. Con la excusa de comprarle cupones, le chillaban a la vez que le tiraban del blusón, se burlaban bailándole y dándole tortas. El pobre ciego gemía y aguantaba estoicamente. Los rapaces aprovecharon que no había nadie por los alrededores para quitarle las tiras de cupones, lo que suponía una pasta, ya que cada cupón valía veinte euros.

A Lucas no le pareció suficiente. Se bajó la cremallera del pantalón y se dispuso a orinarse sobre él, mientras sus amiguitos se carcajeaban.

Entonces la mano del ciego agarró la garganta de Lucas. El niño se quedó paralizado, incapaz de comprender que el ciego se defendiera. Comenzó a enrojecer, pues no podía soltarse de la mano que le atenazaba. Sus grandes amigos huyeron despavoridos en cuanto vieron que la cosa se puso fea.

Al quedarse solo, Lucas se debatió como poseído, logró zafarse del ciego y dijo:

– ¡No me toques, capullo!

Pero el ciego le volvió a sujetar por el cuello de la camisa.

– ¡Voy a llamar a mi padre! – añadió Lucas.
– Eso, llámale – dijo el ciego con voz potente.
– Bueno, mejor no.

Lucas sabía que si su familia se enteraba, tenía las de perder. Y el ciego también lo sabía, así que estaba dispuesto a arriesgar.

– Vamos a tu casa para aclarar el asunto.

El ciego arrastró al niño en determinada dirección, hacia el centro urbano de Denia. Lucas protestó al darse cuenta.

– ¿Cómo sabes dónde vivo?

Y comenzó a bregar de nuevo. En la refriega, el ciego perdió el sombrero, la peluca y hasta las gafas. Se quedó en un joven rubio muy agraciado: Víctor Lince.

La gente de la calle se agolpaba alrededor, creyendo que Lince maltrataba al niño. No tuve más remedio que intervenir. Me acerqué y dije:

– ¡Quietos, soy el inspector de policía Jorge Leiva!

Iba de paisano, pero saqué en seguida las esposas. Empujé a Lince contra la pared, le puse las esposas con las manos a la espalda, saqué la pistola reglamentaria y le dije ante Lucas y los viandantes:

– Queda detenido por maltrato e intento de secuestro a un menor.

Lucas se metió por medio.

– ¡Este ciego me ha engañado, señor policía! ¡Métalo en la cárcel!
– Eso haré – repuse –, pero antes debo devolverte sano y salvo a casa. Te llevaré en el coche, ¿qué te parece?

Empujé a Lince hasta mi coche, en la esquina, y le metí esposado en la trasera. Invité a Lucas a sentarse junto a mí de copiloto y conduje hacia la dirección que me fue indicando a través del centro urbano.

La familia de Lucas vivía en lo mejor de Denia, en una buena casa de la Avenida d’Alacant, discreta pero bien situada. La casona tenía hermosos balcones e incluso disponía de sótano, según se veía en los tragaluces inferiores.

Mientras nos acercábamos los tres a la casa, Lucas chilló:

– ¡El falso ciego que no venga!
– ¿Quieres que le deje solo en el coche y se escape? – le dije.

Eso conformó a Lucas. Era un niño de aspecto angelical, con el pelo rubio y grandes ojos azules, pero era evidente que en su alma había algo mezquino, como si por algún motivo su aspecto de querubín no se correspondiera con la realidad de su interior.

Abrió la puerta el padre de Lucas, un tudesco rubicundo y grande, con los mismos ojos azules que su hijo, y a quien le quedaba un leve acento alemán.

Le quité a Lince las esposas. Al preguntarle Lince por los abuelos de Lucas, el padre se puso nervioso, comenzó a mascullar en mal español con dejes centroeuropeos, perdió la compostura de un modo inapropiado a su figura estirada.

– Mi abuela murió – me explicó Lucas con tristeza –, y desde entonces mi abuelo se pasa la vida en el sótano.
– ¿Ah, sí? – dije.

Ese parecía ser el motivo del comportamiento díscolo de Lucas, su actitud desafiante ante la vida, tras la cual había un fondo de drama y sufrimiento.

– Bajemos entonces a hacerle una visita – dijo Lince.
– ¡No! – dijo el padre, intentando detenernos.
– ¿Es que oculta algo? – repuso Lince.

Nos costó empujar al recio alemán y a su ladino hijo. Bajamos deprisa las oscuras y estrechas escaleras del sótano, rezando por que no fuera demasiado tarde.

Antes de que llegáramos abajo, la sólida puerta de metal se abrió. El abuelo de Lucas había oído el jaleo y nos apuntaba pistola en mano.

– ¿Qué pasa aquí?

Era un anciano venerable, de cabello blanco y ojos azules, que en otro tiempo debió de ser fuerte y apuesto, y conservaba un fuerte acento germánico, como el primer eslabón de esa cadena. Digno abuelo de tal nieto. Le expliqué que era policía y traté de sacar mi HK reglamentaria, pero el alemán me advirtió:
– Deje la pistola en el suelo, si quiere tener alguna oportunidad de seguir vivo.

Sus fríos ojos depredadores y la firmeza de su gesto me cercioraron de que lo decía convencido, así que obedecí. Luego el alemán observó con atención y perspicacia los rasgos faciales de Lince, a pesar de que era un joven también rubio muy atractivo, al contrario que yo, que soy un inconfundible moreno mediterráneo, y le dijo:

– A ver si lo adivino, ¿eres judío?

Lince no se arredró lo más mínimo.

– Descendiente de sefardíes – dijo –, lo mejor de lo mejor.

El alemán hizo un gesto de náuseas, como si fuera a vomitar ante la mezcla de razas semita y rubia que exhibía Víctor Lince, y repuso:

– Déjame que siga adivinando. Tus abuelos penaron en Auschwitz.
– En Mauthausen.
– Peor aún. Además de judíos fueron traidores a su patria.
– Mis abuelos sólo traicionaron a las tiranías de Europa, y sufrieron persecución una vez más por ello. Al menos no fueron lacayos asesinos al servicio de monstruos dictadores en el nombre del bien como tú.
Esas atrevidas palabras de Lince, por demasiado sinceras, enfurecieron de verdad al alemán. Montó el arma para dispararnos. Nunca me he sentido tan cerca de la muerte, indefenso y desamparado. Y lo que es peor, iban a encontrar mi cadáver en cualquier descampado junto al de ese delincuente de Lince.

Fue la única vez que me alegré de ver a mi ayudante Carla Ruiz. Apareció de repente por detrás del alemán, con las manos esposadas, y le estranguló con la cadena por la espalda. El alemán sólo pudo disparar al techo. Entre los tres le golpeamos y redujimos en el suelo. Carla intentó asfixiarle del todo con sus esposas.

– Si tardáis diez minutos más – dijo –, este puerco me habría violado.

– ¡No le mates! – dije –. Tiene que confesar.

Le arrastraron al sótano sin consideración, cada cual por sus motivos. Era un cuarto oscuro y asfixiante, con la sola luz de un ventanuco a la calle. Le registraron, le sacaron las llaves y le pusieron las esposas que habían atenazado las muñecas de Carla, sujetándole con la cadena entre los palos de la mugrienta silla donde mi ayudante estuvo prisionera. Las tornas cambiaron: ahora era el abuelo de Lucas quien nos miraba con terror. Recuperé mi pistola del suelo, y Lince la del alemán, una Luger del 1999 conmemorativa de viejas glorias guerreras, y le dijo:

– ¿Sabes qué día es hoy?

El tudesco meneó la cabeza, tratando de recordar en vano.

– Es 11 de abril – siguió Lince –. ¿No te dice nada ese día?
– No. ¿Qué tiene de particular?

El miedo se había trocado en su odio natural en los ojos del alemán, claros y fijos como los de un lobo. Miraba su pistola en manos de Lince con ansia. De haber podido, nos habría matado a todos sin dudarlo un instante, con orgullo incluso.

– El 11 de abril de 1987 – dijo Lince – se suicidó Primo Levi tirándose por el hueco de la escalera de su casa de Turín. O le suicidaron. Es curioso, ese mismo año se suicidó Rudolf Hess en Spandau, si es que no le suicidaron también.

– De eso hace 25 años exactos – dijo el alemán –. ¿Y qué?
– Por aquella época mis abuelos maternos vivían también en Turín. Y usted. Su verdadero nombre es Bernard Schultz, ¿no es así?

El viejo lo negó, pero sus ojos reconocieron con alegría ese nombre que la familia no podía usar desde hacía casi 25 años, cuando vinieron a Denia.

– Mi abuelo – prosiguió Lince – era amigo de Primo Levi, y nunca vio claras las circunstancias de su muerte. Un hombre tan sabio, que había sobrevivido a Auschwitz y logrado el éxito con sus libros sobre el holocausto, ¿por qué iba a quitarse la vida a los 68 años, sin dejar una nota de suicidio? Y según me contó mi abuela de niño, esa pena pesó mucho para que mi abuelo dejara también esta pocilga, que en sus cartas apuntaba a un agente alemán llamado Bernard Schultz, de quien tampoco se sabe nada desde entonces. Esa larga sombra ha desgraciado a mi familia.

Bernard Schultz miró a Lince con odio retador. Lince le apuntó con la Luger a la cabeza, dispuesto a ultimar la misión que le había llevado hasta allí.

– ¡No – dije –, tenemos que llevarle ante la justicia!
– ¡Deja que le mate! – dijo Carla –. Este viejo cerdo se lo merece, quería violarme y matarme al descubrir mi infiltración. La bonita justicia de este país le dejaría libre de todo por falta de pruebas tanto tiempo después.

Schultz cambió de táctica, al ver que se ponía la cosa fea, con tal de sobrevivir, y dijo sin poder disimular el tono hipócrita:

– Ya ha pasado mucho tiempo de todo. Es hora de olvidar y de perdonar.
– Primo Levi escribió Si esto es un hombre – dijo Lince –, sobre sus alegres vacaciones en Auschwitz. Y tú, ¿eres un hombre?

Schultz trató de abalanzársele, pero cayó al suelo, trabado por las esposas en la silla. Chilló palabras desagradables en alemán. Al punto bajaron al sótano su hijo y su nieto, que estaban esperando el momento para entrar en acción. Lucas llevaba una daga SS y su padre un fusil Mauser. Estaba claro que en esa familia la educación en las armas era obligatoria también para las nuevas generaciones, y que el abuelo estaba dispuesto a sacrificar a sus descendientes con tal de salvaguardar su rancio honor nazi.

Schultz dio la orden desde el suelo. Su hijo se dispuso a dispararnos con el viejo Mauser. Tuve que empujarle y golpearle en la cabeza con mi pistola. Le desarmé, le reduje y le puse mis esposas en las muñecas a la espalda.

Lucas me atacó con la daga nazi para impedírmelo. Carla Ruiz sujetó al niño por detrás, le quitó la daga y lo sacó del sótano. Escaleras arriba, Lucas berreaba y se debatía como si le estuvieran practicando un exorcismo. Por suerte Carla no se dejaría achantar ni por todo un colegio de niños nazis endemoniados.

En el jaleo, Bernard Schultz golpeó la silla que le atenazaba contra la pared hasta romper sus palos. Liberado de la silla, se lanzó con la cadena de las esposas al cuello de Lince para ahogarle. Lince tiró la Luger al suelo: para él era una cuestión personal. A codazos y puñetazos redujo a Schultz, que aún se conservaba fuerte, diciéndole: “¡Esta por Primo Levi!” “¡Y esta por mi abuelo!”

Schultz cayó al suelo de rodillas, con la cara ensangrentada. Ese día se llevó una buena lección: que ningún verdugo está del todo a salvo, por tiempo que pase. Tuvo suerte de que Lince poseía un alto código de honor a su manera, de estar esposado y ser ya viejo, si no Lince le habría matado sin dudarlo, y yo estaría demasiado ocupado en la refriega como para impedirlo. Pero así fue peor para Bernard Schultz, porque me salí con la mía en el empeño de llevarlo ante la justicia.

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