• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (19)

    Montar el Unicornio

    por Ricardo Iribarren


“El sueño y las imágenes del sueño te fortalecerán cuando vivas entre los hombres. Para todos, el sueño es reparador.. Para ti, será regresar a casa.”



A siete horas de nacido, la doctora Kobayashi llevó al escritor unicornio a las lejanas laderas del Monte Fuji. Allí inició la Cripsis. Durante años, la médica inocularía venenos poderosos en las venas y en la mente de la bestia. Por cuestiones de supervivencia, debían camuflarse el cuerno, el perfil equino y la mirada húmeda de aquel animal que alguna vez contemplara el comienzo de los mundos.

En épocas remotas los unicornios vivía su vida a través de los sueños, repetía la doctora Kobayashi a su discípulo. En esas épocas, eran los principales habitantes de la tierra. Sólo despertaban unas horas al año para alimentarse con la flor del Morocco que se abría en la mañana del primer día de la primavera. Al llegar los hombres, los unicornios celebraban con ellos gozosos festivales que duraban días. Luego, las bestias regresaban a las cuevas de la montaña y los humanos a los llanos. En las laderas del enorme pico que alguna vez se conocería como el Monte Fuji, dormían el resto del año. En los sueños redimían a los vivos y a los muertos.

El sueño y las imágenes del sueño te fortalecerán cuando vivas entre los hombres. Para todos, el sueño es reparador.. Para ti, será regresar a casa.

La Cripsis se completó a los trece años de la edad humana. Desde entonces, la literatura fue para el escritor una forma de sueño.

Aquel aspecto humano que primero creara la doctora Kobayashi y que luego restableciera el doctor Petrov, estaba ahora en manos de Eunuperia. La organización que traficaba con huesos y cuernos de unicornios. Sugestión. Coma inducido. Las palabras alrededor del lecho hablaban de agonía.

El coma brindaba al escritor el antiguo júbilo de los sueños. Pululaban y acechaban fantasmas y demonios. Lejanos y ajenos. La sensación de regreso al hogar, lo cubría todo.

En las oníricas travesías, regresaba a la forma original. Potro joven, con el cuerno brillando en el centro de la frente. Otras veces galopaba por los pasillos del hospital donde descansaba el cuerpo de hombre. Trasparente. Inmóvil. Los brazos a los costados de la cama. Las manos largas, pálidas, nervudas. El potro sutil de los sueños, solía ponerlo en pie y hacerlo andar. Al activarse la alarma instalada junto a la cama, huía a los depósitos del hospital. Antes que llegaran tropeles de médicos y enfermeras, procurando que el paciente no saliera del coma. Que continuara en la antesala de la agonía.

El unicornio cabalgaba por los mundos de la atmósfera. A muchos de ellos los había descubierto el Doctor Petrov. Se descolgaban de un farallón. Pendían como globos; plantas extrañas que se blandían sobre un mar eterno. Desde el fondo del abismo, habitantes sin ojos contemplaban el brillante trote.

Frondas en medio de la noche. Los paisajes se helaban y angostaban. Desnudo en un sendero congelado. Vientre prominente. Cabello rojo y largo El hombre rubicundo hablaba con voz hueca sobre la brevedad de la vida. Desarrollaba la tesis de la muerte inevitable. El unicornio lo observaba. Carnes que se derramaban desde la cabeza. Pecho. Vientre. Pies. Rojos e hinchados. Discurso casi casual. Mirada atenta. Fondo acechante. En cierto momento pretendía arrojarse sobre la grupa de la bestia. Montarla. El escritor se limitaba a rechazarlo y escapar al galope.

Los viejos unicornios carecían de astucia. La doctora Kobayashi la inoculó una tarde como un líquido verde que desde el anca del animal recorrió la sangre. Veneno que ahora susurraba; si aquel hombre lograra montarlo, lo dominaría.

El unicornio trazó un mapa de los sueños. Primero delineó el espacio. Al oeste, el pantano de los espectros. Día y noche, los fantasmas se bañaban desnudos en el agua fangosa, corrosiva, que amorataba y hundía los ojos. A veces el unicornio atravesaba aquel lodazal. Cuerpos morados. Labios gruesos. Miradas idiotas. Allí estaba seguro. Los espectros no podían verlo.

Otras veces regresaban Irma la Morte y el Camahueto. Ronroneando, la mujer se enroscaba en el cuerpo del unicornio. Par de serpientes girando una sobre otra. Al mirarse a los ojos, se separaban.

El Camahueto y la mujer también ansiaban cabalgarlo. El unicornio no lo permitía. Entonces Irma la Morte susurraba en la suave oreja de la bestia. Vivirían juntos. Una casa en un bosque. Hijos. Pesca en las tardes. Baile los sábados. Procuraba acariciar el belfo. Alguna vez se había desnudado. Ignorante del carácter de espectro, mostraba carnes y pechos tenues como la luz. Urgencia del himeneo en una noche de lluvia. Urgencia de la unión en una noche de luna. Ella también intentaba montarlo, y el unicornio se negaba.

Otras veces galopaba por la llanura que se abría al norte del lecho. Horizonte con un crepúsculo perpetuo. El unicornio se sentaba frente al sol que no dejaba de ponerse. Recordaba el Mundo sin Nombre. Fantasmagoría lejana, en la que perseguía sin alcanzar a la bella Mika. Rostro de niña. Piel tersa Según la sabiduría original de su raza, el centro del círculo donde llegara era un punto sagrado. Permanecer en él, detendría el movimiento. Le brindaría la conciencia total; la inmortalidad. En cambio, había regresado al mundo del terror. Rebelión de espirales. Movimiento incontenible. No pudo detenerse en la plenitud luminosa. Pinzas de la ciudad sitiada. Sabor a combustible y grasa de los camiones militares. Lo regresaron a las calles sucias. Allí la Cripsis se transformaba en grillete.


Una tarde llegó al extremo este del espacio. Allí encontró a su padre. Camisón sucio. Largo hasta los pies. En silencio recorría un breve círculo. Rostro arrugado. Ojeras. Ojos blancos, sin pupilas. Desde entonces no volvió a la esquina. El extremo este del mundo de los sueños. La región del suicidio.

En el centro exacto del espacio, se levanta una habitación en forma de hexágono. Paredes de madera marrón. Oscuras. Puerta estrecha y alta. Al entrar, el cuerpo de potrillo pasa del jubiloso marrón a un negro charolado. Llenas de estantes las paredes. Latas. Alimentos secos. Aretes y prendas de mujer. Botones y cintas de lencería. En el centro del salón, personajes inmóviles. Cuesta reconocerlos. Soldado que apunta con la ametralladora. Fuego congelado en la boca del caño. Alegría en el rostro del hombre. Pecas y arrugas profundas. La boca supura una pasta color cinabrio. Debajo del casco verde, emerge el cabello entre blanco y carmín. La bala dibuja un tenue hilo de escarcha. Penetra en el cráneo de la mujer.

Necesita alejarse de la escena. Cabalgar las costas paralelas al lecho de hombre comatoso. Siempre regresa. Habitación hexagonal. Momento de la muerte. Inicio de la agonía. Ella recibe la bala. Abre la boca. Sonríe. Los ojos brillan. Alegría. Respuesta a la risa del soldado. Alegría. Matador y muerta. Enfrentados y unidos por la risa.

Tercer figura, vestida de negro. Arrodillada junto a la mujer. Ella mete la mano derecha en la espalda. El desconocido esconde el rostro. Ella aprieta el corazón. Razón del éxtasis: sostener el corazón de un hombre en el momento de morir. .

El sol del mundo de los sueños. El unicornio ignora si es el mismo sol de los humanos. Aquel astro da vueltas extrañas, caprichosas. Gira a izquierda, a derecha. Una tarde que galopara hasta el hexágono, daría de lleno el rostro de la mujer. Irma La Morte. La imagen detenida del fantasma que se pasea por aquel mundo como una nube. Se acerca a ella. La toca con el belfo. La estatua se balancea. Está a punto de caer. Nace la agonía. Collar, primero tenue. Luego, grueso suplemento alrededor del cuello de la figura arrodillada. De él mismo. De la Cripsis. De aquella intersección entre hombre y unicornio. La mujer aprieta el corazón. Alguna vez, la doctora Kobayashi afirmó que en la Cripsis, aquel órgano no podía camuflarse. Siempre sería común al hombre y al unicornio. Irma La Morte aprieta el corazón del hombre. Aprieta el del unicornio en el momento de la muerte.

Empuja con el belfo a la figura arrodillada. Debería tener sus rasgos. Los que la doctora Kobayashi moldeara con cobalto en las laderas del monte Fuji. Lo mueve y el brazo de la mujer se retuerce en la espalda. Hombre sin rostro. Superficie de trapo. Sin ojos. Sin boca. No hay rasgos.

El unicornio reconoce el lugar. Trastienda del almacén del Camahueto, el unicornio chilote que recibiera la Cripsis de un hombre ciego. Ruidos en una de las paredes hexagonales La puerta se abre con un chillido. El unicornio se acerca. Del otro lado no está el mostrador. Tan sólo pasillos cubiertos de espejos. Reflejan su figura. Pelaje gris. Cuerno negro. La imagen deja una gruesa línea negra en el azogue.

Alguien cierra la puerta de la trastienda. Intenta volver, escapar. La línea negra crece. Es un ser con cabeza de toro. El unicornio relincha. Corre por los pasillos repletos de espejos. Intenta avanzar, pero tropieza con imágenes de sí mismo. Multiplicadas. Opresivas

La silenciosa cabeza del toro, gravita en el aire. Los espejos se concentran. Están vivos. Sonríen triunfales. El unicornio baja la cabeza. Apunta con el cuerno y arremete. Los vidrios estallan. Siente que lo montan. Fuerza inusitada en las piernas junto a las ancas. Un par de manos sujetan las crines.

-¡Nunca volverás a ver a la Vaca Chilota! -Los ecos multiplican la voz.

Cárcel en el interior de los sueños. El Camahueto lo conduce por miles de laberintos. Olor a desinfectante. Camas de hospital. Cuerpo de hombre. Cripsis casi trasparente, agonizando en un lecho anónimo.

El crepúsculo perenne acaba de entrar en la noche.

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