• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    La botella de delfines

    por Susana Maroto Terrer



- Nunca ha importado su delicadeza ni sus ganas de llorar. Lo que siempre te gustó de ella fue su cuerpo frígido y virginal.
- Bueno, eso no es del todo cierto, Alberto. Mirarla despierta en mí un gran misterio y curiosidad. Mirarla cuando está en el escritorio concentrada…
- Chorradas…
- Cuando está frente al ordenador escribiendo y ladea la cabeza con ese pelo tan brillante y meloso que dan ganas de comerse y que huele a primavera, y mira por la ventana como buscando que las musas aparezcan por el horizonte. Me gusta ver el momento justo en que sus ojos parpadean, con esas pestañas tan largas y curvas y negras, tan sexys. Cuando se unen las pestañas superiores con las inferiores apagando la tristeza de sus ojos y vuelven a separarse mostrando cada vez un mayor halo de esperanza: estoy seguro de que sabe el momento preciso en que la musa se asomará a su ventana.
- Eres un calzonazos, tío. Las tías buenas como ella sirven para lo que sirven, nada más.
- No te pases. No me gusta que hables así. Ella no es solo la belleza de unas piernas largas y doradas, o un vientre plano y hambriento, o unos pechos humildes y tersos o una cara exótica y encantadora. Es una chica sencilla, culta, inteligente…
- Babosadas… A mí lo que me pone es que no ha “conocido varón” y eso hace que tenga un morbazo la tía… Supongo que será por eso que dicen que cuando una tía se te pone difícil más te gusta. ¿No crees?
- No. Eres un salido. Dejemos el tema. No te aguanto cuando te pones así.
- Venga, tío, no te enfades.
- Déjalo, no se puede hablar contigo. Tú nunca te has enamorado, porque amar tus músculos no cuenta… eres narcisista y egocéntrico y no te soporto más. Me voy a casa.
- Venga, Mario, tío, no te pongas así, sabes que a veces soy un capullo… Lo siento… Venga, tío, no te vayas. No quiero quedarme solo y menos aún volver a casa.
- Eres un idiota.
- Lo sé.


- Laura ha vuelto a hacerlo.
- ¿Otra vez? ¿Qué ha pasado?
- No lo sé, y eso es lo que más me jode: no saber qué pasa por su cabeza desequilibrada. Si la vieras Mario… Se me clavan sus huesos en los ojos solo de mirarla, ya no puede ni sentarse y para dormir la oigo moverse y dar mil vueltas en la cama, eso cuando no se levanta a las tantas a vomitar… Hoy me asusté. Lo intentó cortándose la muñeca del brazo derecho. Ya sabes, rompió la botella (esa botella de adorno que le regaló mi madre antes de morir, con dibujos de delfines y muchos brillantes), la hizo añicos y…
- Alberto, deberías llevarla a un Centro, colega.
- Mario, sabes que no tengo dinero para pagar esos centros.
- Tal vez los chicos y yo podríamos hacer una colecta…
- Ni hablar, Mario, no quiero que se entere nadie, ¿está claro?
- ¿Y qué harás entonces?
- No lo sé…
- Es tu hermana, colega. Tienes que hacer algo, no puede seguir así, no podéis seguir así.
- Tal vez me prostituya o robe un banco.
- ¿Pero qué dices?
- No estoy bromeando, no sé qué más hacer. Sabes que soy un adicto al sexo, ¿qué tiene de malo que cobre por mi adicción? Así mato dos pájaros de un tiro.
- No digas tonterías.
- Vamos a la bolera, Mario. Estoy aburrido de estar aquí.

- Lo siento mucho, Alberto. Se veía venir.
- ¡Qué putada, coño! Ya había conseguido el dinero…
- ¿Qué has hecho, tío?
- Y eso qué más da ya, Mario.
- ¿Cómo fue?
- Anoche cuando volvía a casa con el dinero… la vi en el balcón, recuerdo que sonreí pensando que por fin todo se iba a arreglar. Pero entonces la vi… fue un segundo, Mario, no me dio tiempo a reaccionar. Cayó y su cuerpo huesudo se hizo añicos como la botella de delfines…

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