• Dean Simpson

    Impresiones

    La sexualidad en Palmerín de Inglaterra

    por Dean Simpson (Boston)


En este libro de caballerías escrito antes del Quijote, muy leído en su día y poco conocido hoy, el tema de la sexualidad es muy prominente. Igual que en el Amadís, el hombre tiene más libertad sexual que la mujer y a veces la sexualidad es narratológicamente necesaria para que el protagonista pueda salir adelante.

Vemos al mujeriego del padre de Palmerín, quien no sufre represalias por sus acciones. De su relación con Argónida tuvo a Pompides y a Daliarte (el mago bueno). Flérida, su mujer, no se lo reprocha cuando se entera: “Flérida perdonó allí a don Duardos, riéndose de lo que pasara con Argónida, loando mucho el yerro que tal disculpa dejara” (I,184). Para colmo, don Duardos decide no revelarle a su mujer una relación que tuvo con otra mujer, Pandricia, de quienes nació Blandidón: “por no le dar pena, le tuvo mucho tiempo por su hijo hasta que fue forzado, por su provecho, decir la verdad de lo que era.” (I,184). Si Flérida tuviera semejante pasado, la reacción de don Duardos no sería risueña.

Igual que Galaor en el Amadís, Florián en el Palmerín es el hermano mujeriego del héroe. El contacto físico entre hombre y mujer en los dos libros es muy diferente. En el Amadís vemos un amor virtuoso, y en el Palmerín, un amor carnal. Florián, además de ser un necesario contraste a la virtud de Palmerín, es el que saca al hermano de un atolladero con su promiscuidad sexual. Cuando Palmerín está preso en el castillo de Arnalta porque se niega a casarse con ella, Florián tiene la suerte de encontrar su paradero. Éste entra y seduce a Arnalta para que ella suelte al hermano. La sexualidad en el Plamerín se presenta siempre durante las aventuras románticas de Florián, y los instantes son tantos que él llega a ser repudiado por su éxito con las mujeres, un “maestro de estos accidentes” (II,39). En un incidente particular está con una doncella a quien él quiere seducir:

Pues con palabras amorosas y halagos necesarios comenzó a tentarla, y hallándola más blanda en la plática, diole una pequeña de osadía en las manos, tocándole en las mangas de la ropa y en otros lugares donde no parecía deshonesto, y sintiéndole la voluntad entregada, satisfizo con su deseo de manera, que cuando el escudero tornó era hecha dueña, y no descontento de ello. (II,39)

Florián es el mujeriego viril que seduce a muchas, y con cada conquista crece su reputación.

A las mujeres les ocurre lo contrario: se quedan estigmatizadas de “dueñas”, violadas de su castidad y honor que en aquella época para muchas eran sus únicas virtudes. Después del acto sexual, la mujer está arrepentida y se reprocha por sus acciones irremediables. Moraes, el autor, se aprovecha de esta ocasión, como se ve en este mismo episodio, de criticar la debilidad de la mujer: “el amor en las mujeres antes de dar fin a su deseo no sabe el nombre la tristeza” (II,39), y esta misma doncella (ahora dueña) está “enojada de sí misma, arrepentida de su yerro”, porque, como explica Moraes, “cosa que poco se les acuerda antes que caigan en él” (II,39). Este acontecimiento entre esta doncella y Florián puede mostrar las diferencias básicas entre el hombre y la mujer de estos textos en cuanto a su percepción del amor.

La mujer a veces cae fácilmente en la tentación para luego arrepentirse. Si no se arrepiente de tener relaciones sexuales, se enamora fácilmente del otro: “que la suya de ellas es que después que se entregan no querer más apartarse” (II,43), lo cual es un fuerte contraste con la actitud de Florián que prefiere largarse lo antes posible: “Llegada la mañana, una de las cosas que más trabajo fue en hacer partir [a] la doncella… de que no pesó el del Salvaje, que tenía por condición, si cumplía lo que deseaba, desear luego al contrario” (II,43). Tan antitético es Florián al código de la caballería en los amores que parece mentira que sea caballero andante. Este mismo patrón lo vimos en el Amadís con Galaor y, como vimos, los dos son fundamentales para el género, pero la disparidad es aun más evidente en el Palmerín a causa de la plétora de desvíos de Moraes por los cuales queda cada vez más largo el trecho entre hombre y mujer.

Hacia mediados de segundo libro del Palmerín los retozos carnales de Florián llegan a proporciones descomunales que comparativamente dejan a Galaor, el hermano de Amadís, atrás. El que “anda por España con muchas mujeres tras sí, mostrando amor a todas” (II,137), se llega a conocer como “el caballero de las Doncellas”, puesto que tiene este harén de concubinas que le siguen por todas partes. Tiene la suerte de Miraguarda, que los del sexo opuesto quieren estar con él, pero a diferencia de ella, no se muestra neurótico, escondiéndose detrás de las ventanas, sino que se lanza a cualquier oportunidad de relacionarse con ellas, como dice él mismo, “doncellas es vianda tan comedora, que hacen a todo el mundo salir de su natural, y por eso quedan merecedores de menos culpa, que muchas veces soy tentado de estos accidentes, yo la tengo por pequeña.” (II,155). Este hermano de Palmerín es la exageración de lo que Moraes considera ser hombre. Él conquista prácticamente a cualquier mujer que le interesa.

Florián tiene una inclinación “dada a las cosas de la carne” (II,90). Es amante de la compañía de ellas, y tiene la doble suerte de ser el segundo más esforzado en el libro. Su carácter fanfarrón es divertido e incluso cómico (lo único gracioso que hay en el libro entero); en un caso entra “cercado con una nube de ellas” (II,179), como una estrella del cine que confiesa su secreto: “Para todas tengo un querer, una voluntad, unas palabras, una intención, y aunque mucho me conjurasen, no sabría decir otra cosa” (II,256).

El descarrío amoroso de Florián llega a su cúspide en el segundo libro, pero como el fin de todos estos textos, todos acaban casados. El “desvío” social de la mujer encuentra su dirección en el matrimonio. Lo mismo ocurre aquí con Florián: él se casa con la reina de Tracia. Lo que parece difícil creer es que él dice, “Estoy enamorado hasta la muerte de todas” (II,245), y pueda dar un giro completo y circunscribirse a la monogamia conyugal. Sin embargo, Moraes parece optimista: “si hasta allí vivió exento y libre, de allí adelante de muy enamorado de ella quedó tan cautivo, que parecía no ser él” (II,315).

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