• Pedro García Cueto

    En el laberinto del ser

    Félix Grande

    por Pedro García Cueto




UN POETA CON ECO DE FLAMENCO

La guitarra dejó de sonar, el cante flamenco lloró de pena, más aún de lo que siente el cantor cuando expresa el desgarro de la vida. En un día triste de Madrid, frío de enero, la voz de Félix Grande se eclipsó, la cadencia del aire exhaló tristeza, ya no se iluminó el ventanal, los versos gimen su soledad, por no hallar los ojos claros de Félix, su sonrisa que nos regaló a los que fuimos sus amigos.

Hijo de republicanos, el futuro poeta nació el 4 de febrero de 1937, mientras su madre trabajaba en un hospital y su padre, republicano, combatía en el frente. Nació en Mérida, Badajoz, pero en seguida se fue, con dos años, a Tomelloso, Ciudad Real, donde ha sido enterrado el sábado 1 de febrero de este año. Vivió allí hasta los veinte años, donde fue exhalando el aroma de la Mancha, la tierra de Don Quijote, donde cuidó de las cabras, ya que su abuelo lo hacía. Como si Miguel Hernández lo inspirara, en una suerte de embrujo, el poeta empezó a leer versos, en el campo, llenando su corazón de la luz de los versos, de la magia sonora de la poesía.

Pero la guitarra ya vivió en su interior, su abuelo la había tocado y él escuchaba el flamenco como si viniese de un territorio escondido, un lugar donde el embrujo no tenía parangón, donde la voz del cante se quedaba lleno de luz y sombra, como la propia vida. Fue en 1957, cuando Félix marchó a Madrid, donde vivió de varios oficios, ya que no había hecho estudios, pero llevaba dentro el ímpetu del esfuerzo y el deseo de progresar. Su encuentro con Luis Rosales, en 1961, fue el cénit de ese momento de descubrimiento, ya que el poeta granadino le regaló no solo su participación en Cuadernos Hispanoamericanos, que este dirigía, sino también un halo de poesía trenzada con la música, la que el genial Rosales llevaba en el alma.

Comenzó su carrera literaria con la poesía y obtuvo el Adonais en 1963, con su libro Las piedras, libro que nada entre las aguas de la duda existencial y que refulge con brillo en la década de los sesenta. Explora el tema de la soledad y logra un libro memorable, que sigue brillando para todo lector de poesía. Luego llegaron su primer galardón de narrativa, el Premio Eugenio D´Ors con la novela corta Las calles.

Si la inspiración machadiana preside su primer impulso poético, luego anidó en él la influencia de César Vallejo, al que tanto admiró o de Federico García Lorca, el duende del poeta granadino late en los versos de Grande, sin olvidar, a su maestro, el gran Luis Rosales, a quien defendió de las calumnias vertidas contra él como participante activo en la muerte de Lorca en su inolvidable La calumnia (1967).

Como narrador, destacan libros como Por ejemplo, doscientos (1968), Parábolas (1975), Lugar siniestro este mundo, caballeros (1980), Fábula (1991), Decepción (1994), El marido de Alicia (1995), Sobre el amor y la separación (1996) y su novela más exitosa, La balada del abuelo Palancas (2003), donde recreó los años cuarenta, tan cerca de su propia vida, en una familia del campo, evocación de sus años de infancia, con el abuelo Palancas como centro neurálgico de una historia revisionista, acerca de la posguerra española, el hambre, la tristeza y las sombras que la dictadura dejó sobre los españoles.

Como poeta, logró el Premio Nacional de Poesía, en 1978, por Las rubáiyatas de Horacio Martín, en los cuales busca heterónimos, en la línea de Pessoa, para crear un libro que crece, como un árbol, para emocionar al lector, donde la música de verso cobró altos vuelos, enervando toda mirada, alzando la luz de ese poeta fino llamado Félix Grande.

Del flamenco escribió muy buenos libros, como su inolvidable Memoria del flamenco (1995), un tratado poético en prosa, lleno de embrujo, que le llevó a ganar el Premio Nacional de Flamencología, sin olvidar la gran amistad que tuvo con Paco de Lucía y Camarón de la Isla, que le llevó a escribir un ensayo del mismo título, los nombres de los dos grandes del flamenco, editado en el año 2000.

El largo silencio en la poesía se rompió cuando visitaba los campos de concentración, lo que dio lugar a La caballera de la Shoá, que incorporó a su antología poética Biografía, publicada por Galaxia Gutemberg en el año 2010, donde recoge lo mejor de su obra, para culminar con Libro de familia, publicado a finales de ese año. Hay que recordar también que el gran poeta fue Premio Nacional de las Letras en el año 2004.

La muerte de Félix dejó un hueco irreemplazable en la poesía, por su compromiso social, por su voz llena de poesía y de talento, por su incalificable amor hacia Francisca, Paca, Aguirre, su mujer, poeta de gran altura, cuyo padre, el pintor Lorenzo Aguirre, fue asesinado por los fascistas en la Guerra Civil y el amor a su hija, Guadalupe, antropóloga y poeta, de fino verso, que seguirán queriendo al padre ido, hacia la nada existencial. Nos queda la música de sus versos, tan cerca del flamenco y de la armonía de la vida.


UN RECORRIDO POR SUS MEJORES LIBROS DE POESÍA

Un primer libro asomó a la poesía española en el año 1961, Taranto, Homenaje a César Vallejo, donde el poeta ya escucha al niño que ha dejado en la Mancha, recrea los tiempos del ayer, el recuerdo del abuelo, que tanto le enseñó, de los poemas del libro donde podemos ver ya la temática esencial de su obra, el amor a la vida y su evocación, destaco este retrato del abuelo, perteneciente al poema La rumia:

“…y el abuelo con su pecho de tronco. / Ya no queda. / Desde mañana no he dejado de memorar / el sol aquel, la piara veterinaria, sus balidos volviendo el cuello, / el generoso macho que peleaba hasta / hasta sangrarle la testuz, filósofo cabrío…”

Y el recuerdo del padre, ordeñando las ubres de las vacas, como un retrato que llega al alma, porque la infancia vuelve, como un eco que escuchamos al pasar el tiempo y se nos entrega, con devoción, hecho poema:

“En el establo, / tibio hacia adentro, hacia el olor, familiar y enigmático, / padre ordeñaba, depositando con unción / un puñado de yeros junto al hocico de las más lecheras, / que mimábamos, venturosos todos, y ellas”.

El permiso del padre para fumar en el comedor es ya la demostración del niño que se hace hombre, en un ámbito de pobreza donde vive la felicidad, tras la Guerra Civil donde tanto daño queda adentro, busca de nuevo el edén perdido es el objetivo de este libro deslumbrante, homenaje ya a César Vallejo.

De su siguiente libro, Las piedras, sentimos el amoroso sino del poeta, que busca sus raíces, pero que ve el pasar del tiempo, su proceso irrevocable, en un libro que trata sobre las piedras que quedan en la senda de nuestra vida, homenaje, sin duda, a esa piedra de Darío, que ya no siente, como en su poema Lo fatal, pero que ahora vive y siente, gracias al amor hacia la vida de Félix Grande. Cito uno de los poemas del libro, donde sentimos que el amor fundamenta todo, el de Félix a su mujer, Paca Aguirre, en estos bellos versos, que suenan como música:

“para envejecer juntos, nos tomamos las manos / yo miro tu sonrisa, tú miras mi tristeza; / irán saliendo arrugas en mi alma y tu cabeza / y canas sobre nuestros espíritus humanos;”

Sin duda, el amor más allá del tiempo, en el proceso quevediano de la vida, para alumbrar un nexo que está por encima del transcurrir de los años, tanto es así que el joven poeta se anticipa al tiempo y le dice en el primer terceto, de este bello soneto:

“tú eres ese recuerdo que he de tener un día, / yo soy esa nostalgia que poblará tu frente / cuando ya sea un anciano, amada, anciana mía”.

Del libro nacen poemas hermosos que ya descubren a un gran poeta, que no ha encontrado su lugar en las generaciones, algo joven para ser de los cincuenta, ya que empezó en los sesenta, demasiado mayor para ser de los novísimos, además lejano al mundo poético de ellos, pero no importa, porque sus versos nacen del corazón, son fuente de vida en cada nota, como si la música los alumbrase.

Poemas como “Noviembre llueve” o “Gravedad de la noche”, donde aparece un tema que fundamenta su poesía, como ocurría en el mundo de Caballero Bonald, la noche como espacio de descubrimiento, que espera el alma, en la línea de nuestros místicos, noche de amor que se cumple en la alborada.

Destaco el poema “Magia”, muy hermoso, donde cito estos versos:

“En esta noche tibia / me asomo a la ventana, / por el cerebro absorto / una fusión en llamas / formada de pasado / porvenir amor nada / desolación y música: / como un bulto está el alma. / Quiero entregarme, quiero / fundirme en esta magia, / equivaler”.

Nos llega el asombro de esta noche de descubrimiento, llena de magia, donde la música está presente, pero también la entrega, como la de San Juan de la Cruz, cuando el alma busca a Dios, porque la noche es solo proceso que termina, como un culmen de éxtasis, en el amanecer. El verbo equivaler cobra todo su sentido, es el espacio del ser que se iguala con el cosmos, en mágica conjunción, como el acto de amor en su momento culminante.

De este libro, Las piedras, escuchamos ya la música del cante flamenco, porque Félix Grande navega en esas aguas, se entusiasma con el ritmo del verso, busca, a ciegas, la cadencia armoniosa de la música del poema. Poemas como “Suceder progresivo” o “Apacible sorpresa” ya muestra ese afán de conjunción, la música y la poesía en el mismo barco de luz.

Luego llega su libro Música amenazada, donde vuelve la idea de la noche como un espacio de creación, donde el poeta busca la luz, como si en un túnel se hallase, para alumbrar, con la luz del día, la arquitectura del poema y, por ende, el del amor conseguido. Destaco “Oscuro”, dentro de los muchos poemas del libro que merecen ser leídos con devoción:

“En la alta madrugada / se diría que despiertas para siempre. / Sales del sueño como si salieras / de una placenta pobre, enferma. Emerges / de entre miseria y sangre; / de entre heridas emerges. / Y quedas como un niño mal parido / con canas en sus sienes”.

La fatalidad de nacer en una época de hambre, aquella que Miguel Hernández le decía a Josefina en Las nanas de la cebolla los famosos versos: “Desperté de ser niño, nunca despiertes”, late en este poema, donde el útero materno es una caverna oscura que busca la luz de la vida, pero que viene ya marcado por la fatalidad, la miseria y la sangre que el tiempo no puede cambiar, porque las canas en las sienes son muestras de ese devastador efecto de haber nacido en una época de Guerra Civil.

El libro lleva una música implícita, donde el amor por la vida de Félix Grande no excluye la fatalidad de haber nacido, como también nos hizo ver Darío en el poema antes comentado, Lo fatal, que no puede ni debe ser olvidado.

La idea de la felicidad también se vuelve incertidumbre para el poeta, como nos dice en “Ética inútil”, porque la dicha no dura, se nos escapa de las manos, se derrite como la nieve entre nuestros dedos:

“Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver jamás: el tiempo / habrá hecho sus destrozos, levantado / su muro fronterizo / contra el que la ilusión chocara estupefacta”.

Sin duda alguna, la felicidad no dura, solo permanece un instante, la vida es un ir perdiendo, en el inexorable e imparable paso del tiempo, donde el nacimiento, como vimos en el poema anterior, ya ha marcado la derrota, este fatalismo del poeta no elude su deseo de vivir, pero le hace consciente del dolor implícito en nuestro sino humano.

De su siguiente libro, Blanco spirituals, destaco su amor por el flamenco, como en el poema dedicado a Manolo Caracol, donde se pregunta qué el cante, una voz nacida de las entrañas, que ilumina, con su luz, todo el universo:

“Pero, ¿qué es el cante? ¿qué es una seguiriya? / ¿no es algo roto cuyos pedazos aúllan / y riegan de sangre oscura el tabique de la reunión? / ¿no es la electricidad del amor y el miedo?”.

Sin duda alguna, el cante está allí, donde pervive el dolor ancestral, ese que expresa nuestro sino trágico al nacer, es el lugar de la sangre oscura, es pura electricidad, como nos dice el poeta extremeño.

Porque la música está ya dentro de él, en este acto de amor, donde el verso se hace música, la devoción del poeta por el cante se envuelve en el tamiz de una porcelana suave que acariciamos, pero que desgarra también, tal es así su declaración de la música en este libro portentoso:

“La música me araña lentamente en los huesos / se me restriega por un puñado de hojas secas / desmenuza hojas secas como minúsculas bufandas / arropando a mi calcio con el polvillo de noviembre / y con la fibra de los años, esa tan familiar urdimbre / de paisajes y lluvia y personas lo que llamo mi corazón”.

La música en todo, en cada poro de la piel hasta el tuétano, hasta el lugar del polvillo de noviembre, donde late el hombre que ha de morir, hecho, desde el nacimiento, para ir trenzando el mapa de la vida hasta llegar a la nada de la muerte.

Luego llegarán otros libros como Cuadernos de Lovaina (inéditos de Horacio Martín), La noria (un homenaje al cante flamenco en muchos de sus poemas) y La caballera de la Shoá, el libro que cierra antes de Libro de familia, su periplo por las letras y que supuso un regreso a la poesía, donde el tema central es la barbarie de los campos de concentración nazis, lugar donde la humanidad perdió su razón de ser.

Una voz que se ha apagado hace unos meses, cuando mejor brillaba, por la experiencia del mundo, pero también por esa generosidad que ha alumbrado siempre su obra donde los versos han ido trenzando una música interior, tan hermosa como el cante flamenco, aquel que hizo que sus ojos de hombre bueno se emocionasen, cuando yo los vi llorar, supe que en él y en su savia estaba la verdad, esa que nos arrebata, con una crueldad inusitada, la muerte. Nos quedan sus versos, que nos aliviarán la sed hasta el final de nuestros días, muere el poeta, pero no su música.

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