• Berta Guerrero Almagro

    LA FLOR AZUL

    Madame Bovary y La Regenta

    por Berta Guerrero Almagro



Dos novelas del romanticismo de la desilusión: Madame Bovary y La Regenta


1. PALABRAS LIMINARES

En el ámbito literario, el siglo XIX constituye una fuente de estudio abundante debido a la aparición de distintas tendencias que incluso llegan a compartir coordenadas espaciales y temporales -es el caso, por ejemplo, de Francia, donde conviven el romanticismo y el realismo-. El interés de este estudio reside en dos grandes hitos literarios decimonónicos como son Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”; dos elevados exponentes de lo que Lukács (ápud Sobejano, 2007) ha denominado «novelas del romanticismo de la desilusión», y es que ambas protagonistas «se mueven, en la vida y en el conocimiento, por el mecanismo romántico de la ilusión y de la desilusión» (Clavería, 1982: 173).

1.1. Una vinculación manifiesta

La crítica ha señalado en numerosas ocasiones la relación existente entre Madame Bovary y La Regenta 1. Pero, más allá de los estudios, hay que señalar que la admiración hacia Flaubert y su huella en la magistral obra de “Clarín” ha sido puesta de manifiesto por el propio autor zamorano. En Nueva campaña (1885-1886) (1987: 364), sostiene que el tiempo empleado en leer Madame Bovary «no lo echa la conciencia a la cuenta del tiempo disipado; lo cuenta como horas de trabajo, de educación del espíritu», y, al reseñar Nouma Roumestan, de Alphonse Daudet, «se le escapa», como señala Juan Ventura Agudiez en Inspiración y estética en La Regenta de Clarín (1970: 115), que «después de leer Madame Bovary, el espíritu queda por mucho tiempo impresionado; el pensamiento vuelve, sin querer, a meditar aquellas profundísimas cosas que dicen, sin decirlas, los extravíos de la infeliz provinciana y la muerte por amor de aquel prosaico médico». La admiración, pues, resulta evidente. Los paralelismos con la novela francesa le acarrearon la acusación de plagiario por parte de escritores como Luis Bonafoux; acusaciones de las que se defendió “Clarín” en Mis plagios y que, como se ha estudiado con posterioridad, resultan poco fundamentadas.


2. ENTRE LA ESCRUPULOSIDAD REALISTA Y EL NATURALISMO ATENUADO

Con el fin de presentar las dos novelas mencionadas, se exponen en este punto sus principales rasgos definitorios, los cuales hacen de ellas grandes representantes de las corrientes en las que se insertan.

2.1. Madame Bovary, escrupulosidad realista con pinceladas naturalistas

Cinco años de trabajo constante, de reescrituras, de búsqueda de la perfección y de indagación en la expresión más exacta dieron lugar, finalmente, a la aparición de Madame Bovary. La novela comenzó a publicarse por entregas en 1856 para aparecer, en 1857, en forma de libro. Flaubert, escritor escrupuloso obsesionado con la forma y la objetividad narrativas, se alzó en maestro de escritores y, especialmente, de los naturalistas 2. La concreción -incluso en acontecimientos inesperados, como la muerte de Héloïse, primera esposa de Charles 3-, la minuciosa exactitud -perceptible en la operación del pie de Hippolyte 4-, las descripciones atendiendo a todos los aspectos de la realidad -se reflejan todos los estratos sociales, aunque las clases más bajas, como sucede en La Regenta, aparecen con menor asiduidad 5- y la búsqueda de la impersonalidad que caracteriza la novela se ven acompañadas de la atención concedida a lo psicológico. La sencilla trama -evidente también en la novela de “Clarín”- introduce al lector en un personaje reflector, Emma, y en la prosaica realidad que habita -sin dejar de lado «la denuncia de las ilusiones irrisorias del romanticismo vulgar» (Bravo Castillo,1993: 28) ni «la mediocridad […] humana» (ibídem)-.

Respecto a la estructura, la obra se divide en tres partes (Palacios, 2012: 39-40): en la primera -formada por nueve capítulos- se estudia la psicología de la protagonista y las decepciones de su vida conyugal; en la segunda -quince capítulos- se muestra la fracasada relación de Emma con Rodolphe y la enfermedad de esta, y, la última parte -once capítulos-, presenta las relaciones de Emma con León y el desgraciado final de la protagonista, con su endeudamiento y suicidio.

2.2. La Regenta, un naturalismo atenuado con tendencia espiritual

En España, la novela naturalista y el realismo novelesco nacen en 1881 con La desheredada, de Pérez Galdós. Como señala Baquero Goyanes en su “Introducción” a La Regenta (1995: 13), es a partir de 1881 cuando se percibe una notable influencia del naturalismo, movimiento con el que se ha relacionado la obra de “Clarín”. Sin embargo, hay que precisar que Galdós instaura un naturalismo atenuado -sólo asimila los aspectos literarios e incluso en ellos presenta discrepancias con Zola-, el cual será perceptible en “Clarín” y en el resto de escritores españoles del momento.

La primera parte de La Regenta aparece publicada en enero de 1885; en julio ve la luz la segunda. Haciendo gala de un estilo sencillo (Sobejano, 1988b: 586), Alas pone de manifiesto una de las exigencias naturalistas: la documentación del escritor. “Clarín” refleja en su novela el ambiente conocido por él: la clase media-alta de Oviedo -mientras que el pueblo aparece fugazmente, pues apenas lo conocía (situación análoga se observa, como ya se ha indicado, en Madame Bovary [confer supra])-. El reflejo de la sociedad ovetense acarreó problemas al escritor7.

Respecto a la estructura de la novela, esta se divide en dos partes de quince capítulos cada una. Siguiendo a Alarcos y sus “Notas a La Regenta” (ápud Beser, 1989), la primera parte -más presentativa- ocupa tres días -del dos al cuatro de octubre- y cada día está compuesto por cinco capítulos; la segunda parte -más activa- comprende cuatro años -comienza en noviembre y finaliza en octubre-. La circularidad, por tanto, resulta evidente en la obra -pues empieza y termina en la catedral de Vetusta, en el mes de octubre-, lo que le otorga una impresión final de redondez y perfección. Sin embargo, en este movimiento circular se dibuja un ligero descenso. Víctor Fuentes (1999: 31), apunta que la novela dibuja una caída, pues «el primer capítulo de la novela comienza en la catedral, en la torre, y el último concluye en el mismo lugar [], pero en el suelo».

En cuanto al naturalismo, hay que indicar que, aunque la sencillez de la trama -evidente a pesar de la extensión y riqueza del material de la novela 9-, la suciedad -presente desde el capítulo I en toda Vetusta 10- y la débil aparición de la pobreza -se refleja con lejanía en los jóvenes que la Regenta ve discutiendo sobre unas golosinas en el capítulo IX; en los «pillos de la calle» (“Clarín”, 1984: 290) del capítulo XIV o en el mundo minero al que se alude en el capítulo XV 11-, entre otros aspectos, remiten al naturalismo, este se ve trascendido por el tono moral y místico que invade las páginas de la novela. Las enfermedades son descritas con imprecisión, sin nombres técnicos (Baquero Goyanes, 1995: 15) 12 y apenas se habla de herencia 13. El naturalismo que muestra la novela se encuentra, pues, atenuado, de modo que se resta crudeza y se incrementa la poeticidad.


3. LAS PROTAGONISTAS, SUS NARRADORES Y LA HUELLA CERVANTINA

En este punto se estudian dos aspectos principales de las novelas que, además, establecen una vinculación con la genial obra de Cervantes: las féminas que conceden título a las obras y los narradores.

3.1. Personajes quijotescos: Emma y Ana, lectoras entre la realidad y el deseo.

El choque cervantino entre la realidad y el deseo es uno de los rasgos que permite definir a las protagonistas de ambas novelas. Las dos experimentan un desacuerdo entre la sociedad en la que viven y sus sueños. Tales conflictos, siguiendo a Baquero Goyanes (1995: 20), «tienen alguna relación con tales lecturas, por cuanto Emma y Ana perciben un dramático desajuste o discordancia entre sus ideales y la realidad de su entorno». Como Alonso Quijano, ambas desean emular un modelo creado en la ficción. Sin embargo, hay un aspecto que distancia a las féminas de don Quijote: el narrador no muestra amor ni admiración hacia su personaje -tampoco hacia la sociedad presentada-; se desconoce lo que este piensa de su criatura, a diferencia de la novela cervantina, donde se evidencia la simpatía que el héroe despierta en el narrador.

En relación con la niñez de las protagonistas, hay que indicar que se hallan tanto convergencias como divergencias entre ellas: las dos son hijas únicas y huérfanas de madre desde niñas, sin embargo, como señala Santiago Melón en “'Clarín' y el bovarysmo” (2001: 83), Emma disfruta en su niñez de un ambiente favorable -se educa en un convento- y, en cambio, Ana debe enfrentarse con un medio hostil e intelectualmente abandonado (Clavería, 1982: 172). Asimismo, respecto a la distancia entre ambas, Rubio Cremades en La Regenta, de Clarín (2006) apunta, siguiendo a Vilanova, que las protagonistas tienen un carácter diferente y proceden de clases distintas, entre otros aspectos. Aunque las dos son inteligentes y ambiciosas, el gran deseo de Emma conecta con un carácter materialista: alcanzar una vida lujosa 14; Ana, en cambio, descubre que los poderosos son, en realidad, «tan enclenques de espíritu, que se les antojaban de papel marquilla» (“Clarín”, 1984: 109). La infancia de Ana, presentada mediante una larga retrospección -motivada por el repaso que realiza de su vida antes de la confesión general- muy objetiva, de gusto naturalista 15, está marcada por la ausencia de cariño 16, lo que apacigua su natural alegría y la convierte en un ser reservado (“Clarín”, 1984: 85).

Respecto a las lecturas que realizan estas heroínas de perfil quijotesco, Emma se interesa por obras típicamente románticas y folletinescas (Ventura Agudiez, 1970: 119): biografías de Jeanne Darc, Héloise, Agnès Soler, obras de Chateaubriand y Walter Scott (Flaubert, 2012: 120-122). Para Ana Ozores, leer «fue su pasión primera» (“Clarín”, 1984: 82) y, posteriormente, se dedicó a la escritura. Lectora de historias mitológicas, de las Confesiones de San Agustín, de Los Mártires, de un tomo de poesía religiosa del Parnaso Español, entre otras obras, fue también escritora de versos que le acarrearon el mote de Jorge Sandio (“Clarín”, 1984: 108). El gusto que las dos féminas experimentan hacia la literatura provoca la deformación de la realidad y potencia la insatisfacción. No obstante, hay que señalar que tal choque encuentra sus causas en «aquella calma tan impasible, aquella pachorra apacible» (Flaubert, 2012: 126) que encuentra en su vida conyugal. En Ana, la insatisfacción conecta con diversos hechos: no conoció a su madre debido a su fallecimiento, sufrió desde pequeña el acoso y la calumnia del necio vulgo, no puede tener hijos y no ama al hombre con el que comparte techo.

Otro aspecto al que se debe aludir en ese choque cervantino entre realidad y deseo tiene que ver con la descendencia. Emma concibe a una niña, Berthe, por la que no experimenta gran cariño maternal. El lector conoce el embarazo de Emma al final de la primera parte, cuando los Bovary marchan de Tostes a Yonville. Frente a la dicha que experimenta Charles con la situación 17, Emma «no se entretuvo en esos preparativos en que la ternura de las madres se engolosina, y su cariño maternal se vio desde el principio un tanto atenuado» (Flaubert, 2012: 173). Tras aceptar el hecho, se transmiten al lector sus deseos de alumbrar a un niño fuerte y moreno; aunque, finalmente, nace una niña 18 que entrega a la mujer del carpintero para que sea cuidada por ella. En contraposición a Emma, la Regenta, incapaz de dar a luz, desea fervorosamente tener un hijo. Para ella la imposibilidad de verter su cariño maternal -tampoco recibido, debido a la muerte de su madre- supone un motivo más de abatimiento y frustración.

Finalmente, además de las dos mujeres protagonistas, no resulta ocioso mencionar en La Regenta la aparición de otro personaje muy Quijotesco cuya denominación remite a la del propio hidalgo: Víctor Quintanar (Baquero Goyanes, 1995). Sus lecturas de obras de Calderón de la Barca -como El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca de Jerusalén-, su fuerte concepción de los principios y del honor y la comparación literal entre él y el hidalgo cervantino cuando reta a Mesía al descubrir la infidelidad de su esposa hacen de él «el don Quijote de don Víctor» (“Clarín”, 1984: 621).

3.2. Un narrador pretendidamente objetivo, pero intruso, irónico y ambiguo

En la novela realista y naturalista, el narrador ha de actuar de modo objetivo e imparcial, sin inmiscuirse en los hechos ni ofrecer su punto de vista; ha de ser un observador impasible e invisible (Bravo Castillo, 1993: 41). El narrador de Madame Bovary y La Regenta es heterodiegético, «narra desde lejos (en ocasiones desde arriba)» (Sobejano, 1988b: 590), su función «es presentadora, representativa, lógica» (Sobejano, ibídem), y, aunque en comparación con otras novelas españolas del momento puede percibirse cierta objetividad, esta no es absoluta, sino que su presencia resulta palpable en distintas ocasiones, pues «Alas, como Galdós […], nunca se esforzaron demasiado por evitar su presencia y su voz como narradores en sus novelas» (Baquero Goyanes, 1995: 16). El narrador de Madame Bovary apenas se introduce en la obra; en La Regenta, en cambio, adelanta acontecimientos -«pero de esta tertulia de última hora tendremos que hablar más adelante, porque a ella asistían personajes importantes de esta historia» (“Clarín”, 1984: 125) y recuerda hechos -como el capítulo IV, que remite al III-. A este respecto, resulta oportuno hacer referencia a la variedad de técnicas empleadas: el habitual empleo del estilo indirecto libre, numerosas descripciones -como la Vaubyessard en Madame Bovary (Flaubert, 2012: 131)-, diálogos -por ejemplo, entre Emma y Léon (Flaubert, 2012: 165-169)- o el empleo de la primera y segunda personas del plural en Madame Bovary 19. Pero, más allá de todos los aspectos señalados, hay que señalar la ironía que tiñe muchas veces las novelas, lo que también permite poner en entredicho la objetividad del narrador y, al mismo tiempo, relacionarlo con el narrador de Don Quijote.

Otros aspectos destacables en relación con el narrador son la neutralidad ideológica y la ambigüedad. En conexión con ellas, no se puede dejar de mencionar «el complejo y sutil entramado de perspectivas» (Baquero Goyanes, 1995: 28) que componen las obras. Siguiendo a Baquero Goyanes (2005), «con el uso del punto de vista, la acción novelesca ganó en complejidad, al sernos ofrecida, filtrada y coloreada a través del pensar y sentir de los distintos personajes, con evitación del unilateralismo, que antes suponía la única, exclusiva y absorbente visión del narrador-contemplador». La perspectiva dominante en cada novela es la de Emma y Ana respectivamente, pero también se produce la focalización en otros personajes. A través de la pluralidad de perspectivas conocemos, de modo indirecto, distintos hechos -como el anuncio de la celebración de la feria agrícola en Yonville por parte de Homais (Flaubert, 2012: 207) o la organización «del duelo a muerte entre Mesía y Quintanar» (“Clarín”, 1984: 628) a través de los contertulios del Casino- y personajes -por ejemplo, el señor Rouault aparece, en primer lugar, desde la perspectiva de Charles (Flaubert, 2012: 97); Mesía es presentado al lector como «presidente del casino de Vetusta y jefe del partido liberal dinástico» (“Clarín”, 1984: 67) a través de los pensamientos de Ana en el capítulo III y hasta el VII no hace acto de presencia física en la novela-.


4. UNA TEMATOLOGÍA DECIMONÓNICA

4.1. El tema del adulterio en dos mujeres afectadas por mal du siècle

Si el tema del adulterio, representado de modo gráfico en un triángulo amoroso, puede considerarse universal 20, es en el siglo XIX cuando «la perspectiva narrativa se centra en la adúltera y se le otorga por primera vez voz propia» (Naupert, 2001: 155). De este modo, las féminas que cometen infidelidades resultan juzgadas de otro modo por los lectores, que conocen sus inquietudes, sus debates internos y sus problemas de conciencia. Así, desde la perspectiva de Emma Bovary y de Ana Ozores se puede descubrir su concepción romántica del amor y el choque de sus ilusiones con la insípida realidad 21. Las dos son inteligentes y soñadoras, el mundo en el que habitan no las satisface, intentan luchar contra la tentación, pero, finalmente, caen en ella. El esquema de ambas novelas, siguiendo a Ciplijauskaité (1984: 46), es el mismo: ilusión-realidad-desilusión. La ilusión se hace añicos al enfrentarse a la monotonía ordinaria, lo que las desilusiona y las hace caer en un profundo aburrimiento del que intentan escapar.

En relación con este rechazo de la realidad, es posible conocer tal sentimiento incluso desde las palabras de las protagonistas. Afirma Emma, a propósito de una conversación con León sobre lecturas: «Detesto los héroes vulgares y los sentimientos moderados, como los que se encuentran en la realidad» (Flaubert, 2012: 168). También la Regenta se opone a su mundo: «“¡Qué vida tan estúpida!”, pensó Ana […]. Protestaba el egoísmo, la llamaba loca, romántica, necia, y decía: -¡Qué vida tan estúpida!» (“Clarín”, 1984: 70). Ambas, pues, no soportan la mediocridad -ni siquiera la social-, que llega a ser personificada de modo más próximo en los maridos y, por extensión, ellos mismos -de los que no han llegado a estar nunca verdaderamente enamoradas 22- se convierten en seres insoportables para sus esposas.

En relación con la figura del marido, hay que apuntar la evidente vinculación existente entre el señor Bovary y Quintanar. A pesar de sus estudios y lecturas -Charles es médico, Víctor es el ex Regente de Vetusta y gran lector, especialmente de dramas calderonianos-, resultan personajes insustanciales y simples. Emma considera a su esposo «endeble, flaco, nulo, en fin, un pobre hombre en todos los aspectos» (Flaubert, 2012: 334), Ana ve a su marido «más insustancial cada día» (“Clarín”, 1984: 369), y así los presentan también los narradores al prescindir del personaje reflector y adoptar una postura más omniciente: Charles fue desde joven «de temperamento moderado» (Flaubert, 2012: 92) que «se mantuvo siempre hacia la mitad de la clase» (Flaubert, 2012: 93); Víctor de Quintanar «creíase hombre de energía […]; pero no era, en rigor, más que una pasta que otros hiciesen de él lo que quisieran» (“Clarín”, 1984: 363), posee también un carácter poco autoritario que roza lo ridículo 23 -recuérdese el capítulo XXVI, donde este confiesa a Mesía su deseo de que Ana tenga un amante antes de que sea absorbida por la religión-. Los dos, además, se comportan de modo paternal con sus esposas, con frecuentes besos en la frente24 y una «vida conyugal, siempre tranquila y armoniosa» (“Clarín”, 1984: 72) que no les satisface. Sin embargo, ante la desesperación que les provoca su matrimonio, Emma y Ana se van a comportar de modo diferente: Emma es caprichosa y desdeñosa con su marido; la Regenta, en cambio, presenta gran conflictividad, pues no lo quiere y a pesar de ello «le buscaba los besos en la boca; le remordía la conciencia no quererle como marido» (“Clarín, 1984: 194).

La apatía vital de las protagonistas es paliada con la caída en la tentación; el adulterio, por tanto, se convierte en una aparente salvación. Emma, en brazos de su primer amante, Rodolphe, «sentía de nuevo latir su corazón, y la sangre corría por su carne como un río de leche» (Flaubert, 2012: 245); para Ana -a pesar de ser considerada «la perfecta casada […], buena católica» (“Clarín”, 1984: 76)-, la relación con Mesía se convierte en una «pasión absorbente, fuerte, nueva, que gozaba por primera vez en la vida» (“Clarín”, 1984: 589). Previamente, además, el enfrentamiento de Fermín con Mesía supone para Ana «algo que rompía la monotonía de la vida vetustense, algo que interesaba, que podía ser dramático» (“Clarín”, 1984: 274). A este respecto, es interesante señalar la relación existente entre ambos personajes, dos amantes conocedores de su arte. Por otro lado, no se puede olvidar la aparición en Madame Bovary de un segundo amante de Emma: León; sin embargo, este será estudiado en el siguiente apartado, al hacer referencia también a Fermín de Pas, pues se pueden percibir concomitancias entre ambos.

Respecto a las consecuencias que provoca el adulterio cometido por ambas, hay que indicar que Emma causa un profundo desastre familiar, sumiendo a los suyos en la miseria, y decide suicidarse. Por su parte, Ana, mujer virtuosa y honrada, de actitud mística, es vencida por los deseos insatisfechos y las pasiones reprimidas, contra los que lucha, infructuosamente, en un ambiente asfixiante e hipócrita. En su caso, el adulterio no es castigado con la muerte, sino con el rechazo de una sociedad que, tiempo atrás, la halagaba y envidiaba (Ciplijauskaité, 1984: 65).

Para finalizar, siguiendo a Gregorio Torres Nebrera en su edición de La Regenta (2005: 28), se pueden apuntar otras novelas de adulterio como Ana Karenina, de Tolstoi, Arroz y tartana, de Blasco Ibáñez y Mariona Rebull, de Ignacio Agustí.

4.2. El tema del sacerdote enamorado

La importancia de un personaje como Fermín de Pas, presente desde el primer capítulo de la novela, convierte el tema del sacerdote enamorado en otro importante eje de la novela de Alas. Aunque De Pas no es el único miembro del clero que experimenta deseos amorosos 25, la atención que se le concede es primordial en la obra. La primera descripción de Fermín muestra su apariencia física y, especialmente, su carácter : hombre de belleza casi escultórica, inteligente y complejo -«no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y pensaba» (“Clarín”; 1984: 30)-, además de ambicioso -«no renunciaba a subir, a llegar cuanto más arriba pudiese» (“Clarín”, 1984: 32)-. Como una especie de diablo cojuelo, De Pas observa Vetusta, de la que se considera dueño, «levantando con la imaginación los techos» (“Clarín”, 1984: 31); pero, al mismo tiempo, se siente anclado en la ciudad y sus ánimos desfallecen, lo que lo conducen al amor místico que va a experimentar hacia Ana. Desde la perspectiva de Mesía, el lector conoce que la ambición y la avaricia son sus pecados más graves, que él también lo considera gran sabio y excelente orador (“Clarín”, 1984: 136).

En relación con Madame Bovary, hay que apuntar una ligera vinculación entre Fermín de Pas y el joven pasante de notario Léon Dupuis, personaje al que el lector conoce en el capítulo II de la segunda parte. Hermoso, estudiante de Derecho, buen conversador, modesto, amante de la literatura y la música, talentoso -cantante y pintor con acuarelas- y amable. Sus virtudes, como las de Fermín de Pas, son, pues, numerosas, pero lo que realmente permite establecer un nexo entre ambos es la actitud un tanto temerosa y acobardada que les impide efectuar un cambio. Léon «se atormentaba para descubrir cómo declarársele; y siempre vacilando entre el temor de desagradarle y la vergüenza de ser tan pusilánime, lloraba de desánimo y de deseos» (Flaubert, 2012: 185). Ante las dificultades amorosas -más evidentes en De Pas por su cargo de clérigo y, además, por no ser plenamente correspondido-, experimentan un tipo de amor más espiritual e intelectual. Para Léon, «Emma se desprendió de sus atractivos carnales […], y en su corazón fue subiendo […]. Era uno de esos sentimientos puros que no estorban el ejercicio de la vida» (Flaubert, 2012: 191).

4.2.1. La espiritualidad religiosa. Misticismo y puritanismo

El aspecto religioso resulta relevante en la vida decimonónica y así lo plasman Flaubert y “Clarín” en sus novelas. En Madame Bovary, como señala Ciplijauskaité (1984: 57), las referencias religiosas, aunque no son numerosas, aparecen en momentos estratégicos de la narración: se menciona la educación de Emma en el convento, en Yonville está el sacerdote Bournisien -cuyo encuentro con Emma se produce cuando ella intenta resistir la tentación- y, finalmente, Emma pasa junto al convento en el que se educó, cerrando así el círculos ilusiones concebidas en el mismo lugar (Ciplijauskaité, 1984: 58). Por otro lado, hay que apuntar, siguiendo a Préneron Vinche (1996: 124), el modo en el que Flaubert realiza una sátira de la religión; ejemplo de ello resulta el momento en el que Emma va a morir, pues se mezcla la extremaunción con canciones profanas amorosas 26.

4.3. Tostes, Yonville y Vetusta: gérmenes urbanos y provinciales de la bêtise humaine.

Tanto la ciudad como las provincias reflejadas amenazan con tragarse a las protagonistas de las novelas. La hipocresía reina en el ambiente y el único modo de sobrevivir es adaptándose a ella.

En la ciudad, las apariencias resultan sumamente importantes. Ana es rechazada por los vetustenses al ser la hija de la bailarina; pero su belleza despierta la admiración de la población, que la vuelve a aceptar (“Clarín”, 1984: 103). Tras el matrimonio con Quintanar, es aceptada y envidiada 27, y, tras el adulterio -provocado con la ayuda de mujeres que se hacía llamar sus amigas-, su criada Petra la humilla al desvelar el secreto y la sociedad le vuelve la espalda de nuevo. En Vetusta reina la estupidez social: la población se aburre 28, los vetustenteses apenas leen (“Clarín”, 1984: 37) y, los que lo hacen, llegan, en ocasiones, a resultar ridículos -como el caballero que con sus gafas de oro murió sobre el periódico The Times, pues posteriormente se descubrió que no sabía inglés (“Clarín”, 1984: 122)-; los eruditos resultan fraudulentos -pues, como Bedoya, se dedican a «copiar lo que nadie ha querido leer» (“Clarín”, 1984; 124)- y las bromas consisten «en soltarse pullas y frescas todo el año, como en perpetuo carnaval» (“Clarín, 1984: 203). La población se distingue «por su patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos» (“Clarín”, 1984: 125)-. En el Casino «pasaban por más sabios los que gritaban más, eran más tercos y leían más periódicos del día» (“Clarín”, 1984: 130). Víctor Quintanar anuncia a su esposa el plan de vida ideal en la sociedad material en la que se encuentran, increpándola a unirse a él (“Clarín”, 1984: 198). El plan consiste, básicamente, en sesiones de teatro, tertulias de la marquesa, paseos por el Espolón, reuniones en el Casino y misas en la catedral.

Respecto a la novela de Flaubert, es interesante destacar que uno de sus personajes, Léon, afirma: «¡Yonville ofrece tan pocos alicientes!» (Flaubert, 2012: 169), a lo que responde Emma, «como Tostes, sin duda» (ibídem). En el capítulo III de la segunda parte, Léon se acuesta bajo los abetos y se queja del aburrimiento que experimenta. El lector conoce, en este momento, la sociedad de Yonville: el señor Guillaumin, su patrón, que, a pesar de las apariencias, «no entendía nada de delicadezas del espíritu» (Flaubert, 2012: 181); la mujer de este, «tan lenta en sus movimientos, tan aburrida de escuchar, de un aspecto tan ordinario y de una conversación tan limitada» (Flaubert, ibíd.) que desesperan al joven pasante de notario; Homais, Binet, algunos comerciantes, taberneros, el cura y el alcalde con sus dos hijos, «gentes acomodadas, toscas, obtusas» (Flaubert, ibídem). Sin embargo, tras su repaso, Léon parece encontrar un aliciente: «Pero sobre el fondo vulgar de todos aquellos rostros humanos, la figura de Emma se destacaba» (Flaubert, ibíd.).

La monótona realidad no sólo es la causa del aburrimiento de Emma. Marcha de la granja a Tostes y, finalmente, a Yonville, pero no encuentra remedio a su desilusión. El burgués mediocre, sin sueños ni aspiraciones, encarnado en el personaje de Homais, es el que termina triunfando.

Resulta interesante destacar la caracterización lingüística de los habitantes de Vetusta, tanto de los mejor posicionados como de las clases más bajas. Se presentan dichos que emplean las clases elevadas -«la nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase la rabia» (“Clarín”, 1984: 79), frente a «“muerto el perro, se acabó la rabia”, había dicho uno de los nobles de Vetusta» (“Clarín”, 1984: 94)-, vocablos que utilizan personajes concretos -«Obdulia se acercó al dignísimo Pedro y sonriendo le metió en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con sus labios de rubí (este rubí es del cocinero), (“Clarín, 1984: 161)»- o términos propios de toda la sociedad -«un lugar, a más de abrigado, solitario y lo que llaman allí recogido»- (“Clarín”, 984: 282).


5. PALABRAS FINALES

El análisis realizado sobre dos novelas del romanticismo de la desilusión como Madame Bovary y La Regenta permite ilustrar -y, en cierto modo, condensar- la novelística del siglo XIX francés y español. Aspectos como las mujeres protagonistas, el narrador de ambas novelas, la huella cervantina y la tematología propiamente decimonónica -el adulterio, el sacerdote enamorado y la mediocridad e incomprensión social que provoca, en gran parte, la insatisfacción de las protagonistas- ofrecen una serie de concomitancias desde las que es posible abordar el estudio comparado de ambas obras.



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Ediciones manejadas de Madame Bovary

Flaubert, Gustave (2012): Madame Bovary, edición de Germán Palacios, Madrid: Cátedra.
(1993): Madame Bovary, edición de Juan Bravo Castillo, Madrid: Espasa.

Ediciones manejadas de La Regenta

Alas “Clarín”, Leopoldo (2005): La Regenta, edición de Gregorio Torres Nebrera, Barcelona: Debolsillo.
(1999): La Regenta, edición Víctor Fuentes, grabados de Gómez Polo, Madrid: Akal.
(1995): La Regenta, edición de Mariano Baquero Goyanes, revisión y actualización de Ana L. Baquero Escudero, Madrid: Espasa Calpe.
(1989): La Regenta; El diablo en Semana Santa edición y notas de José Luis Gómez, introducción de Sergio Beser, Barcelona: Planeta.
(1988): La Regenta, edición de Gonzalo Sobejano, Madrid: Castalia.
Referencias teóricas
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y Armando Palacios Valdés (1882): La literatura en 1881, en Biblioteca Virtual del Principado de Asturias <http://www.bibliotecavirtual.asturias.es> [Consulta: 28/3/2014].
Baquero Escudero, Ana L., (1989): Cervantes y cuatro autores del siglo XIX (Alarcón, Pereda, Valera y “Clarín”), Murcia: Universidad, Secretariado de Publicaciones.
Baquero Goyanes, Mariano (2005): “Cervantes, Balzac y la voz del narrador”, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes <http://www.cervantesvirtual.com/obra/cervantes-balzac-y-la-voz-del-narrador-0/> [Consulta: 6/4/2014].
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1 También se ha señalado la relación con La conquista de Plassans, de Émile Zola; novela en la que se muestra el progresivo dominio del padre Faujas sobre Plassans. La vinculación de Faujas con Fermín de Pas, que desde el comienzo se muestra como dueño de Vetusta, resulta, pues, evidente.
2 Se halla en Madame Bovary rasgos propios de la novela naturalista, como la corporeidad -señalada por Sobejano (1988b)-. Recuérdese la caída de Emma en brazos de Rodolphe en el capítulo IX de la segunda parte: «Alargaba el brazo y le estrechaba la cintura. Ella trataba débilmente de desprenderse […]. La tela de su vestido se prendía en el terciopelo de la levita de Rodolphe; inclinó hacia atrás su blanco cuello, que dilataba con un suspiro; y desfallecida, deshecha en llanto, con un largo estremecimiento y tapándose la cara, se entregó» (Flaubert, 2012: 244). Emplea Rodolphe «palabras tan dulces que la hacían llorar» (Flaubert, 2012: 253) y «vehementes caricias que la enloquecían» (Flaubert, ibíd). También Léon la besa en la nuca (Flaubert, 2012: 320).
3 «Ocho días después, cuando Héloïse estaba tendiendo ropa en el corral, escupió sangre, y al día siguiente, mientras Charles se había vuelto de espaldas para correr la cortina de la ventana, la mujer dijo: “¡Ah!”, Dios mío”, lanzó un suspiro y se desvaneció. Estaba muerta. ¡Qué golpe!» (Flaubert, 2012: 103).
4 «Charles […] estudiaba los equinos, los varus, los valgus, es decir la estrefocatopodia, la estrefendopodia, la estrefexopodia y la estrefanopodia (o, para hablar claro, las diferentes desviaciones del pie, ya por debajo, por dentro o por fuera) con la estrefipopodia y la estrefanopodia (dicho de otro modo, torsión por encima y enderezamiento hacia arriba) […]. Para saber qué tendón cortar a Hippolyte, había que conocer primeramente qué clase de pie zambo era el suyo. Tenía […] un […] equipo, ancho […], de piel rugosa, de tendones secos, gruesos dedos […]. Puesto que era un equino, había que cortar el tendrón de Aquiles, aunque luego hubiera que meterse con el músculo tibial anterior a fin de deshacerse del varus» (Flaubert, 2012: 257-259).
5 Sostiene Germán Palacios en su introducción a la novela (2012: 35): «Para Flaubert, el arte de la novela es ante todo el arte de la descripción, que en Madame Bovary alcanza su perfección». Un ejemplo del reflejo de las clases más humildes se halla en la nodriza que cuida de Berthe Bovary: la mujer del carpintero. En el capítulo III de la segunda parte, Emma visita a su hija acompañada de Léon -frente a su habitual desinterés hacia ella-. La humildad de la familia Rolet es presentada a través de una minuciosa descripción de la vivienda, de una sola habitación. El interés concedido a los detalles -«el mayor lujo de aquella casa era una Fama soplando en unas trompetas, imagen recortada […] de algún prospecto de perfumería, y clavada en la pared con seis clavos de zuecos» (Flaubert, 2012: 177)- unido a las súplicas de la nodriza para que le proporcione jabón, café y aguardiente (Flaubert, 2012: 178-179), ofrecen un reflejo fugaz de la miseria en la que se encuentran estos personajes.
6 La familia de Alas se trasladó de Oviedo a Zamora, lugar en el que nació el escritor en 1852; sin embargo, como escribe Pedro de la Llave Alas (2001), nieto del autor, en “Vida de Clarín. Álbum familiar”, «debió nacer en Oviedo […]. Será por siempre y para siempre asturiana su vida y su obra». En la cronología del escritor de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes -cuyos datos expuestos siguen la obra Pérez Galdós y Clarín, de Caudet y Martínez Cachero- la familia de Alas regresó pronto a Oviedo, y aquí termina instalándose “Clarín” «gustosamente […], tal como le confesaba a Galdós (carta del 15 de marzo): “De Oviedo no pienso salir (a no ser por temporadas) en algunos años». En la Universidad de Oviedo ocupó las cátedras de Derecho Romano y de Derecho Natural.
7 El obispo de Oviedo fray Ramón Martínez Vigil, criticó la saturación de erotismo y la mofa a las prácticas cristianas -entre otros aspectos-, cometidas por el «salteador de honras ajenas», generando un escándalo (Lissorgues, 2007).
8 Gullón (1995) sostiene que esta estructura ha de revisarse; considera que en la primera parte también hay acción.
9 En La literatura en 1881, “Clarín”, a propósito de La desheredada, realiza una defensa de la sencillez de la trama naturalista, la cual considera que «merece aplausos cuando acusa [...] profundidad de observación y acierto en el asunto» (1882: 134). Para ilustrar lo expuesto, se resume la acción de La Regenta: en la novela el lector se adentra en la vida de Ana Ozores, una mujer casada deseosa de escapar de la tediosa realidad que la circunda y de hacer realidad sus ensoñaciones mediante encuentros con De Pas -clérigo- y Mesía -caballero que se convertirá finalmente en su amante y que acabará con la vida de su marido-.
10 El inicio de la novela resulta ilustrativo al respecto: «La heroica ciudad dormía la siesta […]. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban [...] persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose» (“Clarín”, 1984: 25).
11 A propósito del padre de Paula Raíces el lector se aproxima al mundo minero: «En Matalerejo, en su tierra, Paula Raíces vivió muchos años al lado de las minas de carbón en que trabajaba su padre, un miserable labrador que ganaba la vida cultivando una mala tierra de maíz y patatas, y con la ayuda de un jornal. Aquellos hombres que salían de las cuevas negros, sudando carbón y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como demonios, manejaban más plata entre los dedos sucios que los campesinos» (“Clarín”, 1984: 300-301).
12 La ausencia de tecnicismos no ha de implicar necesariamente carencia de documentación; sin embargo, la simpleza con la que se presenta la causa de la muerte de Quintanar -una peritonitis- es muestra del naturalismo atenuado: «La bala de Mesía le había entrado en la vejiga, que estaba llena. Esto lo supieron poco después los médicos […]. Frígilis miró a Pepe como si no le conociera; y como hablando consigo mismo, dijo: -La vejiga lena... La peritonitis de..., no sé quien... Eso dicen ellos. -¿La qué, señor? -Nada...¡que se muere de fijo!» (“Clarín”, 1984: 634-635).
13 Unas de las pocas referencias que se halla en la novela sobre la herencia, defendida por los naturalistas, tiene que ver con la acusación de doña Camila hacia la pequeña Ana -considerada una pecadora lasciva, igual que su madre, por quedarse dormida con su amigo Germán en la barca de Trébol-. Sostiene Camila: «“-¡Cómo su madre! […]. ¡Si ya lo decía yo! El instinto..., la sangre... No basta la educación contra la naturaleza”. Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla, como si cultivara una flor podrida» (“Clarín”, 1984: 83). La otra referencia apuntada tiene que ver con la consideración de que Ana, «si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los Ozores, pues lo traían de raza» (“Clarín”, 1984: 99).
14 Señala Paula Préneron Vinche (1996: 110-123) la conexión de Flaubert con su propio personaje, pues el escritor francés, en sus cartas a Turgeniev, habla de sueños de absolutismo y de lujuria, lo que remite a Emma Bovary.
15 Los naturalistas solían reflejar el desorden temporal en sus novelas, como apunta Sobejano (1988b), con analepsis como las que también se hallan en el capítulo XIII, para reconstruir la mañana anterior de Visitación con Quintanar y la tarde con Mesía (“Clarín”, 1984: 260).
16 «Su pena de niña, la injusticia de acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma» (“Clarín”, 1984: 66).
17 «La contemplaba todo contento […], su felicidad se desbordaba […]. La idea de haber engendrado le deleitaba» (Flaubert, 2012: 172-173).
18 El materialismo y el afán de aparentar se hacen presentes incluso en la elección del nombre de la niña. Emma decide llamarla Berthe al recordar que una marquesa denominó así a una joven (Flaubert, 2012: 174).
19 Desde el comienzo de la novela se pueden encontrar tales formas en plural: «Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director» (Flaubert, 2012: 85). Posteriormente volvemos a percibir su uso durante las visiones artísticas de Emma: «Y también estábais allí vosotros, sultanes de largas pipas, extasiados en los cenadores […], vosotros, paisajes pálidos de las regiones ditirámbicas, que a menudos nos mostráis..» (Flaubert, 2012: 123).
20 Cristina Naupert en La tematología comparatista entre teoría y práctica. La novela de adulterio en la segunda mitad del siglo XIX (2001: 146-154) realiza un recorrido por este tema desde la mitología clásica -abundan las infidelidades en diosas, como Afrodita, y heroínas, como Helena de Troya-, pasando por la Biblia -la mujer de Putifar-, la literatura medieval -amores de Ginebra con Lanzarote-, el teatro de los siglos XVI y XVII -La dama boba, de Lope de Vega- y el siglo XVIII -Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos-.
21 Según Emma, «el amor debía llegar de pronto, con grandes destellos y fulguraciones, celeste huracán que cae sobre la vida, la trastorna, arranca, las voluntades como si fueran hojas y arrastra hacia el abismo el corazón entero» (Flaubert, 2012: 185).
22 Se lee en Madame Bovary (Flaubert, 2012: 119): «Antes de casarse, ella había creído estar enamorada, pero como la felicidad resultante de este amor no había llegado, debía de haberse equivocado, pensaba». También en La Regenta se nos hace partícipes de este dato: «La aristocracia, la primera, opinó que Anita hacía una boda loca. La hizo […]. Ana pensaba que tal vez no había entre aquella muchedumbre […] otro más digno de poseerla que aquel don Víctor […]. “No le amaba, no; pero procuraría amarle”» (“Clarín”, 1984:115-116).
23 Una nota llamativa que subraya la actitud patética de Quintanar surge al establecerse -aunque no de modo directo- una comparación entre él y Fermín de Pas. El poderoso dominio que ejerce El Magistral sobre Vetusta se contrapone al que ostenta el ex regente, mucho menos ambiciosa, en la habitación de sus pájaros. Esta idea se ve apoyada por la comparación que establece el narrador desde la perspectiva de Quintanar entre las aves -a las que, incluso, asigna partes corporales humanas- y algunos miembros de la sociedad vetustense: «el tordo estaba enhiesto sobre un travesaño, con los hombros encogidos, pero no dormía […]. “Le conocía bien; era muy aragonés. ¡Y cómo se parecía a Ripamilán!» (“Clarín”, 1984: 74).
24 «-Te digo que esto no es nada- le dijo besándola en la frente» (Flaubert, 2012: 201). «Don Víctor se sentó sobre la cama y depositó un beso paternal en la frente de su señora esposa» (“Clarín”, 1984: 71).
25 Saturnino Bermúdez también sintió ardor amoroso hacia Ana Ozores y, tras ella, siente atracción por Obdulia Fandiño (“Clarín”, 1984: 41-43); Cayetano Ripamilán, aunque no personifica sus deseos, siente la necesidad de ser galante con las damas, a las que considera sujetos poéticos de sus creaciones (“Clarín”, 1984: 50).
26 «Enseguida su pecho empezó a jadear rápidamente. La lengua toda entera le salió por completo fuera de la boca […]. Bournisien se había puesto de nuevo en oración, con la cara inclinada hacia la orilla de la cama, con su larga sotana negra que le arrastraba por la habitación […]. De pronto se oyó en la acera un ruido de gruesos zuecos con el roce de un bastón, y se oyó una voz ronca que cantaba: “A menudo un buen día de calor le hace a la niña soñar con el amor”. Emma se incorporó como un cadáver que se galvaniza, con los cabellos sueltos, la mirada fija y la boca abierta. “Para recoger con presteza la espigas segadas por la hoz mi Nanette se va inclinando hacia el surco que nos da” -¡El ciego!-exclamó. Y Emma se echó a reír, con una risa atroz, frenética, desesperada, creyendo ver la cara espantosa del desgraciado que surgía de las tiniebla eternas como un espanto. “Sopló un viento muy fuerte aquel día y la falda corta se echó a volar”. Una convulsión la derrumbó de nuevo sobre el colchón. Todos se acercaron. Ya había dejado de exister» (Flaubert, 2012: 406-407).
27 «Visita era amiga de Ana desde que ésta había venido a Vetusta con su tía doña Anunciación y con Ripamilán, el hoy Arcipreste. Admiraba a su amiguita, elogiaba su hermosura y su virtud; pero la hermosura la molestaba como a todas y la virtud la volvía loca. Quería ver aquel armiño en el lodo. La aburría tanta alabanza» (“Clarín”, 1984: 165).
28 Incluso en un espacio de ocio como el casino, el aburrimiento se adueña de los personajes: «Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas y oscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del pueblo» (“Clarín”, 1984: 118).

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