• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (22)

    La Locura de la Ratona Miñajapa

    por Ricardo Iribarren


La Ratona Miñajapa había enloquecido.

Para los humanos, la palabra “locura” evoca a enfermeros corpulentos y vestidos de blanco; cuartos acolchados, chalecos de fuerza, drogas y electroshock. Para los Ratones Azules, la locura no existió hasta el contacto con los humanos. Bajo la milenaria Dinastía Obesa, la salud mental de los roedores se debatía en la plaza del pueblo donde los habitantes que no se sentían felices, daban sus razones. Los demás brindaban consejos para recuperar esa beatitud tan apreciada por el pueblo. En la historia de la comunidad, contenida en un voluminoso libro, no se mencionaba un solo hecho que correspondiera a la demencia humana, con sus componentes de aislamiento y dolor.

Los primeros casos de locura ratonil, se produjeron con el descubrimiento del doctor Petrov, diez años atrás y la emigración masiva de los roedores al mundo de los hombres. De los veinte casos registrados, ninguno de los animales había perdido la capacidad de razonar. La prensa brindó gran cobertura al primero de ellos: un ratón adulto, fascinado por la publicidad humana, se imaginó a sí mismo como un hombre guapo y atlético. Convencido de que Selena Rodríguez, una famosa cantante y modelo, era su prometida, burló a los custodios de la actriz y la espió en las cercanías del apartamento. Una noche pretendió entrar y fue entonces cuando lo descubrieron y recluyeron.

Los otros casos no resultaron tan inofensivos: ratones que en su locura robaban automóviles sin saber conducir y producían accidentes fatales; otros que, habiendo conseguido un arma, salían a las calles a disparar sin control.

La ratona Miñajapa era esposa del anarquista y colaborador de la dictadura militar, Luigi Luscenti,. Hacía poco más de un mes, el hombre descubrió a su cónyuge practicando un ritual propio de la raza con otro ratón llamado Cañupán. Ambos roedores se desdoblaban y los respectivos espectros se arrojaban del décimo piso y volaban libremente hasta llegar al suelo. Este juego tenía como objetivo afianzar la identidad cultural, pero el anarquista le atribuyó un matiz erótico, y se sintió traicionado por su esposa.

El celoso marido llegó al apartamento donde los cuerpos de los ratones, casi inconscientes, permanecían abrazados. Allí, Luscenti, los despertó y amenazó y torturó al ratón poeta llamado Cañupán. Por último, destruyó a su Rey. Así llamaban a una gruesa oruga que vivía en la nuca de los roedores y que administraba las funciones vitales. Completado esta suerte de homicidio y viendo que su esposa tenía una crisis nerviosa a la que no podía conjurar, la ató a la cama, tomó su propia oruga y la sujetó con dos pinzas a fin de detener las funciones. Como resultado, la ratona dejó de gritar, quedó inmóvil y su cuerpo se adelgazó hasta convertirse en una leve plancha de piel.

Al verla así, Luigi Luscenti pensó en una enorme alfombra con cabeza de ratón. Quizá pudiera colocarla en la pared como hacían quienes se dedicaban a la caza y cubrían los muros con pieles de animales, pero aquello estaba penado por leyes internacionales y no podía ser tan público.

Fue entonces cuando decidió utilizar el cuerpo de la ratona como forro de su chaqueta. A partir de aquel momento, hiciera frío o calor, el anarquista nunca se separaba del abrigo.

La función de Luigi Luscenti era ganar la confianza de los opositores al gobierno, quitarles información y luego delatarlos. Una tarde en la que llevaba nuevas listas al General Anaya, el militar advirtió el excesivo grosor del abrigo y vio por un momento la rígida cabeza de la ratona que asomaba por un costado del cuello del anarquista.

- ¿Qué es eso, Luscenti?
- Es la cabeza de mi esposa, general. La he convertido en el forro de mi chaqueta. Usted sabe que a las mujeres hay que demostrarle quien es el amo.

Aquello maravilló a Anaya. Lo consideró una moda digna de practicar entre sus camaradas, especialmente quienes habían unido los destinos a ejemplares hembras del mundo de los Ratones Azules.


La Ratona Miñajapa despertó una mañana y sintió que podía mover los brazos. De quererlo, podría levantarse y marcharse. Los ganchos que sostenían a su Rey, la gruesa oruga que manejaba los centros vitales, se habían soltado, cayendo al piso. De allí fueron recogidos por la empleada de la limpieza que no estaba informada de la operación con la que su esposo había detenido las funciones del gusano. Ahora, Miñajapa podía inflar el cuerpo, levantarse y marchar, pero prefirió seguir inmóvil. En aquel tiempo, la locura había avanzado y decidió por el momento quedar como el fantasma de un ratón; una piel seca, inerte, que sólo servía para reforzar el abrigo de su esposo.

El ojo derecho de Miñajapa no paraba de llorar. Las gotas caían al piso y formaban un pequeño charcos. No eran lágrimas de autocompasión. No se lamentaba por la conducta de Luigi Luscenti. La causa de la locura fue presenciar la destrucción del Rey, es decir el gusano situado en la cabeza del ratón Cañupán y al que su esposo arrojara contra un ventilador de techo, convirtiéndolo en papilla. Aquello hubiera sido un espectáculo devastador para cualquier habitante del pueblo de los Ratones Azules.


La locura de la ratona tenía dos columnas: el odio, el desatino, el desequilibrio en la pupila que lagrimeaba, mientras que la visión sin límites, la percepción de lo que ocurría a su alrededor y en la lejanía, eran potestades del ojo izquierdo, el seco.

Aquella mañana, a eso de las diez, la Ratona Miñajapa supo que Luigi Luscenti estaba por llegar. Afuera no hacía frío, pero él regresaba por la chaqueta. La primera maldición la profirió el anarquista al advertir que los ascensores no funcionaban y que debía subir por la escalera los diez pisos.

La ratona sabía que el aroma de su piel, irrigada por las glándulas, enloquecía a su marido. Al anular el Rey y adelgazar su cuerpo hasta convertirlo en una alfombra, buscó humillarla. En cambio la transformó en una droga a la que ahora no podía abandonar. Necesitaba oler en todo momento las secreciones que exudaba la entretela viviente del abrigo, o sea su propia esposa.

Mientras el ojo derecho se llenaba de lágrimas ardientes, el izquierdo veía con serenidad como Luscenti murmuraba la segunda maldición; la escalera estaba bloqueada y su esposo debió desviarse para tomar la de incendios.

De haberlo querido, con su locura lúcida, Miñajapa podría haber contado las chinches que el encargado del edificio ocultara debajo de los tapetes que cubrían los peldaños; calcular el número exacto de pisadas que daba Luscenti con sus zapatos de charol, o conocer los secretos íntimos de las personas que entrevistara durante el día. También estaba a su alcance precisar la traspiración medida en gotas que supuraban las glándulas sebáceas del anarquista y el número de pelos que caían de su cabeza, con una avanzada y visible calvicie.

Cuando faltaba un piso para que su esposo llegara, la ratona Miñajapa observó un bate de béisbol apoyado contra una de las paredes. Con los músculos lubricados y mejorados por la locura, levantó una de sus patas y acarició la empuñadura. Su esposo no sabía que había recuperado los movimientos; que podía blandir aquello y convertirlo en arma.

El anarquista debía subir otros dos tramos de escalera. Sometido a un intenso entrenamiento físico, Luigi Luscenti se consideraba perfecto. “Un Dios en cuerpo y alma”

Un año atrás, bajo la influencia de las novelas de la televisión humana, la ratona Miñajapa se había convencido que ella era una mujer hermosa y enamorada. Cuando Luigi Luscenti viajó hasta su mundo para declarar su amor, los roedores hembras la envidiaron. Ahora, la visión del ojo izquierdo recordaba esas imágenes como falsas y pueriles. La única realidad era la destrucción. Una destrucción como la que sufriera el Rey del ratón Cañupán. El ojo izquierdo murmuraba verdades certeras y la más importante era que un mundo nuevo de seres inocentes, sólo podría emerger de la aniquilación total. Del hundimiento de aquel cosmos y de quienes lo habitaban.

Al entrar, Luigi Luscenti tropezó con el felpudo y lanzó la tercera maldición. Una vez en la sala y repitiendo un hábito diario, se arrodilló junto a Miñajapa y la miró a los ojos.

Pebeta, por vos tuve que matar. El tiento de la sangre es el que nos une y nunca nos va a separar.

Le dio la espalda y caminó hasta el estante cubierto de imágenes, donde encendió una vela a la Santa Muerte. El ritual llevaba un minuto y medio, pero aquel día los fósforos estaban húmedos. Luigi Luscente probó uno tras otro hasta encontrar el que pudiera prender. Aprovechando la demora de su esposo , la ratona Miñajapa volvió a sacar la pata . Las uñas permanecían firmes, brillantes y filosas, con restos de esmalte de la época en que soñara con ser una mujer humana. La extendió y acarició otra vez la empuñadura del bate. Sería fácil matar a Luigi Luscenti. Muy fácil. Sólo dos movimientos: levantar el palo y descargarlo. La cabeza de los humanos era frágil. Un golpe bien dado en la base de la nuca lo mataría. Luego, lo golpearía y seguiría golpeando, hasta que el bate se llenara de sangre, cabello, esquirlas de hueso y sesos.

La ratona apretó con fuerza la madera y en ese momento sonó el teléfono. Retiró la mano y la guardó otra vez debajo de la chaqueta Luigi Luscenti atendió el llamado. El ojo izquierdo de Miñajapa supo quién era el interlocutor.

- General Anaya… si, entiendo, me necesita. ¿Tiene que ser ahora mismo? Está bien, llegaré en diez minutos.

El anarquista se acercó a la chaqueta. Acomodó a su esposa para que siga funcionando como el pintoresco forro de la prenda. Ella se mantuvo quieta. El anarquista no advirtió el ojo que lloraba ni el otro que, lo miraba con una expresión extraña, casi luminosa.

Luigi luscenti se probó la chaqueta. La ratona sintió la presión caliente y familiar de su espalda. Aspiró el fuerte olor a cigarrillos ásperos, que a veces la hacía toser. Su esposo dio tres vueltas frente al espejo de la sala.

Te voy a dejar, pebeta. Te voy a extrañar pero no te llevaré conmigo. No es que tenga calor, sino que el otro día, cuando el general Anaya te descubrió, noté que te miraba con ganas. No quiero que nadie te ambicione. Naciste para ser mía y mía continuarás.

La ratona no contestó. Su ojo izquierdo ya había visto lo que estaba por ocurrir.


La camiseta, el calzoncillo y un par de medias largas hasta las rodillas, mostraban sin ningún pudor el vientre abultado y las nalgas chupadas del General Anaya. A estos detalles los disimulaban los imponentes uniformes y el porte que el militar se empeñaba en mantener durante sus horas de vida pública.

Ahora, sentado en la camilla y sin cuidado de su aspecto, los ojos del General brillaban y no podía evitar una sonrisa que amenazaba con convertirse en una carcajada de satisfacción.

- Doctor, sé que usted va a decirme que todo está como la última vez, pero no es así. Le aseguro que mi cuerpo no está como la última vez.
- Al menos lo veo contento general. Hable sin problemas. Usted sabe que estoy para escucharlo y hacer que su salud mejore.
- Una persona de mi confianza, doctor. Un hombre que ha mostrado una y otra vez su lealtad a nuestro régimen. Es algo que todavía no puedo creer. Ha tomado como esposa a una ratona y la lleva viva como el forro de su chaqueta… no me mire así, doctor. No venga a decir que eso es ilegal porque en el país somos nosotros los que decidimos qué debe ser legal y qué no. Pero no quiero discutir eso, sino a decirle que ese ratón hembra despedía un fuerte olor a serrucho; a madera recién cortada, como en el aserradero de mi cuñado. Con ese olor, mi boca se llenó de saliva, y tuve una erección doctor. Usted me va a decir que es un reflejo, pero ¿sabe desde cuando no tenía una erección? Creo que desde hace cinco años cuando tomamos el poder. ¿Es posible que haya ocurrido por esa ratona? ¿ o tengo que buscar en otra parte?

El médico lo miró pensativo. No era frecuente que Anaya estuviera tan ansioso. Los militares debían disimular las emociones, aún en presencia de los médicos. Pero el general tenía el rostro rojo, restregaba las manos, y parecía un adolescente a pesar de sus setenta y tantos años.

- Es posible que haya sido como usted dice, General. Los últimos estudios revelan que esas ratonas segregan una buena cantidad hormonas que flotan en el ambiente. Las absorbemos como elementos aromáticos. En un estudio hecho sobre cien casos de impotencia, setenta mejoraron de inmediato al sentir por primera vez el olor que despedían estos roedores
- Dígame, doctor. ¿Existe algún perfume con ese olor, algo que se pueda comprar en la farmacia y que produzca el mismo efecto?
- Existe, pero no es efectivo. El olor de las glándulas no se puede conservar. Debe absorberse fresco para disfrutar de los resultados.

Anaya pensó durante unos segundos

- Si coloco una de esas ratonas en el forro de mi chaqueta, ¿podría tener una erección permanente, o al menos funcionar mejor?
- En teoría es así. Pero debe saber que hay leyes internacionales que prohibirían una cosa como ésa. Le digo en caso que quiera hacerlo…
- Doctor, con todo respeto, usted está obsesionado con lo que es legal y con lo que es ilegal

El general Anaya se levantó de la camilla y empezó a vestirse

- Usted también es militar y fue educado como un hombre de acción. Entonces debe saber que llegado a cierto punto, lo que importa es lo que a uno le sirve. Lo demás son paparruchadas.

El general salió del consultorio y realizó un par de llamados. Luego volvió a su despacho en el Edificio Águila y se sentó a esperar.


Otra vez sola en el apartamento, la Ratona Miñajapa reflexionó. La locura era su compañera. Una amiga cálida que la protegía. Nunca había sentido esa mezcla de euforia y serenidad. Su mente podía bajar las largas escaleras, llegar a las calles. Ver el automóvil verde oscuro que alguien estacionara a dos cuadras. Lo conducían dos hombres que ahora descendían y caminaban hacia el edificio donde ella se encontraba. Miñajapa pudo ver los zapatos: borceguíes gruesos, acordonados, como los que usan los militares. No podía ni le interesaba observar sus caras. Alguna vez un ratón anciano había dicho con desprecio: “Los humanos son todos parecidos. Siempre se los confunde”. Aquellos hombres sabían que estaba sola. Que Luigi Luscenti se había marchado.

El ojo derecho de la ratona seguía llorando el odio amargo, mientras que el izquierdo evaluaba el futuro, los cambios que se aproximaban. Ya los hombres llegaban al apartamento. Abrían la puerta central con una llave falsa. Ya los borceguíes subían al ascensor de carga. Buscaban su piso, el número del apartamento. Abrieron la puerta con otra llave maestra. No se detuvieron en la caja fuerte donde el anarquista guardaba dinero y valores. Se acercaron a la silla que sostenía a la ratona. Por un momento se colocaron uno a cada lado, como custodiándola. Uno de ellos se quitó la gruesa chaqueta que llevaba. Tomó la que colgaba, ajustó a Miñajapa en el interior del abrigo y se lo puso. Ambos se miraron, asintieron con la cabeza y se marcharon. Aquella misión había sido demasiado fácil.

Apretada contra la espalda del hombre, con las cuatro patas abiertas, el ojo izquierdo de la ratona parecía sonreír.

Ver Curriculum
Curriculum





volver      |      arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS    |    CULTURALIA    |    CITAS CÉLEBRES    |    plumas selectas


Islabahia.com
Enviar E-mail  |  Aviso legal  |  Privacidad  | Condiciones del servicio