• Sergio

    COLABORACIONES

    Leonardo da Vinci y Pedro Navaja

    por David Sergio del Real Segura


Por la esquina del viejo barrio le ven pasar, con el “tumbao” que “tien” los guapos al caminar. Y continua, más allá del vecindario, sigue andando y andando... adentrándose en Long West Miami para un asunto. Walking down street, Pedro Navaja. Pareciese como si llevase la música de fondo.

Cruza su jurisdicción, su terreno, su zona de confort. Deja el gueto puertorriqueño para entrar donde “cortan el bacalao” los italianos e irlandeses.

Es cierto que están llegando muchos rusos y rumanos. Están los sicilianos y los chinos de siempre. No importa, aquí, en la ciudad del sol, todas las mafias se achantan ante las presiones latinas; cubanas, colombianas y chicanas.

Pedro Navaja mira para un lado, mira para otro y entra en un bar de la zona. No es él de aventurarse en lugares en los que no se siente muy seguro, pero esta vez se está meando.

Hay que andarse con ojo. Él lo hace. La vida de un personaje de su calaña corre peligro desde que abre los ojos por la mañana hasta que los cierra al dormir. Por la noche no hay peligro, pasa esas ocho horas en una cámara acorazada que él mismo diseñó y le encargó al panameño Jose Suárez. Sí, al que todos conocen por ser el herrero que fabricó el batiscafo en el golpe del Central Union en abril del noventa y tres. Un trabajo magnífico.

La caja fuerte donde duerme tiene oxígeno suficiente para una noche y se cierra por dentro con una única llave de titanio. Las paredes son forjadas de treinta centímetros de espesor, es decir, para abrirla desde fuera, haría falta por lo menos cuarenta kilos de explosivo plástico. Por eso es que duerme tranquilo. Tiene demasiados enemigos, sobre todo después de la canción de Rubén Blades. Qué gran metedura de pata la del cantante, nunca se lo perdonará. Desde entonces todo el mundo quiere matarle. Se lo “bajaría de un fierrazo” si no fuera porque es el marido de la cuñada de su prima.

Recapitulamos. Pedro Navaja entra en el bar. La puerta grande de cristal opaco pesa un montón. Mientras la abre piensa que volverá al gimnasio un día de estos. Al chulo le sorprende mucho la claridad interior. Azulejos color crema, fluorescentes, colores muy vivos y una barra al fondo. Parece el Burger King. Está prácticamente vacío. En un rincón del salon-comedor, una ancianita le da de comer a un hombre tetraplégico. También hay un viejo de gafas grandes y aspecto siciliano con un delantal, barriendo. Pedro se acerca y le pregunta por el baño.

Nada más terminar la pregunta se arrepiente.

“Al fondi, a la destra. Como en todos lados”.

Pedro Navaja se achanta un poco y empieza a caminar avergonzado. Abre sigilosamente la puerta del WC y percibe una gran amplitud (se puede jugar allí al Hockey) y un fuerte olor a pintura. Junto a los lavabos observa algo muy extraño. Hay dispuesto un andamio con un travesaño de madera a un metro de altura. Botes de pintura, pinceles y trapos sucios. Se acerca y ve que alguien ha estado pintando un fresco en la pared junto a los espejos.

La pintura le absorbe toda su atención: Un pene gigantesco con todos sus detalles. Es de una calidad sublime. Mira alrededor, no ve a nadie. Oye la cisterna de un vater y se gira. De uno de los baños sale un hombre cuarentón con una toga celeste y alpargatas. Es Leonardo da Vinci. Le sonríe.

Leo
Ciao.

Navaja
¿Eres italiano?

Leo
Ciao.

Navaja
¿Tú has pintado esto?

Leo
Ya.

Navaja
¿Un rabo?

Leo
Sí.

Navaja
¿Una minga?

Leo
Eco.

Navaja
Una pija gigante.

Leo
Di acordo.

Navaja
Una polla descomunal.

Silencio

Leo
Sí. Ma ¿que-tim porta?

Navaja
¿Y con que objeto?

Leo
Con los pinceles.

Pedro Navaja comienza a perder la paciencia.

Navaja
Que para qué has pintado esto...¡Tarado!

Leo
Es un encargo di Alessandro di Trevi, il mío amico. ¿Ma qué passa?

Navaja
Esto es una mierda.

Leo
Cuando éramos bambinos, en la escuola siempri pintábamos pollinas en los lavabos.

Navaja
¡Los típicos gamberros!

Leo
Ahora, Alessandro es il capo de la zona y me encargó un gran carajini aquí...en il suo ristorante...

Navaja
Esto es un insulto. Aquí pueden entrar niños. Es muy ofensivo.

Pedro saca lentamente una Smith & Wesson del treinta y ocho y apunta a Leonardo. Curiosamente ya no usa navaja desde la famosa canción.

¿Tienes pintura blanca?

Leo
Claro.

Navaja
¡Borra todo esto ahora mismo!

Leo
Ma que diche...¿Ma tú eres imbechile?

Da Vinci habla uniendo la punta de sus dedos de la mano girada hacia arriba en un gesto muy italiano.

Navaja
No estoy bromeando.

Leo
Ma esto es una obra de arti. Ma io sonno Leonardo da Vinci.

Navajas
Como si quieres ser Juan Valdés. Esto lo borras. Y si dices “Ma” otra vez, te comes medio kilo de plomo.

Leo
Io no puodo hacer eso. Llevo catorce días y nochis laburando...Io no puodo.

Navaja
¡Dame la puta pintura blanca!

En un golpe de furia e impaciencia Pedro Navaja se guarda el arma, se abalanza sobre Leonardo y le quita los pinceles. Coge la pintura blanca y empieza a dar brochazos al fresco anatómico ante la mirada de estupor de su autor.

Leo
¡Hijo de puti, mariconi!

Navaja
¡Calla travesti!

Leo
Alessandro ti va a matar.

Leonardo comienza a dar gritos y a llorar como un niña pequeña. Pataleando, chillando y arañándose la cara.

Se abre la puerta del baño y entra la madre de Stephen Hawkings dando porrazos con la silla de su hijo vacía.

Madre
Esto no está habilitado como debe ser. Mierda de pizzerías.

Da Vinci la mira y deja de sollozar. Navaja se vuelve extrañado y reconoce a la ancianita que estaba en el comedor. La vieja forcejea la aparatosa silla que no entra por la puerta del baño porque roza en ambos lados del quicio de la puerta.

Navaja
¿Qué hace vieja loca? ¿No ve que estamos ocupados?

Madre
Putos extranjeros, sabía que el baño no estaba homologado en condiciones. Se lo dije a mi hijo Stephen, déjame la silla que voy a mirar. Y fíjate, no cabe por la puerta.

Navaja
¿Quién demonios es su hijo?

Madre
¿A usted qué le importa?

Navaja
Da igual. Lárguese ahora mismo.

Madre
Mi hijo inventó los agujeros negros pensando en tipos como ustedes, lacras sociales, champiñones con teléfonos móviles, parásitos inconscientes...

La madre de Stephen Hawkings trastea los bolsillos de la silla de ruedas y saca una pequeña ballesta. Apunta a Pedro Navaja con firmeza. El mafioso alza sus manos y los pinceles le chorrean toda la pintura blanca por la americana de cuero. Eso le da muchísimo coraje. Se la compró la semana pasada. Se muerde el labio inferior. La mirada entre los tres en silencio dura más de medio minuto. Leonardo da Vinci observa aguantándose las lágrimas, casi sin respirar.

En el último momento, la madre de Hawkings mueve su objetivo y le acaba disparando al genio italiano en mitad del pecho.

¡Seguro que este tiene toda la culpa!

Da Vinci se mira la flecha en mitad del pecho y llora doliéndose y a la vez impresionado.

Leo
¡Ay, mío Dío!

Navaja
¿Qué ha hecho, chalada? ¿No sabe quien es este man?

Madre
Un gilipollas.

Navaja
Miguel Angel, coño, el de la Capilla Sixtina. Estaba aquí pintando una polla por encargo.

Leo Sin resuello.
Da Vinci, joder, Da Vinci.

Navaja
¡Vieja gorda!

Madre
Calla, sudaca y da gracias que sólo tengo una flecha, si no, caes tú también. Me voy con mi hijo a otro restaurante. Vaya mierda de sitio.

Pedro Navaja hace un gesto de indiferencia y la señora se marcha. El proxeneta mira al artista que va cerrando los ojos poco a poco con una mueca condescendiente. Se vuelve a seguir tapando la pintura y silva la sintonía de la serie “Apartamento para tres”.



El autor:
David Sergio del Real Segura es Licenciado en Ciencias de la Información, Diplomado en Magisterio y Locutor de Radio y Televisión, titulado por IFES.





volver      |      arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS    |    CULTURALIA    |    CITAS CÉLEBRES    |    plumas selectas


Islabahia.com
Enviar E-mail  |  Aviso legal  |  Privacidad  | Condiciones del servicio