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    Los Ipequíes

    por Marta Díaz Petenatti

marta 222



(Cuento del Litoral)


Amancay era hermosa. Tenía ojos bellísimos, azules como el mar en calma.

Me deslumbró su cara angelical, la tersura de su piel, la sonrisa de su boca. Parecía que Cuarajhí (el sol) la había abrazado con sus dorados rayos de luz.

Sentado sobre una piedra al borde del río Ayuí miraba el movimiento del grupo de lugareños que, cual Panambí (mariposas), revoloteaban alrededor de Amancay.

No entendía por qué estaban todos supeditados a sus deseos, hasta que don Cayetano _buen observador del ser humano_ se me acercó amistoso.

_Parece que Amancay está llamando su atención.
_Sí, sí, es preciosa, pero ¿por qué todos giran a su alrededor?
_¿Pero cómo? ¿no se ha dado cuenta?, la Amancacita no ve, es cieguita.
_¿Ciega? ¡pero si sus ojos tienen vida! ¿o acaso no ha visto el brillo que tienen?
_¡No sé! Pa´ nosotros es cieguita no más. Aunque pensándolo es raro esto. A veces desaparece por horas y luego vuelve contenta, feliz, como si hubiera visto algo, ¡qué sé yo! no son pa´ mí los misterios. Mejor lo dejamos así.

Quedé ansioso, yo no lo dejaría así. No me parecía un misterio sino algo raro que estaba sucediendo y quería averiguar, pero …¿qué era? Varios días estuve observando.

Era un lunes cuando vi que Amancay se internaba en los esteros del Pairirí_(río Correntino) y la seguí sigiloso. Mi curiosidad iba in crescendo a medida que nos internábamos en la selva vírgen donde el canto del biguá, de las urracas y del mboí parecían música dulce a mis oídos.

La naturaleza decía presente en todo su esplendor.

De pronto apareció un claro en la selva. Era un círculo perfecto y en el medio estaba Amancay arrodillada con las manos elevadas sosteniendo un bellísimo Ipequí (ave del sol) cuya especie curiosamente había aparecido hacía poquitísimo tiempo.

Un sonido acompasado bajaba del cielo junto a rayos de sol que se posaron con suavidad y amor sobre Ipequí y lo fueron levando hasta desaparecer completamente.

Paralizado por lo que había visto, me di cuenta de la cercanía de Amancay sólo cuando ésta tomó mi cara con sus manos y mirando fijamente a mis ojos me dijo:

_ Sí, ahora veo definitivamente. Cuarajhí me ha devuelto la vista. Ha cumplido con el pacto.
_¿Qué pacto? -pregunté trémulo.
_Le cuento. Cuarajhí estaba paseando con sus hijos cuando apareció Yasí-ratá (el lucero), quien envidioso y en un ataque de celos y furia fue arrojando uno a uno todos los Ipequíes  (sus hijos) a la tierra.

Desesperado el Sol por no poder hacer nada desde su altura y al ver que yo era la única en la aldea que tenía dificultades, me dijo que si le devolvía a todos sus hijos me pagaría dándole vida a mis ojos.

Prometió que por cada uno que le fuera enviando a su lado me daría un poquito de esperanza y de luz para que creyera en él y en su palabra comprometida conmigo.

Así lo hice, me ha llevado años. Con cada hijo que le enviaba veía lucecitas cada vez más claras. Mas hoy acabo de cumplir mi promesa y fui recompensada como él lo prometiera.

Dicho todo esto y desbordada de alegría, retomó el camino delante mío saltando y mirando todo maravillada, llena de felicidad.

Al distanciarse nuevamente sentí un escozor que me corría por la espinilla. La imagen de Amancay se iba haciendo borrosa dentro de un haz de luz que circundaba su imagen.

¿Será que quizá Cuarajhí la quiere para él junto a sus hijos? pensé, y sólo atiné a cerrar los ojos y sentarme atónito a la vera del río Pairirí.

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