• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (24)

    La Locura y su Médula

    por Ricardo Iribarren


(Segunda parte de “La Locura de la Ratona Miñajapa”)


“…el ojo izquierdo de Miñajapa escuchó con atención el entrechocar de copas. Para su locura, el futuro era una superficie plana, perfectamente visible, que se extendía entre tensos bloques de eternidad.”


1
La locura de la ratona Miñajapa era profunda. Quizá sin retorno.

La locura proviene de un golpe físico o mental y representa la supresión de ciertas partes del Rey y el exacerbamiento de otras.

Lo anterior es un fragmento del manuscrito de Añajanaja, quien vivió en el año 600 de la era cristiana y el 3947 de la era de los ratones. El sabio roedor, escribió un compendio sobre las alteraciones mentales de los microbios que se utilizaban para fermentar los sabrosos quesos, propios de la cultura de su pueblo.

El Rey de un ratón es su centro más íntimo. Una larva voladora que mantiene el equilibrio de los cinco órganos fundamentales; que permite la vida. Cuando es la tierra la que predomina en un temperamento, el Rey se concentra en el olfato, y es quien guía los actos del roedor. Con el agua, los oídos son los protagonistas y con el fuego, las sutiles emanaciones se centran en la mirada. Al producirse la locura, uno de estos elementos se aísla y cree ser el único. El razonamiento del orate es correcto ―afirmaba Añajanaja ― . Lo que enloquece es su contexto.

Uno de los ojos de la ratona Miñajapa, lloraba amargas lágrimas de odio. (Lo llamaba “El Ojo del Dolor”). La mostraba a sí misma amarrada y amordazada en el fondo de un pozo. Desde allí contemplaba una y otra vez algo que nunca hubiera imaginado: su esposo, Luigi Luscenti, destruyendo el Rey del ratón Cañupán.

El otro ojo, lúcido, siempre abierto aún durante el sueño, maquinaba la venganza. Liberado de toda emoción, razonaba, actuaba, observaba, evaluaba, calculaba, medía y pesaba. Desde la locura, realizaba los cálculos más sofisticados con una pasión helada; ordenaba al cuerpo la ejecución de las acciones más dispares y complejas y jamás se equivocaba.

No se entendía por qué los ratones dejaban atrás los hermosos paisajes de su tierra y se precipitaban a la perversa civilización de los hombres. Mucho menos se entendía que la mayoría de los roedores, un pueblo de poetas y filósofos, se concentraran en aquel país donde día tras día la dictadura mataba a miles; donde cualquier actitud diferente, era tomada como un ataque político.

Un año atrás, Miñajapa se había casado con el anarquista Luigi Luscenti. Llegó al altar profundamente enamorada. En la primera noche, su flamante esposo sufrió un súbito ataque de celos y la golpeó furiosamente. Aquello continuó y al mes de matrimonio, en una helada madrugada de invierno, debieron hospitalizar a la ratona por graves quemaduras en el lomo y la fractura de una de las patas traseras.

Miñajapa siguió adelante con la relación, haciendo gala del empeño que caracterizaba a su raza. Tenía la convicción de que su esposo podría cambiar. Ataques de llanto incontrolable, amargo dolor y protestas de amor de Luscenti, seguían a la violencia. La ratona sentía un placer maternal cuando aquel niño grande y arrepentido, apoyaba la cabeza en sus pequeñas ubres. Estaba convencida que cada castigo sería el último.

Cuando su esposo destrozó el Rey del ratón Cañupán, Miñajapa enloqueció.

Frente al descontrol de la ratona, el anarquista extrajo la larva que constituía el centro de su ser y la enganchó en la parte interior de las paredes del cráneo. Esto hizo que Miñajapa no pudiera pronunciar palabra durante un mes. Pasado ese tiempo, los soportes que sostenían el Rey de Miñajapa cayeron y la larva se acomodó en su receptáculo. La ratona volvía a disponer de sus facultades, pero nadie lo supo y Luscenti, así como el personal de limpieza y los visitantes, siguieron viendo el mismo felpudo exótico con cabeza de roedor.


2
Aquella mañana de primavera, el General Anaya recibió el cuerpo de Miñajapa en su forma de tapete. Había ordenado a dos de sus hombres de confianza, que lo robaran del apartamento de Luigi Luscenti. Exigió a sus subalternos que se marcharan y en el garaje de la parte trasera, oculto a las miradas de los vecinos, abrió la caja con manos temblorosas Retiró la piel de ratón y la examinó. La cabeza permanecía inmóvil, con los ojos abiertos y brillantes. Parecía muerta, pero al colocar un espejo junto a sus fauces, se empañaba. Además, el olor picante que llegaba hasta el fondo de las fosas nasales del militar; que descendía por la laringe, caracoleaba en el estómago y se dirigía como una centella hacia el pubis, indicaba que la ratona vivía.

A pesar de las numerosas campañas que realizara en el norte del país en busca de subversivos, la piel del General Anaya nunca logró el bronceado atractivo y saludable al que siempre había aspirado. En sus épocas de oficial, algún superior lo comparó con un pescado muerto por la blancura. Se refugió entonces en su cabello negro y en los ojos azules y saltarines, que gustaban a las damas. Cerca de las comisuras, los labios exhibían un par de arrugas que le daban cierto aire de crueldad. Alguna vez su peluquero ofreció disimularlo con maquillaje, pero él se negó. El rictus era un gesto de hombría y aumentaba su orgullo.

Desde los cincuenta y tres años, la libido del general empezó a decaer. Hierbas hechicería o medicamentos recetados por su médico; nada daba resultados. En uno de los casinos de oficiales, le hablaron del polvo de cuerno de unicornio que mezclado con brandy o whisky de buena calidad, sería un remedio milagroso.

Por su posición y prestigio, lo incluyeron en las discretas listas de espera de la organización Eunuperia. Una información clandestina aseguraba que un unicornio estaba por morir. Cuando lo hiciera procesarían huesos y cuerno y Anaya recibiría un pequeño sobre de aquel preciado polvo gris. El consumo regular, garantizaba “erecciones hasta pasados los noventa años”.

En ese tiempo convocó a Luigi Luscenti, en relación con los reclamos internacionales que produjera la desaparición del ratón Cañupán. Al preguntar por un bulto en su chaqueta, el anarquista confesó que llevaba a su esposa como forro. No sólo buscaba abrigarse, sino castigar una infidelidad. Cuando se acercó a observar el roedor embutido en la espalda, Anaya sintió aquel olor entre picante y embriagador, que parecía unir su nariz con la pelvis a través de un arco de fuego. El resultado fueron una serie de inmediatas y potentes erecciones. El viejo impulso retornaba, acompañado de imaginarios olores bélicos y sones de clarines.

El general se ocupó personalmente de llevar la alfombra a su apartamento: tres alcobas, numerosos detalles de confort y cuatro Picassos originales. Para el militar eran cuadros llenos de rectángulos coloridos que armonizaban con los tonos de las paredes y que habrían sido pintados por un artista comunista. Impresionaban a algunas de las damas universitarias que lo visitaban.

Anaya colocó a la ratona Miñajapa en el piso, cerca de la entrada. Al pisarla con sus botas, el roedor no se movió ni se quejó. El militar tampoco advirtió gestos en su rostro. Inalterable, mantenía ese excitante aspecto de silenciosa y miserable alfombra. Los ojos fijos, brillantes, imperturbables miraban un punto indefinido. Lo ideal sería colocarla en el dormitorio, lo más cerca posible de su nariz, pero conocedor del temperamento femenino, pensó que quizá rompería el clima erótico. Tal vez si la ubicaba debajo de la cama, pero allí no estaba seguro que siguiera despidiendo aquel aroma, que golpeaba su bajo vientre como un cross

Las damas dejarían los abrigos y serían invitadas a la siguiente habitación Allí reposarían en uno de los tres cómodos sofás, beberían un trago y escucharían música relajante. En esta etapa, el general invertiría media hora (Una “aproximación táctica”, la llamaba) Luego pasarían al dormitorio, donde se resolvería lo principal del encuentro; la batalla decisiva.

A los veinte minutos de la colocación de la alfombra, Anaya comprobó que el olor llenaba cada uno de los rincones de la casa. Su médico le había hablado de las feromonas. Un aroma que sólo podían percibir los machos y que seguiría actuando aunque en el ambiente se volcaran todo tipo de desodorantes,. Cientos, quizá millones de aquellas feromonas, emanarían de la piel de la ratona. Al entrar en las fosas nasales de Anaya, convertirían al maduro militar en un adolescente perseguidor de hermosas mujeres, como lo fuera sesenta años atrás.

Marcó un número en su teléfono

— Gladys… sí. Me gustaría verte ahora. No importa lo que pasó. Quisiera hablar contigo… Ya sabes que soy muy ejecutivo. Por supuesto… soy un militar. Te espero en el departamento en veinte minutos. Avisaré a los vigilantes que te dejarán pasar.

Gladys tenía veintitrés años y en el último encuentro se había entregado en toda su desnudez, pero el General no tuvo erección. Ella afirmó que lo más importante era el afecto, pero desde aquel día se mostró evasiva cada vez que el militar proponía una cita. Ahora Anaya le demostraría quién era el hombre.

Todas las mujeres quieren eso, afirmó mirándose al espejo y advirtiendo con orgullo que alrededor de la boca aumentaba el rictus de crueldad.

Mientras la esperaba, el General fue a la habitación del fondo, donde doscientos veinticinco pistolas, rifles y ametralladoras permanecían cuidadosamente ordenados. Muchas de las armas provenían del ejército nazi. Anaya acostumbraba a sopesarlas, revisarlas y admirarlas. El contacto con aquellas máquinas de matar, lo relajaba.

No supo que los ojos de la ratona Miñajapa lo observaban. No podía imaginar que el derecho lloraba amargamente, mientras el izquierdo evaluaba la situación. De descubrir el pequeño charco en el piso, lo hubiera atribuido a una condensación de humedad; quizá diera la orden a su sirviente que informe al consorcio del edificio. Nunca pensaría en la silenciosa corriente de desesperada locura que circulaba debajo de aquella piel sedosa y gris.

Mientras revisaba la colección de pistolas “Lugger” de espaldas a la puerta, no vio a la ratona levantarse y caminar sigilosamente quince pasos para examinar con curiosidad las armas a las que iluminaban las luces embutidas de las vitrinas. El ojo izquierdo de Miñajapa las contempló con un suave e intenso alborozo. Servían para matar y el militar las guardaba cargadas.

La ratona retrocedió y en el momento en que se tendía en su posición oficial de felpudo, Anaya regresó a la sala. El ojo izquierdo de Miñajapa dio un leve giro para observar los extractores de aire que giraban incesantes cerca del techo. Eran los encargados de conservar la frescura en la atmósfera del apartamento.

3
Delgada, veintitrés años, rubia, estudiante de ciencias políticas. Clase media burguesa. Ojos grises, nariz pequeña; desde niña su abuelo comentaba que tenía un parecido con una vieja actriz ya muerta, cuyo nombre era Elizabeth Taylor.

Anaya era el amante de Gladys, quien en tres meses se casaría con su novio. Lectora de Flaubert, admiraba a Madame Bovary, y aspiraba imitarla. “En todo menos en el suicidio”, como solía afirmar.

Anaya ignoraba quién era Madame Bovary y cuando Gladys la mencionaba le preguntaba si se trataba de una subversiva. Ella reía con tono cantarín.

Al entrar al apartamento, la muchacha se detuvo frente al nuevo tapete.

— ¡Es hermosa! ―exclamó agachándose frente a la cabeza del roedor y acariciándola― Es una crueldad, Tití, una verdadera crueldad, no lo podés negar. No se puede cazar animales para exponerlos en la sala. Tengo preparada tu ficha de afiliación a mi grupo de ecologistas.
— Lo tenemos que hablar —repuso Anaya— esos grupos están llenos de subversivos y creo que harías bien en salirte del mismo. Ahora nos ocuparemos de los poetas y de los filósofos. Serán todos detenidos e interrogados. A los que queden vivos, los soltaremos con tiempo. Luego les tocará el tiempo a los ecologistas, y no quisiera que estés entre ellos cuando se produzca la limpieza….

La pareja pasó a la otra sala, donde el ojo izquierdo de Miñajapa escuchó con atención el entrechocar de copas. Para su locura, el futuro era una superficie plana, perfectamente visible, que se extendía entre tensos bloques de eternidad.

Media hora más tarde en el dormitorio: exclamaciones, risas, comentarios; gritos y gemidos. Asombro de Gladys. Insistía en que Anaya (Titi) había estado increíble El llanto de Miñajapa aumentó y creció el charco formado debajo de su ojo derecho Las lágrimas corrieron hacia la puerta, siguiendo el suave declive del cuarto.

Gladys permanecía con los ojos cerrados y jadeaba sobre la cama. El militar se apartó y encendió un cigarrillo. La chica pensó en su novio. Dentro de la universidad, era líder de un grupo de izquierda, y en aquel momento estaría reunido en un sótano, debatiendo las “Tesis sobre Feuerbach”, su libro de cabecera. Ni con él ni con Anaya, Gladys había llegado a tener un orgasmo. Repasó el consejo que le diera Clotilde, su amiga mayor que ella y que llevaba siete años de casada. “Contraer el esfínter, gemir como una gata, apretar con fuerza al hombre y utilizar frases como “¡Vamos, papito!”; “¡qué grande la tienes ...! “

“Las mujeres que simulamos, debiéramos formar un club” ―afirmaba Clotilde― “Preferimos el afecto al sexo; la caricia al orgasmo. Ellos nunca lo comprenderían”.

Anaya tenía poder. Ejecutivo. Práctico. Aunque no sabía de su existencia, era enemigo del novio de Gladys, quien a su vez detestaba a los militares. La muchacha se jactaba de hacer equilibrio entre unos y otros. Quizá fuera una “pequeño burguesa decadente”, como la tildara su novio. La prueba era su ídolo: Madame Bovary. Estar casada con alguien mediocre y serle infiel en medio de una ensoñación profunda; trasladarse a otros mundos con el abrazo del amante; no importaba que a la unión la acompañara o no por aquel famoso orgasmo del que todos hablaban.

Sonó el teléfono. Del otro lado se escuchó una voz alarmada. Gladys distinguió algunas palabras.

― … la explosión mi general … hace quince minutos en la sede de Eunuperia…

Anaya contestó que sí, que partía para el lugar. Sonrió a Gladys.

― El deber me reclama. La casa es tuya hasta que yo vuelva…

Una sonrisa. El uniforme y un toque de perfume masculino. Anaya se despidió con un beso rápido que le recordó un saludo militar.

Gladys quedó sobre la cama. Volvió a cerrar los ojos. El General había tenido una erección impresionante. Estaría feliz al pensar que la había satisfecho. Las relaciones humanas eran complicadas. Alguna vez pensaba viajar a la selva del Brasil, a conocer especies nuevas; quizá “Tití” pudiera tramitar para ella una beca de alguna empresa multinacional.

Se levantó, fue hasta la cocina y preparó café. Seleccionó tres de los “Croissant” traídos de Francia que el General guardaba en la alacena. El día anterior, su novio le había pedido que se vieran. Ella dio una excusa que sonó a lugar común: “debía estudiar en casa de una amiga”. Los tópicos formaban parte de sus rutinas de niña burguesa; explicó que tendría un parcial en dos semanas. Necesitaba concentrarse. Él no se asombró y aceptó la excusa.

Caminó por el apartamento. Le gustaba sentir la alfombra de felpa bajo los pies desnudos. Se detuvo frente al nuevo tapete. Al inclinarse, distinguió el pequeño charco bajo el ojo de la ratona. Advirtió la expresión; pena enloquecida en el derecho y lucidez jubilosa en el izquierdo. En ambos, un brillo carmín llegaba de las profundidades. Acarició la cabeza del animal.

— Una cabeza de ratón que llora… ¿Qué te hace llorar? Ojala pudiera consolarte del dolor que tienes. Quisieras correr bajo el viento de la primavera, y no ser un adorno en el piso de un militar prepotente.

La muchacha volvió a acostarse. Bebería lentamente su café mientras esperaba a “Tití”.

No pudo saber que en la sala, el cuerpo de la ratona Miñajapa se inflaba lentamente; que se incorporaba en silencio y volvía a caminar hacia la colección de pistolas del General Anaya. En aquel par de horas que permaneciera en el apartamento, el ojo izquierdo había aprendido el funcionamiento de un arma. Conocía sus partes y sabía cuál elegir: esa “Lugger” automática, construida dos años atrás. Antes de pertenecer a la colección de Anaya, un grupo neo Nazi la utilizó para fusilar quince negros en un suburbio de Berlín. El general la guardaba cargada, lubricada; lista para disparar.

La muchacha observó con incredulidad a la delgada ratona que le apuntaba desde la puerta del dormitorio. Cierta vez, en una charla en la Universidad, Gladys había afirmado frente a cientos de estudiantes que “era ecologista porque ningún animal sería capaz de empuñar un arma. Ninguno de ellos podría matar”.

Recordó estas palabras un momento antes que la bala perfore su frente.

Quedó sobre la cama, boca arriba, cubierta con su bata roja y trasparente ; los ojos y la boca entreabiertos y una expresión de asombro. .

La locura convertía al ojo izquierdo de la ratona en un experto cirujano. Buscó uno de los cuchillos afilados de Anaya, puso de espaldas el cuerpo y con movimientos precisos, realizó la primera incisión debajo de la nuca. En diez minutos, tuvo en sus manos el blando y sanguinolento cerebelo de la joven. El órgano que en el cuerpo humano era lo más parecido a la sedosa oruga conocida como “El Rey de los ratones”.

Levantó el órgano como si se tratara de una ofrenda, apuntó con cuidado a las aspas del extractor y lo arrojó con un solo movimiento. La sustancia blanda y blancuzca, se deshizo con rapidez. Parte se derramó por la oquedad interna de la pared; parte goteó sobre el interior del cuarto y un chorro cayó sobre los sedosos cabellos del cadáver.

Miñajapa respiró con alivio. Era hora de descansar. Con su andar sigiloso guardó el arma, se deslizó a la sala y allí volvió a tenderse en el piso, a esperar la llegada del General Anaya. 

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