• Dean Simpson

    Impresiones

    Desde las mujeres de California

    por Dean Simpson (Boston)


Pocos lo saben, incluso muchos del propio estado, pero el nombre California viene de un libro de caballerías de 1510, el quinto en el ciclo de los Amadises, que sigue a Amadís de Gaula, el más conocido de todos los libros de este género. En breve, los españoles leían el libro durante sus exploraciones y en algún momento llegaron a la costa y le pusieron ese nombre, inspirado por su lectura. Y aquí salen las mujeres.

El mito de las amazonas viene de las obras del ciclo homérico, lo que pasó a los libros de caballerías en España. Las mujeres de este tipo son guerreras que combaten mano a mano contra los hombres. California en Las sergas es un ejemplo de una ginecocracia, un sistema de gobierno regido exclusivamente por la mujer. Donde anteriormente en este género la mujer se veía quemada por la menor infracción, aquí ella mata al hombre por el simple hecho de no pertenecer a su sexo. Esta literatura de las amazonas es importante porque muestra la presencia de una sociedad matriarcal. En esta comunidad de mujeres vemos la inversión de los papeles sexuales tradicionales (el hombre aquí es la víctima) y un gobierno dirigido por una mujer a favor de las mujeres. Su existencia confirma su capacidad de autonomía, aunque el sistema apareciera “bárbaro” de acuerdo con el ojo “civilizado”.

Este mismo ojo observa y critica a las amazonas en Las sergas, este ojo varonil que atestigua las “atrocidades” de las mujeres y afirma la necesidad de “civilizarlas”. Es cuestión de espacio, porque si estas mujeres estuviesen en una sociedad patriarcal, el infanticidio, la promiscuidad sexual y las otras numerosas “incursiones” de las amazonas serían razón para la hoguera. Pero éstas, en teoría, no tienen la culpa porque son “bárbaras”, y sólo se civilizan una vez convertidas al cristianismo y casadas con los cristianos, dos factores que de inmediato garantizan su subordinación a la voluntad de su pareja.

En Las sergas, las hazañas del caballero no se limitan a vencer a los musulmanes, sino también a civilizar a la mujer amazona. Calafia, la jefa de las amazonas, una vez vencida por Esplandián y sus compañeros, promete renunciar a las ligeras costumbres sexuales de su gente y cohabitar con el hombre, sometiéndose a las establecidas normas occidentales y cristianas. Esplandián casa a Calafia con su primo Talanque para garantizar el pacto.

Las amazonas vienen de California, “muy llegada a la parte del Paraíso terrenal” (p. 100), y de esta isla de sólo mujeres salen ellas en barcos hacia sitios lejanos para prender a los hombres y llevarlos para procrear, y si los hijos salen varones, los matan. Cualquier vestigio de hombre no se tolera: hay un equipo de grifos adiestrados en matar a los intrusos:

Cualquier varón que en la isla entrase luego por ellas era muerto y comido: y aunque hartos estuviesen, no dejaban por eso de los tomar, y alzarlos arriba volando por el aire, y cuando le (dejaban) de los traer, dejábanlos caer donde luego eran muertos. (p. 100).

Estas californianas no comparten las cualidades de la típica mujer en estos textos por cinco razones: 1) no son mujeres del interior como lo son todas las otras damas y doncellas cortesanas que hemos estudiado. Su vida se sitúa en el exterior, amantes de la guerra y de la autonomía; 2) su ginecocracia no admite leyes hechas por los hombres, así que no experimentan los confines sociales impuestos por el hombre; 3) llevan armas como los caballeros, lo cual las equipa para la defensa e incluso para la ofensiva. Son lo contrario de la típica imagen de la mujer desamparada e indefensa buscando el auxilio del hombre; 4) son anti-hombres. El hombre que está acostumbrado a ser el dominante, aquí huye de estas mujeres; 5) No se preocupan por lo material, su vestimenta es rudimentaria, y el oro que tiene no lo llevan; lo usan para hacer armas.

A la reina Calafia le entran ganas de viajar a tierras nuevas. Le pasa lo que al caballero andante: al no ser gobernada por la voluntad de otro está libre de irse a donde quiera. Cuando llegan a la costa se encuentran con los turcos y juntos con ellos guerrean contra los cristianos. Como ellas se juntan con los turcos, los cristianos por asociación piensan que las californianas son malas, y éstas, al no tener religión ninguna y de no pertenecer al mundo “establecido”, no tienen el juicio necesario para diferenciar los “buenos” de los “malos”.

Importante aquí es la manera en que combate la mujer con el hombre. Calafia no sólo tiene su ejercito de grifos y mujeres, sino que ella también da órdenes a los turcos. Las amazonas atacan sin vacilar a los cristianos: “y con mucha ligereza subieron por las escalas, y se pusieron encima de ella, y comenzaron a pelear muy reciamente.”(p. 101). Los hombres aquí tampoco se conforman con sus papeles tradicionales: asaltan a las mujeres como a cualquier enemigo, “los de la ciudad que abajo andaban tiraban a aquellas mujeres con saetas y dardos.”(p. 101). Aquí es pensar en balde en el código de la caballería: “y si allí algunas de las mujeres caen en tierra, allí lo hacía de los caballeros”(p. 101). Los caballeros aquí no protegen a las mujeres, sino que se protegen a sí mismos de ellas. Esgrimen, tiran y empujan con todas sus fuerzas. Ocurre entonces algo inesperado: los grifos empiezan a atacar a los turcos, y Calafia los tiene que retirar a los barcos. Al final de la batalla mueren doscientas mujeres y diez “de los Cruzados”(p. 102).

La mujer que más mérito tiene, además de Carmela, es Calafia (no Leonorina, la amada de Esplandián) porque ella es la más iconoclasta de todas: tiene la valentía de un hombre y la belleza de una mujer. Aquí vemos el coraje de ella: …las cosas que aquella reina hizo en armas, así en matar caballeros y derribar los heridos, como en se meter entre sus enemigos tan denodada, que no se puede contar ni creer, que ninguna mujer a tanto batallasen sus fuerzas. (p. 102).

Los hombres se asombran no sólo de que ella lleve armas, sino en la manera en que combate. Después de la batalla sale ella en ropa de doncella y los hombres se quedan asombrados de que una mujer tan belicosa pueda emanar tanta hermosura. Don Quadrangante, un gigante bueno (antes era malo), se enamora de ella al primer golpe de vista, y como explica Amadís, “nunca pudo ser vencido, ni de otras espantables fieras bestias, que lo será ahora de una mujer.” (p. 105). Han visto un lado de ella y ahora ven el otro.

Ahora que los caballeros ven a una mujer tan bella y belicosa a la vez, se les enmarañan todas sus convicciones anteriores. Ven una dicotomía entre su valentía y su apostura, como si ella violara algún código social innato. Otros gigantes y mujeres malas en este y otros libros de caballerías no tienen esta división, son malas y feas, dos características análogas, y por lo tanto las matan o se matan a sí mismas; sin embargo, con Calafia se sienten amenazados los hombres, al no tenerla sujetada y amaestrada con las demás doncellas enjauladas. Ella es un desafío a su virilidad: “Pero viéndola puesta en armas siguiendo el diverso estilo que siendo natural mujer seguir debía, habiéndolo por muy deshonesto de aquella que por boca de Dios le fue mandado” (p. 105-106). El hombre no se reprocha a sí mismo por matar a tantas mujeres, pero tiene la audacia de negarle el mérito a una mujer tan versátil.

Calafia a continuación sale a luchar contra Amadís, y él, por respeto, se niega a combatir con ella, no porque sea una mujer “flaca” de naturaleza e inepta con la espada, sino porque reconoce su belleza y por ser caballero cortesano su obligación de servir a la mujer se lo impide: “La reina se vino para Amadís, y él fue a ella, y antes que la encontrase, volvió la lanza de cuento” (p. 106), y le dio con el escudo, y “con la gran fuerza del golpe, fue la reina tan descordada que cayó en tierra.” (p. 106). El hecho de caer al suelo no es porque sea ella mujer, sino porque cualquier persona, hombre o mujer, se hubiera caído enfrentándose con el mejor caballero del mundo. La pregunta aquí es ésta: ¿Al eludir Amadís este altercado, hace él un “servicio” a ella, o es sólo otra manifestación del sexismo? Después de volver en sí, Calafia lo ataca con la espada: “La Reina se juntó con Amadís, comenzole a dar muy fuertes golpes, y él se los recibía en el escudo, y otros le hacía perder, no porque pusiese mano a su espada” (p. 106). Calafia le da un golpe que le corta el escudo en dos; se muestra una mujer fuerte y guerrera, como se explicó antes cuando batallaba contra los cristianos. Al final Amadís la sujeta “y hizola hincar una rodilla en el suelo.” (p. 106). Explica que su inhibición de no pelear con ella no es por creerla incapaz de defenderse, sino porque el acatamiento que les tiene a las mujeres se lo prohíbe: “Reina, yo siempre tuve por estilo servir y ayudar a las mujeres, y si en ti lo que es pusiese arma alguna, merecería perder todo lo hecho pasado.” (p. 106). Vemos aquí un caballero con una mentalidad medieval que se mantiene fiel a sus creencias de antaño: el amor cortés, la reverencia hacia la mujer y el código de las armas, mientras que los demás que han pasado de la raya son más contemporáneos porque ignoran esta mentalidad, sustituyéndola por la lucha de la cristiandad, valor supremo de la realidad histórica.

Terminadas las tensiones, los cristianos quieren honrar a Calafia y al capitán soldán Radiaro. Reconocen la valentía de éste “por ser gran príncipe, y esforzado caballero, y muy noble”, pero a Calafia la honran “por ser mujer”. No reconocen su talento guerrero, porque según ellos, una mujer no podría tener las cualidades que “pertenecen” al hombre. No quieren honrarla por ser buena guerrera, cosa que en realidad deben hacer. Además de ser una inversión de papeles, el apremiar a una iconoclasta como ella daría semejante permiso a toda mujer. Cuidado.

Desde las mujeres de la California de antes, hemos llegado a lo que es mi precioso estado de hoy. Un ejemplo para todos, a pesar de las influencias que agreden, o gracias a ellas.

Para leer más sobre esto, véase: "Misoginia, ginecocracia y la espada" (Arena y Cal nº 185).

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