• Juan R. Mena

    Contraluz

    PARA UNA POÉTICA

    por Juan R. Mena


Entrar en definir la poesía no es tarea fácil ni recomendable. Es algo así como encontrar la famosa aguja en el pajar. Siglos llevamos tratando de acercarnos a la esencia de la poesía, desde el griego del siglo VI antes de Cristo Simónides de Ceos hasta las últimas sugerencias de algunos poetas que no permiten que su intención sobrepase los límites de la teoría para no pecar de atrevidos.

En efecto, en Horacio podemos leer “ut pictura poesis”. Con la misma idea se anticipó Simónides: “la pintura es una poesía muda y la poesía, una pintura parlante”. Esa misma idea va a reproducir luego Plutarco y más adelante, Leonardo da Vinci en frase aproximada. Ahora bien, esto es reducir la función poética a una dimensión solamente: la del papel sensorial de la palabra. Ésta fue la propuesta del ruso Potebnia en el siglo XIX. El ultraísmo magnificó la metáfora como caballo de batalla del poema. Las vanguardias se afanaron por destacar esa misma figura como indispensable recurso. Ya, en nuestros tiempos, acordémonos de aquel título de Luis Rosales: Pintura escrita. Evidentemente, la poesía no puede ser solo pintura sino concepto también. Para ello tenemos que llegar a Dámaso Alonso, que establece una equilibrio entre significado y significante.

Pero ahondemos en la definición y aventurémonos con una teoría para tranquilizar la inquietud de los buscadores infatigables.

Ante el intento de convertir los conceptos en imágenes o no, la poesía es una avanzada del lenguaje literario y a ella le está reservada la famosa función poética –recuérdese a Roman Jakobson-, que consiste en la deconstrucción del lenguaje de la poesía tradicional con sus lastres inveterados, carriles lingüístico-mentales fáciles para encauzar por ellos las frases hechas que constan en el acervo léxico del poeta nada autoexigente.

Pues bien, aparte del auxilio estético que representan la metáfora, el símil y la sinestesia, el estilista ruso Vixtor Shklovski, en su opúsculo El arte como artificio, nos dejó un aviso que no se ha de olvidar.

Decía que el extrañamiento nos permite percibir de forma desautomatizada y remozada lo que está automatizado y redicho ya por el hábito inconsciente de los que escriben y no sienten el lenguaje literario como creación propia, sino como un instrumento de pensar y pegar en el papel. Sólo el poeta creador siente el lenguaje como nacido de su anhelo y lo selecciona aunando en un conjunto de palabras aquellas que le revelan una singularidad que le presenta el verso como nuevo y levigado de la ganga repetitiva de los demás poetas. Esa desautomatización es un reto para que el vate afortunado se haga artífice de secuencias sintáctico-semánticas que logren un lenguaje sorprendente, como dijo el músico Vivaldi: “Reformar y sorprender”. Oigamos, lo que dice Goethe: “Todas las cosas ya han sido dichas. Lo que conviene, para el poeta, es repetirlas de otro modo”. Ahora pongamos oído a Oscar Wide: “El placer superior en literatura es realizar lo que no existe”. Por fin, no olvidemos a nuestro Picasso: “Yo hago lo imposible, porque lo posible lo hace cualquiera”. Para otro artículo dejaremos aquello de Antonio Machado de “la palabra en el tiempo”, verso que no deja de ser un poco discutible.

Cuántos poetas conscientes de su quehacer literario se han planteado lo que podría significar estos versos de Antonio Machado:

Ni mármol duro y eterno,
ni música ni pintura,
sino palabra en el tiempo.

Hemos de suponer que la palabra en el tiempo es la palabra que se dice “a tiempo” y no fuera de su época, porque lo inevitable, aunque no lo acepten los poetas anquilosados, es que los modernistas no escribían como los poetas realistas, ni los de la llamada generación del 27 lo hicieron como Rubén Darío y sus contemporáneos modernistas.

La explicación está clara: una generación nace de otra por oposición y porque ha habido poetas que han madurado un determinado registro generacional y lo han presentado como un nuevo estilo de expresar sus ideas. El Renacimiento fue un logro estilístico que evolucionó hacia el Barroco, ya lo sabemos, lo mismo podríamos decir del Modernismo con respecto al Romanticismo (sin olvidar la influencia del simbolismo francés).

Sabemos, por otra parte, que los vanguardistas, por propia espontaneidad, tuvieron muy en cuenta los dos primeros versos de los tres citados, pero no coinciden con los otros versos que siguen de Machado:

Canto y cuento es la poesía.
Se canta una viva historia,
contando su melodía.

Evidentemente, los vanguardistas rehuían la historia, el contenido, lo que llamaría Dámaso Alonso el significado. Entonces, ¿dónde buscaríamos esa palabra en el tiempo que auguraba o propugnaba el poeta sevillano?

Uno de los inconvenientes con los que tropieza todo poeta es el adjetivo. Acordémonos de lo que dijo el poeta chileno Vicente Huidobro: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”. Esa preocupación ya había hecho decir a Juan Ramón Jiménez: “No la toques ya más que así es la rosa”.

Por eso mismo, la palabra en el tiempo no tiene sólo una exigencia histórica como hace Machado en Campos de Castilla (1912), donde el verso se hace responsable de la temporalidad en la que vive el poeta, lo mismo que hizo con sus Soledades (1907), mesurada estilización del modernismo fuera de los faustos verbales de otros poetas, como Villaespesa y Rueda, que aún eran fieles a las fórmulas escolásticas del movimiento que Manuel Machado daba por finiquitado en 1910.

Entiendo yo que la palabra en el tiempo es que el poeta no vuelve la espalda a lo que le pide su época y cumple con ella. ¿No hicieron esto los poetas de la segunda generación de postguerra? Los más representativos de esta hornada, los poetas del realismo crítico, fueron sensibilidades atentas al fluir de los acontecimientos históricos y no retrocedieron al pasado sino que procuraron que la poesía fuese, si no un acta notarial, sí un espejo a lo largo de un tiempo que pedía a voces la palabra justa y necesaria como sonido de la libertad. Con ello se cumpliría: «La poesía es —decía el Mairena de Machado— el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo…”

Aparte de los poemas torrenciales en verso libre o no como cataratas líricas salpicadas de imágenes visionarias, como las llama Carlos Bousoño, de poemas más o menos culturalistas o de fingidas evocaciones, la palabra en el tiempo, creo yo, que no es rigurosamente lo que escribiera Machado en esa época que él padeció y cantó, trasladándolo a nuestra época en que se editan tantos poemarios sin estructura rítmica como una bacanal del verso libre, sino que, entre tanto aluvión poético, hay que distinguir “entre las voces, una”; o sea, la autenticidad, que hoy es presentar el verso como si fuera su lectura nueva a los ojos del lector; como diría Vixtor Shklovski —repito—: "Crear la visión, no el reconocimiento", y que coincide con Aristóteles cuando escribe: “Dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia”; en suma: un rejuvenecimiento del lenguaje poético frente al registro manido y oxidado. “Efecto de sorpresa” que decía Apollinaire. Muchos poetas actuales se quieren librar de la forma, pero no saben librarse del lenguaje literario heredado, a cuyo registro no aportan rasgo alguno de creatividad. También escribió Machado: “Verso libre, verso libre… / Líbrate, mejor, del verso / cuando te esclavice”.

La esclavitud lo mismo la da el verso clásico a ultranza falto de frescura lírica como el renglón anárquico con pretensiones geniales.

Es un reto a la originalidad, Tal vez eso sea hoy la palabra en el tiempo.

Pero insistamos en el tema porque es de rigurosa actualidad.

Es un error creer que, porque se escribe en verso libre, se está escribiendo poesía moderna y, con ello, el poeta en cuestión se distancia de una poesía desgastada. No deja de ser una actitud ingenua, pero que satisface a los lectores que se piensan inquilinos de una modernidad iconoclasta todavía, como en los tiempos tormentosos de las vanguardias, en especial en la vorágine destructora del dadaísmo. Si a ese verso libre sin ritmo (sin embargo, aceptemos de buen grado la tesis del ritmo interno) le añadimos un anhelo de crear y su resultado semántico es ininteligible, como un quiero y no puedo estilístico, entonces tenemos la “poesía que se lleva”, en la creencia de quien la escribe y de quienes la certifican como tal, que se adelanta como si propugnase una gesta innovadora.

Hay que afirmar acerca del verso libre lo siguiente. Pongamos el ejemplo del trapecista. Le es fácil a éste trabajar con la red abajo para más seguridad. Lo difícil y arriesgado es trabajar sin red. Pues bien, el verso métrico con su marchamo de tradición, es la red con la que se escriben cuartetos, serventesios, sonetos o romances que salvan la reputación del poeta y avalan su maestría, si evita caer en expresiones trasnochadas.

Quien escribe en verso libre tiene el riesgo que estoy exponiendo aquí; o sea, que el texto escrito acabe siendo un disparatario ininteligible o con ínfulas de “poesía escrita para pocos”, dicho con expresión de Góngora. Cuando un poema en verso libre sale admirable, entonces tenemos un poema que no se apoya en el cómputo de sílabas ni en la rima; es decir, que vale por sí mismo: es el trapecista que ha llevado a cabo una actuación aplaudida con entusiasmo, debido, además, a que ha trabajo sin red: sin la métrica, que da siempre respetabilidad

No sé si ésta sería la prevención de Antonio Machado ante el verso libre, que señalábamos. Posiblemente mi argumentación esté cerca de lo que pensaba el poeta de Campos de Castilla, pero mi lema ante el prejuicio de la tradición formal es la del músico veneciano antes citado. Quien lo consiga, ha renovado la poesía (no se la han inventado, como piensan muchos versolibristas, tal vez con buena voluntad).

Teniendo en cuenta esa ”visión” —poesía creativa— y no “reconocimiento”—poesía lastrada—, como quería Shklovski, me acuerdo de dos poemas que pueden figurar como modelos, uno de verso libre (“Se querían”, de Vicente Aleixandre), y “Eterna sombra” de Miguel Hernández, como poesía métrica que cumple con el lema de “sorprender y reformar”. Con ello insisto en crear, no repetir sintagmas que ya están lexicalizados en el baúl del sistema de la Lengua. “lo demás —como escribió Verlaine— “es literatura”.

Sería injusto exigir poesía creadora a quien sólo puede escribir la poesía sin sorpresa en su escritura. Pero que cada cual escriba lo que pueda sin olvidar un mínimo de dignidad literaria tanto en el verso libre como en el verso encorsetado en la métrica.

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