• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (25)

    Introducción a la Bomba

    por Ricardo Iribarren


1
Para llegar al apartamento de Luigi Luscenti, el Doctor Petrov eligió el Alfa Romeo rojo que condujera Pier Paolo Pasolini la noche de su asesinato. A ambos lados del capó, flameaban las banderas mortuorias del cineasta; la de la izquierda, mostraba una de las coprofágicas escenas de “Saló o los Ciento veinte días de Sodoma”; la otra, exhibía el anuncio original del film “El Evangelio según Mateo”.

El médico detuvo el automóvil a unas diez cuadras del destino. Nadie debía saber de su visita al apartamento de Luigi Luscenti y aquel Alfa Romeo había sido exhibido y reporteado por varios programas de televisión. En la zona, los nutridos jardines de las casas llegaban hasta la acera. El ambiente estaba lleno de aromas de flores y cantos de pájaros. Mientras caminaba, Petrov pensó que, aún constreñida por el marco burgués de la zona residencial, aquella naturaleza podría brindar señales acerca de la entrevista que mantendría con el sesentón anarquista.

Los contactos castrenses del médico no se encontraban en el país o se negaban a atenderlo. A “Eunuperia”, la organización que traficaba con huesos, sangre y cuernos de unicornios, la dirigían influyentes militares. Sabiendo que Petrov buscaba al escritor, no habría sido difícil neutralizar a sus aliados.

Los hechizos habituales del médico no tenían efecto. En la organización también intervenían poderosos chamanes, capaces de levantar una poderosa barrera que los aislara de sus influencias. El objetivo inmediato sería inducir el anhelo de la muerte en el unicornio. Para preservar la energía en huesos y cuerno, la bestia debía sentir el fin de la vida como el único camino posible. Llegaría cuando lo reclamara a voz en cuello. Entonces, lo reducirían a polvo para “producir un alzamiento entre los alicaídos sexos de los militares mayores”, como afirmaba la propaganda clandestina.

En la tarde serena, pocas nubes brillaban en un cielo muy azul. Las calles de la zona estaban vacías. Ni transeúntes ni automóviles. El médico pensó que esta soledad reflejaría el interior del anarquista. Las interpretaciones podrían ser varias 1) Que el ánimo de Luscenti luciera sereno, sin contradicciones (Conociéndolo, sabía que esto era casi imposible) 2) Que estuviera durmiendo y se encontrara en un sueño sin sueños 3) Que hubiera perdido algo de valor y el vacío de las calles sería el símbolo de esa ausencia.

En las cuadras siguientes, terminó la soledad inicial. Algunos automóviles transitaron lentamente. Una pareja joven con un par de niños pequeños, llegó a una de las lujosas casas. Desde algún lugar, sonó a todo volumen “El Invierno” de Vivaldi. En la última cuadra, antes de llegar al edificio donde vivía Luscenti, Petrov observó una mujer embarazada a punto de dar a luz. Parada en la acera, sostenía con ambas manos el enorme vientre. El médico se detuvo junto a ella.

―¿Se encuentra bien?

Tenía cara de niña y las mejillas estaban cubiertas de pecas. Respondió con una sonrisa a la pregunta de Petrov.

― Estoy esperando a mi esposo.

― ¿Necesita ayuda?
― No, gracias. Somos partidarios del parto natural y nos esperan en una comunidad en las afueras de la ciudad.
― ¿Puedo tocar su vientre? ― Ella volvió a sonreír y adelantó el abdomen.

Apenas el médico puso la mano encima del ombligo, supo que el niño nacería con dos vueltas de cordón alrededor del cuello. En la comunidad de la que hablaba la mujer, no tenían experiencia para resolver casos como aquel. Al feto lo rodeaba una niebla espesa y oscura. Estaba a la vez muerto y vivo.

―Como el gato de Schrödinger ― musitó el doctor Petrov, cuidando que la mujer no lo escuche. Según la paradoja teórica del científico, un gato se encuentra encerrado en una caja con un plato de comida y una botella de veneno. Un átomo que se degrada lentamente, puede activar el vuelco de uno u otro de los contenidos. En el universo probabilístico y hasta que no se defina la circunstancia, el gato estaría a mitad de camino entre la vida y la muerte. Igual que aquel niño en el vientre de su madre.

Sin retirar la mano del vientre, Petrov envió una rápida bendición y la criatura pareció vibrar.

―Que tenga un feliz alumbramiento ―deseó al despedirse. La mujer agradeció con otra sonrisa.

Esa calle anterior al edificio de Luigi Luscenti, se había poblado en forma inesperada. A unos metros de la mujer, un hombre con el rostro cubierto de Psoriasis, parecía esperarlo. Las lesiones descendían por el cuello y llegaban hasta las manos. Cuidando de exhibir las manchas, pidió limosna al doctor Petrov, quien dejó en sus manos un billete de cien dólares. El hombre lo recibió con sorpresa y antes de alejarse, agradeció con profundas y silenciosas inclinaciones del cuerpo.

Cerca de la esquina, de una de las casas salió un anciano. Apoyado en el bastón, miró a Petrov. El rostro estaba repleto de arrugas. Todas confluían en la boca; un hueco profundo y siempre abierto.

El médico reflexionó; las tres personas no surgían del azar. Eran la señal que aguardaba de la naturaleza. Nacimiento, enfermedad y vejez. Tres de las cuatro visiones que tuviera el Buda cuando saliera por primera vez del palacio de su padre. El mensaje estaba relacionado con la visita que debía realizar a Luigi Luscenti. Si antes de llegar a la esquina encontrara el cuarto sufrimiento, es decir la muerte, el médico tendría la certeza de que algo grave ocurría con el anarquista.

Allí estaba. Con la cabeza tocando el cordón de concreto. Una pata vertical a la acera y otra elevada al cielo. Era un cuervo de los que abundaban en la ciudad; un ejemplar enorme que eligiera aquel lugar para fallecer. Los ojos entreabiertos parecían mirar sin expresión a la tarde suspendida.

El doctor Petrov corrió los metros que faltaban para llegar al edificio. Agradeció que la puerta central estuviera abierta y que el ascensor se encontrara en la planta baja. Podría haber volado, pero el embrujo llevaba un tiempo del que no disponía.

Mientras el elevador se dirigía al piso catorce, su intuición se abrió y varias visiones llegaron como destellos. Luigi Luscenti estaba decidido a suicidarse y en ese momento escribía una carta relacionada con su final. Debía detenerlo. El juramento de chamán que alguna vez formulara el médico, tenía como base la obligación de impedir cualquier tipo de muerte. Una noche en la selva de Iquitos, debió firmar con sangre el trozo de corteza con la correspondiente fórmula. Sólo en ocasión de salvar una vida, se permitía recurrir a los rituales prohibidos; aquellos que el chamán nunca debiera practicar.

La puerta del apartamento estaba cerrada. Petrov golpeó con insistencia. Sabía que Luscenti estaba del otro lado. Podía verlo, sentado frente a la mesa, de espaldas a él. Con letra pareja y caligráfica, escribía la carta. La pistola estaba al alcance de la mano; era una antigua cuarenta y cinco de seis balas. El arma que adquiriera en su juventud; cuando aún no era aliado del gobierno militar; cuando su anarquismo era auténtico; cuando el único objetivo era derribar por la fuerza a todo tipo de estado.

Petrov decidió desdoblarse. Una versión de sí mismo hecha de niebla, atravesó la puerta, y se detuvo a pocos pasos de la espalda de Luscenti.

―¡Luigi! ―La voz del fantasma resonó desde las profundidades. El hombre no se volvió. Petrov intentó entrar en su mente, pero en la parte trasera del corazón del anarquista, un dique contundente y fatal interrumpía el contenido de los pensamientos y las emociones.

―¡Luigi…!

Con el segundo llamado el hombre se volvió lentamente. Ojos cargados; bolsas negras debajo de los párpados; labios en forma de rizo.

“Dolor que anega”, pensó la silueta humeante del médico. “Dolor por una mujer”.

― Doctor Petrov; me dijeron que no se rinde ante nada; que logra lo que sea. Hace unos segundos pensaba volarme la cabeza con esta pistola, pero ahora me ha cortado la inspiración.

Algo más que la muerte acompañaba cada momento del anarquista. Sobre él pendía el caos. La posibilidad que su mundo, por más firme que pudiera mostrarse, se desvaneciera de un momento al otro. Aquella no era la primera vez que se encontraba frente a una pistola, un frasco de veneno o el precario equilibrio en la cornisa del piso catorce. A Luigi Luscenti también se aplicaría la condición del gato de Schrödinger. No estaba muerto. No estaba vivo. Permanecía suspendido entre el ser y la nada, hasta que las posibilidades se concreten.

―Luigi, me alegra haberte cortado la inspiración. Ése fue mi propósito. Ahora te pido que abras la puerta del pasillo. Deja que me una con mi cuerpo, así podremos tener una conversación civilizada.


2
La espesa barrera que Eunuperia levantara alrededor del escritor unicornio, tenía tres naturalezas: física, mental y espiritual. La última era la que definía las otras dos. Petrov no tenía mucho tiempo. El fin de un unicornio agónico podía demorar desde segundos a unos pocos meses. Eso lo llevaba a descartar el ayuno clásico de cuarenta días en la cima de la montaña del sur, cuya ida y regreso sumarían diez jornadas más. Esta disciplina ascética garantizaría la destrucción de la barrera espiritual de Eunuperia, pero en el curso de la misma, el unicornio podría morir.

El general Anaya debía favores al médico chamán. Años atrás, la hija menor del militar padeció una extraña enfermedad. Los médicos no podían tratarla, y Petrov la curó tan sólo con rezos y agua. Ahora el general sufría de impotencia funcional y figuraba en la lista de los que esperaban un sobre con polvo del cuerno. Esto lo convertía en cómplice de Eunuperia; también estaría deseoso de la muerte del escritor y no podía esperar su ayuda.

El anarquista fue el baño, lavó su cara, mojó los largos cabellos, los peinó hacia atrás y los recogió en un rodete. Ofreció a su visitante un cigarro de chala. Pasaron a la sala y sentados en sendos sillones, empezaron a fumar. Al rato, los rodearon un par de nubes plateadas.

“Mi padre fue un obrero. También anarquista. Desde muy niño me enseñó que la mujer es la primera y la única propiedad, a la que hay que cuidar y atender. Los hombres le debemos amor del bueno, amor romántico como dicen ellas, pero no debemos olvidar que son una propiedad. Entonces dígame qué haría si su esposa riera con otro; riera mientras se arroja desde el piso catorce a la calle; se arroja y regresa. Los castigué a ambos. A él le rompí ese pedazo de seso que todos llaman el Rey. Créame que no quise hacerlo. Fue un accidente. Pero lo hice, y una vez que hago algo, no me arrepiento, Petrov”.

El médico escuchaba con los ojos entornados. Procuraba apoyarse en las palabras para entrar al interior de Luscenti. Allí estaba el dique con el que siempre tropezara. Los pensamientos y las tendencias del anarquista formaban un río, cuyo curso terminaba en aquella pared negra, inexpugnable.

“La castigué convirtiéndola en el forro de mi chaqueta. Una piel con cabeza de ratón o mejor dicho, de ratona. Era así como la deseaba, como la amaba. No me separaba de ella. Le confieso Petrov que desde mi matrimonio nunca la sentí tan cerca. Por fin tenía el control total. Ya no escaparía. Ya no habría riesgos que riera con otro ratón. Hoy en la tarde, al regresar, descubrí que no estaba. Que se había marchado o que alguien la había robado. Cuando inicié mi carrera como anarquista, nos dieron un anillo. Debíamos usarlo en caso que nos detuvieran y antes que nos torturaran. Era igual a cualquier otro anillo. La diferencia era la púa que con una presión se insertaba en la carne y volcaba una gota de cianuro concentrado. Ya no lo tengo, pero lo puedo reemplazar con un limpio tiro en la cabeza”.

Con un solo movimiento el doctor Petrov se puso de pie.

― Favor por favor, Luigi. Puedo hacer un ritual para conocer el paradero de tu esposa. Me comprometo a informar qué ha sido de ella y a regresarla a tu casa si me resulta posible. La condición es que me ayudes a localizar y a regresar el hombre unicornio que secuestrara Eunuperia.


3
El anarquista era un hombre conocido por su dureza. En el país era el único capaz de exponer en forma pública una insurrección armada contra el régimen. Tenía un grupo de seguidores con los que se reunía los jueves en la noche para discutir teorías conspirativas.

Aunque el gobierno militar prohibiera toda actividad política, aún la más banal, nunca impidió aquellas reuniones de las que surgirían atentados y asonadas. En los primeros días de la dictadura, el anarquista fue encarcelado y torturado. Desde entonces, mostraba como condecoraciones de batalla las marcas de la picana eléctrica. Los seguidores no sospechaban nada extraño en la libertad con la que formulaba declaraciones revolucionarias; en los camaradas que desaparecían, mientras Luscenti seguía libre, hablando frente a los medios.

Siguiendo una tradición instaurada por Kropotkin, los jueves, el día del dios Júpiter, el anarquista se reunía con sus partidarios, sometidos a él como ciegos discípulos. Los martes, el día del dios del mismo nombre, se encontraba en forma secreta con militares de alto rango. Con los gastos cubiertos por el estado, cada tanto Luscenti viajaba a Europa, donde se presentaba como una voz disonante del régimen, demostrando de ese modo que la tan mentada dictadura, permitía la oposición.

El pasado otoño había cumplido sesenta años, pero aparentaba mucho menos. Facciones duras, nariz aguileña. Cada vez que hablaba, agitaba los largos cabellos. En programas de televisión o de radio, repetía la consigna de destruir con violencia y a través de explosivos la vieja sociedad. De ese modo surgiría el nuevo hombre, desprovisto de afanes de propiedad y agresión,

Muchos militares pensaban que Luscenti era un estereotipo inofensivo. Si alguien hablaba de colocar bombas, era porque nunca lo haría. En medio de operaciones rastrillo, de constantes allanamientos, las fuerzas de seguridad nunca revisaron la vivienda del anarquista, donde funcionaba un sofisticado laboratorio. Las periódicas explosiones que se registraban en muchos edificios de la ciudad, se atribuían a los focos subversivos que aún permanecían activos y contra los cuales el gobierno emprendiera una guerra santa. Algunos afirmaban que la propia dictadura alentaba estos atentados. Le servirían como pretexto para mantener encarcelados a los detenidos políticos y efectuar nuevos apresamientos.

Práctico, ejecutivo, Luscenti podía pasar con facilidad de un estado emocional al opuesto. Aquella tarde, luego de haber estado a punto de suicidarse, acordó con Petrov rescatar al escritor unicornio. A cambio el médico averiguaría el paradero de su esposa, la ratona Miñajapa.

Como primer paso del acuerdo, el anarquista debía comunicarse con contactos secretos vinculados a las cúpulas más altas del poder. Requería privacidad, por lo que se trasladó con su teléfono a un cuarto trasero. Sentado en el sillón de la sala, Petrov intentó una vez más proyectarse hacia el interior de Luscenti. La enorme pared negra seguía allí. Sólo le permitía llegar hasta la mitad de sus emociones y pensamientos. A pesar del limitado del campo de visión, el médico advirtió que no quedaban rastros sombríos. Como si en el ánimo del anarquista nunca hubiera flameado el afán de destruirse a sí mismo.

En sus llamadas, Luscenti demoró treinta minutos. Al regresar, informó a Petrov que, según sus contactos, el escritor unicornio estaría en una zona abandonada perteneciente al ejército. Allí, Eunuperia habría montado un hospital subterráneo y clandestino.

― Para liberarlo hay que poner una bomba ― explicó a Petrov ― Aunque si queremos que todo ocurra sin problemas, se requerirán tres bombas.

La capacidad de destrucción de aquellos explosivos sería mínima. Los estallidos tendrían como objeto desarticular la férrea vigilancia física de Eunuperia. Mientras durara la sorpresa, podrían rescatar al unicornio y llevarlo a un lugar seguro.

Practicando el saludo de organizaciones anarquistas primitivas, Luscenti ofreció la mano a Petrov que luego de rozarla con la suya, entrelazó su brazo al del hombre. Al llegar a los respectivos hombros, se palmearon tres veces. Así unidos, el anarquista habló mirando a los ojos del médico.

― El pacto está sellado, doctor Petrov. Yo consigo su unicornio y usted me trae a mi mujer.

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