• Dean Simpson

    Impresiones

    Maldita nieve

    por Dean Simpson (Boston)


Los poetas que escriben sobre la nieve no viven en Boston. Aquí ha nevado más de dos metros en pocas semanas. Se ensucia todo. Se entumece todo. Han cancelado tantas clases, incluso en la universidad, que hoy, sábado, tengo que recuperar algunas. Si fuera uno de los estudiantes, igual no asistiría a la clase (hace un calor impresionante de 0 grados centígrados, que ha subido desde los -20 de esta mañana), pero soy el profesor, y he de ir. Estoy de camino a la Universidad ahora y mi mujer conduce mientras yo escribo esto.

He escrito un poema al invierno para este mes (en la sección de poesía). Un poco depre, quizás, pero refleja una realidad que todos vivimos aquí. Veréis, se congela todo, incluso las ganas. Hay tantas nevadas que aun los más entusiastas del invierno se deprimen con el pronostico de otra nevada. Para mí es la antítesis de lo que debería ser el amor y la vida. La sal derrite el hielo pero carcome los coches. La arena disminuye las caídas, pero ensucia la casa. Las represas de hielo se acumulan en el tejado y destrozan la estructura superior de la casa.

Esto es lo que escribe Gabriela Mistral de la nieve:

Ha bajado la nieve, divina criatura,
el valle a conocer.
Ha bajado la nieve, mejor que las estrellas.
¡Mirémosla caer!
(“Mientras baja la nieve”)

Pues parece que en el Cono Sur en su época no tenían el problema que tenemos nosotros aquí ahora. O a lo mejor escribió el poema para animarse. O al principio del invierno. O amnésicamente. O quizás por todas estas razones. Esta “divina criatura” es más como un “infernal gargajo”, escupitajos desde arriba, según yo. Y según otros.

Jorge Guillén también se entusiasma por esta materia blanca:

La nieve, la nieve en las manos
y el alma.
Tan puro el ardor en lo blanco,
tan puro, sin llama.
La nieve, la nieve hasta el canto
se alza.
(“La nieve”)

También él se siente como Mistral, feliz y leve. Pero no vive en esta época. Esta “pureza” se vuelve marrón y fea en un par de días, y cuanto más se derrite, más sucio está lo que queda atrás.

Pablo Neruda también encuentra paz en la nieve:

La tierra vive ahora
tranquilizando su interrogatorio,
extendida la piel de su silencio.
(Jardín de invierno”)

Me da que él no tenía que levantarse a las tres y media de la mañana para quitar medio metro de nieve de la entrada de la casa y luego conducir en la nieve y la oscuridad tres horas al trabajo solo para enterarse que no hay donde aparcar.

Espera. He aquí un poeta que sí que sabe de que habla: García Lorca. Esto va más en línea con lo que digo yo:

Equivocar el camino
es llegar a la nieve
y llegar a la nieve
es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.
(“Pequeño poema infinito”)

Gracias, Lorca. Siempre he tenido confianza en tus palabras. Otro poeta que ronda la misma época que él, Miguel Hernández, resume lo que pienso yo:

Nieve donde el caballo que impone sus pisadas
es una soledad de galopante luto.
Nieve de uñas cernidas, de garras derribadas,
de celeste maldad, de desprecio absoluto.
(“La soledad y la nieve”)

Con eso termino ahora, porque llego a clase ya. Pero ¿terminar, terminar? Todavía no. Hay tres nevadas más esta semana.

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