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    por Dacio Medrano Arreaza



Me levanto todos los días a las 7 de la mañana, incluso la mayoría de los sábados y domingos. Mi cuerpo se ha acostumbrado a la rutina y no puede dormir por más tiempo. No menciono esto para provocar simpatía, sé que millones de personas despiertan mucho más temprano que yo y trabajan más duro. Es simplemente una realidad, la mía. Y desde aquí mis circunstancias tienen su propio peso aunque para algunos de ustedes parezcan poca cosa. Eso también lo sé. Por otra parte nunca me he considerado particularmente fuerte, pero los años han revelado cierta capacidad de resistencia que a veces me cuesta distinguir de la costumbre o la pereza. Yo no creo que tenga un mérito especial, pero algunos conocidos han notado mi capacidad de adaptación y han hablado de ella como "algo importante." Honestamente no creo que me haya favorecido de manera definitiva, me refiero a que haya cambiado mi vida. Si acaso, me ha permitido mantenerme en mi condición actual, y en este momento no sé si eso sea algo bueno o malo.

Estoy escribiendo desde un autobús, debo tomar varios todos los días por mi trabajo. Soy distribuidor independiente de suplementos alimenticios y visito a mis clientes en sus casas y oficinas. Nunca he escrito regularmente y no tengo pretensiones de convertirme en escritor ni nada parecido. No sabría qué escribir, no tengo la capacidad de inventar historias ni personajes interesantes, creo que soy una persona con poca imaginación. Estas notas o conversaciones, como yo las llamo, surgieron espontáneamente durante mis viajes. Hace 2 años comencé a vender los productos. No sé manejar, nunca he tenido un auto, y el trabajo requería que me movilizara para visitar a los clientes potenciales o regulares. Soy lo que algunos llaman "vendedor de puerta en puerta", pero a mí no me gusta la expresión. Me recuerda a los antiguos vendedores de electrodomésticos o a los fanáticos que van por las casas predicando la Biblia. El caso es que paso varias horas al día viajando, y con el tiempo mirar por la ventana u observar a la gente puede volverse aburrido. Con suficiente tiempo cualquier cosa se hace aburrida, me parece que es una consecuencia de la repetición. Al principio no me molestaba, me distraía con cualquier cosa o pensaba, eso es lo que hace la mayoría, pensar o dormir. Pero no es una reflexión intelectual, no se piensan cosas profundas, es solo una distracción, algo para ocupar la mente. Si tuviera que apostar, diría que la gente piensa sobre sus asuntos personales y sus problemas. Si uno tiene un momento libre es lo primero que hace.

Con los meses me cansé de pensar y de observar a los pasajeros, no podía dormir porque mis paradas no son muy largas y necesito estar despierto para hablar con los clientes. Entonces comencé a evaluar opciones. Intenté leer pero muchas veces olvidaba traer el libro conmigo y terminé aburriéndome, no podría mencionar un motivo específico. Luego compré revistas de pasatiempos con crucigramas, sopa de letras, y ese tipo de cosas. Pero en un par de semanas perdí el interés. Entonces recuerdo que por un tiempo volví a mirar por la ventana y a observar a la gente. Un día llamó mi atención un tipo joven, de veinte años o un poco más, que escribía en una libreta apoyada sobre sus piernas. Estaba completamente concentrado, solo se detenía para estirar su brazo abriendo y cerrando la mano. Mientras lo hacía, recorría el autobús con una mirada rápida y luego volvía a la libreta. Esto duró cinco o diez minutos. Yo tenía que bajarme, así que me levanté y caminé hacia la puerta. Cuando pasé junto a él descubrí que no estaba escribiendo sino dibujando. No pude ver qué exactamente, pero me pareció que eran caricaturas.

Durante aquel día lo recordé varias veces, no porque quisiera empezar a dibujar, sino por lo aislado y distraído que estaba. Era lo que yo quería. Unos días después, en una tienda, vi unos cuadernos pequeños parecidos al suyo y decidí comprar uno. No sabía dibujar y tampoco me interesaba, por eso intenté escribir. Al principio me sentí torpe y pensé que no funcionaría porque tampoco me resultó muy entretenido. Por un tiempo dejé la libreta en casa pero no conseguía olvidarla. Al regresar la veía sobre la mesa y me provocaba escribir, o pensándolo bien, no era eso exactamente. Lo que sentía en realidad eran ganas de expresarme. Me dejé llevar por ese impulso y comencé a pensar, a preguntarme: ¿qué quieres decir?, ¿qué quieres decir? Una y otra vez. La sensación se intensificaba pero aún no era clara. Jamás había inventado una historia y si lo hiciera no sabría por dónde empezar. Entonces me di cuenta de que estaba utilizando la palabra "decir", ¿qué quieres decir? Y entendí que quizás lo que quería era hablar. Imaginé que podría escribir estas conversaciones, en principio conmigo mismo, sin importar que más adelante alguien las leyera o no. Me gustó la idea, pero cambié de opinión y preferí imaginar que conversaba con desconocidos. Resulta más sencillo contarle cosas a alguien que no sabe exactamente todo lo que tú sabes.

El primer día no fue fácil, no pude escribir más de una página, pero todavía me sentía entusiasmado. Cada vez me costaba menos hacerlo, mi cerebro ya no se detenía a pensar en lo que iba a decir. Cuando lograba visualizar que hablaba con alguien, cuando de verdad estaba ahí, no tenía que esforzarme. Las palabras simplemente salían de mi cabeza hasta el papel con la ayuda de mi mano, y a veces ni siquiera me daba cuenta de ello. Era una conversación con preguntas, respuestas y diferencias de opiniones. Encontré una diversión particular imaginando distintos interlocutores. En ocasiones elegía personajes famosos, pero lo más frecuente era que escogiera a un pasajero del autobús. Creo que encuentro más interesante hablar con alguien cercano a ti de algún modo, capaz de entenderte. Además, dialogar con un personaje inteligente, que consideras superior, puede ser intimidante. No suelo escoger los temas con anticipación, me gusta hablar de lo que me importa, puede ser cualquier cosa. A veces comento algo que me llamó la atención o una noticia destacada, es simple entretenimiento, pero me sirve para aclarar mis pensamientos. Siento que ahora analizo un poco más lo que sucede y se me ocurren ideas que antes no. Diría que son reflexiones porque no me atrevo a llamarlas teorías. Es curioso que aunque para los demás pueda parecer distraído ahora me intereso como nunca antes por ellos. Con frecuencia las conversaciones son acerca de personas que observo en la calle.

Por ejemplo, hace unos días subió al autobús una mujer joven, cercana a los treinta, con un niño que tenía algún tipo de discapacidad mental, de once o doce años. Se montó primero que ella hablando demasiado fuerte, casi gritando, mientras examinaba los asientos. Había uno disponible pero no quería sentarse sin su madre, asumí que era su madre. Ella le pidió que lo hiciera pero sin mirarla él le contestó algo que no entendí. Luego se fijó en dos muchachos que estaban sentados hacia el final del autobús, donde yo estaba. Ambos eran mayores que él, pero eso no lo intimidó porque caminó hacia ellos y se detuvo frente a sus asientos. Al principio los muchachos sonrieron y comentaron algo sin prestarle mucha atención, pero el niño se acercó todavía más, apoyó su mano sobre el respaldo de una de las butacas y comenzó a decirles cosas con aquella voz fuerte y enredada. Uno de los muchachos, el que estaba junto a la ventana le dijo: "Ya, vete de aquí", pero creo que el niño no lo escuchó. El otro, mucho más cerca de él, tenía una expresión de nerviosismo, diría que casi de miedo en su rostro. Apartó al niño con el brazo y se levantó rápidamente, su compañero lo siguió de inmediato. El niño se sentó. Los muchachos, ahora de pie, lo observaban sin comprender del todo. Entonces gritó: "¡Mamá!" y la mujer caminó apenada para ocupar el puesto. Antes de sentarse pidió disculpas a los muchachos, uno de ellos dijo: "No, no", y ambos se apartaron para que la mujer pudiera pasar. El niño estaba emocionado, hablaba sin parar y le señalaba cosas a su madre. Ella se inclinó hacia él y le dijo algo al oído, entonces él bajó la voz y se tranquilizó inmediatamente. Luego la mujer le acarició la cabeza y lo besó en la frente, el niño miraba por la ventana en silencio.

No sucedió nada más el resto del viaje, pero de vez en cuando volvía a observar a la mujer. Iba pensativa, con la expresión neutra que tienen casi todos los pasajeros. A veces cerraba los ojos por unos segundos y los abría de nuevo para mirar al niño que seguía distraído con lo que sucedía en la calle. Me pareció que estaba cansada y la compadecí. Me hizo pensar en las historias de las personas que viajan sentadas con aparente normalidad. Compartimos un instante que revela parte de nuestra intimidad pero elegimos pretender que no es así. La mayoría de la gente prefiere no involucrarse y que nadie se meta en sus asuntos, yo me incluyo. La persona sentada junto a ti puede estar viviendo una tragedia o necesitar ayuda pero es incapaz de decir nada... Me pregunto por qué. A nadie le gusta el silencio o la soledad, sin embargo aquí todos tenemos una fachada para hacernos invisibles y desaparecer en medio de la multitud. Son cosas de la ciudad, me parece.

Han pasado tres días desde que comencé a escribir esto, he estado en doce autobuses distintos y ustedes no se habrían dado cuenta si no lo hubiese mencionado, nadie podría. De vez en cuando alguien me mira pero nunca se atreven a preguntar nada. Sé que muchos preferirían que no escribiera sobre ellos y se negarían a conversar conmigo. Supongo que debe haber otros como yo que sí lo harían. A veces pienso sobre cómo una noticia en el periódico o en la televisión nos conmueve y hace que nos sintamos muy cerca los unos de los otros, pero en la calle nos estorbamos y nos evitamos. No entiendo bien por qué. Me imagino acercándome a alguien, preguntándole al respecto, y que ese alguien me contesta y hablamos de algo interesante. Pero también creo que está en nuestra naturaleza encontrarnos desde la distancia, y que le gustaría más descubrirse a sí mismo en las notas de un desconocido como interlocutor imaginario, entre las páginas de un libro que tal vez se publique algún día.

No acostumbro escribir los fines de semana, me siento incómodo si no estoy en movimiento. Me gusta comenzar nuevas historias los lunes. Me pregunto en dónde estarán ahora, mientras yo imagino que converso con ellos.




El autor
Dacio R. Medrano nació en Maracaibo, Venezuela, en 1983. Realizó estudios de Filosofía en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y de Estudios Liberales en la Universidad Metropolitana. Cuenta con diferentes premios relacionados con la literatura.






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