• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    En el pecado lleváis la penitencia

    por Alfonso Estudillo


El gobierno del Partido Popular, con el Sr. Rajoy y toda su amplísima nómina de ministros y asesores a la cabeza, siguen aferrados a la sola y exclusiva idea de que están haciendo lo que deben y lo están haciendo bien. No hay absolutamente nada que los haga detenerse a contemplar el escenario que les rodea, tomar conciencia de la actual situación socioeconómica de los ciudadanos españoles y pensar que las drásticas medidas políticas y sociales comenzadas hace tres años para rescatar a España de la caótica situación sobrevenida por la crisis no son ni pueden ser eternas. Ahora, tres años más tarde, rescatada España y corregida la extraordinaria y nefasta situación en la que se vio envuelto el país, debemos pensar que es obligado, apremiante e inexcusable rescatar a los ciudadanos de la extraordinaria y nefasta situación en la que les sumieron crisis y rescatadores.

Las medidas que tomara Rajoy y su gobierno -ya lo he dicho en varias ocasiones-, me parecen que eran las oportunas y adecuadas a la situación económica en que se encontraba el país y su Banca. No obstante, habría que matizar como muy negativos -y claramente apegados al capital- diversos aspectos de lo gestionado, como el control en la deuda interna y externa, compra de deuda pública por la propia Banca (préstamos al Estado con altísimos intereses), o la forma de obtención de los 219.397 millones de euros para el rescate bancario y financiero español (Véase: Rescate bancario español).

Y si quieren saber sobre los nunca contados chanchullos internos, lean en el siguiente enlace que la PACD, junto con el economista Carlos Sánchez Mato, ha cifrado en 1.427.355 millones de euros (1,4 billones) la cantidad total de las ayudas públicas recibidas por las entidades financieras en España en el periodo 2008-2014 (Véase Auditoría Ciudadana de la Deuda ).

Las medidas tomadas por nuestros dirigentes para el rescate bancario y, en general, para combatir la crisis han sido muchas, entre ellas recortes de salarios y pagas extras a funcionarios y personal del Estado, congelación de pensiones, ampliación de la edad de jubilación, recortes en la inversión pública, reducción en ayudas sociales y de desarrollo, reforma de contrataciones laborales, rebajas en los despidos, subidas del IRPF y del IVA... y un largo etcétera. Medidas que se traducen todas ellas en dinero constante y sonante sacados de los bolsillos de los españolitos de a pie, de esa inmensa mayoría de trabajadores, funcionarios, empleados y jubilados que componen -o componían- las otrora llamadas clases medias.

El resultado de todas estas medidas ha tenido sus efectos, explicables en dos lecturas bien diferenciadas. Por un lado, la Banca, viento en popa y a toda vela desde los mismos inicios, consolidada en todas sus facetas mercantiles y exultante pregonera de considerables ganancias cada seis meses. Por el otro lado, el pueblo, empobrecido en líneas generales hasta grados extremos; buena parte -jóvenes y temporeros- sin trabajo ni perspectivas ni ingresos ni recursos de ningún tipo, o -en las filas del personal laboral más cualificado y con puestos más sólidos- notablemente mermados en sus recursos y capacidad económica (Véase España. Más ricos y más pobres).

Este agónico estado de miseria por el que atraviesan los españoles es ilógico e irracional que se mantenga, sin el menor atisbo de cambio, pasados ocho años del comienzo de la crisis, seis desde la aplicación de las primeras medidas correctoras tomadas por el anterior gobierno y casi cuatro de las mucho más radicales tomadas por el actual gobierno del Sr. Rajoy. Clama al cielo cuando vemos las magníficas cuentas de resultados de la Banca en estos últimos años, la ufanía con que nuestros actuales dirigentes se proclaman protagonistas únicos de la recuperación bancaria y económica del país y los escasos o nulos cambios que observamos en los indicadores del paro y niveles socioeconómicos del pueblo llano.

Los resultados de las recientes elecciones autonómicas en Andalucía, con la pérdida de diecisiete escaños en las filas del Partido Popular -cuando creían que iban a arrasar- viene a mostrarnos lo que piensa y siente el pueblo. Es la forma pacífica y civilizada que tienen los ciudadanos de decirle a sus dirigentes que no lo están haciendo bien, que han ignorado u olvidado que por encima y más allá de la Banca, de los prebostes que les dan órdenes e, incluso, del que todo lo puede, está el fin último que es el pueblo. Una reacción lógica en unos ciudadanos que están hartos de estar hartos.

Es muy posible que el Sr. Rajoy y adláteres se contenten pensando en que los resultados autonómicos en Andalucía no son extrapolables a otras regiones (omitiré preguntarles sus argumentos para evitar oír una respuesta inexacta o improcedente), pero mucho me temo que, tanto las Municipales y Autonómicas de mayo como en las Generales de finales de año, y aunque cabe la posibilidad de que se repita legislatura como viene ocurriendo desde los tiempos de Felipe González, el actual partido en el gobierno lo tendrá bastante más difícil que en las pasadas de 2011. Les explico -más bien, repito- por qué:

El pueblo, porque así lo contempla, considera y ordena su milenaria historia, acepta transmutarse en un medio solo cuando necesita que una parte de sí mismo acceda a determinadas y previstas funciones, como las tan elementales y transitorias de formar Parlamento y Gobierno. Pero, una vez mostrada su voluntad en el seno de las urnas, el pueblo retoma su cualidad de fin único, absoluto e inalienable por el cual y para el cual tiene sentido la existencia de todo lo demás (incluida la Banca y su queridísimo señor Don Dinero). El pueblo es razón y esencia, poder omnímodo e imperecedero, se le debe absoluta fidelidad y no se puede ignorar o marginar.

Si lo hacéis, en el pecado lleváis la penitencia.

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