• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (27)

    Un Círculo llamado Mika

    por Ricardo Iribarren


1
La mansión del doctor Petrov contaba con veintiún criados. Siete de ellos se concentraban en las habitaciones principales para las tareas de limpieza y mantenimiento. Igual número se ocupaban de los enormes jardines. En los dos lagos y el bosque, era necesaria la atención constante de hadas, elfos y otras divinidades naturales. Al construir la vivienda, el médico debió recurrir a un equipo de arquitectos y antropólogos especializados en remotos principios chamánicos. Entre todos crearon un hábitat especial para estos huéspedes metafísicos.

Los siete criados restantes se ocupaban de la biblioteca. El doctor Petrov los seleccionó con cuidado, sometiéndolos a un entrenamiento especial. Hasta una somera limpieza en cada uno de los cuartos, exigía complejas habilidades. La mayoría de los libros eran volúmenes vivientes y muchos reptaban por los largos pasillos en el afán de explorar el ambiente. Aunque las dependencias estaban construidas para permitirles moverse con libertad, se corría el riesgo de pisarlos y dañarlos. Otros debían permanecer sujetos con cadenas, no porque se temiera a los robos, como en la Edad Media. Las descripciones siniestras que contenían, podrían hacer que se hirieran a sí mismos; se procuraba apartar de ellos cuchillos o elementos afilados, así como mantenerlos alejados de los amplios balcones que dividían la biblioteca.

Los criados de Petrov se destacaban por el silencio y la diligencia en sus tareas. Sin embargo, aquella tarde no dejaban de murmurar entre ellos. Era frecuente que interrumpieran las actividades y se asomaran a la calle. Algunos caminaban un par de cuadras hasta la cercana avenida, observaban a un lado y al otro y luego regresaban. Cuando dieron las cinco y tres minutos, interrumpieron el trabajo y se ubicaron en la entrada a los sótanos de la biblioteca, donde una rampa permitía el avance de vehículos. Aquella mañana, el doctor Petrov había dado la orden de dejar una habitación vacía en el segundo subsuelo. En la misma, dos criadas debieron instalar una cama, un sistema para la aplicación de sueros, algunos aparatos médicos y otros servicios sanitarios.

― Como mayordomo, que en su momento asistiera a los propios padres de nuestro amado Taita Petrov, les pido discreción ―exigió el criado más antiguo, un anciano con largos y canosos cabellos―. Considero que la actitud que corresponde no es la de espiar y chismear como un grupo de comadres pueblerinas, sino permanecer estoicos en nuestras tareas habituales.

Cuando llegó la hora fijada, un furgón se detuvo en la entrada de la rampa. Abrieron las puertas traseras del vehículo y entre dos hombres bajaron un bulto envuelto en sábanas negras al que ubicaron en una camilla y trasladaron al cuarto que fuera condicionado. Los criados, agrupados a distancia prudente, pudieron observar el rostro dormido del hombre. El grueso collar negro apretaba su cuello como una sólida bufanda. Rafaela, una de las sirvientas más antiguas, cuyo hijo padecía una extraña enfermedad, se animó y saliendo al cruce de quienes portaban la camilla, no sólo tocó el collar, sino que tuvo tiempo para inclinarse y besarlo, antes que los demás la tomaran de un brazo y la obligaran a apartarse. Una antigua creencia afirmaba que la agonía de un unicornio aportaba bendiciones; que restablecía la salud y era capaz de resucitar a los muertos.

Los desconocidos que lo portaban, depositaron el cuerpo en la cama. El cuarto daba al sur y desde el amanecer hasta el crepúsculo, entraba luz natural. Tan sólo el mayordomo y la jardinera Nemesia que también era enfermera, estaban autorizados a entrar y permanecer en la habitación para ocuparse del recién llegado.

― Deben volver a sus tareas habituales ―volvió a exigir el mayordomo a los demás criados― Aquí ya no nada para ver.

Lejos de obedecer, el resto de la servidumbre se reunió alrededor de una claraboya que daba a la habitación. Era un vidrio redondo, ubicado en el techo. El hombre dormido tendría cuarenta años y parecía inconsciente. Nemesia midió sus signos vitales, y desde la ventana vieron a la enfermera negar con la cabeza mientras colocaba la guía del suero.

Alguien avisó que se acercaba el automóvil del doctor Petrov, y todos se dispersaron, en busca de sus puestos.


2
El dueño de casa regresaba en el Alfa Romeo carmín, con las banderas mortuorias de Pasolini, flameando en la parte delantera.

Todo salió como lo dispuso el Gran Destino ―murmuró el médico por lo bajo. Era una expresión de asentimiento a los hechos, ya fuera que los mismos indicaran victoria o derrota.

Al evaluar lo ocurrido, podría afirmarse que el trato no se había cumplido en forma completa por ambas partes, aunque la ratona Miñajapa ya estuviera con Luigi Luscenti y el escritor unicornio con Petrov.

Costó mucho al galeno convencer a la ratona que volviera con su esposo. El precio para que la locura retrocediera, fue que Miñajapa se enamorara de Petrov. Repetía en forma constante que deseaba vivir con él y compartir el resto de los días de su vida. El médico no se negó. Sabía que de hacerlo, podría alterar el sutil equilibrio emocional que había logrado. Negoció, argumentó y por último acordaron que por el momento la roedora regresaría con Luscenti. Petrov debía solucionar algunos problemas y prometió que en un par de meses podrían estar juntos. Miñajapa aceptó a regañadientes. El galeno opinaba que aquel supuesto y súbito amor era un ramalazo de la locura que aún flotaba en su cerebro. El canal virtual abierto por el rito permanecería y él hablaría en sus oídos o se presentaría en sueños y en vigilia como una entidad brumosa. Con eso, confiaba que en poco tiempo Miñajapa abandonara aquel sentimiento; un simple pretexto creado por su mente para superar la demencia.

Ya cuerda, Miñajapa fue consciente de su desnudez y exigió ropa. En uno de los closets había tres vestidos femeninos, quizá dejados por algunas de las conquistas del general. Entre ellos encontró una falda y una blusa que correspondían a su talla. Sabiendo que el doctor Petrov la observaba, desfiló para él una y otra vez, exigiendo que el galeno le indique si aquellas prendas le sentaban.

El roedor, del tamaño de un niño de diez años, debía atravesar la fuerte custodia que rodeaba al piso del General Anaya. El mismo se había marchado a la sede del Comando en Jefe para ordenar la detención de posibles subversivos supuestamente relacionados con la muerte de la mujer en su dormitorio.

El galeno desplegó a la distancia un grueso manto de invisibilidad temporal que protegería a la ratona en el momento de atravesar la puerta. De ese modo, amparada por el sortilegio de Petrov, los vigilantes sólo vieron una leve nube marrón que atribuyeron al escape defectuoso de un automóvil. El efecto del hechizo terminó a las tres cuadras, cuando la ratona volvió a materializarse.

La detonación de las bombas produjo un gran revuelo en Eunuperia. Las estructuras del hospital clandestino donde se alojaba el escritor unicornio, fueron llevadas a su punto máximo de tensión. Tan sólo cayó una de las paredes de la parte norte, lo que produjo algunos magullados. De inmediato, el grupo de tareas convocado por Luscenti, hizo detonar una granada de gas que durmió a los presentes y cubiertos por máscaras protectoras, entraron para rescatar al hombre. Lo descubrieron inconsciente, con escasos signos vitales y dada la urgencia del caso debieron llevarlo en esa condición.

El trato se cerró cuando el escritor fue entregado a los criados calificados que el propio médico estableciera como los encargados de recibirlo.

El paramédico que había intervenido, se comunicó con Petrov

― Doctor, en el viaje hacia su casa, tuve oportunidad de revisar el paciente. En mi opinión, se encuentra en coma moderado. Requiere cuidados especiales.

Los agradecimientos fueron mutuos. Fue una de las pocas veces en las que Petrov vio sonreír al anarquista, cuando le informó que la ratona Miñajapa, lo esperaba en su casa.

A Petrov le correspondía ahora lidiar con el coma del hombre unicornio. Lo habían rescatado en el momento preciso en que Eunuperia estaba por cumplir el objetivo; que, consciente o inconscientemente, el propio secuestrado invocara la muerte.

El médico introdujo el Alfa Romeo en el garaje y lo dejó en manos de uno de los criados. De allí se trasladó hacia el cuarto donde reposaba el escritor. Vestido con bata blanca y con ayuda de la enfermera, procedió a examinarlo. Probó reflejos y durante largo rato observó los ojos con una linterna.

― Coma de segundo grado ―murmuró.
― Doctor, ¿será conveniente aplicarle alguna droga…?
― No hay drogas en esto. No hay enfermedad subyacente que justifique el coma. Que traigan a Mika.


3
Uno de los criados del área externa de la mansión de Petrov, disponía de las coordenadas para comunicarse con el Mundo sin Nombre. En su momento había cumplido con el fatigoso proceso de acceder al sitio donde los habitantes eran círculos; donde complejas esferas superpuestas, configuraban desde los lejanos cielos hasta los ámbitos más cercanos y cotidianos. Para simplificar el cúmulo de cuestiones abstractas que rodeaba el traslado a ese universo, nos limitaremos a transcribir el diálogo aproximado entre el criado en cuestión y la hermosa Mika que en el mundo sin nombre sólo era un círculo vibrante con una suerte de mechón blanco y vibrátil.

― ¿Eres Mika? ―preguntó el criado El círculo respondió con una voltereta que en el idioma del Mundo Sin Nombre significaba asentimiento.
― El doctor Petrov te llama con urgencia.

Otra voltereta del círculo indicó un segundo asentimiento y la afirmación que en ese mismo instante marcharía al mundo de los humanos, donde se reuniría con el doctor Petrov.

Allí terminaba la breve elocuencia de aquel universo. El afán de los habitantes era resumir la realidad en formas circulares o esféricas y escapar de las espirales que amenazaban el estado de bienaventuranza en el que vivían.

La circunferencia que respondía al nombre de Mika, siguió los caminos extraños que conducían a la salida del Mundo Sin Nombre. En el libro titulado: “La Vida es un Círculo”, que el doctor Petrov escribiera sobre aquel universo, calificaba las transformaciones de quien accede desde ese ámbito al medio humano como las que se requieren para que un renacuajo se transforme en rana.

Igual metamorfosis ocurría en el sentido inverso, es decir cuando un habitante de los “Sin Nombre” (Nunca se precisó el gentilicio), se trasladara al mundo humano. Fue así que al asomar la aurora en aquel universo, el círculo llamado Mika se transformó primero en una figura oscura y caótica; más tarde, adoptó la forma de una ameba supurante hasta convertirse en un feto que murió y se descompuso con rapidez, dejando un caldo repleto de gusanos. Cuando todo parecía perdido, del líquido hediondo surgió el cuerpo desnudo de la bella Mika. Brillante, saludable y sensual, recorrió los pasillos de la periferia de ese universo hasta llegar a una cabina de forma redonda. Allí, un par de círculos considerados eunucos, por haber renunciado voluntariamente a sus órganos de reproducción, eligieron el vestido, el peinado y algunas formas de maquillaje. Con esto, completaron la Cripsis humana y llevaron a la hermosa mujer al límite del mundo de los hombres. Allí fue recogida por el vehículo que enviara el doctor Petrov.

Rubia, con el cabello hasta los hombros, una constante sonrisa ingenua y una mirada perdida, en los primeros momentos de su transformación, Mika veía a las personas o las cosas que la rodeaban con la forma de círculos. Pasadas seis horas, llegaría a distinguir rostros, y cabezas; luego ojos, orejas y narices. Más tarde, los senos en sí misma y en las otras mujeres, las tetillas en los hombres y todo aquello que pudiera tener forma circular. Recién el segundo día accedería a las líneas rectas y en el cuarto a los cuadriláteros. Con el paso del tiempo, incluiría en su percepción prismas, hexágonos y otros diseños. Recién pasada una semana, la adaptación se completaba para acceder a la realidad de una manera muy similar al modo en que la percibían los humanos. Aquel proceso se aceleraba cuando recibía los besos energéticos, intensos, aunque carentes de erotismo del doctor Petrov.

Aquella tarde, apenas su silueta sugerente, enfundada en un vestido de calle, uno de los últimos que diseñara Oscar de la Renta antes de su muerte, apareció en la cuadra de la mansión, los criados avisaron al galeno, y el mismo salió a recibirla.

― Mika te estaba esperando. Tenemos una situación urgente. Hace falta tu intervención.

La mujer se limitó a asentir con la cabeza. Miraba hacia delante con una expresión perdida. El médico advirtió que la joven entreabría los gruesos labios. Ambos estaban en una de las entradas de la mansión; exactamente en la parte superior, donde una escalera descendía a la biblioteca. Allí, con gesto casi dramático, Petrov tomó con una mano la cabeza de Mika; con la otra, la atrajo hacia sí, y le estampó un intenso beso en la boca.

A aquella hora, la avenida que circundaba la mansión, estaba en su hora pico y los automovilistas no podían dejar de ver al médico y a la muchacha. Un cincuentón, levemente calvo, besando apasionadamente a una joven que podía ser su hija. Algunos gritaron frases soeces; otros aceleraron marchándose escandalizados y en el 911 se recibió una denuncia por exhibiciones obscenas.

También fueron muchas las damas que suspiraron. Aquel beso simbolizaba un amor que no podía contenerse; que avasallaba las conveniencias sociales; era el colmo del romanticismo. No les importaba la visible diferencia de edad, sino el ósculo intenso que duraría más de tres minutos Nadie podía suponer que aquella expresión estaba vacía de erotismo. A través de los fluidos y el aliento, el Doctor Petrov volcaba en Mika información pura. Una síntesis de los hechos que acontecieran en su ausencia, el contexto que los rodeaba y la indagación ansiosa de cómo resolverlos. Con su saliva dulce, la muchacha, respondía a la pregunta central: cómo ayudar al hombre unicornio.

Hasta el momento, el escritor y ella no se habían tocado. Luego de conocer la inminencia de su muerte, de recibir el collar negro de la agonía, el hombre persiguió a Mika por toda la ciudad, y de esa forma pudo librarse del fin. Luego llegó al mundo sin nombre. Allí, en un tiempo equivalente a varios meses en la tierra, Mika y él se persiguieron uno al otro sin llegar a rozarse ni una vez.

Para salvarlo debo unirme a él ―repetía ahora el mensaje de Mika―. Huesos con huesos. Carne con carne. Que nuestros límites se pierdan. Que seamos uno solo.

La lengua de Petrov se movía ritualmente por el paladar y los dientes de la joven; a veces se estiraba, procurando llegar a la glotis. La respuesta era clara: debían cambiar el tipo de relación con el hombre unicornio. De la separación obsesivamente calculada, se debía pasar a la unión sin límites. Petrov estuvo de acuerdo, y con su saliva trasmitió a la muchacha el deseo de que aquello se concrete en ese momento. El hombre estaba en coma. El futuro era incierto. No disponían de mucho tiempo. La respuesta de Mika llegó hasta él en forma de luces oscuras y rizadas.

No es tan simple. Sólo nos uniremos si se presenta el uranio. Sin él no hay unión posible.

El beso terminó. Petrov ordenó que la muchacha permaneciera todo el tiempo en la habitación del escritor. Allí, en medio del silencio roto por los breves sonidos de los aparatos que medían respiración y frecuencia cardíaca, Mika se concentró en la meditación. Posición de Loto, ojos cerrados y las manos trazando diferentes mudras. Aquella era la actividad de los hombres que más se acercaba al clima que la joven vivía en el Mundo Sin Nombre. .


En el atardecer de aquel día, Mika dejó la meditación. Algo que no era frecuente en ella, caminó por los pasillos de la biblioteca y llegó hasta el sector de revistas científicas. Allí buscó una que hablara sobre la fisión atómica. Tomó un artículo, lo dobló cuidadosamente y se lo alcanzó a Petrov. A modo de título de la nota, y en letras destacadas se leía la palabra URANIO.

El médico volvió a revisar al escritor. Los signos vitales se estancaban y tendían a disminuir. No era frecuente que la propia Mika insistiera con un mensaje como aquel. La colosal intuición de los habitantes del Mundo Sin Nombre, quizá le señalara que de no concretarse su propuesta, el escritor no tardaría en pasar del coma a la muerte. Entonces, los esfuerzos para salvarlo, habrían sido inútiles.

Petrov suspiró. El Uranio era el elemento más elusivo, más difícil de localizar. Revisó su agenda e inició los llamados a los contactos que pudieran dar razón sobre su paradero.

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