• Berta Guerrero Almagro

    LA FLOR AZUL

    La perla, de John Steinbeck

    por Berta Guerrero Almagro


EL GRITO QUE NACIÓ CANCIÓN, QUE SE SUMIÓ EN SILENCIO.

Aparentes remedios con efectos atroces. Soluciones desmesuradas que desbordan al supuesto beneficiario y corrompen a los que lo rodean. Steinbeck presenta en La perla (1) una sociedad bipolar entre la que se instaura la Canción del Mal, que emerge de la perla más hermosa jamás hallada. La miseria en la que Kino, Juana y el hijo de ambos, Coyotito, habitan en su choza, puede ser derribada con la llegada de la Gran Perla, pero lo que de veras adopta un nuevo rumbo son sus existencias.

Entre los aspectos que se pueden abordar en esta novela, me he centrado en la importancia de la dicotomía sonido-silencio. Los sonidos de la naturaleza suscitan canciones en la mente del matrimonio, especialmente en la de Kino; los sentimientos y deseos despiertan también canciones nuevas y desconocidas que revelan el estado de los personajes. Tal empleo de la música para expresar la interioridad de los personajes resulta muy significativa en un pueblo indígena que, como se indica en la novela y seguidamente quedará subrayado, se caracteriza por el interés en el cancionero popular y en la transmisión oral de este. En contraste con lo expuesto, resulta digno de señalar el silencio cómplice que impera entre el matrimonio protagonista. Juana y Kino se comprenden en sus omisiones, en sus miradas y suspiros. Incluso, en el Capítulo III, se lee: «Juana, mirándolo a hurtadillas, lo vio sonreír. Y como eran una sola persona y una sola voluntad, ella sonrió con él» (Steinbeck, 1987: 66). La unión entre ambos es estrecha, serena y resistente, tan auténtica que no precisa de adornos melifluos ni ornamentos.

El sonido se convierte en elemento matriz de la obra y, concretamente, impera el sonido organizado en música. Los sonidos naturales, como el romper de las olas matutinas en la playa en el Capítulo I, son percibidos por Kino como algo rítmico, armónico e incluso melódico; como algo musical. Desde el jergón en el que duerme, Kino escucha el sonido de las olas, que se mezcla con el ruido de la piedra con la que Juana muele el grano para las tortas, con la llamada del perro flaco, con el crujir de las cuerdas al levantar a Coyotito de su cuna y con la canción que susurra la esposa. Todo ello se ordena en una melodía dulce y de firme ritmo que, en ocasiones, se introduce en un pasaje inquietante, y que Kino identifica con la Canción Familiar. Ruidos matutinos que caracterizan un hogar. Las palabras no resultan necesarias entre actos cotidianos y, a veces, los suspiros satisfechos las mejoran con creces (2). En el Capítulo I se deja constancia de la habitual presencia de hacedores de canciones en el pueblo de Kino. Capaces de inspirarse por todo lo que ven, piensan, hacen u oyen, las canciones inventadas perduran entre la comunidad y Kino las recuerda con memoria ancestral.

Frente a la Canción Familiar, la Canción del Mal comienza a sonar también en el Capítulo I con la aparición del escorpión que se abalanza sobre la cuna de Coyotito. Se trata de una música peligrosa que Juana intenta espantar mediante rezos acompañados de una fórmula mágica repetida en su interior. Pero ni la intervención de Kino ni el estoicismo contemplativo de su esposa logran apartar el riesgo, y el escorpión pica al niño en el hombro. Es entonces cuando Juana solicita la presencia del médico, el profesional que ocupa su tiempo con los ciudadanos adinerados sin ocuparse de los habitantes de las cabañas, y la Canción Familiar se fortalece en su cabeza. Optan por presentarse ante el codicioso doctor.

La queja a la desigualdad social resulta reveladora con la presencia del médico, que trata a los indígenas como a animales. «Soy un doctor, no un veterinario» (1987: 29), afirma cuando le solicitan la curación de Coyotito. Ocho perlas deformes no suponen aliciente suficiente para el doctor, por lo que, en el Capítulo II, la familia sale en busca de una perla hermosa con la que el médico se vea recompensado. Se vuelve a hacer hincapié en este capítulo en la importancia de la tradición oral entre los habitantes del pueblo de Kino. Canciones de todo tipo y sobre todo tema, aprendidas o aprehendidas en el inconsciente común, legadas a generaciones durante siglos. Cuando Kino llena su cesto de ostras, crea una nueva canción: la de la Perla Posible; melodía que nace de las profundidades marinas y que se desarrolla al compás de sus latidos. La fuerza de esta canción se ve potenciada por el rito mágico que Juana emprende, rogando a la suerte que los visite. Necesidad y deseo se entrelazan en la búsqueda de la perla necesaria.

El volumen de la canción de la Perla Posible se incrementa cuando Kino encuentra una ostra de un tamaño nunca antes visto. La melodía se retuerce en un crescendo feroz. Juana es consciente de la situación y aparta la mirada de su esposo sin necesidad de intercambiar palabra alguna con él. Frente a la importancia del sonido en el mundo interior de los personajes, un silencio reconfortante impera en su realidad y solo mediante la mirada o los suspiros son capaces de comunicarse a la perfección.

Hacia el final del Capítulo II aparece la gran perla, del tamaño de un huevo de gaviota. La perla más grande del mundo. Juana, a través del vocativo del nombre de su esposo, dirige la atención de este al hombro del pequeño: la infección parece remitir gracias a la succión y al tratamiento casero llevado a cabo por ella. No son necesarias más palabras. La canción de la Perla Posible ocupa ya toda la mente de Kino y resulta tan nítida como la superficie de la esfera perfecta en la que el pescador intuye un futuro prometedor. El alarido que lanza Kino es celebración suficiente ante el feliz hallazgo.

En el Capítulo III, la Perla del Mundo va invadiendo las vidas de toda la comunidad indígena y, poco a poco, irá engordándose, ocupando el lugar de la familia de Kino. La noticia del dichoso encuentro llega a oídos del doctor, que, raudamente, acudirá a tratar a Coyotito. La riqueza llama a la puerta de Kino y, con ella, los amigos se multiplican. Muchos se interesan por esa perla que contiene la esencia de la eterna felicidad. La envidia corroe como un veneno al resto de la población, enemistándola con Kino quien, desconocedor de la ponzoña que empezaba a invadir a sus vecinos, disfruta de su alegría junto con su esposa -ambos piensan desde su perspectiva inocente que todos los vecinos comparten con ellos su felicidad-.

Llegado este punto, la canción de la Perla se enlaza con la de la Familia, conformando un todo armonioso. El toque triunfal de trompetas cobra cada vez más fuerza en la mente de Kino, que empieza a observar en la superficie de la esfera una boda por la iglesia, nuevas vestimentas, objetos que necesita -un arpón, un rifle-, un futuro para Coyotito. La música lo ensordece. Resulta llamativo que sea en el momento en el que Kino expresa todos sus deseos cuando se lea: «Nunca había pronunciado tantas palabras seguidas» (Steinbeck, 1987: 51). La perla desata sus ilusiones, su imaginación y su lengua. Y es justamente en ese momento cuando se percata de que ha hablado más de lo debido, y aprieta con fuerza la perla en la palma de su mano. El pasaporte esférico a la felicidad comienza a ser una fuente de celos. Los vecinos no comprenden cómo Kino y su familia han podido tener tanta suerte. Únicamente su hermano y la esposa de este comparten su alegría.

El párroco del lugar, un anciano con mirada de niño, acude a casa de Kino, conocedor de la suerte de este. Los trata con superioridad, pidiéndoles que no olviden agradecer lo obtenido. Juana le anuncia la realización de la boda y el cura marcha satisfecho. Sin embargo, en este momento comienza a entrar también en el hogar de Kino la Música Maligna, y el pescador despierta a la rabia que la perla hace emerger entre la comunidad. La Canción del Mal ahoga la melodía de la Perla. Grillos y ranas parecen interpretar para Kino la Canción del Mal.

Tras el párroco, es el doctor quien se presenta en casa de la familia, dispuesto a tratar a Coyotito. La ignorancia de los padres actúa como factor desencadenante del miedo ante las amenazas del médico: la picadura de escorpión, sostiene, es tan peligrosa como escurridiza, pues en ocasiones parece desaparecer para, finalmente, asestar un duro golpe en la víctima. El doctor se aprovecha del temor de Kino ante una situación en la que no se encuentra capacitado para discernir, y se yergue como salvador de Coyotito. Kino promete pagarle cuando la Perla del Mundo sea vendida.

Sin embargo, el estado de alerta es ya constante en Kino, que experimenta dificultades para conciliar el sueño, agitado en todo momento. Es gracias al sentido del oído como el pescador se percata de que alguien ha entrado en la cabaña y se dispone a efectuar un robo; no obstante, Kino logra ahuyentarlo con su cuchillo. Tras este sobresalto, Juana vaticina la llegada de la perdición con la perla, le necesidad de librarse de ella para que regrese el bien a su hogar. Pero Kino no está dispuesto a perder el esperanzador horizonte que se le ha revelado, el seguro antídoto frente a males y desgracias, y luchará por él hasta sus últimas consecuencias. El silencio vuelve a mostrarse en este capítulo a través de la sosegada relación matrimonial. Innecesarias resultan las palabras entre ambos: a través de un toque en el hombro, Juana es capaz de avivar la atención de su esposo; solo con su agitación onírica, Kino puede despertar a Juana y hacerle abrir los ojos en las tinieblas de la noche. Tremendamente intuitivos, los dos se comprenden sin intercambiar frase alguna. Dos almas afines, un solo ser.

El entorno de los seres poderosos y adinerados queda retratado con rabiosa evidencia en el Capítulo IV. Locos, orgullosos y fríos, así son definidos los miembros más acaudalados de la sociedad, mientras que los pobres que contemplan el devenir de estos, esperan que Kino no pierda su cordura. Ataviados con sus mejores galas, la familia se dispone a vender la perla. Los vecinos los acompañan en comitiva, seguros de contemplar un hecho histórico. No obstante, Kino no logra vender la perla a los traficantes, pues pretenden pagarle un precio muy inferior al que él considera. Y la Canción del Mal incrementa su intensidad hasta llegar también a oídos de Juana, quien la rechaza tatareando la Canción Familiar. De nuevo se presenta en este capítulo la complicidad silenciosa entre el matrimonio, pues Juana es consciente de que ayudará más a su marido callando que irrumpiendo en su preocupación interior con palabras. El estado de Kino comienza a tornarse en locura cuando agarra el cuchillo y se enfrenta a otro ratero que busca la perla. Herido y con la ropa hecha jirones, acuerda con su esposa marchar a la mañana siguiente. Ella accede no sin antes reiterar -en unas de sus escasas intervenciones más extensas, caracterizadas estas por tratar la misma idea- su creencia en la maldición de la perla.

La fatalidad se acentúa en el Capítulo V, que se inicia con la huida de Juana en la noche hacia la playa para deshacerse de la perla. Sin embargo, Kino despierta sobresaltado y la persigue, golpeándola furioso. Su obsesión aumenta y la ira lo hace acabar con la vida de otro ciudadano que pretende robarle. A ello se une el orificio que encuentran en su canoa, el saqueo y el incendio que se produce en su casa. La marcha resulta necesaria y la vida tranquila que poseían hasta entonces no retornará hasta que no se deshagan de la maligna esfera. En este capítulo, el viento endiablado cobra una importancia esencial, es animalizado a través de rugidos y aullidos capaces de hacer sucumbir a cualquier hombre. Kino, Juana y Coyotito se disponen a escapar con la perla.

El Capítulo VI supone el clímax de la obra y, al mismo tiempo, su cierre apoteósico. La familia camina en la noche, segura de no dejar rastro gracias al viento. Por momentos, la Canción de la Perla se mezcla con la de la Familia y la felicidad parece estar asegurada; sin embargo, la Canción del Mal emerge cuando Kino contempla extasiado la perla, que con su color grisáceo augura daños venideros. Con la sabiduría de un conocedor ancestral de la tierra, Kino se mueve por los caminos en sintonía con la vegetación que en ellos encuentra. No obstante, y a pesar del cuidado que los mueve a no ser descubiertos, tres hombres -dos a pie, uno a caballo- los persiguen. El terror se apodera de Kino al comprobar que se trata de tramperos capaces de leer el suelo con sagacidad. La única opción que tiene para poner fin a la Canción del Enemigo antes de que los domine es acabar con ella. Mientras dos de los hombres duermen, Kino se desliza hacia ellos para darles muerte, pero Coyotito rompe a llorar y un disparo acorta la distancia entre ellos antes de que Kino se abalance sobre él. Tras acabar con las vidas de los ojeadores, un sonido se apodera del alma del pescador: «el agudo, lloroso, histérico grito de dolor ante la muerte» (Steinbeck, 1987: 123), pues Coyotito ha sido asesinado por el balazo. Con las canciones detenidas por el grito e incluso la Canción Familiar convertida, al final de la obra, en un grito de batalla, Kino y Juana regresan a su tierra para lanzar la perla maligna al fondo de las aguas, deseosos de extinguir su música para siempre.



(Notas)
1 Steinbeck, John (1987): La perla, traducción de Francisco Baldiz, Barcelona: Caralt.
2 No hay necesidad de palabras cuando se actúa por hábito. Kino suspiraba satisfecho, y esta era suficiente conversación. (Steinbeck, 21).

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