• Berta Guerrero Almagro

    LA FLOR AZUL

    El recuerdo del crepúsculo

    por Berta Guerrero Almagro


El recuerdo del crepúsculo en Veinte poemas de amor y una canción desesperada


Bordear el ocaso, el océano de la tarde, para caer en las redes de la melancolía y sentir paz. Este es el viaje al que son invitados los lectores de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Pablo Neruda (1904-1973) compone dicho poemario en 1924, etapa inicial de su producción. Versos sencillos, pero profundos y simbólicos en los que la soledad, la melancolía, el erotismo y la naturaleza se convierten en los pilares básicos de la obra (Vélez 2005: 76). Aunque en el momento de su publicación el poemario no obtuvo un gran reconocimiento (Nicanor Vélez, 2005: 73), poco a poco fue abriéndose paso entre la juventud hispanoamericana. A partir de 1932, las ediciones fueron multiplicándose hasta que Neruda alcanzó la categoría del Bécquer americano (Rodríguez Monegal, 1977: 22).

Desde el pretendido título inicial -Poemas de una mujer y de un hombre-, el intermedio -Doce poemas de amor y una canción desesperada- (Lozada, ápud Lorente Medina, 2005: 50) y el definitivo -donde el número de poemas ascendió a veinte y la canción desesperada se mantuvo-, el poemario contiene una serie de encuentros amorosos de tono melancólico -imperante en la obra (Amado Alonso, 1979)-, lo cual le confiere unidad (Lorente Medina, 2005: 50). Incluso en los momentos más tórridos donde el erotismo parece instaurar una presencia auténtica -las metáforas agrícolas y terrestres aproximan la relación al plano real-, la desolación eclosiona dejando un profundo vacío en el sujeto poético. Una muestra de lo expuesto se encuentra en el poema pórtico de la obra, donde tras las descripciones somáticas de una mujer alba -cuyo cuerpo es la naturaleza toda, la fertilidad en su mayor auge, el terreno propicio para el cultivo más preciado- y su instauración como apoyo absoluto del sujeto, irrumpe a través del polisíndeton la desdicha, la indecisión, la sed, la fatiga, el dolor:

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.
[…]
Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.

El patetismo encuentra su correlato temporal en el momento del crepúsculo. Si bien los poemas se desarrollan durante una cronología diurna, destaca el momento del ocaso y la desembocadura de este en la noche . En el segundo poema, el sujeto se dirige a una mujer dadora de vida, que ofrece para otros y resta para sí. Es el sentimiento de pérdida tan dolorosamente bello que permite germinar creaciones de gran fuerza poética:

En su llama mortal la luz te envuelve.
Absorta, pálida doliente, así situada
contra las viejas hélices del crepúsculo
que en torno a ti da vueltas
(Poema II, vv. 1-4).

El crepúsculo se convierte en el marco idóneo para la aparición del ser amado. Que la tristeza tiña de oscuridad el aspecto de la mujer no implica la despedida de la luz, sino que esta pugna por sobrevivir entre la angustia. «Del sol cae un racimo en tu vestido oscuro», reza el verso noveno del segundo poema; la negrura es sorprendida por un haz de luz que devuelve la energía a la silente noche, pero la tristeza no se marcha nunca del todo e instaura plenamente su reino -como puede comprobarse al final del poema- en el territorio que pertenece a los amantes.

Vuelve a ser el crepúsculo el momento elegido en el poema III; un sol moribundo que se refleja en los ojos del ser amado y que lucha por seguir brillando, pero que irremediablemente cae. Las metáforas telúricas enlazan con un amor juvenil, el cual eclosiona en cantos jubilares. La tierra y los ríos cantan en la receptora del poema, y su silencio y fortaleza comienzan a desmoronarse. Es la figura amada la que encarna el misterio, la fuerza y la gracia. Ella despierta el deseo del sujeto y ella es el puerto en el que anclan sus besos. Tanto el inicio como el cierre del poema coinciden con la interjección «ah», que otorga redondez a la composición:

Ah vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose,
lento juego de luces, campana solitaria,
crepúsculo cayendo en tus ojos, muñeca,
caracola terrestre, en ti la tierra canta!

En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye
como tú lo desees y hacia donde tú quieras.
Márcame mi camino en tu arco de esperanza
y soltaré en delirio mi bandada de flechas.

En torno a mí estoy viendo tu cintura de niebla
y tu silencio acosa mis horas perseguidas,
y eres tú con tus brazos de piedra transparente
donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida.

Ah tu voz misteriosa que el amor tiñe y dobla
en el atardecer resonante y muriendo!
Así en horas profundas sobre los campos he visto
doblarse las espigas en la boca del viento.

Especialmente llamativo en relación con el atardecer es el poema VI. El recuerdo de la amada trae consigo la melancolía otoñal en la hora del crepúsculo:

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos pelaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma.
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

La descripción de la amada en el recuerdo del sujeto se sustenta en detalles complementarios -una boina gris-, espirituales -corazón tranquilo, como un hogar en calma- y físicos -ojos ardientes como el crepúsculo, voz sosegada-. Tanto la primera como la segunda estrofa conectan con la memoria del sujeto, quien hace repaso de las características de la mujer. La vinculación establecida entre naturaleza y feminidad se vislumbra en la comparación con la enredadera, la presencia metafórica del jacinto y la inclusión del otoño, estación desde la que es contemplada la amada por el sujeto y de la que ella se percibe como representante. Los dorados tonos otoñales, propios también del crepúsculo, se asocian con la amada, otorgándole así un perfil ardiente al tiempo que triste y difuso. Gustan reunirse los amantes «a la orilla del crepúsculo» (Poema XIII, v. 5), momento de tiernos encuentros. Ella es una niña blanca que «juega todos los días con la luz del universo» (Poema XIV, v. 1); para el poeta, se trata de un ser volátil, celeste y moldeable: «en mi cielo al crepúsculo eres como una nube / y tu color y forma son como yo los quiero», como una «segadora de su canción de atardecer» (Poema XVI, vv. 5-8), compañera luminosa que «juega con el sol como con un estero» (Poema XIX, v. 7).

Sin embargo, con la lejanía de la amada, el sol de la tarde irá poniéndose hasta desembocar en la noche. Se lee en el verso diez del poema XIX: «todo de ti me aleja, como del mediodía». La distancia entre el sujeto poético y el ser amado conlleva también un alejamiento del protagonista y la luz. «Siempre, siempre te alejas en las tardes / hacia donde el crepúsculo cae borrando estatuas» (poema X, vv. 17-18). La distancia acarrea desdicha y oscuridad. El fin de las horas de amor es el inicio del recuerdo y la muerte de la luz. A los sujetos de estos poemas se les va a escapar el crepúsculo -«hemos perdido aun este crepúsculo» (poema X, v. 1)- y, resignados, navegan hacia la noche:

Ebrio de trementina y largos besos,
estival, el velero de las rosas dirijo,
torcido hacia la muerte del delgado día,
cimentado en el sólido frenesí marino
(Poema IX, vv. 1-4).

La atracción fatal hacia el abismo resulta inevitable. «Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos. / Pero la noche llega y comienza a cantarme» (poema XVIII, vv. 22-24). La nocturnidad se abre paso, borrando el tono dorado del otoño, mermando la dicha e impulsando la tristeza. Poco después de que «una gaviota de plata se descuelgue del ocaso» (poema XVIII, v. 6) y se instale en el cielo nocturno, tanto el sujeto del poema XX como el de La canción desesperada estarán escribiendo y recordando bajo ella.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Alonso, Amado (1979): Poesía y estilo de Pablo Neruda, Barcelona: Edhasa.
Lorente Medina, Antonio (2005): “El primer Neruda: de Crepusculario a Residencia en la tierra”, en A.A.V.V. (2005): Pablo Neruda. Un corazón que se desató en el viento, edición de Hilario Jiménez Gómez, Cáceres: Institución Cultural “El Brocense”.
Neruda, Pablo (1990): Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Introducción, Traducción y Notas de Hugo Montes, Madrid: Castalia.
(1984): Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Cien sonetos de amor, Barcelona: Planeta.
Rodríguez Monegal, Emir (1977): Neruda: el viajero inmóvil, Caracas: Monte Ávila.
Vélez, Nicanor (2005): “Entre el amor y la melancolía (Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, en A.A.V.V. (2005): Pablo Neruda. Un corazón que se desató en el viento, edición de Hilario Jiménez Gómez, Cáceres: Institución Cultural “El Brocense”.

Ver Curriculum
Curriculum






volver      |      arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS    |    CULTURALIA    |    CITAS CÉLEBRES    |    plumas selectas


Islabahia.com
Enviar E-mail  |  Aviso legal  |  Privacidad  | Condiciones del servicio