• Juan R. Mena

    Contraluz

    La biblioteca de la calle Gravina

    por Juan R. Mena


El 31 de mayo hizo veinticinco años que se inauguró el Centro Cultural —escribíamos en junio de 1998— con la biblioteca aneja a sus dependencias. Ciertamente fue la biblioteca la que puso en movimiento esta entidad cultural. Ya, desde su primeros días, la asistencia de público era masiva y no solamente esa concurrencia la componían niños y jóvenes, sino también hombres y mujeres que se interesaron por su fondo de lecturas; rápidamente, como un virus de entusiasmo, proliferaron los carnés tanto de lectores en sala como a domicilio; gentes que no se acostumbraban a leer y pasaban por la puerta, al enterarse de la novedad de la nueva institución, descendían la escalera tímidamente y cruzaban el dintel de la biblioteca con vacilación y no poco asombro en una lenta mirada curiosa, acabando su informal visita con una larga sonrisa de pláceme afirmador, deseando mucho éxito al recién nacido organismo.

Pero las actividades por la que empezó a popularizarse como Casa de la Cultura no concluían en la biblioteca (cuya labor ya justificaba la existencia del inmueble), sino que a partir de entonces los asuntos culturales y sociales se sucedían casi diariamente en su salón de actos, así como las exposiciones de arte, sobre todo de pintura que se montaban de continuo en el vestíbulo.

Naturalmente la Casa de la Cultura no funcionaba por medio de un robot japonés; la Casa de la Cultura estaba en manos de un hombre muy conocido en La Isla, al que se le reconocía no pocos desvelos por la cultura isleña; la Casa de la Cultura, en todos sus accesorios, estaba confiada a la dirección de Pepe González Barba, y aquella dirección era más bien cariño, dedicación minuciosa y detallista. Él puso los letreros a las dependencias, diseñó los indicadores para sustituir el vacío que dejaba el libro requerido en la sala de lectura; incrementó el patrimonio de libros con adquisiciones a costa del presupuesto de aquellos días zarandeados por la crisis del petróleo. Decir la Casa de la Cultura era aludir, nombrar, conocer a Pepe González Barba; nunca hizo de regente de la entidad con aparato y distancia; todo lo contrario: desde los conserjes con uniforme y unción municipalesca, pasando por los trabajadores del ayuntamiento que venían a llevar a cabo una reparación, sin olvidarme de las jovencitas que cumplían allí lo que entonces era el servicio social femenino, veían en él a un compañero de faena. Ni tampoco me olvido de representantes de tertulias y peñas que subían a su despacho, en el que Pepe dirigía las funciones del patronato ayudado por su secretaria Mari Carmen Pavón.

En fin, todo el mundo veía en Pepe un amigo, un hombre sumamente accesible que dejaba en sus interlocutores una huella de amabilidad y buen hacer.

La inauguración tuvo lugar el día 30 de mayo de 1973, viernes, al mediodía. En la planta de arriba se celebró el nacimiento de este edificio -donde antes estuvo el llamado Colegio de los Moros- con un ágape y con la presencia de doña Ernestina Cazenave, su secretaria María Dolores, el alcalde a la sazón, Rafael Barceló y algunos funcionarios municipales, Mariló, mi compañera de trabajo y José, el guarda-representante de la empresa constructora del edificio.

Después de aquel dos de junio en que el público isleño pisó el suelo de la biblioteca, la utilidad de este centro, noble en su contenido más que en su aspecto continente, ha sido ratificada por la demanda de los concurrentes, de tal manera que su existencia y su necesidad están incardinadas en las almas de los ciudadanos.

Pero esta afortunada criatura que vive entre la calle Gravina y la de Churruca, y hoy goza de estupenda y ejemplar juventud, fue un sueño que retaba a las dificultades, un proyecto que dio sus primeros pasos con no pocos balbuceos; por ello mismo, hemos de agradecer a los que la apoyaron en sus comienzos, su confianza contra viento y marea, y honra es recordar como prólogo de aquel alumbramiento a la realidad social, a Rafael Barceló Gasset, Cámpora, su tesorero, doña Ernestina Cazenave, coordinadora provincial de bibliotecas y su secretaria María Dolores como propulsores de tan interesante acontecimiento en La Isla de entonces.

Hoy, veinticinco años después, la rememoración de este hecho cultural en La Isla, ha de tener el brillo de una efemérides, un brillo que no se apagará en la memoria ciudadana.

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