• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    Optimismo. Elixir mágico.

    por Alfonso Estudillo



Cada vez me cuesta más trabajo enfrentarme al grito silencioso del folio en blanco. Y me pregunto: ¿Por qué...? Pero no hay respuesta, no lo sé... Es una indescriptible sensación que te penetra por las pupilas y sube entre sinapsis y neuronas pretendiendo encontrar saberes y recuerdos en las mil veces rota hucha del tiempo. Pretensión imposible, puesto que todo cuanto formara parte de sus otrora nutridos archivos, lleva la indeleble impronta que lo conceptúa como usado, obsoleto o inservible para cualquier finalidad que no sea la de aguardar definitivo y oportuno fin en trasteros y papeleras.

El único al que me atrevo a preguntarle es a un tipo de rostro ausente de alegrías, apagada mirada y argénteas sienes pregonando experiencias vitales, al que suelo ver dentro del espejo cuando el afeitado y necesario cuido de la barba me obliga a ello. Éste, tras observarme buen rato, me responde que es consecuencia de eso que llaman vejez, de que la acumulación de años va restringiendo y mermando todas las capacidades, tanto físicas como intelectivas, de que casi setenta años, aún cuando no sea como para replantearse tirar la toalla, es causa más que suficiente y justificada como para ir dando de lado a actividades que antes, cuando la fuerza vital aún floreaba en primaveras, se podían llevar a cabo sin grandes esfuerzos. "Los años, amigo mío -me dijo-, son un monstruo que nos va devorando por dentro, que nos va privando poco a poco de todo cuanto fuimos hasta devolvernos inexorablemente a ese etéreo polvo del que fuimos hechos. Son la expresión de tránsito entre dos instantes, la única e incognoscible medida entre el antes y el después de todo lo que existe, un efímero e impasible contador para la vida de los humanos. Algo imposible de eludir... -me miró con fijeza unos instantes antes de añadir- pero vencible. Y es vencible con una sola cosa: el optimismo."

Y lo entendí... Claro que lo entendí- Optimismo... De inmediato se me abrió la pantalla interior de los recuerdos. Y me vino a la memoria aquella chica que había perdido las dos piernas en un trágico acto terrorista, que, pasado el tiempo, aparecía sonriente ante las cámaras de TV y lo argumentaba con un perfecto y bien asumido convencimiento: "Antes nunca estaba alegre; contemplaba la vida desde todo lo que me faltaba, lo que ansiaba, lo que creía necesario... Ahora la miro desde todo cuanto tengo: la vida, la familia, los amigos, los sueños, las ganas de vivir..."

Y, en relación a lo que pretendía decir en estas letras, mi insuficiencia, impericia o falta de capacidad para continuar haciendo lo de siempre, evitar toda excusa ante el evidente mayor esfuerzo que me supone enfrentarme al puñetero alarido del folio en blanco, como, si le antepongo las mil y una razones que me aporta mirarlo desde el optimismo encuentro mil y un un argumento para darle continuidad, creo que no tendré que ir de nuevo a consultar al tipo ese del espejo. Una mínima reflexión sobre uno solo de esos mil y un argumentos me lleva a recordar a Bertolt Brecht cuando dice: "Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles."

Posiblemente, yo ni soy ni quiero ni necesito ser imprescindible, pero sí que tiene que ver la frase con algo que habita en mí y me he repetido desde siempre: la jubilación, el no hacer nada, no existe para mí. Yo necesito trabajar cada día, hacer cosas, ser útil a los demás... y lo haré hasta el fin de mis días. ¿Que mis capacidades van menguando? Bueno, pero siguen existiendo. Si se lo preguntara al del espejo sé que me diría: "Bueno, joven. Todavía puedes. Todavía eres capaz de hilvanar una sucesión de letras sobre el papel en blanco sin que éste, envuelta en escatológica calificación, te las escupa a la cara. Al fin y al cabo, lo que pretendes no es poner en el papel las sublimes excepcionalidades de la creación literaria, sino exponer unas humildes reflexiones sobre hechos o circunstancias que se nos dan a todos en la vida diaria..."

¡Joder! Pues también lleva razón -me digo-, no se trata de buscar laureles literarios sino... En cualquier caso, según éste, no serían excepcionalidades creativas, pero tampoco una mierda... Pues, llegado aquí, por pura intención comparativa, no vendría mal recordar y dejar constancia de qué hacen y cómo entienden algunos lo que es y no es en la ejecutoria de aquellos que dicen llamarse escritores.

En la parte negativa, no puedo por menos que recordar -aunque omitiré su nombre- a un conocido con grandes ínfulas de poeta, el cual, en una de nuestras tertulias literarias, hablando sobre la poesía, concretamente del soneto y sus dificultades, dijo: "¿Un soneto? Eso lo hago yo con la punta del... y en menos de diez minutos. Y, efectivamente, lo hizo. Solo que, como pudimos apreciar todos los que lo leímos, en sus endecasílabos rimaba atún con betún, corazón con carbón y morcillas con astillas, mientras que, mirado desde una mínima óptica lógica, arte rimaba con ausencia, poesía con esperpento y literatura con mamarrachada. No hay que añadir más.

En la otra parte, en esa que califico de "sublimes excepcionalidades de la creación literaria", obligado es citar aquí un trabajo de un querido amigo, Juan R. Mena, quien en su "Para una poética", publicado en esta misma revista, en el nº 223 del pasado febrero, nos hace una magistral exposición de toda la esencia y filosofía que conforma tan difícil como popular modalidad literaria. En su contenido tenemos una profunda y bien documentada reflexión sobre los diferentes estilos poéticos, las tendencias a lo largo de los tiempos, citas de ejemplos y versos aludidos de muchos autores, léxicos, lenguajes y figuras empleadas, opiniones propias y objetivas sobre tanta diversidad y un largo etcétera donde, añadiendo la proeza de resumirlo o condensarlo todo en un par de folios, nos muestra la historia de la Poesía.

¿Mejor, peor... bueno, malo... arte, paparruchadas...? No, nada de ello. Suficiencia, color, latidos, pálpitos, emociones... Optimismo, se llama. Un simple vocablo que, utilizado como adjetivo, confiere a la persona que califica como capaz de cambiar la tristísima definición del tiempo "...efímero e ineludible contador de la vida de los humanos" por "sucesión de momentos que nos son regalados para vivirlos". Una nueva óptica que nos renueva el espíritu y nos permite vivir en una filosofía más grata.

Viendo la vida desde el optimismo, noto en mí que me permite soñar... Y puede que trasmitir mis sueños a los folios... Incluso, hasta que pueda hacer sentir mis sueños en quienes me leen. Y si esto fuera cierto, sería el máximum, sería como hacer míos -siquiera unos instantes- los versos de mi admirado Pedro Salinas en La voz a ti debida: "...y saber que otro ser, fuera de mí, muy lejos, me está viviendo."

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