• Juan R. Mena

    Contraluz

    Tebeos que ilusionaron una infancia

    por Juan R. Mena


Cierro los ojos y me traslado a los alrededores del Teatro de las Cortes.

Estamos a mediados de los años cincuenta. Son las once y media de la mañana.

Empiezan a acercarse niños con carpetas de tebeos. Se miran como en un tácito acuerdo y se sientan en las aceras.

Se preguntan por determinados tebeos o por números concretos de esos tebeos. Se discute esta o aquella condición del trueque, pero se llega a un acuerdo al fin. Algunas carpetas rebosan de esos tebeos, estallan por los lados, algunos casi se caen, tal es el desordenado volumen que forman en los cartapacios, y ante los ojos asombrados y atraídos por el color y la familiaridad con los superhombres de las viñetas, aparecen El Guerrero del antifaz y su escudero Fernando tras la búsqueda del moro Ali-kan, que asesinó a la madre del guerrero, es por aquel entonces el tebeo más popular. Después le siguen el boxeador Pacho Dinamita con su inseparable Jipi, su flaco mánager siempre bajo un sombrero jipijapa. Pacho tal vez estaba inspirado en el boxeador vasco Paulino Uzcudum; también tenemos al Cachorro con su inseparable Batán y sus enemigos el Baco y el Olonés, siniestros señores de la guerra con marchamo de piratería; Purk, El Hombre de Piedra, incardinado en una prehistoria imaginaria; Roberto Alcázar y Pedrín, incansables investigadores, algo así como Colombos tras el crimen, aunque en clave de dibujos de historietas; el Aguilucho, un joven noble de la Edad Media que lucha por su libertad; El Espadachín enmascarado, que defendía la causa del rey de Francia en otros países; Jack Hope, un agente que lleva adelante las Aventuras el FBI; Dan Barry El Terremoto allá en el lejano Oeste luchando contra todo tipo de malhechores, incluidos los clásicos pistoleros, lo mismo que Hood, El Pequeño luchador, que se mueve entre apaches con su compañero Matón, un forajido reformado.

Estos eran los héroes, y otros más que no recuerdo ahora. Ellos alegraron nuestros ojos en los años en que nos fascinaba la imagen como principio rudimentario del conocimiento. Era una cultura del ocio que estimulaba la imaginación. Una guía del entretenimiento a ratos con candor de epopeya, aunque para andar por casa. Era el desfile por nuestra fantasía de unos personajes que se entremetían en las entretelas de nuestra adolescencia, encasillada en hacer los deberes del colegio consistentes en la caligrafía inglesa, saber leer, escribir y el aprendizaje de las cuatro reglas, con añadidos de cultura general en las enciclopedias Bruño.

Después de dos horas en aquel improvisado mercadillo del intercambio de cuentos, como si se tratara de recabar provisiones alimenticias para una semana, nos íbamos cada uno a su casa, pero para volver a las tres y pico a ver las dos películas que ponían en el mismo Teatro de las Cortes como sección de cine infantil, películas que hallaban eco en nuestro archivo de preferencias, como si El mundo en sus manos, Ivanhoe, Solo ante el peligro, El halcón y la flecha, El hidalgo de los mares, Jeromín, Calabuch, o Robín Hood fuesen un complemento de esa nutrición adecuada para calmar el hambre de nuestra necesidad de fabular, de levantar la curiosidad en alas de las ficciones como señal de la identidad de unos años que se preparaban para entrar en el campo de batalla de la vida, un campo sembrado de bombas-lapa debajo de nuestra ingenuidad, con luchas, fracasos y algunos logros humedecidos con las lágrimas de las zozobras; pero nunca serían años para ensombrecerlos con olvido, sino que de vez en cuando emergerían en su mar de añoranza, como vistos en lo lejano de la nostalgia de aquellas aceras del Teatro, de aquellos brillantes mediodías y de aquellos tebeos que siguen vivos en el estante desvencijado y en desorden de la memoria afectiva.

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