• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (30)

    Todos somos Unicornios

    por Ricardo Iribarren


“Lo que nos rodea es parte de nuestro ser. Somos la vasija de innumerables sueños…”


1
“…el sábado pasado, nueve de agosto en horas de la noche, constaté que el paciente empeoraba y decidí permanecer a su lado. A las dos de la madrugada, abrió los ojos, intentó decir algo, pero no pudo pronunciar palabra. Brazos y piernas se agitaban con violencia. Una hora después se tranquilizó. A las cuatro en punto salió del coma, volvió a abrir los ojos y frente a los que estábamos en la habitación, pronunció cuatro palabras. Las que todo unicornio repite desde milenios antes de dejar el mundo: “La muerte no existe”…” Las 4:30 de la madrugada fue la hora del fallecimiento del escritor”.

Las cámaras de televisión trasmitían para todo el país la imagen del doctor Petrov El programa, “Del Brazo por el Mundo”, era el mismo que dirigiera Irma La Morte antes de su muerte. La actual conductora era la famosa Marlena la Blonde, una mujer joven, de cabellos negros y cutis trigueño. El maquillaje de la boca semejaba un perfecto corazón y al ahuecar los labios, simulaba los latidos. Se suponía que al hablar con ese artificio, las palabras no serían audibles, pero la voz de la locutora sonaba modulada; perfecta.

―Doctor Petrov, nuestra audiencia desea saber si el escritor unicornio fue asesinado.

El secuestro se produjo hace exactamente un año, también un 9 de agosto por Eunuperia. Hasta principios del siglo XX era una antigua y respetable cofradía Luego de un abusivo golpe de mando, el único objetivo fue matar unicornios para moler los cuernos y los huesos. En forma de polvo o jarabe, es un fuerte afrodisíaco que permite a los ancianos adinerados seguir teniendo vida sexual hasta edades muy avanzadas. Cobran fortunas por el producto. La organización inicial promovía el bienestar del cuerpo humano para lograr una realización espiritual. Los miembros actuales son un grupo de mercenarios desequilibrados. Artistas del sufrimiento y de la agonía. El semen de los hombres sólo sirve para engendrar la nada en los úteros sin carne de las mujeres que la forman...

Acompañando las palabras del médico, las cámaras trasmitían escenas del velorio y el entierro del unicornio efectuado durante esa tarde. Miles de personas llenaban las calles. Carteles enormes repetían la misma leyenda: “Todos Somos Unicornios”.

―Doctor Petrov, sé que esta organización, Eunuperia, es muy poderosa. ¿No teme represalias por sus declaraciones?
― Anselmo, mi mayordomo y hombre de confianza me ha insistido en que contrate tres custodios. Es algo que me repugna, pero tuve que hacerlo. No puedo concebir que esas personas fundamenten su poder en la posesión de un arma. Además de las graves consecuencias que pueda tener un enfrentamiento…
― Hay algo que no entiendo: si el escritor era un unicornio, ¿por qué lo veíamos como un ser humano?
― Por la Cripsis. Se llama así a una compleja metamorfosis de las bestias capaz de convertirlos en hombres o mujeres sin que pierdan su condición casi divina de unicornios. La Cripsis les permite alternar con nosotros, los humanos, formar familias y tener descendencia también humana. Gracias a esta transformación tuvimos la dicha de ver y tratar al talentoso escritor mientras permaneció en este mundo.

El programa terminó. Fuera del canal una multitud, en su mayoría jóvenes, esperaban a Petrov. Lo recibieron con aclamaciones. Repetían a coro la misma consigna: “Todos Somos Unicornios”. En el afán por tocar al médico y apoderarse de alguna de sus prendas, rebasaron a los custodios contratados. La policía local debió formar un cordón que permitiera al médico llegar a su Ferrari.

Los manifestantes se dispersaron. Volverían a reunirse al sur de la ciudad para iniciar una marcha de silencio. Era un modo de enfrentar al régimen; a la prohibición de cualquier tipo de protesta.


2
―Arnaldo, la casa se ha llenado de Blatodeos muy extraños. ― dijo el doctor Petrov a su mayordomo ―Te pido que llames a Tito el entomólogo. Que los examine. Dadas las circunstancias, lo harás con absoluta discreción. Dile que se trata de algo muy secreto.

―Doctor Petrov, entiendo que cuando dice Blatodeos se refiere a la invasión de cucarachas cornudas que sufrimos desde hace tres días. ―precisó Arnaldo ― No está de más que el señor Tito dé su opinión, pero habría que estudiar la significación espiritual del fenómeno utilizando algunos de sus aparatos. Es lo que usted ordena siempre que ocurre algo inusual.

―Está bien, Arnaldo. Como siempre tienes razón y tu sentido común es maravilloso. Ocúpate. Tú sabes manejar todos los aparatos. Ahora me urge atender a los libros.

El doctor Petrov bajó al tercer subsuelo de la biblioteca y entró en el cuarto de los libros cantores. Al abrirlos, lanzaban desde sus páginas en blanco líricas notas que reproducían en términos musicales el estado de ánimo del lector.

En otro de los cubículos, revisó los libros microscópicos capaces de invadir las venas de una persona, volcar los contenidos en los órganos internos y ser expulsados por la orina o las heces. Desde cualquier sitio que estuvieran, ya sea en inodoros, cañerías o en las cloacas de la ciudad, se las ingeniaban para regresar al lugar de donde partieran: el cuarto anaquel del tercer subsuelo de la biblioteca.

A continuación, Petrov entró en la habitación donde se guardaba el libro que contenía una especial versión de “La Tempestad” de Shakespeare. Más allá del texto enriquecido por filigranas exquisitas, la función del volumen era detectar y expresar lo que ocurría en la mansión. El médico lo llamaba “perro guardián de la biblioteca”. Al abrirlo en el sexto acto, donde empezaba la saga familiar iniciada por el matrimonio entre Miranda y Fernando, de las páginas surgieron nubes de polvo vibrantes de un azul intenso. Esto significaba que a pesar de la noticia de la muerte del unicornio, los espías de Eunuperia habían llegado a la residencia. Siendo poderosos chamanes, quizá tomaran la forma de leves ácaros ocultos en el polvo. Algunos de ellos que recibieran el “hechizo del agua”, podrían ocultarse en las gotas de humedad del ambiente.

Desde el último subsuelo, llegó a Petrov un ulular característico y en pocos segundos, soplaron las primeras ráfagas del viento cargado de vacío. El médico se puso un suéter y trató de cubrir la mayor parte de la superficie de su cuerpo; aquella brisa arrastraba dolorosas púas que arrancaban minúsculos trozos de piel.

A los pocos minutos de soplar, las vibraciones azules en las páginas del libro desaparecieron. El médico sonrió y asintió con la cabeza: como esperaba, aquel fenómeno espantaba a los miembros de Eunuperia. En las tres horas que durara el viento, no se presentarían. Petrov ignoraba la razón de aquel efecto.; quizá fuera la estricta dieta que mantenían los chamanes; quizá su formación se basara en el antagonismo contra toda forma de viento. Lo cierto era que por un tiempo, la mansión sería una zona libre de vigilancia.

Caminando de costado para atemperar las consecuencias de la punzante brisa, el médico se dirigió hasta la habitación del fondo. Allí, en la semipenumbra, el libro abierto brillaba en el piso. Cubría una superficie de seis por cuatro metros, dejando un estrecho espacio para que el lector pueda circular. El suelo estaba cubierto por una capa de mayólicas cuidadosamente enceradas con un producto especial para no estropear las gruesas y antiguas tapas. La habitación había sido construida para albergar el volumen. Se tomó como modelo la celda del copista, un monje alsaciano de la Orden Benedictina que creara aquella obra en el año 1281

En el lugar flotaba un olor constante a cardamomo y pachulí. Cuidadosos estudios habían determinado que estas especies eran las adecuadas para que el libro mantenga constantes la frescura y la capacidad de asombro. Las paredes debían permanecer vacías, sin cuadros ni adornos. El volumen necesitaba un vacío casi completo a su alrededor. La única música debía ser africana, de la región de Tánger. Sonidos de tambores muy espaciados, con leves desarmonías.

Lejos de dañarlo, el viento cargado de vacío revitalizaba el libro. La habitación era la única en la casa donde no habían instalado las pantallas que atemperaban el fenómeno.

El doctor Petrov se quitó los zapatos y los dejó en el mueble de la entrada. Calzó un par de medias de seda procedentes del reino de Siam. Eran las indicadas para pisar con suavidad las delicadas hojas. Por sus características, el libro debía permanecer abierto todo el tiempo.

El médico caminó con cuidado por la tenue superficie y se detuvo en la mitad donde se sentó en posición de loto, con la columna muy erguida. Volvió a leer el párrafo que figuraba en la primera página. El original estaba redactado en un lenguaje muy primitivo. El médico lo había escuchado de un anciano dos veces centenario, la única persona que aún lo hablaba en el planeta. Las palabras sonaban muy parecidas al esperanto. El libro podía indagar las mentes de los lectores para mostrar los caracteres en los respectivos lenguajes.

El parágrafo, lo único escrito en el volumen, decía lo siguiente:

“Hay quienes conocen el arte antiguo. Hay quienes lo manejan con pericia y quienes sólo tienen nociones. Cuando se practica el capítulo de separarse del soma, siempre se comete un error. No hay una materia sutil que salga de una materia grosera. No hay un alma abandonando un cuerpo. Cae la tarde. Respiramos con suavidad, nos hundimos en la meditación y creemos volar por praderas repletas de animales fantásticos. Nuestros cuerpos parecen reposar en un estado similar al de la muerte. Durante el fenómeno, no nos movimos ni un ápice de nuestras mentes. Las mismas se dividen en provincias, y nuestro viaje sólo nos lleva de una a la otra. Los mundos que descubrimos son los que están en nosotros. Lo que nos rodea es parte de nuestro ser. Somos la vasija de innumerables sueños. Hay en nosotros tantos universos como los que existen en el aire. Si deseáramos ocultarnos de los hombres, nos bastaría amoblar una de esas extensiones y trasladar allí a nuestro cuerpo o el del ser amado que hayamos elegido”.

La letra parecía trazada a mano. Según los estudios realizados por Petrov, sería una forma de copiado muy primitiva, quizá una técnica parecida a la que después se conociera como xerografía. Esto llevaba a pensar que quizá hubiera otros libros como aquel.

El resto de las enormes páginas en un número de 1564, estaban elaboradas en papel de arroz con pigmentos de cordero, lo que les daba una textura algodonosa. Permanecían en blanco. El vacío que expresaban, era una suerte de invitación al lector para llevar a cabo la práctica sugerida en el párrafo único. No debía escribirse sobre ellas. Cualquier palabra, letra, figura, línea o aún un miserable punto que se trazara, anularía la fuerza caótica presente en el volumen y que exigía para quien lo aborde, hundirse en las profundidades más bajas del universo para luego regresar.

Aquella era la especialidad de Petrov. Con los nuevos sonajeros, se dispuso como lo hiciera tantas veces, a recorrer las zonas oscuras de su propia mente. De ella surgiría un nuevo cosmos. Los rituales a desplegar le permitirían no perderse en el magma que se abriría ante él.


3
Después de algunos ejercicios de concentración y en contacto con las páginas en blanco, la mente de Petrov se transformó en una suerte de pulpo con un centro brillante. Los tentáculos se abrieron como caminos repletos de encrucijadas. A partir de entonces, la intuición y la experiencia guiarían al médico. Era vital que permaneciera extremadamente lúcido. De no hacerlo, podría perderse para siempre. En caso de ocurrir, Anselmo lo encontraría aferrado al libro y totalmente extraviado.

Unas veces el sol del centro del pulpo que era su mente, iluminaba los senderos; otras, debía avanzar en la sombra. El cuerpo inmóvil frente a las páginas, servía de ancla a los movimientos de su psiquis.

Alguna vez Petrov había elaborado complejas tablas estableciendo las correspondencias entre el tiempo común de los relojes y las variaciones que se establecían en el trayecto por los diferentes mundos. Ahora, tal como el párrafo del libro lo indicaba, realizaba el periplo por las provincias de la mente con la sensación de estar viajando durante horas. El testigo silencioso que permanecía alerta detrás de su conciencia, sabía que el trayecto duraba unos pocos segundos.

El viaje culminó en el mismo lugar donde había llegado. Petrov se encontró otra vez sentado sobre las hojas, vestido con su bata de seda y calzado con las medias de Siam. Miró a su alrededor. No parecía haber cambios en la habitación. Si saliera de allí tampoco notaría diferencias notorias en la mansión. La misma arquitectura; los mismos ocupantes. Sólo una visión detallada podía detectar las alteraciones que a simple vista parecían imperceptibles. Antes que nada, el propio párrafo del libro. Al iniciar el viaje figuraba en el inicio del volumen. Ahora se encontraba en la página final, exactamente en el último tramo. Del viajero se esperaba una impecable capacidad de observación, por eso los cambios eran avisos casi imperceptibles que señalaban aquel medio como un mundo diferente.

Petrov se puso los zapatos y salió al pasillo. El cuarto nivel del subsuelo donde se encontraba, tampoco mostraba cambios sustanciales; quizá la dirección de algunas ventanas o la disposición de los cuartos que contenían los diferentes libros. El médico pasó por alto estas señales. Se dirigió al ascensor, ubicado en el otro extremo del pasillo. Los botones indicaban que había seis subsuelos y no los cinco iniciales. El médico pulsó el que correspondía al sexto y el elevador descendió con lentitud. Las puertas enrejadas dejaban ver los cuartos atestados de libros.

Petrov pensaba extender aquellos viajes a fin de comprobar la teoría que alguna vez elaborara. Debía existir un cosmos donde la mansión fuera un siniestro templo abandonado. Allí, el propio médico y sus criados se mostrarían como una cofradía de monstruos. El mundo que los rodeaba sería una masa cercana al caos; a la destrucción total. En el otro polo, la mansión sería una reproducción de la Jerusalén Celeste descripta en la Biblia, y la cofradía de monstruos se convertiría en un grupo de ángeles. Ahora Petrov había escogido un mundo con pequeñas variaciones; el más cercano a su propia cotidianeidad. Nunca debería enfrentarse al doble de sí mismo. Desde los primeros estudios de chamán, le habían advertido de los riesgos de esta circunstancia.

En aquel medio también resonaba el ulular doloroso del viento cargado de vacío. El fenómeno era común a todos los universos vinculados con Petrov. El cambio más importante y por el cual eligiera ese ámbito, era la biblioteca con seis niveles. Una habitación más. Era lo que le interesaba.

Mientras el ascensor descendía, el médico advirtió que tres de aquellas cucarachas con enormes cuernos, desfilaban en el área de los botones digitales, buscando recovecos para esconderse. El apéndice hacía que los insectos avanzaran con torpeza. A veces caían al piso y debían volver a trepar.

En el sexto nivel, la puerta del ascensor daba a una sola habitación. Al abrir, el médico se encontró con los aparatos que aún mantenían con vida al escritor unicornio.

La noticia pública y la puesta en escena de la muerte, había sido parte del favor que Luigi Luscenti hiciera a Petrov. Acondicionó un difunto reciente parecido al unicornio y consiguió un falso certificado de defunción. Aseguró que no habría problemas si Eunuperia llegara a tomar muestras del cuerpo para comparar el ADN con el del escritor. El médico no sabía cómo lo habían hecho, pero estaba seguro que el anarquista y sus contactos eran expertos en montar operaciones como aquellas. Además, en estas cuestiones, era mejor preguntar lo menos posible. El escritor continuaba en coma; al borde de la muerte. Si Petrov lograba que viviera, no le importaría la posterior represalia de Eunuperia. Si moría, al menos no podrían utilizar el cadáver.


4
En la habitación flotaba un fuerte olor a alcohol La enfermera Eulalia estaba a cargo del paciente. Al escuchar la puerta del ascensor, se adelantó para recibir al doctor Petrov. Llevaba el uniforme blanco y el cabello sujeto con un rodete cerca de la nuca.. El escritor permanecía con la boca abierta, los ojos cerrados y respiraba con dificultad. El coma lo consumía. Brazos demasiado delgados; las grandes manos tendidas a ambos lados del cuerpo y una expresión de constante sufrimiento.

La enfermera alcanzó al médico un par de hojas con el parte correspondiente.

― No hay novedad, doctor Petrov. Al menos el paciente no ha empeorado. Se mantienen el pulso y el estado estable por los medicamentos…

― Hace dos días procuro ubicar al uranio para entrevistarlo ―respondió el médico ―Sólo necesitamos unas partículas para hacerlo reaccionar. Lo más importante, Eulalia, es que además de mantenerlo vivo debemos salvarlo de la organización que lo llevó a este estado. Sé que mi exigencia la somete al aislamiento, pero usted es la única que sabe el secreto del libro; la única consciente de que no se encuentra en la mansión original, sino en otra dimensión. Que todo lo que parece familiar es una especie de sueño…
― Ya lo sé, doctor Petrov y lo admito.

Antes de desempeñarse con el médico la enfermera había revistado en importantes clínicas de Europa. Allí la habían formado con una disciplina casi espartana en el cuidado de los pacientes.

―Le recuerdo Eulalia los recaudos que debemos mantener. Sólo puede llamar al número que le di. No debe abandonar este cuarto. Aquí no vendrán los sirvientes. No debe tomar contacto con el resto de la mansión y menos con la otra versión de usted misma que se encuentra seis niveles más arriba. Se lo repito: está en una especie de sueño, en un equilibrio inestable y cualquier actitud indebida puede hacerlo estallar. En ese caso, el que sufriría es el escritor.

La enfermera asintió. Había llegado hasta allí por medio del libro. Para el viaje, Petrov vendó sus ojos y colocó tapones en sus oídos. La sentó frente a sí, y sujetándola de los hombros, ambos partieron. A pesar de la cuidadosa explicación del médico, la mujer no estaba segura de lo ocurrido. La confusión se acentuaba al encontrarse en un lugar casi idéntico al habitual, pero diferente.

Antes de regresar, el doctor Petrov revisó al paciente. Tomó los signos vitales y él mismo aplicó al suero una dosis de Ayahuasca, la legendaria liana de la selva amazónica, cuyo nombre significaba “Soga del Alma”. Servía para mantener la psiquis del escritor unida a su cuerpo.

El doctor Petrov se despidió de Eulalia y regresó a la habitación del libro donde volvió a quitarse los zapatos y a vestir las medias de Siam. Al prepararse para el viaje de regreso, pensó que debía insistir con el Uranio. Era imprescindible este elemento para que el escritor pueda unirse con Mika, la hermosa muchacha del Mundo sin Nombre, que insistía en salvar por segunda vez la vida del unicornio.

A su regreso, el viento cargado de vacío estaba terminando. Petrov a bandonó la biblioteca y se dirigió a la mansión. Allí, el mayordomo lo recibió con un leve latido en el entrecejo. Aquello indicaba ansiedad.

― Doctor Petrov, necesito hablar con usted. ¿Está disponible?
― Te escucho con atención, Anselmo.
―He aplicado a las cucarachas el Dermatrón rostizado y el paraguas molecular.
―Está bien. Son los aparatos adecuados. ¿Cuál fue el resultado?
―Estos insectos, las cucarachas cornudas, no son insectos, no son cucarachas.
―¿Qué son entonces?
―Según la lectura de los aparatos, se trata de unicornios.

En ese momento una de las cucarachas caminó por la cabeza del mayordomo, quien hizo un gesto para espantarla. El insecto abrió sus alas y voló hasta posarse encima del propio Petrov.

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