• Benedicto Cuervo Álvarez

    Biografías

    Alejandro Casona

    por Benedicto Cuervo Álvarez


A. Casona

Alejandro Casona



El 23 de marzo de 1903, en Besullo, un pueblo vaquero y artesano, de Cangas de Tineo y ahora de Cangas del Narcea (Asturias), nace Alejandro Rodríguez Álvarez, hijo de don Gabino Rodríguez Álvarez y de doña Faustina Álvarez García. Fue bautizado el 25 de marzo en la iglesia parroquial de San Martín de Besullo.

Alejandro fue el tercer hijo de los cinco que tuvieron sus padres. Sus primeros años transcurren en tierra asturiana, junto a sus padres, maestros los dos: Besullo, Luarca, Miranda, Villaviciosa, Gijón. Vivió en Besullo hasta lo cinco años. Con propicios mentores en su familia, aprendió pronto a leer a y a escribir; pero aún antes aprendió, sin que nadie le enseñara, a fantasear, a ensoñar, a cuajar de lirismo sus ilusiones. Y de todos sus juegos infantiles, siempre recordó, imborrable, preciso, caliente, el que le empujaba hasta le enorme castaño de tronco hueco conocido con el nombre de la Castañarona; porque en su tronco hueco se metía para soñar con duendes y hadas, magos merlines y brujas, celestiales mensajeros e infernales dragones... A ninguno de los cuales temía, sino, muy al contrario, con quienes hubiese deseado amistar personalmente y tomar parte en sus maravillosas aventuras de la vida y muerte, de gozo y miedo. Desde los cinco años, Alejandro delató su irresistible propensión a ponerse en contacto con un mundo sobrenatural, con un trasmundo alimentado y enriquecido por la magia. “Hemos tenido una bruja, porque en Asturias y en Galicia hay brujas de verdad. Ahora ya no sé; pero cuando yo era chico las había.

A esta mujer todo el mundo la señalaba con el dedo, y se le tenía un poco de miedo, un miedo respetuoso, porque sabía de hierbas y de palabras mágicas. En definitiva, cosas raras con las cuales hacía curaciones o ensalmos. La gente sabía que eso, religiosamente, no estaba muy bien visto y era un poco peligroso; pero, en cambio, era muy útil cuando el cuerpo duele, cuando hay necesidad de un consejo. Los niños la queríamos mucho. Algunos, muy brutos, la tiraban piedras desde lejos para cumplir esa especie de deber que tiene el niño de tirar piedras a los locos y a las gentes que están al margen de lo normal. Y a los perros. De todas las maneras, nosotros la queríamos mucho, y cuando se murió -yo era muy niño- supe que no se la enterraba como a los demás, que había una fórmula distinta para aquella mujer. Creo que se la enterró debajo de un árbol, y esto me dio mucho que pensar. Hemos tenido una bruja, porque en Asturias y en Galicia hay brujas de verdad. Ahora ya no sé; pero cuando yo era chico las había”.

A los diez años se traslada con su familia a Gijón, en cuyo Instituto Jovellanos cursará los dos primeros años de Bachillerato. En esta ciudad entra en contacto con un mundo nuevo; un mundo donde encuentra el tranvía, el mar, la vida urbana, en síntesis, el Gijón de 1913. En esta ciudad acude por primera vez al teatro, lo que le produce una impresión sorprendente:

“Me intranquilizó de un modo terrible, hasta el extremo de que no pude dormir. Había descubierto algo sensacional, un mundo maravilloso, no en el sentido de que pudiera pensar que nunca pertenecería a este mundo, sino que aquello me parecía mejor que ningún libro de cuentos, mejor que ninguna novela, mejor que nada de lo que había visto en mi vida hasta aquel momento. No había podido soñar el descubrimiento del teatro.”

De 1916 a 1917 vive en Palencia y de 1917 a 1922 en Murcia, donde termina su Bachillerato. Dirigió en Murcia un grupo de teatro infantil llamado “El pájaro pinto”. Empujado por un amigo, asiste a unas clases en el Conservatorio de Música y Declamación, instalado en el viejo Teatro Romea: está cuajando su verdadera afición al teatro, su compromiso ya para siempre con el teatro. Al terminar el Bachillerato empieza la carrera de Filosofía y Letras, mientras publica prosas y versos en periódicos y revistas. Sus nacientes aficiones literarias encuentran allí maestros que le aconsejan y orientan -Andrés Sobejano, Dionisio Sierra, Jara Carrillo...- y amigos que le contagian su entusiasmo loco por el teatro: Antonio Martínez, Pellicer, Prior, Julio Reyes, Pepe Martínez Gilabert... “Todos ellos -los maestros- y vosotros los amigos-, cada uno un poco, habéis tenido la culpa de que yo tomara este camino del teatro”, como él mismo asegura.

Cronológicamente la primera publicación de Alejandro R. Álvarez de que se tiene noticia es:”La empresa del Ave María”, romance histórico premiado en unos juegos florales de Zamora y aparecido en la revista Polytechnicum, de Murcia, que dirigía su fundador José Pérez Mateos, en cuyo comité directivo figuraba Andrés Sobejano, siendo responsable de la parte artística Dionisio Sierra (1920). Entre los colaboradores de la revista aparecen los nombres de Benavente, Linares Rivas, Villaespesa, Rueda, M. Machado, Fernández Almagro... En 1922 ingresa en la Escuela Superior de Magisterio, de Madrid; allí se hace Inspector después de cuatro años de estudios. Parece que la poderosa vocación pedagógica de sus padres casi obligó a sus cinco hijos (tres mujeres y dos varones) a seguir estudios de Magisterio, aunque no todos hicieran de la enseñanza su vida personal. Hay una bonita anécdota que nos cuenta que sucedió también en 1922, que mientras esperaba en la estación de La Robla con su hermana Matutina para ir a León a visitar a sus padres, Alejandro se acercó a su hermana y le pidió el dinero que llevaba, cuando ella le preguntó para qué lo quería, él dijo que era para dárselo al hombre con el que estaba charlando para distraer el tiempo de la espera: el hombre no había ido nunca a Madrid, pero... ¡le apetecía tanto!.

Sigue alternando sus estudios con sus aficiones literarias: frecuenta las tertulias de Pombo y Platerías, publica en 1926 los versos de “El peregrino de la barba florida”, comienza a traducir y presenta un trabajo de fin de carrera sobre “El diablo en la Literatura y en el Arte”, lo que parece significar su interés por el diablo como personaje literario y sus avatares. En 1927 después de cursar sus estudios durante cuatro años se hace inspector en la capital española y comienza a realizar prácticas. Precisamente queda como finalista en el concurso que para autores noveles organiza el periódico ABC en 1928 con una obra dramática, “Otra vez el diablo”, aunque este personaje literario es enfocado con humor e ironía poéticos. Sigue un año de prácticas en Madrid, y en 1928 es destinado al Valle de Arán -Les- por el Ministerio de Instrucción Pública. En este año, 1928, se casa con una compañera de estudios, Rosalía Martín Bravo, y obtiene su primer destino como maestro en un pueblo del leridano, Les. Pasó tres años felices en el valle de Arán. Allí desarrollaría una intensa labor cultural y social, escribiendo teatro para los niños de la escuela, se llamaba “La pájara pinta”. También en Les escribiría “La sirena varada”.

El 16 de febrero de 1929 se estrena en el Teatro Principal de Zaragoza “ El crimen de lord Arturo”. Un año después en 1930, nace Marta Isabel, su única hija; publica su segundo libro de versos,” La flauta del sapo”, y va firmando con el seudónimo que ya nunca abandonaría.

En 1931 Casona es nombrado Inspector de Enseñanza Primaria y vuelve unos meses a su Asturias natal, para trasladarse casi inmediatamente a Madrid al ganar las oposiciones que lo convierten en Inspector Provincial de Primera Enseñanza. El primer gobierno de la República le nombra Director del “Teatro del pueblo” o “Teatro Ambulante”, actividad incluida en el Patronato de Misiones Pedagógicas, fundado por decreto del 30 de mayo de 1931. Así declaraba el mismo lo que sentía cuando trabajaba en las misiones:

“El trabajo de las Misiones era enteramente gratuito. Casi todo el material, enseres, libros, trabajadores, etc., se ofrecían gratuitamente y se rendían jornadas máximas. Recorrimos los artistas-muchachos estudiantes y yo, en días de fiestas, domingos y vacaciones, pueblos y aldeas próximos a la capital y a varias otras provincias. Era un teatro como el que pasa en la carreta del Quijote: sencillo, montado casi siempre en la plaza pública, con un escenario levantado con maderas toscas por los propios muchachos artistas. Los trajes eran muy sencillos, realizados con un gasto mínimo de unas pesetas, y el carácter general de este teatro era la belleza, predominantemente lírica, aliándose con las antiguas canciones populares corales y los romances tradicionales. El camión que nos conducía hacía su aparición en una aldea, tocábamos los heraldos como en pleno siglo inicial del teatro “en el Corral de Doña Elvira” y en pocos momentos estábamos ya en función, regalando a aquella pobre gente olvidada un poco de recreo y bienestar espiritual. Después obsequiábamos algunos volúmenes para fomentarles una biblioteca y hacíamos un poco de música folklórica del siglo a que se remontaba nuestra representación.” A continuación añade:

“Durante los cinco años en que tuve la fortuna de dirigir aquella muchachada estudiantil, más de trescientos pueblos en aspa desde Sanabria a La Mancha y desde Aragón a Extremadura, con su centro en la paramera castellana nos vieron llegar a sus ejidos, sus plazas o sus porches, levantar nuestros bártulos al aire libre y representar el sazonado repertorio ante el feliz asombro de la aldea. Si alguna obra bella puedo enorgullecerme de haber hecho en mi vida, fue aquella; si algo serio he aprendido sobre pueblo y teatro, fue allí donde lo aprendí. Trescientas actuaciones al frente de un cuadro estudiantil y ante públicos de sabiduría, emoción y lenguaje primitivos son una tentadora experiencia”.

Llevando así el teatro a los campesinos analfabetos que no sabían lo que el teatro era y que, por tanto, lo veían por primera vez. El repertorio era simple, piezas cortas con música y pequeñas danzas, y así de aldea en aldea, durante cinco años. Para este teatro escribiría Casona dos piezas cortas: “ Sancho Panza en la ínsula” y “Entremés del mancebo que casó con mujer brava”, que, con “farsa de cornudo apaleado”,” Fablilla del secreto bien guardado” y “Farsa del corregidor”, compuestas en América, fueron publicadas en 1949 bajo el título de:” Retablo Jovial”.

En 1932 presenta su colección de narraciones: “Flor de Leyendas” al Premio Nacional de Literatura y lo gana. Un año después inscribe “La sirena varada” en el Premio Lope de Vega de Teatro del ayuntamiento de Madrid y también lo gana, a pesar del rechazo que la obra había tenido entre los empresarios.

En 1933 es estrenada triunfalmente en el Teatro Español -17 de marzo- por la compañía Xirgu-Borrás. Todos los periódicos saludan la aparición de un destacado valor que viene a inocular savia nueva al decaído teatro español.

Una vez premiada, se estrena en 1934. El 26 de abril de 1935, con éxito calificado de rotundo por la crítica, aparece “Otra vez el diablo”, y en diciembre del mismo año, esta vez en Barcelona, “Nuestra Natacha” pisa las tablas, arrastrando su éxito a Madrid, donde llega el 6 de febrero de 1936.

Vuelve de allí a Barcelona y después a Valencia y Madrid. Es testigo de la salvación de los cuadros del Museo del Prado, algunos de los cuales resultan dañados por el traslado. Los cuadros serán posteriormente restaurados pero han dejado ya una huella en Alejandro:

“Yo hubiera preferido verlos para siempre con sus cicatrices de guerra, compartiendo su suerte de pueblo. Porque también ellos, como el pueblo de España, sufrieron en su carne eterna el terror, la persecución y el destierro. Y junto a los heridos de los hospitales eran un buen símbolo fraternal esos dos heridos ilustres del Museo”.

El 17 de febrero de 1937 Casona abandona finalmente España, víctima de la guerra. Se esconde en Francia y, cuando su mujer y su hija son rescatadas por la Cruz Roja Internacional, se marchan en el buque Iberia, hacia Méjico.

La Guerra Civil oscurece el panorama español, y el 17 de febrero de 1937, Casona pasa a Francia como director artístico de la compañía de Josefina Díaz de Artigas y Manuel Collado, para emprender una amplia gira por Hispanoamérica. En España sólo había estrenado tres obras; ahora en México, Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Perú, Chile, Argentina, van a conocer el teatro de Casona. En México se estrena en 1937 “Prohibido suicidarse en primavera”, recreación del mito del doctor Ariel.

Una nueva versión de:” El crimen de lord Arturo” se representa en La Habana de 1938; ese mismo año,” Romance de Dan y Elsa” (luego, Romance en tres noches) aparece en los escenarios de Caracas y en 1939, “Sinfonía inacabada” llega al público en Montevideo. Ese año, 1939, Casona fija su residencia en Buenos Aires, centro cultural de la América del Sur, en donde permanece hasta su definitivo regreso a España. Lejano y durante cuatro lustros sus éxitos se suceden: conferencias, guiones de cine (de obras propias y ajenas), adaptaciones teatrales, ensayos, estrenos. Durante todo este tiempo, Casona ha seguido trabajando incansablemente para la radio, el cine, para periódicos y revistas, pero, sobre todo, ha escrito con sello propio e inconfundible obras maestras para la escena que dan la vuelta al mundo:a la mediocre “María Curie” en 1940, siguen “Las tres perfectas casadas” en 1941 y “La dama del alba”, para la mayoría de los críticos su mejor obra y la preferida, en 1944, además en 1945 “La barca sin pescador”, en 1947 “La molinera de Arcos” y en 1949 “Los árboles mueren de pie.”

A diferencia de otros escritores españoles de su generación, Casona seguirá fuera de España su obra de dramaturgo sin romper temática ni estilísticamente los moldes de su teatro anterior a la guerra civil española. Entre 1935 y 1960 la mayoría de sus obras son traducidas a varios idiomas y estrenadas en diversos escenarios europeos y no europeos.

Parece que a partir de 1956, Alejandro Casona comienza a sentir un fuerte deseo de volver a España, y precisamente en ese año, durante un viaje que le lleva a Francia, Italia y Portugal, recala brevemente en Barcelona para verse con su padre.

En 1958 es su esposa la que visita España, y en 1961 el dramaturgo permanece algunas semanas en Madrid. Por fin, en abril de 1962, la familia Casona abandona Buenos Aires, para fijar su residencia en la capital de España. En 1962, después de veinticinco años de silencio, vuelve a representarse su teatro en España. El 22 de abril tiene lugar en Madrid un acontecimiento memorable: el estreno en el teatro Bellas Artes de”La dama del alba”, que es recibida con entusiasmo unánime. A ella le siguen las demás piezas, que se van poniendo en escena con aplauso constante, a pesar del tiempo transcurrido desde su primera representación, porque sus valores esenciales siguen teniendo vigencia.

En 1964 se ofrece al público español “El caballero de las espuelas de oro”, “retrato dramático” de Quevedo, primera obra redactada en España por su autor dentro del ambiente español de nuestros días. Alejandro Casona es ya un clásico en vida, “uno de los maestros del teatro contemporáneo”.

Sin embargo, mientras que sus obras son estudiadas y alabadas por todos, Alejandro empieza a sentirse enfermo. En la vorágine de su éxito le asaltan desmayos, mareos… La causa es una antigua estrechez en la válvula mitral. Uno de los actores que había estado a su cargo durante las Misiones pedagógicas, Leopoldo Fabra Jiménez, es ahora flamante cardiólogo y le receta tratamientos, pero no consigue nada; Alejandro no mejora. Al poco tiempo el estado de su corazón se complica: un aneurisma auricular.

Casona decide operarse “cuando termine la temporada teatral”. La operación se realiza el 13 de julio. En agosto escribe a sus amigos, diciéndoles:

“Todo ha sido maravilloso, pero la cosa era demasiado seria y profunda. Acabo de salir de la clínica desecho; pero feliz. Dentro de poco tendré mi corazón de hace quince años. Creo que tardaré un mes en reaccionar y hacer algo. Si queda tiempo iremos a Fuenterrabía, si no esperaremos un mes más en Madrid y veré si el 24 de septiembre puedo estar en Venecia.”

Sin embargo su optimismo se esfuma y la situación continúa complicándose, el 24 de agosto escribe de nuevo a otro amigo, todavía no ha perdido la esperanza de recuperarse:

“Todo ha ido perfectamente, todo ha sido maravilloso, pero pequeñas complicaciones convirtieron lo que pudieron ser veinte días en dos meses de pesadilla. Estoy en casa desde hace cuatro días. La operación (háblame de supersticiones) fue el martes 13 de julio. Ya llevaba diez días preparándome. Todo está perfecto. No tengo ninguna fuerza. Dentro de dos meses vuestro Alejandro tendrá salud y fuerza para ir a Murcia a llamaros a gritos desde la catedral. Es la primera carta que escribo, naturalmente no con mis manos. Dales noticias a los buenos amigos. No puedo moverme, pero soy feliz. Grandes abrazos con toda el alma nueva.”

En septiembre ya sólo recibe visitas de sus amigos más íntimos, habla muy poco y permanece casi todo el tiempo sedado. Se estrena su última obra en Madrid: “Las tres perfectas casadas”, a manos de su amigo Cayetano Luca de Tena. El éxito es unánime. Muere el 17 de septiembre a las cuatro de la tarde con sesenta y dos años.

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