• Juan R. Mena

    Contraluz

    Lastre y renovación

    por Juan R. Mena



Se escribe mucha poesía, es cierto. Poesía en estilos diferenciados por el talento de cada poeta. En algunos casos se llega hasta lo que se llama el idiolecto de cada poeta: Góngora, Neruda, García Lorca, Miguel Hernández, poetas que se han destacado porque han creado una poesía personal.

Si se observa detenidamente, la diferencia con respecto a la poesía "común" es bastante notable: Hay una poesía lastrada e impersonal y otra que sorprende por su creación, su capacidad de refrescar el lenguaje, sacudirlo de sintagmas redichos que dejan indiferente a quien tiene ya una cierta andadura poética.

Tendríamos que evocar aquí a teóricos de la poesía que no son nada o poco conocidos por muchos poetas premiados con trofeos prestigiosos. La plica rica ayuda a muchos poetas a seguir añadiendo galardones aunque su obra no aporte estilísticamente nada nuevo.

¿Qué saben esos poetas de Vossler, Spitzer, Shklovski, Montale, Jakobson...? Tal vez ni les importen estos nombres; ellos y ellas están reconocidos y tienen boyante y asegurado el "mercado" de los premios. A su vez, la crítica les es dócil y sumisa por aquello de la ya indiscutible celebridad, suponiendo que esos críticos tengan inquietud y/o capacidad de emocionarse con nuevas expresiones poéticas.

Mientras tanto, se sigue editando libros de poemas que para no incurrir en expresiones lastradas tienden al disparate con el recurso de la imagen visionaria, que ya estudió Carlos Bousoño, y a un versolibrismo con ínfulas renovadoras. Si entramos en el tema, en el "significado" como escribió Dámaso Alonso en su estudio “Significante y significado”, aquí se podría señalar vacíos temáticos o pueriles, muy presentes en la poesía trasnochada. El que esto suscribe también ha escrito poemas con vetas de lastre; no me libro de mi propio zarandeo literario.

Lo dicho: Una poesía vieja, más o menos maquillada con superficiales tintes de modernidad y, enfrente, una poesía nueva que sabe que la palabra en el tiempo de ahora es la creatividad y no el continuismo, que no es el contenidismo y sí el toque de la función poética, aunque ese contenidismo lo profesen nombres consagrados. Contenidismo significa que el autor pone todo su afán comunicador en el tema y no cuida la renovación del lenguaje.

Toda poesía nueva es creadora y sorprendente. “Reformar y sorprender”, como quería Antonio Vivaldi, el músico veneciano. Lo demás es “literatura”, como decía con cierta indiferencia Verlaine. Buena literatura, pero nada más que literatura falta de vida nueva en la expresión.

Ahora bien, ante la perspectiva poética que vemos, se ha de recurrir a la famosa frase de Juan Ramón Jiménez: “Alentar a los jóvenes; exijir, castigar a los maduros; tolerar a los viejos”. Alentar a los jóvenes avisándoles que los disparates verbales, las imágenes irracionales y un versolibrismo ingenuo por sus ansias de innovación, apelando al onirismo surrealista, no son el mejor camino para la poesía nueva.

Veamos este poema de Miguel Hernández escrito en versos alejandrinos que conforman varios serventesios. (Qué valentía la del poeta oriolano cumpliendo el consejo del músico, o sea: poner lo clásico al día.) Detengámonos en la voluntad de estilo de la expresión que muestra el poeta, que, además, acepta el reto de la estructura clásica más rigurosa. El poeta cumple los requisitos de Vixtor Shklovski para escribir una nueva poesía alejada del lastre del pasado; por ello la finalidad del arte “no es la de acercar a nuestra comprensión la significación que ella contiene, sino la de crear una percepción particular del objeto, crear su visión y no su reconocimiento”.



A MI HIJO

Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío,
abiertos ante el cielo como dos golondrinas:
su color coronado de junios, ya es rocío
alejándose a ciertas regiones matutinas.

Hoy, que es un día como bajo la tierra, oscuro,
como bajo la tierra, lluvioso, despoblado,
con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro,
como bajo la tierra quiero haberte enterrado.

Desde que tú eres muerto no alientan las mañanas,
al fuego arrebatadas de tus ojos solares:
precipitado octubre contra nuestras ventanas,
diste paso al otoño y anocheció los mares.

Te ha devorado el sol, rival único y hondo
y la remota sombra que te lanzó encendido;
te empuja luz abajo llevándote hasta el fondo,
tragándote; y es como si no hubieras nacido.

Diez meses en la luz, redondeando el cielo,
sol muerto, anochecido, sepultado, eclipsado.
Sin pasar por el día se marchitó tu pelo;
atardeció tu carne con el alba en un lado.

El pájaro pregunta por ti, cuerpo al oriente,
carne naciente al alba y al júbilo precisa;
niño que sólo supo reír, tan largamente,
que sólo ciertas flores mueren con tu sonrisa.

Ausente, ausente, ausente como la golondrina,
ave estival que esquiva vivir al pie del hielo:
golondrina que a poco de abrir la pluma fina,
naufraga en las tijeras enemigas del vuelo.

Flor que no fue capaz de endurecer los dientes,
de llegar al más leve signo de la fiereza.
Vida como una hoja de labios incipientes,
hoja que se desliza cuando a sonar empieza.

Los consejos del mar de nada te han valido...
Vengo de dar a un tierno sol una puñalada,
de enterrar un pedazo de pan en el olvido,
de echar sobre unos ojos un puñado de nada.

Verde, rojo, moreno: verde, azul y dorado;
los latentes colores de la vida, los huertos,
el centro de las flores a tus pies destinado,
de oscuros negros tristes, de graves blancos yertos.

Mujer arrinconada: mira que ya es de día.
(¡Ay, ojos sin poniente por siempre en la alborada!)
Pero en tu vientre, pero en tus ojos, mujer mía,
la noche continúa cayendo desolada.


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