• Pedro García Cueto

    En el laberinto del ser

    Rafael Guillén y Antonio Hernández

    por Pedro García Cueto



DOS POETAS ANDALUCES Y UNA AVENTURA EXISTENCIAL


ANTONIO HERNÁNDEZ

Antonio Hernández es poeta de verso claro, transparente, hombre que ahora ha ganado el Premio Nacional de Poesía con Nueva York después de muerto, un claro homenaje a su maestro Luis Rosales, porque el poeta de Arcos de la Frontera conoce la aventura del verso, como un juego existencial, en la poesía se halla la clarividencia de la vida, donde abrimos las ventanas al ser, dejamos que el idioma crezca como savia germinal.

Un poeta que ganó el Adonais hace ya muchos años con su hermosísimo poemario El mar es una tarde con campanas, donde el virtuosismo andaluz reinaba con luz propia, tiene Hernández la textura de una tierra que ha crecido, inmortal, sobre los pliegues del lenguaje, un reino de poetas, que hoy sigue brillando con el talento de este gran andaluz.

En Lente de agua, Hernández crea el lenguaje, conoce la belleza de la Naturaleza, extenso paraíso que ha visto crecer, como nos dice en “Almendros de la nieve”, en ese espacio de la palabra creadora, que se complementa a un mundo, en esa clara influencia del lirismo becqueriano, luz que se sustancia, como nos dejó el mundo cordobés de García Baena en versos inolvidables. Hernández es el mismo, pero en él vive el sustrato lorquiano, la magia juanramoniano, el embrujo becqueriano y la ternura machadiana.
En el poema vemos cómo el poeta invoca a la belleza de la Naturaleza en su esplendor:

“Semilla de la sierra, / Fátima había sido / una intención de nieve. / Sus ojos liminares / contemplaron la plata / inacuñable y pulso / de las aguas nativas.”

En Hernández late el verso, viven los seres de nuestro Medievo, los judíos que colonizaron la corte de Alfonso X el Sabio, la cultura latente de una Andalucía sabia que vivió la convivencia con los árabes, tiempos de prodigios y de luna llena. Su poema “Lengua de Sefarad”, nos transmite el embrujo de lo judío en nuestra cultura:

“Ya suena el trino del jilguero andaluz / con la impotencia del pecho que se ahoga, / cabrillea la sangre por su rumbo / de escenas vueltas a la desventura, / pues errar es un orden y un mandato, / En la frescura de los niños, / taimada está la luz. Y las muchachas muerden / el beso, se atropellan las bocas”.

Versos de luz, germinales, que envuelven al poeta andaluz en la antigua España, esa de la convivencia, donde el amor abraza, toca con sus afilados dedos el vello del pubis de la niña que ya ama al hombre, en ese desgarro de la vida nueva.

En Sagrada Forma, el poeta de Arcos de la Frontera pulsa el idioma, lo toca con los dedos nerviosos de un hombre apasionado, entregado al verso como el amante a la amada, en la mejor tradición de nuestra poesía popular.

El amor al Sur es una promesa, una entrega, una fusión necesaria con sus raíces, así lo dice, en versos inolvidables:

“Está la plaza al Sur, / por mí existente y para mí con trinos, / alta en árboles lentos y veloces, / contagiando perfumes, / los años que tramaron ascensiones sin plumas / cuando cuajó en estrella el espejismo, / el daño puro del amor que sana…”

Cito estos versos de este largo poema, el número once del libro, donde Hernández habla con esa voz lírica que te deja preso de la música del verso, nos invita a seguir leyendo, porque el poema lo vamos componiendo en nuestro interior, lo vemos y lo sentimos cada vez que el poeta talla una palabra, cincela una voz en su misterioso lenguaje andaluz, transparente como una vidriera que nos deslumbra en su luz cenital.

En el poema catorce, Hernández nos dice cómo ha de ser el corazón, toda luz, transparencia que hiere, pero que nos deja honda huella en nuestro sentir:

“Pero apúrate, apura, corazón, / sé como leña seca por el fuego, / como el cometa errante en el espacio, / como el cante flamenco en la garganta: / una fugacidad que ha hecho un nido”.

El pulso de la palabra vibra, el verso se incendia en ese fulgor de esa fuerza del corazón, ya postrado como un cometa, como un cante flamenco, origen del ser andaluz, lorquiano influjo, latente beso robado en una boca.

Es Hernández un escultor del verso, que cincela las palabras, las dota de altura, nos ofrece su voz rota, que tiembla, como un incendio de luz en el poema, gran poeta, merecedor de este Premio Nacional de Poesía, con eco andaluz, con fuerza de cante y mirada de poeta verdadero.


LOS ESTADOS TRANSPARENTES DE RAFAEL GUILLÉN, LIBRO HONDO DE VIDA

El poeta granadino, nacido en 1933, ha ganado el Premio de Poesía García Lorca, ahora su obra, ya celebrada, deja un sendero de palabra bien dicha, de verso auténtico, de poderosa poesía, evocadora y mágica.

Uno de sus libros más admirados fue Los estados transparentes, donde Guillén adorna el verso de una altura inusual, que se enriquece con cada lectura, hace del poema una torre impresionante, verso que nos da transparencia y verdad.

Cito su poema “Otoño en llamas”, cuando dice:

“Como cada noviembre, las tristezas doradas / del otoño llamean / en los castaños. Sube de los barrancos hasta / la nieve de los picos un confuso revuelo / de amarillos y malvas y, entre las peñas, cuelgan / los pueblos como blanca ropa tendida. Todo / vuelve a la transparencia. / El silencio aún no ha dicho la última palabra”

El poema expresa el florecer de ese otoño, donde todo es luz, como si el poeta fuese un demiurgo que llega al lenguaje para pintarlo, verdadera esencia de la palabra creadora.

Rafael Guillén sabe decir, y en su cantar late el andaluz que busca el esplendor del mundo, sabedor de nuestra caducidad, buscador en la Naturaleza de la inmortalidad de la que carecemos, al mirar, nos hacemos eternos y al cantar el mundo, nos damos al ser que nos oye y nos lee, para vivir, con él, el fulgor de un mundo que no muere.

En “Aquel puerto del Norte”, el amor es espera, luz cenital que abre la vida, declaración de fogoso sentimiento, porque esperar es vivir, si el que espera vive enamorado del ser en el que ha puesto su mirada azul.

Bello poema donde Guillén expresa la conjunción perfecta entre el ser que ha de morir y el mundo que permanece, una simbiosis que hace del poema una bella sinfonía o un cuadro de belleza inextinguible:
“Te esperaré bajo el abrazo helado / de la lluvia en el ártico, vagando / por el puerto de Bodo y sus perdidos / malecones de niebla. / Te esperaré, ya fuera / de las redes del tiempo, revistando los barcos, que alinean / sus desacompasado cabeceo / frente a los muelles, recontando torpe / y soñador sus oscilantes mástiles / acosados por agrios / enjambres de gaviotas”.

Para Guillén, solo hay una espera, la del mundo, en ese estado transparente, donde el ser ama la Naturaleza, hace de ella su luz y allí, en ese espacio soñado, la vida con el ser amado, cobra toda resonancia.

Sin duda alguna, Guillén es el poeta del verso transparente, sin redes falsas, un verso que abre de luz el poema, nos ciega, en la línea del eco juanramoniano que estoy seguro late en él. Un poeta de gran calado existencial.


DOS POETAS EN BUSCA DE UNA AVENTURA EXISTENCIAL

Hay que celebrar los galardones a dos poetas en su aventura existencial, que nos ofrecen versos cincelados, como si hubiesen sido esculpidos con la paciencia del amanuense, en esa labor de entomólogos del lenguaje vibra esa poesía, musical, donde el andalucismo no excluye su mirada universal, dos poetas de gran luz, grandes, como el eco de sus versos en nuestros ojos enamorados del poema y de su eco, que siempre ha de permanecer.

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