• Berta Guerrero Almagro

    LA FLOR AZUL

    De sobremesa, de José Asunción Silva

    por Berta Guerrero Almagro



JOSÉ FERNÁNDEZ Y SU ABRAZO IMPOSIBLE. EL IDEAL MODERNISTA EN “DE SOBREMESA”, DE JOSÉ ASUNCIÓN SILVA.


Una búsqueda es el camino modernista. Una persecución del ideal, de la belleza en estado puro, de la sublimidad más excelsa y, muchas veces, inalcanzable, como «el abrazo imposible de la Venus de Milo» en palabras de Rubén Darío: un abrazo con materia inerte y desprovista de extremidades superiores, un abrazo irrealizable. El modernismo busca captar el ideal a través del arte; sin embargo, la búsqueda de este es un fracaso constante porque se escapa continuamente. Si el movimiento modernista pretende, como fin último, el ideal a través de la belleza, esta no ha de considerarse una vía simple y sencilla, pues lo hermoso –combinado con la sensualidad y el erotismo de curvilíneas apariencias–también encierra interrogantes y dirige hacia el éxtasis de la profundidad.

Aunque el modernismo se puede calificar como un movimiento esencialmente poético, también se encuadran en él novelas como De sobremesa (1925). Esta obra del colombiano José Asunción Silva destaca por su carácter fragmentario, estampas seccionadas en un hilo conductor frágil en apariencia –una sobremesa entre amigos–, pero contundente en cuanto a su objetivo: la irrelevancia del marco concede interés al catálogo estético del modernismo que se despliega en la novela.

Durante una sobremesa, José Fernández, Juan Rovira y Óscar Sáenz charlan animadamente. Desde el comienzo ya se expresa uno de los propósitos modernistas: la búsqueda incansable de la belleza y el rechazo a la cotidianeidad vulgar. Fernández desprecia la vida sin emociones ni curiosidades; él desea disfrutar y probar toda clase de caminos. Remedios Mataix, en su edición de la obra, se refiere al vitalismo y sed de experiencias de Fernández. La atracción que siente hacia figuras como la artista Marie Bashkirtseff (Silva, 2006: 320) no son sino una proyección de su propia concepción de la existencia. La energía derrochada se contempla también en su vertiente intelectual, entusiasmada tanto por el arte como por la ciencia. Fernández no quiere dejar de aprender y para ello tiene que moverse, conocer, absorber todo lo que sea capaz. A esta vertiente intelectual se une su lado más sensual, el cual es dirigido por los placeres mundanos: el lujo, los manjares y licores. Fernández se emborracha de alcohol, pero también de aire en sus largos paseos a la caza de grandiosas ideas. La mediocridad es rechazada (Silva, 2006: 384) por simplona, poco interesante, tediosa, soporífera incluso. La acción supone amplitud, genera riqueza de conocimiento. Para Fernández, el aprendizaje no se presenta como un proceso fatigoso, sino como un camino interesante para desarrollarse, culturizarse y ser capaz de apreciar todo lo bello que el mundo encierra.

Pero lo hermoso también puede corporeizarse. En De sobremesa, son varias las bellezas femeninas que van atravesando las páginas de la novela. Nini Rousset y su cuerpo de Venus, capaz de enloquecer a un auditorio entero (Silva, 2006: 385); Helena de Scilly Dancourt y su perfil de virgen prerrafaelita provocan el rubor y enloquecimiento de amor del protagonista (Silva, 2006: 388-399), Nelly y sus ojos grises también lo atrapan (Silva, 2006: 497-512), así como otras mujeres con las que mantiene relaciones –Consuelo, la baronesa alemana o la Musellaro–; pero es Helena –o la idealización de esta– la que se presenta como solución para el desorden que siente. Su amigo, el médico Sir John Rivington, le aconseja hallar ese amor redentor para escapar del estado ascético y crapuloso en el que se encuentra. Complicada búsqueda, pues desconoce el paradero de la joven y no logra dato sobre ella. Los delirios, desvaríos, estados de tedio y desmayos se incrementan en Fernández. El consumo de opiáceos también resulta habitual en él. Cuando sus sueños de liberación, conocimiento, felicidad y belleza se ven coartados –especialmente a raíz de la pérdida amorosa–, se escudará en el consumo de sustancias que lo harán modificar la concepción de la realidad, insulsa para él en ese momento.

Esta búsqueda ansiosa de la belleza, esta necesidad sobresaltada de sensualidad y cultura halla su germen en la infancia. Siendo niño, Fernández perdió a su madre y con diecisiete años quedó huérfano. Tras salir de los jesuitas, se instala con unos primos de su madre, los Monteverde, con los que disfruta de una vida tan salvaje como meditativa. Tal descontrol supone iniciar el recorrido de la senda de la locura, la cual teme (Silva, 2006: 430-431). Atraído por lo oscuro, por vivir experiencias nuevas sin filtro, por lo desmedido y el gozo continuo, así se define el propio personaje en su diario:

Un cultivo intelectual emprendido sin método y con locas pretensiones al universalismo; un cultivo intelectual que ha venido a parar en la falta de toda fe […], en una ardiente curiosidad del mal, en el deseo de hacer todas las experiencias posibles de la vida […] sin ver más en el horizonte que el abismo negro de la desesperación […]. Al besar una boca fresca, al respirar el perfume de una flor, al ver los cambiantes de una piedra preciosa, al recorrer con los ojos una obra de arte, al oír la música de una estrofa, gozo con tan violenta intensidad, vibro con vibraciones tan profundas de placer, que me parece absorber en cada sensación toda la vida, todo lo mejor de la vida, y pienso que jamás hombre alguno ha gozado así (Silva, 2006: 431-432).

José Fernández experimenta deseos desorbitados de placer intelectual y sensorial. Da rienda suelta a sus ansias, anhelantes de belleza, que finalmente se canalizan a través de la pasión amorosa. Sin embargo, no logra acallar sus deseos ya que la relación no se desarrolla del modo esperado; Helena no vuelve a presentarse en la novela, apenas se alude a un sepulcro donde está inscrito su nombre. Si la hermosa joven fue una alucinación o verdaderamente el protagonista llegó a conocerla se convierte en un misterio para el lector. No podía ser de otro modo: Helena es la belleza delicada y exquisita, el ideal modernista tan pretendido y nunca hallado. No es posible asir una porción de sublimidad, su destino es la inmaterialidad, las alturas. La búsqueda modernista finaliza con una pregunta, con «el cuello del gran cisne blanco que me interroga», retomando el soneto de Rubén Darío. Se trata de una pregunta cuya respuesta es prácticamente dada de antemano por su dificultad; sin embargo, una mecha de esperanza surge en la mente del modernista ilusionado y crece hasta dominarla por completo. Si el modernista se rinde o lo relegan a otra tarea, muere en vida; debe, pues, intentarlo.

Ver Curriculum
Curriculum






volver      |      arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS    |    CULTURALIA    |    CITAS CÉLEBRES    |    plumas selectas


Islabahia.com
Enviar E-mail  |  Aviso legal  |  Privacidad  | Condiciones del servicio