• Luis Enrique Prieto

    PRO - POÉTICA

    SOLILOQUIOS

    por Luis Enrique Prieto










No, no me digas nada...
Déjalo ahora,
me caerán lágrimas saladas
y no estoy receptivo para el odio...

Negro y rojo. Ausencias que de tanto entender son ya partes de mi vida. Silencios y mentiras. ¿Acaso nos es obvia la vida de tanto y tanto repetirse y hacerse daño? Aunque todas las razones, al fin y a la postre, siguen siendo razones cargadas de motivos, o, quizá, motivos que se apoyan en razones para sentirse seguros y explicables. Es absurdo el dolor y el daño. O, a lo mejor, no hay dolor ni daño: solo tristeza, decepción, fracaso... Evidencias que no quieres entender a pesar de los años ya acumulados a tus espaldas. Evidencias que te niegas a aceptar aún sabiendo que siempre terminan ganando.

Déjame ahora
que ronronee mis sueños vencidos
porque sé que volverán las luces
y las sombras solo rozarán
los flecos de mi alma.

Rojo sobre negro. Fobias y filias sin medida, sin apenas intermedios, porque el gris es demasiado sobrio para el canto. ¿Cantar? ¿Para qué y para quienes los cantos? El ácido me llega a la garganta porque no estoy en posesión de todos los refuerzos que necesitaría para la lucha que deseo y que aborrezco. Habrá que olvidar, cambiar el bio-chip y colgarse o meterse en el armario del tiempo y de las ínfulas eternas. El armario siempre es un escudo y un refugio, un consecuente cómodo y preciso para el miedo.

Necesito abrazarme y perdonarme
para sentirme vivo y despierto,
participio presente y constante,
interrogación imperfecta y leal.

Gris. Al final el gris es el contrasentido de la esencia, la locura de la imagen. Ni a la derecha ni a la izquierda. El centro sobrio y no ofensivo: tranquilo, consecuente, blandito y agradable. ¿Para qué te vas a salir del círculo concéntrico? Se notarían tus amores y tus sueños. El gris es el armario y el deseo de tranquilos episodios. Comunicaciones amables, sin críticas, ni juicios paralelos. ¿Será que el círculo es intraspasable?

Traspasos de silencios:
voces que me llaman y me cantan
desde más allá del infinito.
Silencios que me animan y me ruegan.

Islas de delicadas indelicadezas. O de indelicadezas delicadas y precisas. Porque todas las razones son buenas y válidas. ¿Incluso las mías? El rojo, el negro y el gris. Y, si acaso, todo un arcoiris de diversos armarios: abiertos, medio abiertos, cerrados, escondidos, silenciados. La paz y la palabra. El pragmatismo del hacha, el sabor amargo de la sangre, el dulzón del egoísmo, el agridulce del miedo. Todos los sabores son inútiles y necesarios: solo el de la muerte es imprescindible y nada reversible. Pero no solo la muerte física. Hay demasiadas muertes, demasiados colores, demasiados sabores, demasiados armarios.

Colores,
armarios de todos los colores
como mis coplas encerradas:
ahora me desangro imperceptible.













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