Rincón de la Poesía 

Juan Mena
San Fernando (Cádiz)






LLANTO DE BOABDIL


La suerte pérfida podrá quitarnos la gloria injustamente;
pero no nos a arrebatará la nobleza de nuestras almas.

BEN AL-HAMDANI


Desde lo alto de esta sierra veo,
oh Granada, tu cuerpo tendido ante el Genil
como hermosa doncella
que me ha sido, de pronto,
arrebatada de mis manos lo mismo
que se arranca un manojo de limpias madreselvas,
pero queda en los dedos el perfume,
goteando recuerdos de otros días mejores
cuando las lenguas de agua
rumoreaban por las acequias y las fuentes
idilios, cantos báquicos, oscuras confidencias
a porfía con trinos diminutos de jilgueros,
y los rosales eran doncellas que ofrecían sus senos
a los dedos galantes de vientos clandestinos
que rondan las palmeras, la sobornan
igual que rumorosas alcahuetas.

Desde lo alto de esta sierra escucho
el fragor de las gentes
yendo y viniendo por las calles como hormigas
laboriosas, quizás, no olvidadas de mí,
como se ve a la luna aún de mañana; yo, Boabdil,
que llevo dentro del pecho la derrota, la pérdida,
mi sombra como espíritu errante por los muros y las piedras,
con mi sangre escribí las capitulaciones
para su entrega, y doy con cada letra un día de mi vida;
te llevo en el recuerdo
igual que un desposorio inolvidable;
como gacela niña y asustada
mi corazón palpita, como gacela a la que arrastra
el miedo dentro de un bosque llameante;
así huye el vencido dentro de sus espejos.

Desposeído voy
de todos los alientos, ni siquiera
conservo el señorío de mi noble Alpujarra,
puesta a la venta por la cobardía.

Heme desnudo
y expoliado de gozos;
dame, oh amada, al adiós como un eco
de todo lo que he sido,
ay, mírame con el brillo de tus tejas cuando
el sol te calcina,
y eres como un inmóvil antílope que vierte
los brillos de su sangre alucinada,
ese color que me recuerda aljamas y callejas y patios,
y calientan mi alma, hoy ya tu lejanía pedigüeña,
tráeme las casidas de Zumruk que decoran los muros
que circundan pequeñas hornacinas,
y bordean las tazas de las fuentes;
las risas de las jóvenes esclavas,
los ruidos de yelmos y de lanzas,
los surtidores, lirios de cristal murmurante,
los espontáneos círculos del inquieto averío
como si acribillara la carpa azul del cielo.

Desde lo alto de la sierra dame, Oh Granada,
un adiós que no acabe,
un adiós como un lazo de nostalgia
que se enrede en mi cuerpo, ingrávido en la pena del exilio,
un adiós que se quede en mis oídos
como el aroma viaja
en la grupa del viento enamorado
de los claveles o de los jazmines;
dame, oh Granada, un fuerte adiós,
con los brazos difusos de una leve neblina
del Genil que me suena y ha de sonarme siempre
escondido debajo del corazón, lejano, pero tuyo.


De El ardiente fulgor del homenaje (1988)











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