• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (33)

    Besar al URANIO

    por Ricardo Iribarren



Sabes que soy voluble, Iván. Que requiero de ciertas cosas para que podamos conversar.
―¿Qué es lo que quieres? Lo que me pidas te lo puedo dar. Sabes que recurro a ti en casos de vida o muerte. Ahora hay alguien que está por perder la vida si no obtengo una partícula de ti.
―Ni yo mismo sé lo que quiero, Iván. No lo sé, precisamente porque soy voluble.


1
Blanco, rígido, con la boca entreabierta y las manos extendidas a ambos lados de la cama, el escritor unicornio yacía en el inexistente sexto subsuelo de la biblioteca. La línea verde del monitor encendido sobre su cabeza, mostraba débiles signos vitales. El coma se profundizaba con el paso de las horas. Petrov no necesitaba chequear los sofisticados instrumentos para percibir el firme descenso hacia la muerte. Los recursos que disponía el médico para recuperarlo iban del oscuro espiritualismo del chamán, hasta los adelantos de la medicina moderna. Ninguno daba resultado.

La hermosa Mika, habitante del mundo sin nombre, que salvara al escritor al inicio de su agonía, había sido clara: el paciente sólo podía recuperarse si ambos se unían. Hasta el momento la relación entre ellos había sido un buscarse y repelerse; una “Sinfonía de la Separación”, como la llamara el propio Petrov. Ahora debía transformarse en lo contrario. Con un colosal abrazo de Mika al cuerpo inerte, se produciría la fusión entre ambos y la vida de la joven equilibraría el vacío del cuerpo declinante.

Para eso se requería del uranio. Sólo una docena de partículas microscópicas entre ambos cuerpos en el momento del abrazo. Algo mínimo que cabía en un dedal, pero era costoso conseguirlo y no sólo por su elevado valor. Leyes internacionales calificaban de acto terrorista la posesión y la manipulación del elemento. Si Eunuperia no hubiera destruido los vínculos entre el doctor Petrov y los altos mandos del ejército, ellos podrían haberlo proveído de manera discreta. Sin indagar.

En su carrera, Petrov necesitó uranio un par de veces. La primera fue cuando lo requirieron del universo de los “Pedúnculos Tristes”, unos seres con forma de espermatozoides gigantescos y cuya principal alimentación era ese mineral, setenta veces más denso que el plomo. El médico consiguió una barra pequeña que serviría para nutrirlos durante 2,3 millones de años del tiempo de los hombres.

La segunda vez fue para sanar a la hija del General Anaya, que padecía una nociva forma de mononucleosis. El galeno unió unas pocas partículas de uranio con la materia prima alquímica y las disolvió en agua de rosas. En tres días el cuerpo de la joven procesó la mezcla, convirtiendo al uranio en oro orgánico de alta calidad. Con esto, combatió la enfermedad y recuperó plenamente la salud.

En ambas ocasiones, el doctor Petrov tuvo que recurrir a la forma humana del elemento y ahora suspiraba con incomodidad al pensar que debía pedir una nueva entrevista.

El tiempo se acababa: por un lado la resistencia del hombre unicornio era cada vez más débil. Por otro, los anuncios reiterados, casi ansiosos del llamado “Perro Guardián de la Biblioteca” o “Libro del Primer Hombre”, que no dejaba de alertar sobre la presencia de extraños. Cada diez minutos, las páginas vibraban con una leve tonalidad azul. Aquello significaba que Eunuperia estaba cerca. Los chamanes adoptarían la forma del agua, de la tierra de una maceta, un perfume o la corola de una flor.

La sangre humana era el elemento ideal para lograr una barrera de invisibilidad y el mismo Petrov se había hecho extraer medio litro por el mayordomo. Al no ser suficiente, convocó a Karina, la Reina de la Bailanta. La voluminosa mujer, se presentó a la hora prevista, vestida con un buzo rojo y amarillo, y acompañada por dos bailanteros armados: su escolta personal. “¡Puedes tomar toda mi vida si la necesitas!” dijo al médico con tono dramático y derramó sobre la mesa el enorme seno izquierdo que se extendió como una media luna trigueña. “No necesito tu vida, Karina. Tan sólo un poco de sangre para salvar un unicornio agonizante” De una de sus arterias, Petrov extrajo otro medio litro.

La invisibilidad generada por la sangre era la más resistente que se conocía y reforzaba el ocultamiento del unicornio en el inexistente sexto subsuelo de la biblioteca, al que se llegaba a través del “Libro del Vacío”.

Junto a sus fluidos mezclados con los de la bailantera, el médico recogió abundantes muestras de sangre de especies de insectos de los catorce de los mundos que descubriera. Los matices de las páginas del “Perro Guardián de la Biblioteca”, eran un complicado lenguaje; explicaba que los espías de Eunuperia rondaban la realidad en la que se encontraba el unicornio. También aseguraba que en menos de una semana lo descubrirían. Los recaudos del médico no bastaban. De descubrir los chamanes al unicornio, volverían a secuestrarlo y seguirían con la inducción de la muerte. Además, tomarían serias represalias contra la biblioteca, la casa o el propio Petrov.

La tarea prioritaria era que el escritor recuperara la conciencia. Se imponía conseguir uranio y lograr la unión con Mika. Con su experiencia, Petrov sabía que las consecuencias de aquella fusión serían impredecibles, pero era el único camino.


2
―Necesito hablar con el uranio.
―¿Quién lo llama? ―la voz de la secretaria era distante, profesional, pero con un calculado dejo de coquetería.
―Soy el doctor Petrov. Un viejo amigo.
―Un momento…

Petrov conocía a la chica. El nombre era Aldana. Ella simulaba no recordarlo y el médico escuchó el suave rumor de los dedos revisando la base de datos.

―¿Por qué motivo requiere del uranio?

Petrov respondió que eso prefería hablarlo directamente con el mineral. La empleada insistió. Le exigió además que, de requerir alguna cantidad, debía definir las unidades que necesitaba.

―Sepa señorita que en las conversaciones que en el pasado mantuviera con el Uranio, nos entendimos a través de la intuición y la percepción inmediata de aquello que queremos trasmitir el uno al otro. Si usted acuerda una cita con él, lo demás se arreglará solo, como el traspaso de la energía cósmica a los seres humanos y las cosas durante una tormenta.

La secretaria repuso que lo entendía, pero que debía cumplir con el reglamento; que ella era una simple empleada y debía combinar los requerimientos de los clientes con las exigencias, a veces férreas, de la organización de la que dependía.

Petrov apartó el auricular y la escuchó con los ojos entrecerrados. Ahora la secretaria, con voz sensual, leía largos pasajes del reglamento con monótonas cláusulas y disposiciones. El médico la imaginó: rubia, muy alta. Solía usar vestidos de faldas cortas que exhibieran las piernas. Trasuntaba candor, inocencia; hasta ternura. Dos años atrás había ganado un importante concurso de belleza.

El médico sabía que a pesar de la suavidad de su piel y de la amable sensualidad, los sábados, días dedicados a Saturno, Aldana concurría a oscuras reuniones Una iglesia abandonada. Un cementerio olvidado. Las ruinas de un templo inmemorial En esos sitios se encontraba con sus hermanos, los “Monstruos del Umbral” y allí la muchacha desataba su naturaleza profunda: un dragón peludo y feroz, cuyos rugidos se escuchaban a la distancia. Ahora, para proteger al uranio, emitía una tela sutil con la que creaba un laberinto mental, como el de una araña. Eran muchos los que caían en sus trampas y terminaban siendo devorados por ella.

En su faz humana, la joven ignoraba todo esto. Para ella, los sábados asistía a un oficio religioso y las tortuosas relaciones con los clientes del uranio eran un simple hábito. Nunca se sentía responsable cuando, obsesionados con la relación, aquellos a los que seducía se arrojaban a la locura o al suicidio.

Petrov guardaba silencio mientras Aldana explicaba. Describía la empresa de la que el uranio era el único accionista, hacedor y mandamás, como un complicado sistema de caminos sombríos que sólo podían recorrer los iniciados.

―Claro que hay atajos, doctor Petrov. Yo soy uno de ellos. El propio uranio me nombró “Camino real y Oficial de la organización”

Con la sutileza milenaria de los “Monstruos de Umbral”, llamados también “Bestias de Laberinto”, Aldana sugirió que si su interlocutor lograba seducirla, podría tener un acceso irrestricto al elemento.

Petrov contestaba con frases cortas mientras entraba en el interior de Aldana. Cuevas con largas estalactitas y paredes que rezumaban humedad, conducían al fondo de la mente. En un altar ardía el fuego helado que la mantenía. El médico intentó neutralizarlo con imágenes tibias. Paseo de ambos en una tarde soleada entre lo tilos del parque de la mansión del médico. El mayordomo les alcanza una taza de té, y Petrov explica a la joven la trascendencia de los semitonos en la música Armenia de la Edad Media o las profundas transformaciones sinápticas que sufre el sapo de río en el momento en que abandona su condición de renacuajo.

Estos parlamentos abstrusos, pronunciados con voz sugerente por parte del médico, eran una barrera contra la que segundo a segundo, se estrellaban los intentos de vasallaje de Aldana.

La joven repetía las fastidiosas disposiciones. Se interrumpía a veces para trasmitir a Petrov sus preferencias personales en cuanto a comida, vestidos y hasta detalles de apetencias sexuales. Frente a esto, el médico forjaba imágenes de danzas antiguas; zarabandas o gavotas que ambos bailaban en el jardín de la mansión. Vestidos a la usanza del siglo XIX y con máscaras, ejecutaban una casta coreografía de la “Pavana para una Infanta Difunta” de Ravel.

De pronto, la muchacha interrumpió la lectura de monótonas estadísticas relacionadas con los beneficios del uranio y regresó al tono profesional de principios de la entrevista.

―Tengo un espacio para mañana. Deberá encontrar al señor Uranio en un punto no definido de la estación Retiro en Buenos Aires.


3
El Uranio era un hombre de aspecto anodino. Petrov no podría describirlo sin ayuda de la fotografía que una vez tomara y que guardaba en su teléfono celular. La revisó para estar seguro: si Aldana era el monstruo del umbral, encargada de poner dificultades para la entrevista con el Uranio, el elemento gozaba desapareciendo en forma imprevista; enloqueciendo a sus clientes.

Cabellos castaños, muy cortos en la nuca. Frente ni muy amplia ni muy estrecha. Ojos entre azules y grises y expresión siempre distraída. En cuanto a la contextura, no era ni muy gordo ni muy delgado y acostumbraba vestir de negro, aunque la elección de las prendas y su color no tenían ningún sentido especial. El Uranio no utilizaba un código simbólico, como el resto de los elementos. Cuando se le preguntaba por la razón de sus actos, respondía que lo hacía “porque sí”, sin importar las consecuencias de sus impulsos.

Tan sólo una vez el doctor Petrov pudo llegar a la profundidad de su mente y lograr confidencias. Entonces, aclarando que era un “secreto de familia y que nunca debería ser revelado”, el Uranio se definió a sí mismo como “un amasijo de tendencias surgidas de un punto por debajo del ombligo”.

Buenos Aires estaba muy lejos. El Doctor Petrov pensó que a través de un hechizo, podría convocar al viento para que lo arrastre y le permita llegar a tiempo para cita, pero hubiera necesitado de al menos setenta y dos horas, lo que excedía el tiempo fijado. Para el médico, era un embrujo volar en avión. Consideraba la industria y la tecnología contemporáneas como obras de chamanes poderosos.

Conseguir un vuelo que le permitiría estar en el aeropuerto de Ezeiza a las seis de la mañana, lo interpretó como una señal auspiciosa. La cita con el uranio sería a la diez treinta.

Viajó sin dificultades. Al llegar, un taxi lo trasladó a la estación Retiro donde arribó a las nueve y treinta. Edificio viejo. Paredes descascaradas. Grupos de gente diversa llegaban y partían a cada instante de la terminal de trenes. Petrov bebió un café acompañado de medialunas y a eso de las diez realizó algunos ejercicios mentales para afinar su percepción. El uranio podría llegar en cualquier momento, por cualquier lugar. La zona era bastante amplia y llena de recovecos, y teniendo en cuenta las trampas a las que acostumbraba el elemento, podría esperar cualquier reacción.

Cuando faltaban cinco minutos para la hora fijada, Petrov lo vio llegar por la entrada que daba a la Avenida del Libertador. Vestía una camisa roja brillante y un pantalón del mismo color. Calzaba zapatillas azules con vivos carmines y luminosos. Sonriendo, marchó hacia Petrov con el puño en alto: el saludo socialista. El médico recordó que en la Revolución de Octubre en Rusia, había intervenido como lugarteniente de Trotsky. El galeno respondió con el mismo gesto, lo que produjo la mirada asombrada de algunos pasajeros que caminaban presurosos a la zona de los trenes.

Faltaban escasos metros para que el Uranio y Petrov se encontraran. El médico no podía creer que la cita se resolviera con aquella facilidad. El elemento llegaría hasta él, conversarían, le brindaría lo solicitado y se despedirían con un apretón de manos.

Cuando estaba a unos diez metros del médico, el Uranio desapareció. Conocedor de sus hábitos, Petrov corrió en la dirección por la que llegara. En la avenida, distinguió a un par de cuadras los tonos refulgentes de las prendas. Sin dejar de escapar, el elemento hizo gestos desesperados pidiendo que lo siga.

En la tarde serena de primavera, bajo el sol que caía sobre las veredas estrechas de la zona de Retiro, los transeúntes y los dueños de puestos de ventas de salchichas y tamales, fueron testigos de la desesperada carrera. El Doctor Petrov y el Uranio, rodearon la estación y desembocaron en la Villa Treinta y Uno. Zona más que humilde. Calles de tierra. Casas de madera y cartón. Allí Petrov perdió a su perseguido. Recorrió el lugar durante una hora hasta encontrar trozos de material verde y brillante, regado por el suelo. Los reconoció como las huellas del elemento y siguió los rastros. Llegó a un edificio donde funcionaba una asamblea de villeros. El Uranio, parado sobre un par de endebles cajones de madera, disertaba a voz en cuello. Exponía los medios para combatir los abusos policiales; explicaba como agredir en forma sorpresiva a los agentes cuando en las noches o las madrugadas llegaban de pronto a las casas. Los miembros de la villa lo escuchaban atentos. Al ver a Petrov, el elemento interrumpió el discurso y volvió a escapar. En la nueva persecución, salió de la villa y el médico lo siguió hasta el metro urbano al que llamaban “Subte”.

Durante las siguientes tres horas, la persecución se desarrolló en los corredores que unían una estación con otra. El Uranio se dejaba ver un instante y desaparecía al siguiente abriéndose paso entre obreros y empleados que llegaban de sus trabajos o marchaban hacia ellos.


4
Petrov no se molestaba en buscar una lógica a la escapatoria enloquecida del elemento. Ignorante de los símbolos, al Uranio no le interesaba diseñar un trazado misterioso con su huida; tampoco dirigía al médico a un lugar sagrado ni recurría a claves numéricas o geométricas. La escapatoria, completamente azarosa, tan sólo sugería los abismos del caos donde pretendía arrastrar al médico

El elemento subió al metro en la estación llamada “Carlos Gardel”. Petrov se ubicó en el mismo vagón. Intentó hablar con él. Lo llamó repetidamente y la persecución continuó de un extremo al otro del atestado vehículo. Finalmente bajaron en la Estación “Florida”, el centro comercial de la ciudad.

Allí continuó la persecución hasta las Galerías Pacífico. Era el mediodía y el lugar estaba repleto de gente. Decoración Art Decó, detalles barrocos; escaleras obsesivas. Petrov volvió a perder al elemento. Lo buscó en la fuente, recorrió los vericuetos, subió y bajó los peldaños, hasta descubrirlo unido a una figura del mural del pintor Antonio Berni, trazado en el domo de las galerías. En la zona inferior izquierda de la obra el uranio se mostraba como una mujer rubia de vestido rojo. Permanecía acostada, mientras un hombre la abrazaba. La imagen mostraba una vibración celeste que recorría todo el contorno.

El médico buscó en su bolsillo un residuo de goma arábiga. Pronunció sobre él un hechizo vinculado a la noche y al fin de los ciclos de la historia. Aquello lo convertiría en una suerte de micrófono por medio del cual podía comunicarse con el elemento.

―Debemos concretar nuestro encuentro. Es importante que lo hagamos.

El uranio, a pesar de ser hombre, contestó con voz femenina.

―Sabes que soy voluble, Iván. Que requiero de ciertas cosas para que podamos conversar.
―¿Qué es lo que quieres? Lo que me pidas te lo puedo dar. Sabes que recurro a ti en casos de vida o muerte. Ahora hay alguien que está por perder la vida si no obtengo una partícula de ti.
―Ni yo mismo sé lo que quiero, Iván. No lo sé precisamente porque soy voluble.

Diez minutos después, el uranio descendió del mural como un soplo de vapor que se condensó adoptando su forma de hombre frente a Petrov. El médico se acercó a él y lo tomó del brazo para evitar que vuelva a alejarse. Ambos quedaron muy cerca uno del otro, detenidos en el nivel ubicado sobre la fuente. Se miraron con fijeza. La persecución continuaba en las líneas visuales; las del hombre y la del elemento. Por m omentos, el Uranio fijaba la vista en los ojos de Petrov, y a veces, de modo instantáneo, escapaba a mundos desconocidos. El médico viajaba con él, lo recogía y a los pocos instantes lo perdía otra vez.

―Necesito de tu ayuda — insistió Petrov
―Ya lo sé — contestó el Uranio — necesitas de mi aliento verde. Hay un unicornio moribundo.
―Si lo sabes, ¿porqué te escapas?

Había una forma de forzar al elemento a que brindara su apoyo. Allí mismo, Petrov podía arrojarlo de espaldas contra el suelo y reclamarle su nombre. Aquello no sería muy conveniente en ese sitio repleto de gente. La policía acudiría a separarlos en un instante. El Uranio lo sabía.

―¿Qué me darás a cambio? — preguntó el elemento — ¿Qué me darás si te ayudo?
―¿Qué es lo que necesitas? ¿Qué es lo que quieres?

El uranio vaciló antes de contestar

―Si te hablo de mis necesidades, sería como ponerme un lazo al cuello. Tú puedes dominar a alguien cuando sabes con precisión lo que desea. Entonces me lo ofrecerás, lo negarás; podrás seducirme, traerme junto a ti las veces que quieras y luego olvidarme. Te aprecio Iván, pero no quiero convertirme en tu esclavo.

Petrov lo tomó del otro brazo. Las puntas de sus zapatos de cabritilla casi estaban encima de las zapatillas del uranio. Podían sentir los alientos y los latidos de ambos corazones aún agitados por la persecución.

Fue Petrov quien lo besó en la boca. En un primer momento el uranio se resistió. Luego dejó que la larga y entrenada lengua del médico penetrara hasta casi llegar a su garganta.

Otro de los besos desprovisto de erotismo. Ósculo exploratorio en el que reclamaba la ayuda; intercambio de alientos que exigía un vasallaje al que el elemento no podría negarse. Pasados treinta segundos el Uranio respondió adelantando su propia lengua y acariciando con su mano izquierda la cabeza de Petrov. La gente que pasaba los miraba con asombro y con asco. Algunos se quejaron.

―¿Es que no ven que hay niños mirando?
―¿Por qué no van a hacer sus porquerías a otro lado…?

El doctor Petrov sintió que les arrojaban monedas y supo que en cualquier momento podía haber un tumulto; que quizá los obligaran a separarse sin que se hubiera concretado el vasallaje. Debía correr el riesgo. Necesitaba del Uranio; su organismo debía tener los residuos verdosos y brillantes y a su vez el elemento teñirse de humanidad, conmovido por el destino de un unicornio.

―¡Basta!, que alguien los separe.

Sin abandonar el beso, el doctor Petrov se desdobló para ver la situación desde arriba. Ellos estaban junto a la baranda del nivel ubicado encima de la fuente. La gente se reunía alrededor de ambas figuras, dejándolos en el centro de un semicírculo. Algunos fueron a avisar a uno de los policías encargado de custodiar las galerías. La garganta del elemento aún estaba repleta de un río de saliva verdosa que se levantaba como una barrera hacia el reclamo de Petrov.

―¡Viejos verdes!
―¡Pervertidos…!

Nadie se animaba a separarlos, pero seguían arrojándoles cosas; desde el aire el médico vio que algo explotaba junto a su cuello. Una sustancia verde y pegajosa ensució el cuello de la camisa de Armani. El color era propio del elemento. Volvieron a arrojar un líquido gelatinoso del mismo tono. No podía precisarlo, pero sabía que simbolizaba las resistencias del uranio; con el paso de los segundos cedían una tras otra con la calidez del beso. En el otro extremo de las galerías, tres policías marcharon hacia ellos. El tiempo se acababa. Petrov recordó el sonajero acuático; el que le quitara la gaviota enviada por Eunuperia. Le hubiera bastado un par de notas, unas pocas vibraciones para lograr que aquella multitud se disipe; para tender sobre él y el uranio un manto de invisibilidad. Había otros medios de hacerlo, pero no tenía tiempo. Ya llegaban los policías. Petrov corría el riesgo de ir preso por besar a otro hombre en un lugar público.

Una explosión en la planta baja. Desde el desdoblamiento y sin dejar el ósculo, el médico presenció el estallido de la fuente de agua. Unos pasos más atrás los policías se detuvieron sin saber qué hacer. Uno de ellos pidió instrucciones por el radio. La fuente lanzaba chorros incontenibles que amenazaba con inundar el lugar. La multitud que se formara alrededor de ellos, se alejaba con rapidez buscando la salida. Petrov supo que el responsable del estallido de la fuente era el hígado del Uranio. De él había salido aquella vibración.

Resonó la sirena de los bomberos . El beso arañaba el vasallaje del uranio, pero aún no lograba conseguirlo. Petrov necesitaba de pocos segundos . Dos hombres con ropa de mantenimiento, pasaron junto a ellos. Buscaban las llaves para cortar el suministro de agua.

En medio de una sustancia espumosa y sucia junto a la glotis del uranio, el galeno descubrió una perla verdosa: era el núcleo del vasallaje. Petrov llegó a ella con la punta de la lengua. Entonces vio un muelle bajo un crepúsculo eterno. Un día sereno que terminaba en medio de matices amarillos y rojos. Era lo que el Uranio ocultaba en sus profundidades.

Otras dos explosiones hicieron volar una vidriera de una joyería y la entrada del “Centro Cultural Borges”. Gritos. Expresiones de espanto. Una mujer tomó a sus tres hijos en los brazos y se dirigió como una exhalación a la salida que daba a la Avenida Corrientes. Una pareja, tomados de las manos, saltaron de un nivel al otro. Quizá estuvieran entrenados, ya que cayeron de pie para seguir corriendo. Luego la prensa hablaría de un ataque terrorista. . Un botón caliente en la punta de la lengua del uranio indicaba que ya estaba listo el vasallaje. Petrov lo hizo explotar con un chasquido y una cadena virtual e irrompible los unió desde entonces.

Se separaron aunque seguían muy juntos. Petrov acarició la cabeza del elemento y lo miró a los ojos

―Salgamos de aquí. Vamos a tomar un helado — invitó — allí te diré lo que tenemos que hacer

Se marcharon tomados del brazo, chapaleando en el agua y saludando a los bomberos y policías que los urgían a que dejen el lugar.

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