• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    20-D. No saben ...o no quieren

    por Alfonso Estudillo


El resultado de las elecciones generales del 20-D en España es exactamente el que cualquier ciudadano mínimamente conocedor del panorama político social podía prever. Y, mirado con esa misma óptica, no podemos dejar de considerarlo lo que es, un auténtico caos, un mayúsculo e irresoluble embrollo en el que ninguno de los cuatro partidos más votados, ni solos ni en coaliciones medianamente aceptables, tienen o consiguen capacidad suficiente para formar un gobierno equilibrado y estable.

Una situación extremadamente delicada para el país. En todos los aspectos, pero, muy particularmente, de cara a la política exterior, a las imprescindibles garantías de confianza y seguridad que necesitamos ofrecer a Europa y a la inversión foránea en general.

¿Soluciones? Con lo que hay, prácticamente ninguna. Cualquier posible coalición entre partidos para lograr los 176 escaños de la necesaria mayoría absoluta, toda vez que implicaría saltarse programas e ideologías, podemos considerarla inviable. Además de ello, se da una clara discordancia y falta de entendimiento, cuando no antipatías u ojeriza, entre los líderes de algunos grupos. Entre los que podría ser viable un acuerdo, por ejemplo, PP (123) más Ciudadanos (40) sumarían 163, quizás podría añadirse los 6 del PNV, lo que darían 169, pero aún le faltarían 7 votos que ninguno de los demás grupos estarían dispuestos a aportar. La mejor coalición sería un pacto a la alemana entre PP-PSOE, pero, dada la actitud del líder socialista (muy mediatizada también por la de algunos varones de su partido), no sólo no aceptaría ningún pacto, sino ni siquiera la otra posibilidad, que sería la abstención, para otorgarle al PP la mayoría simple. Tampoco parece viable un gobierno "a la italiana", que implicaría al Rey como Jefe del Estado en acciones políticas nunca hechas hasta ahora. Y, aunque esta implicación podría suponer una clara oportunidad legitimadora de su status, actitud y capacidad como soberano dinástico de todos los españoles, también podría ser poco conveniente en su recién comenzado reinado. Por último, y sin nada que resuelva la papeleta, sólo quedará la convocatoria de unas nuevas elecciones.

La solución la tendremos -o comenzará a aflorar- a partir del próximo 13 de enero, día en el que el Congreso celebra su sesión constitutiva con la jura o promesa de los diputados, la formación de la Mesa y la elección del presidente de la Cámara baja. Es a partir de entonces cuando el Rey, tras consulta con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria, y a través del Presidente del Congreso, propondría un candidato a la Presidencia del Gobierno. Pero ya aquí, en esta primera fase llamada consulta regia, comenzará a ser visible la problemática enumerada más arriba. La norma constitucional establece que el candidato propuesto por el Rey será investido presidente si obtiene la confianza de la mayoría absoluta de los diputados en primera votación o la mayoría simple en segunda convocatoria, 48 horas después. En caso de no lograr esa mayoría -lo más previsible-, el Rey podrá proponer a otros candidatos. Si pasados dos meses de la primera votación no se consiguiera la investidura, las Cortes quedarían disueltas y se convocarían nuevas elecciones generales.

Pero ni siquiera el más optimista puede pensar que unas nuevas elecciones resolvería el problema. Es muy improbable que un alto número de españoles -de ninguna de las actuales ideologías- cambie así por las buenas el sentido de su voto. El resultado previsible es más de lo mismo. La solución que quedaría sería la intervención del Rey que, como Jefe del Estado, obligado a arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones, debería proponer un candidato de su elección (que, como ya hiciera Giorgio Napolitano en Italia hace unos años, podría ser un profesional libre e independiente, cualificado y reconocido por las instituciones políticas, que, a su vez, elegiría a una serie de especialistas para componer su gobierno).

Particularmente, pienso que todo este monumental embrollo electoral se podía haber evitado. Basta con unas breves reflexiones para que podamos señalar a un culpable y las causas determinantes -elementales, por demás- de cuanto está ocurriendo. El culpable no es otro que el actual Partido Popular, y las causas -archiconocidas por el Sr. Rajoy y todo su equipo de gobierno- no son otras que poner todas sus atenciones en la recuperación económica, con una clarísima posición al lado del capital, y dar de lado por completo a los asuntos sociales, laborales y de bienestar ciudadano. Las consecuencias de esta desacertada postura, continuada y sin la menor señal de cambio durante sus cuatro años de mandato, no podía ser otra que la huida masiva del voto a otros partidos con ofrecimientos claros y objetivos en todas las perspectivas sociales. Y no pueden alegar desconocimiento, puesto que les ocurrió exactamente igual hace unos meses en las elecciones autonómicas en Andalucía, con la pérdida de diecisiete escaños cuando creían que iban a arrasar (todo ello se recoge en el artículo "En el pecado lleváis la penitencia", publicado en la Revista del pasado mes de abril, y en el que avisaba de lo que ocurriría en estas Generales).

Sinceramente, pienso que es una lástima que un partido que reúne casi todos los méritos y capacidades para gobernar el país se vea repudiado y desalojado del cargo por su ceguera y empecinamiento en no contemplar -siquiera mínimamente, siquiera con detalles puntuales- algo tan sumamente necesario, lógico e irrenunciable como lo es el bienestar de los ciudadanos. El pueblo español es un pueblo ya bien maduro y, aunque capaz de soportar las mayores desgracias, no soporta que se juegue con su dignidad.

Evito continuar una larga secuencia de valoraciones, tanto de obligado reconocimiento a lo positivo como de más que merecidos reproches a la parte no contemplada en la gestión, porque considero que es bien sabido de todos. Pero, por si les sirviera a nuestros contumaces dirigentes, por si hallara tierra fértil donde brotar el fruto de la razón, termino dejándoles como semilla la misma frase que diera título al ya referido artículo: "En el pecado lleváis la penitencia". Cojones...

 
¡Un feliz año a todos!


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