• Pedro García Cueto

    En el laberinto del ser

    La mirada interior de Julio Medem

    por Pedro García Cueto


El artículo se centra en la mirada de Julio Medem al cine, a través de sus principales símbolos, siendo importante las influencias del surrealismo español y del cine de Buñuel, el cine de Medem es una búsqueda del sentido de la vida a través de poderosas imágenes

Hay paisajes que surcan el interior que van adhiriéndose a nosotros. Esto ocurre en el cine de Julio Medem, donde podemos ver una radiografía de personajes que van descubriendo sus laberintos, sus espejos convexos. En su cine late la mirada del entomólogo que disecciona los rostros, dando importancia a lo onírico, con la clara influencia de Buñuel, esos seres que deambulan por el mundo, erráticos y desprovistos de fe, seres que, atormentados, viven su desolación interior.

Pero siempre queda optimismo, en La ardilla roja, Medem juega con la mujer que se transforma en ardilla, con el paisaje como edén donde viven los seres apasionantes del director vasco. Con la fotogenia de Emma Suarez, mujer misteriosa, que anhela el amor en la cinta, mientras Nancho Novo vive el espejismo de esta historia surrealista, envuelta en los silencios de la Naturaleza.

En Vacas (1992), la idea de la muerte está presente, en el misterioso ojo de la vaca late el mundo onírico de Buñuel y su película El perro andaluz, imagen que vertebra la luz y la sombra del mundo, en sus espejos interiores.

La idea de la fotografía, esa cámara que está presente en esta película, la imagen que se hace eterna, porque los rostros de una fotografía son seres que no mueren, quedan esculpidos en un tiempo detenido, inmortal, hasta la eternidad.

En Tierra (1996), Medem da un paso más en el desdoblamiento de los seres, ese Ángel que anida entre la vida y la muerte, en ese laberinto que le encadena como Prometeo a su eterna carga, a su pesada losa. Carmelo Gómez da vida a este personaje, siempre al límite, entre la vida y la muerte, ser que de desdibuja y se desdobla en cada momento, en un escenario de tierra roja (en el paisaje de Aragón que el director vasco eligió para rodar la película).

Ángel no cree en la muerte, porque viene de allí, de lo oscuro para plasmarse en la luz de la tierra roja que le da consistencia y convierte al terruño en escenario metafórico del origen del mundo.

En Lucía y el sexo, anida también la muerte, la de Lorenzo en accidente de tráfico (claro referente a la muerte de Ana, la hermana de Medem, en un accidente también) y del hijo de Lorenzo y Belén, causada por el perro. La muerte de Luna, la niña, refleja el vacío existencial, el por qué la vida carece de sentido.

El sexo está presente en su cine, desde Vacas, la animalización latente de los personajes, haciendo el sexo, sin amor, con una vaca como testigo, donde el mundo animal y el del animal racional, el hombre, se compenetran, hay una conexión que envuelve su cine hacia las pasiones y sus consecuencias.

El sexo está presente en Los amantes del Círculo Polar (1998), en la adolescencia, como un nexo que los eterniza, como amantes para siempre, eslabonados al Cosmos y a un Universo primigenio, verdadero edén del mundo.

En Lucía y el sexo (2000), el deseo sexual está implícito en Lorenzo y Lucía, en las fantasías, donde conviven laberintos de rostros y de cuerpos, en un rompecabezas que va montando y desmontando la película.

En Habitación en Roma (2010), el sexo es comunicación entre dos mujeres, los cuerpos son paisajes que la cámara acaricia. Conviven el surrealismo y el realismo, otorgando luces y sombras a las dos mujeres, erotizadas en su posturas corporales, por un deseo que las une y que implica tácitamente al espectador.

Y la Naturaleza, tan necesaria, porque no solo es escenario, sino protagonista de su cine, todas sus películas brillan en un entorno que define un paisaje edénico, donde la tierra es el símbolo de la existencia en la cinta del mismo título, en Vacas, el mundo rural se convierte en un espejo donde los seres se van animalizando, en una extraña simbiosis que fusiona los seres que habitan en el mundo.

El sol de medianoche en Los amantes del Círculo Polar, tiene un sentido de esplendor universal, como si el mundo gozase de una fugaz hermosura, la que otorga el sol temprano, lo luminoso y, a la vez, oscuro, en una extraña conjunción que desvela el caos original.

El paisaje de Finlandia es un escenario donde conviven lo real y lo onírico, habitado por seres inmortales, que han quedado esculpidos (en la senda de Tarkovski) por el tiempo.

En Lucía y el sexo el paisaje de la isla de Formentera está plagado de luz, lo que le convierte en un escenario irreal. La Naturaleza está plenamente arraigada a los personajes, convive con el paisaje de los cuerpos.

Ya hay un tema siempre presente en el cine de Medem, la oposición realidad-sueño, ya que en La ardilla roja, los personajes inventan otros seres para sobrevivir a una realidad fracasada. La alteridad, la búsqueda del otro late en cada escena. Jota busca a Lisa porque Elisa ha sido un fracaso para él y hay un artificio visual y sonoro presente siempre porque lo onírico prevalece sobre lo real, hasta confundirnos y no saber realmente en qué plano estamos.

La deuda del surrealismo de Breton, del cine de Buñuel o de Saura, con esos mundos paralelos en personajes fuera de lo real, prevalece en Medem, siempre atento al espíritu transformador de los personajes, a esos seres camaleónicos que adoptan diferentes imágenes de esta realidad que se confunde con la ficción.

Los personajes de Los amantes del Círculo Polar son deudores de los seres de Cocteau, viven el eterno retorno, todo tiempo se repite, como en los sueños, no existe la muerte real, todo es instante y plenitud. La película representa un círculo, Otto y Anna representan nombres que repiten sus letras, porque el tiempo es siempre el mismo, en un escenario de hielo y de eterna luz.

En Habitación en Roma, Alba y Natasha viven en su espacio interior-exterior, si el interior está plagada de cultura, los cuadros que hay en la habitación, el exterior, del que solo vemos la luz del alba, en un escenario que no podemos apreciar, pese a hallarse en Roma, ciudad eterna, es una metáfora del continuo amanecer, tal y como aman ambas mujeres, poseídas por el deseo de descubrir en los cuerpos la prolongación de los seres que ya no existen, como un mapa que han de seguir, cada labio, cada muslo, cada cadera, son eslabones del tiempo pasado, donde la cultura queda sensualizada por la cámara interior de Medem.

La imagen del alba es el reflejo de la sábana donde las mujeres se aman, la blancura, la misma suavidad, también el mundo de la cultura queda presente en los cuadros que adornan la estancia, uno que refleja una imagen renacentista, podemos ver al gran humanista León Battista Alberti con un grupo de personas, el otro, refleja una escena cotidiana del Ágora de Atenas, lleno de hombres con la Acrópolis al fondo. No es casual que se basen en Grecia y Roma, porque ambos son los espacios del tiempo que reflejan la libertad, la democracia, los eslabones del tiempo amado.

También el techo de la habitación representa un cielo pintado donde aparece Eros, que clava una flecha en el corazón de Alba, ya enamorada de Natasha, el confín de los cuerpos, la cartografía del deseo, va progresivamente creciendo hasta llegar al amora verdadero entre las dos mujeres.

Todo ello representa la simbiosis entre el amor de seres anónimos que no tienen relevancia en la Historia con esa Historia de grandes personajes, todo queda unido, la Intrahistoria unamuniana con el mundo que ha quedado más allá de los siglos hasta la eternidad- Todo ello viene tamizado por el sexo, la cámara es un entomólogo que dibuja los cuerpos, se pasea por ellos, va trazando en los laberintos de la piel su visión de eterno demiurgo que une a través de la mirada a ambas mujeres.

La sensualidad, el erotismo, está presente, con ese cromatismo fascinante que filtra la ventana, donde vemos el amanecer, son dos planos que nutren la película, uno el interior donde conviven los dos cuerpos y otro, el exterior, donde goza el ritmo trepidante de la ciudad que nunca vemos pero que intuimos continuamente.

Hay claroscuros en la película, lo que emparenta la cinta con las pinturas de Caravaggio, pero también hay un deseo constante de iluminar los cuerpos, la blancura de los mismos, frente a la estancia que va progresivamente tiñéndose de oscuro. Tras ducharse, las dos mujeres hacen el amor de nuevo, en este acto ya no hay sexo solamente, sino amor, deseo de plenitud, verdadera fusión vital.

No hay que olvidar los diálogos que van vertebrando la luminosidad de las dos mujeres, seres de gran hermosura que van reescribiendo continuamente el guión como si fuera un círculo, de nuevo, donde el principio es el final y viceversa.

En su última película, Ma ma (2015), Medem saca partido a ese mundo de miradas que late en su cine, a través de Magda, de imágenes de sus ojos, de su cuerpo, frágil ante la enfermedad, el director vasco va trenzando una radiografía del interior de una mujer que quiere vencer el dolor a través de la mirada. De nuevo, la importancia del cuerpo como cartografía vital, como lugar donde perderse y encontrarse continuamente.

Las mujeres del cine de Medem (Emma Suarez en Vacas, Tierra, La ardilla roja) Najwa Nimri (Los amantes del Círculo Polar), Paz Vega (Lucía y el sexo), Elena Anaya (Lucía y el sexo y Habitación en Roma) y Penélope Cruz en Ma ma, son seres que renacen siempre, donde la mirada y la sensualidad está presente, son el misterio que debemos desvelar, labor de los hombres de sus películas, siempre traductores del fascinante mundo femenino.

Medem cuenta en su cine con un mundo visual, sonoro, lleno de referencias pictóricas, donde siempre somos los voyeurs que completamos aquello que se sugiere, somos los testigos de este insólito mundo que está siempre haciéndose y deshaciéndose, porque el cine de Medem es una gran apuesta a la inteligencia, lejos del cine español de usar y tirar de nuestro tiempo. Todo un reto que debemos admirar.

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