• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (34)

    La Navaja de Ockham

    por Ricardo Iribarren



"En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta".
Guillermo de Ockham

“Es la primera y la última vez que una de estas bestias hediondas se burla de nosotros”
Pedro Villarreal ― Psiquiatra a cargo de “Eunuperia”



“…Villarreal, nosotros nos conocemos de hace mucho. Usted sabe que soy un hombre de decisiones prácticas, formado en la palabra y el honor, de modo que iré al grano: hasta el momento he sido aliado del Doctor Petrov. Confieso que gracias a mí logró secuestrar al hombre unicornio del hospital clandestino donde la organización intentaba matarlo para elaborar con el cuerno y los huesos una poción erótica…”

El tono de Luigi Luscenti era marcial y sereno. Facciones duras, firmes, imperturbables; quizá el único signo de tensión lo revelara un leve encogimiento de los hombros. Frente a él, el psiquiatra jefe, a quien llamaban “El Doble Ciego”, lo escuchaba con ojos entornados y una sonrisa. Cuando le informaron que Luscenti deseaba verlo, interrumpió la reclusión que periódicamente se imponía a sí mismo como castigo. Atendió a su visitante con el uniforme blanco de mangas amplias que usaba en esas ocasiones.

“…Hace una década que trabajo para el gobierno militar. Estoy dispuesto a poner a disposición de Eunuperia mis influencias y toda la información de que dispongo, con la condición que me ayuden a matar al que ha pasado a ser nuestro enemigo común: el Doctor Petrov... “

En el salón privado de recepciones, las rugosidades de las paredes y los pliegues de las molduras albergaban cantidad de cámaras que vigilaban los movimientos de Luscenti. Detrás de Pedro Villarreal se levantaba la enorme pantalla de un televisor. Parecía apagado, pero de tanto en tanto rielaban en la superficie gris algunos brillos intensos que iluminaban desde atrás al Doble Ciego y lo rodeaban de un halo destellante.

“…he concluido que los fines de Eunuperia y los míos se aproximan, que somos más afines de lo que se supone. Si está de acuerdo, Villarreal, luego del asesinato de Petrov, quisiera seguir trabajando para la organización…”

El anarquista se interrumpió: el psiquiatra jefe había sacado de alguna parte una enorme navaja; la hoja despedía brillos tornasoles . Con rapidez, el Doble Ciego la clavó en la mesa, cerca de Luscenti, que se puso de pie y retrocedió dispuesto a defenderse.

―Tranquilo, amigo ― Villarreal lo detuvo con un gesto ― No practicaré con usted la terapia de agresión brutal. Somos dos potencias, estimado Luigi. Estamos en bandos contrarios, eso es cierto, pero si decidí recibirlo es para tratarlo con respeto, ya que le concedo los beneficios de la duda. Mi gesto con la navaja no implica ataque ni amenazas. Ante su intención de trabajar para Eunuperia, lo invito a cortar las barbas de Platón.

El Doble Ciego estiró la gruesa mano y con un solo envión retiró la navaja de la madera. La alcanzo a Luscenti quien se había vuelto a sentar. Con recelo, el anarquista a recogió el arma.

―Acero “Silberstahl”, el mejor del siglo XIV ―aclaró el psiquiatra ― Los alemanes fueron los creadores de las navajas.

Luscenti examinó la pieza. La hoja era estrecha y fuerte; cuando el anarquista intentó probar el filo con el pulgar, una leve línea de sangre se formó en la piel.

―Está demasiado afilada.
―Por supuesto. Sirve para cortar las barbas de Platón, menester bastante dificultoso, ya que crecen desde hace más de dos mil años. Fue una de los primeros útiles creados para el cuidado de la apariencia masculina. Pertenece al siglo XIV y es un tipo de navajas que se distribuyeron en el pueblo de Surrey. ¿Le resulta familiar?

Luscenti contestó que no con la cabeza mientras doblaba la hoja, la guardaba en el mango y volvía a sacarla una y otra vez.

―No me parece que sirva para afeitar― afirmó señalando la punta ― es demasiado aguzada.
―Por supuesto que sirve para afeitar, amigo. Las navajas de punta cuadrada no se conocieron hasta el siglo XVII. Antes de eso, los hombres se sometían a esa diaria tortura con el riesgo de que cualquier temblor acusado del pulso pudiera herirlos de gravedad. De allí que este hábito se consideraba algo masculino, propio de valientes. En cuanto a ésta, además de ser una pieza de colección que me costó mucho dinero, me interesa por su dueño. Fue encontrada en el pueblo de Surrey y se asegura que perteneció a Guillermo de Ockham
―Eso tiene un poco más de sentido. Intenta decirme que esta es la famosa navaja de Ockham. Yo pensaba que era un principio filosófico y metodológico; que dio lugar a los inicios del método científico.
―Claro, pero Ockham se basó en su navaja para formularlo. Ésta fue encontrada en la que fuera su residencia poco después que el filósofo muriera, víctima de la Peste Negra. Ockham era franciscano y se le prohibía tener riquezas. Sin embargo, un peregrino seguidor de sus teorías, insistió en que la conservara. Desde entonces se afeitó con ella y luego de varios años de rasurarse, estableció el principio, por el cual "en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta". De este modo podremos desenmascarar a todos los charlatanes; los que afirman por ejemplo, que una enfermedad tiene muchas causas. Aluden a razones emocionales, a que alguien a distancia pudo afectar a la persona y muchas cosas más. Lo más sencillo es que la enfermedad se deba a un virus, una bacteria o una condición del organismo. No hay más explicaciones. Lo que se añada, confunde. Vea, Luscenti, acabo de terminar con una sesión de autocastigo que incluía un severo ayuno. Lo voy a romper en su honor.

Chasqueó los dedos, y se presentó un sirviente vestido con uniforme negro. En la solapa de la chaqueta lucía una pieza hexagonal: el escudo de Eunuperia.

―Arnulfo, queremos huevos de patos fertilizados, sopa de sangre y flan armenio.

El sirviente tomó nota y se marchó. Villarreal se aproximó a su interlocutor con un gesto confidencial.
―Uno de los ingredientes del flan armenio son las gotas del flujo de una joven virgen ―dijo por lo bajo ― se ha demostrado que esta mezcla con azúcar, leche y mantequilla, es ideal para reflexionar y solucionar problemas.

Luigi Luscenti guardó la hoja de la navaja, que ajustaba perfectamente formando una delicada pieza cerrada y se la devolvió al psiquiatra.

― Esto es muy interesante, Villarreal, pero no ha contestado a mi ofrecimiento: aliarnos en contra de nuestro común enemigo, el doctor Petrov.

El Doble Ciego volvió a abrir la navaja.

―Luscenti, aún no termina de explicar qué lo lleva a oponerse a su aliado. Hace tres semanas que el escritor unicornio fue secuestrado. Ayer nomás, usted trabajaba para Petrov. Confiesa ahora que logró lo que él quería: robarnos el unicornio, evitar que lo matáramos y que muchos militares se beneficiaran del elixir obtenido del cuerno y de los huesos. Podría explicarle la importancia patriótica de este objetivo. Podría decirle que los militares son los que sostienen la patria sobre los hombros. Si dejaran de ser hombres, la patria sería la afectada; y la patria somos todos. Imagine una guerra donde el ejército deba defendernos de una potencia enemiga; imagine a tenientes, coroneles, generales; a la simple tropa: neuróticos, desequilibrados porque la noche anterior no funcionaron con esposas y amantes ¿Imagina a nuestro glorioso ejército empeñado en la lucha contra la subversión, sometido a los demonios interiores que desata la impotencia masculina? El bienestar de los militares es el bienestar de todos. Recuerde: “Unidos en libertad para toda la vida”; lo que les ocurra a ellos, tarde o temprano nos ocurrirá a nosotros. Vuelvo a la pregunta, Luigi: ¿Qué lo lleva a traicionar al doctor Petrov? ¿Por qué quiere nuestra ayuda para atacarlo?

El anarquista guardó silencio; demoraba en contestar. Villarreal miró con disimulo el dispositivo que sólo él podía ver y que sobresalía de la tabla inferior de la mesa,. Allí figuraban los resultados de la revisión que hicieran a Luscenti al entrar. El chequeo de armas había sido negativo, pero los escáneres mostraban en el forro de la prenda la silueta de un ratón del tamaño de un niño o de una mujer pequeña.

―Prefiero no dar las razones inmediatas ―respondió el anarquista ― No quiero entrar en detalles que se refieren a mi vida íntima. Lo único que podría decirle es que la palabra que usted usó, traición, fue la que practicó el doctor Petrov conmigo. Él me traicionó pero no en un sentido profesional o táctico como lo entenderíamos en el ejército, sino en un sentido personal. Repito: es algo que prefiero no mencionar. Vea, Villarreal: el escritor unicornio fue entregado al doctor Petrov e ignoro lo que haya hecho con él. Sin embargo, puedo asegurar que no está muerto, como han hecho creer a la opinión pública. Conozco detalles que me ayudarían a entrar en la casa, encontrarlo…

― ¡…y a matar al asqueroso Petrov! ― Con su afirmación, el Doble Ciego volvió a inorporarse y a clavar la navaja en el centro de la mesa, esta vez hasta cerca de la empuñadura. ― Nuestra organización está preparada para reconocer los unicornios, atraerlos y lograr que mueran bajo nuestras condiciones. Somos un estado dentro de otro estado, con recursos propios, con personas especializadas en encontrar las hediondas bestias e inducirles la muerte. El escritor es un unicornio más, un poco singular, lo reconozco, pero no nos costará demasiado reemplazarlo. Lo que no toleramos es que lo hayan robado en nuestras narices. Nadie se burla de Eunuperia. Debe saber que en poco tiempo un grupo de científicos gobernará el mundo. La gente seguirá convencida que pertenece a países independientes, sin saber que un gobierno mundial estará registrando la frecuencia de su respiración; los decilitros de sus traspiraciones. Nuestra organización es la garante de que esto ocurra. Calcule entonces su poder.

El Doble Ciego mantenía los brazos hundidos en las mangas blancas y cruzados sobre el pecho. El desquicio del psiquiatra era un secreto a voces y Luscenti evocó a un loco envuelto en su chaleco de fuerza; ahora Villarreal, con los ojos excesivamente abiertos, se inclinó sobre el anarquista. Entre ambos hombres estaba el mango negro y nacarado de la navaja.

― El doctor Petrov y Alejandro Jodorowsky se han juramentado en una conjura internacional para evitar que los científicos lleguen al poder. Deben morir. Pero la muerte no será cualquier muerte. Hay que evitar que regresen. Que lo hagan en la forma de un monstruo de múltiples cabezas y múltiples cuernos; que lo hagan en la forma de un aire maligno que al respirarlo cierre las gargantas de los reputados científicos; debemos evitar que regresen en forma de una ígnea amenaza para la nueva sociedad racional y tecnocrática que estamos formando. ¿Y sabe cómo vamos a evitar el retorno?

El doble ciego se tomó del mango de la navaja firmemente clavada en la madera y lo utilizó como palanca para inclinarse hacia Luscenti. Habló junto a su cara.

―Debemos cortar sus cuellos con la navaja de Ockham. Debemos drenar la sangre de esos perros en un cubo sánscrito, que sirve para medir el paso de los eones y luego unirla a una mezcla de alpiste y afrechillo para que lo coman los pájaros. Al terminar, los cuerpos pestilentes de estos agentes del caos, serán cortados en pedazos con esta navaja y esparcidos a lo largo de la tierra, en montañas, valles, ríos y mares. De este modo, la fuerza de ambos se dispersará y no llegarán sus influjos a la nueva sociedad de científicos cuyo lema inamovible se verá grabado en el firmamento. “Todo lo racional es real y todo lo real es racional”.

Pedro Villarreal intentó otra vez retirar el arma de la madera, pero no lo logró. El intento fallido no pareció preocuparle; sonrió, se encogió de hombros, se reclinó y suspiró satisfecho. Tres camareros de Eunuperia, luciendo vinchas con los escudos de la organización, se presentaron con la comida. Sirvieron a cada uno tres huevos humeantes, abiertos, en los que se podía apreciar los fetos de los patos. La cocción les había dado una textura crocante y un proceso de complicadas maceraciones, brindaba a los embriones un suave sabor a limón y pimienta. En los platos de sopa flotaba un líquido rojo y espeso. Era una mezcla de remolachas y auténtica sangre de pato. Por orden del Doble Ciego, incluían gotas de sangre humana. El sabor recordaba al de las morcillas. Luscenti probó un par de cucharadas.

―No discuto sus palabras, Villarreal. Conozco muy poco acerca de esta sociedad de científicos. Si alguna vez llega al poder mundial, y puedo servirles, lo haré. Lo que me interesa ahora es saber si está dispuesto o no a aceptar mi colaboración para liquidar a Petrov.
―Comamos, Luigi, comamos. Me recordaré dar una felicitación especial al chef Debe saber que estos platos son originarios de la Eunuperia primitiva. Dice la leyenda que con ellos se sellaban los acuerdos entre los hombres y los unicornios. La diferencia es que en esa época, los futuros comensales donaban cada uno un litro de sangre la que era mezclada y luego servida. Es decir que esta comida representaba un verdadero pacto de sangre. Actualmente se realiza de modo simbólico, pero confío en la fuerza del acuerdo que estamos obteniendo con estos alimentos.

Ambos hombres comieron en silencio. Carente de habilidades diplomáticas, el anarquista hubiera preferido que las cosas se desarrollaran de otro modo. Que el Doble ciego le dijera de una vez su decisión, aunque la misma fuera negativa; aunque lo consideraran un traidor o un enemigo y lo detuvieran; aunque lo ejecutaran en el acto. Algo que no podía tolerar eran las verdades a medias; la indeterminación y la falta de decisión en las personas.

El psiquiatra devoró en pocos bocados los huevos con los patos fertilizados. Cada uno de ellos tenía un hueso con tres puntas muy afiladas, que el médico extrajo de su boca con absoluta maestría. Conocedores de su ansiedad, los camareros tenían para él una cuchara más grande que las comunes. Con ella, en pocos minutos, dio cuenta de la sopa. Cuando terminó, antes de empezar con el postre, volvió a sonreír al anarquista, a quien lo desconcertaba la extraña mezcla de sabores de la llamada Sopa de Sangre. En las comisuras de la boca del psiquiatra había un par de restos rojizos.

―Luscenti, hay un punto que usted ha resaltado: la información. Su acotación me trajo a la mente un axioma de nuestra moderna civilización que ha pasado a ser un tópico: la información es poder. Sepa Luscenti que en la nueva Eunuperia, esta afirmación se ha convertido en una suerte de oración laica a la que recurrimos en forma constante, y sobre todo a la que llevamos a la práctica… No se detenga, siga comiendo.

Luigi se había interrumpido al ver que el psiquiatra se incorporaba.

―La ponemos en práctica porque estamos convencidos de que la información es realmente poder. Por ejemplo, podría decirle que en esta mesa no hay dos sino tres comensales, que uno de ellos no está visible, ni come por lo que no ordené una ración para el mismo…

Luscenti dejó de masticar uno de los embriones de pato.

―¿Qué quiere decir, Villarreal?
―Otro de los axiomas contemporáneos es que “una imagen reemplaza mil palabras”

Dicho esto, levantó la mano y con el gesto se encendió el televisor que estaba a sus espaldas. En la pantalla, cercana al techo, se proyectó la imagen radiográfica de Luigi Luscenti: un esqueleto en un luminoso gris claro. A la altura de la espalda, se apreciaba el conjunto de huesos de un ratón, con las cuatro patas abiertas; el vientre apoyado sobre la espalda del anarquista. Antes que Luscenti se repusiera de la sorpresa, el Doble Ciego estaba junto a él y con un movimiento rápido metió la mano por debajo del cuello de su huésped. De allí tironeó hasta casi arrancar un mechón de cabellos duros y grises.

―Querido amigo: le informo que al menos en principio Eunuperia estaría dispuesta a aceptar su ayuda. Falta discutir algunos detalles, como por ejemplo la opinión de la ratona Miñajapa, que por lo unida que permanece a su espalda, parece formar parte de usted.

Ante el gesto del psiquiatra y la evidencia de la presencia de Miñajapa como forro de su chaqueta, Luigi Luscenti dejó de comer. Apretó los puños sobre la mesa y el rostro enrojeció. El Doble Ciego, se apartó y se sentó frente al anarquista con sonrisa triunfal,

― Veo que me investigaron
―Usted sabe que no somos estúpidos. Nuestros chamanes se convirtieron en una humedad de consistencia acerada para seguir sus pasos. En estos momentos el que fuera su apartamento por diez años, arde como una tea. Han muerto treinta personas Algo que le dijo su esposa, la ratona Miñajapa, produjo en usted este arranque de locura. Reconozco que este detalle es acorde con el espíritu de Eunuperia, Luscenti: la locura. El riesgo. La crueldad. El impulso que no mide las consecuencias. Lo investigamos, es cierto y observamos que tiene muchos puntos en común con nosotros. Me animaría a afirmar que somos como hermanos.

El doble ciego rió sonoramente ante su afirmación. Era una risa que llegaba de la laringe y recordó a Luscenti un cubo de cristales quebrándose.

― …no podemos correr el riesgo de que nos traicione como lo hizo con Petrov. Otro de los postulados de Eunuperia es que un vello genital femenino ejerce más fuerza que una yunta de bueyes. Y conste que no estoy queriendo ofenderlo.
―Usted habla de traición, Villarreal, pero el primero en traicionar fue el doctor Petrov. Él aprovechó su condición terapéutica para seducir a mi esposa.

Luscenti apartó el plato de sopa de sangre; al enfriarse lentamente, creaba gruesos coágulos en la superficie

―Le ordeno que me escuche, Luigi y que después saque conclusiones ― siguió el Doble Ciego ―Nuestros registros afirman que el doctor Petrov es un verdadero asceta, que practica el celibato. La única relación casi pública es con Karina, la Reina de la Bailanta. Y tampoco es una relación erótica o genital, sino que el galeno se limita a juguetear con las tetas de la mujer a fin de ganar energía materna. Le sonará raro, pero es una suerte de truco chamánico muy conocido en el ambiente. Algo que se parece a un hábito erótico en el médico es besar a todo tipo de bichos, desde humanos hasta insectos. Dispone de mil trescientos veintitrés instrumentos para lograr que las bocas de los diversos seres se adapten a la suya. Estos besos no tienen ningún interés sensual. Son intercambios de alientos y salivas; beneficios de la energía universal que los chamanes también conocen y utilizan desde que el mundo es mundo. Los médicos brujos de Eunuperia también besan con el mismo sentido a miles de seres humanos y de animales. En la ciencia de la naturaleza son importantes los fluidos y el aliento es uno de los principales. Ellos guardan la totalidad del ser, la espiritualidad que le permite al brujo dominarlo. Estos besos, repito, no tienen ningún sentido erótico. El chamán besa desde una lagartija hasta una mujer hermosa y en ningún caso se excita. Su actitud ante el beso es como la del científico en su laboratorio o como la del sacerdote cuando consagra las especies. Ahora le pregunto: ¿no pudo haber un error de interpretación en su esposa? Es necesario que aclare algo más: Eunuperia no es un consultorio sentimental de reconciliaciones. Mi único interés al tocar estos puntos es que no se arrepienta y seamos nosotros los traicionados.

A medida que el Doble Ciego hablaba, Luscenti enrojecía. Al responder, por la voz se advertía que le costaba controlarse.

―Villarreal, si ustedes pudieron averiguar lo que ocurrió con mi esposa, también deben saber todo acerca de mí. Sabrá entonces que antes que nada soy un hombre de palabra.
― Luscenti, antes que nada usted es un mercenario ― Al ver que los puños del anarquista se apretaban aún más, el Doble Ciego volvió a reír ― no hay nada ofensivo en lo que afirmo, Luigi. Sepa que de acuerdo al código de Eunuperia, la palabra “mercenario” no es un insulto, sino un elogio. A usted lo siguen cientos de personas atraídas por su prédica insurreccional. Son los que buscan intrigar contra el gobierno. Usted convoca a todos los descontentos, aquellos que serían capaces de empuñar un arma para lograr una sedición. Todos, más tarde o más temprano desaparecen. Usted alega que han ido a otro punto del país como exigencia de una supuesta organización, de una revuelta armada que nunca llegará a producirse. Nadie sabrá que esta gente ha sido secuestrada, torturada y muerta por las denuncias que usted formula. Usted, Luscenti, es el medio por el cual el gobierno se libra de futuros opositores. Por el cual conjura todas las acciones armadas. Es bueno que sea un traidor, Luigi, pero eso me lleva a repetir la pregunta: ¿Cómo sabemos que no va a actuar del mismo modo con nosotros?

El anarquista respiró varias veces antes de responder.

― Reconozco que tiene razón, Villarreal. Ustedes no tienen ninguna garantía. Quizá sepan muchas cosas sobre mí pero no han llegado a mi interioridad. Lo único que pueden hacer es confiar en que así será. No me interesa conocer detalles de la información sensible de Eunuperia. No me interesa el poder. Eunuperia no es una organización subversiva, está formada por militares de alto rango, de modo que no tendría sentido delatarla ante el gobierno. Le repito: lo único que quiero es vengarme de Petrov. Conozco todos los detalles de su casa, e incluso creo saber dónde se encuentra el escritor unicornio.
―En caso que su único interés sea la venganza de Petrov, le bastaría brindarnos la información sensible que posee. Nosotros tenemos infraestructura y hombres especializados para realizar cualquier operativo.
―Tiene razón otra vez, Villarreal… ― antes de seguir hablando, Luscenti arrancó con un solo gesto la navaja clavada en la mesa que el Doble Ciego no había podido quitar. Se acercó al psiquiatra y lo inmovilizó con una rápida llave.
― Lo que deseo, Villarreal es hacer esto con Petrov…

El anarquista con la navaja en su mano puso la hoja en el cuello del psiquiatra ― Sentiré el placer de refregar mis manos con la sangre del maldito médico y de pasarla por mi cara mientras lo veo agonizar…

Un grupo de hombres armados entró a la habitación. Villarreal alcanzó a hacer un gesto para detenerlos. Luscenti soltó al doble ciego. El hombre jadeaba. Caminó unos pasos, se sostuvo de las sillas para no caer, y de pronto sacó una pistola con la que apuntó al anarquista.

― El último que me agredió está a medio metro bajo tierra.
―¿Va a disparar? ¡Hágalo!. Quizá mi nombre figure en las cáscaras de nuez de los enanitos verdes. Quizá yo sea un enemigo en contra de la conjura de los científicos. Si me mata está en su derecho.

El psiquiatra bajó la pistola.

―No lo mataré, Luscenti. No le daré ese gusto. Mañana quiero sobre esta mesa la cabeza de Petrov. Deseo que me la traiga limpia, cortada al ras con la navaja de Ockham.

El anarquista asintió y los guardias lo escoltaron hasta la puerta. Villarreal lo vio partir con una sonrisa que se convirtió en una mueca al desaparecer el anarquista. Entró con rapidez al cuarto lindero; allí un hombre sentado frente a un ordenador, lo vio llegar con expresión de espanto. El Doble Ciego lo tomó del cuello hasta levantarlo de la silla.

―¿Por qué no lo detuviste?
―No pude… ― el otro apenas podía hablar ― tiene una barrera muy fuerte…

Señaló con un vago gesto la computadora cuyo monitor mostraba una represa con dos torres.

―¡Inútil…!

Con un solo gesto, Villarreal tomó al hombre de las solapas y lo arrojó al otro extremo de la habitación. La cabeza del operador golpeó contra la pared. Quedó inmóvil en el suelo y un hilo de sangre cayó por su sien hasta formar un charco en el piso.

El psiquiatra se acercó al computador. El programa, exclusivo de Eunuperia, era capaz de leer el interior de cualquier persona y permanecía conectado a la interioridad de Luscenti. Un dispositivo cerca de las conexiones principales mostraba un tubo cubierto de un líquido espeso: la traspiración del anarquista había sido recogida por un complicado proceso de condensación. Eso permitiría que en caso de acceder a su interioridad más profunda pudieran manejarse los impulsos, y controlar cualquier reacción.
Dos torres, una represa cerrada y el reclamo de una contraseña por parte del programa: el portal a la interioridad de Luigi Luscenti. Luego de varios intentos fallidos por acceder, Villarreal comprobó que el operador al que acababa de dejar inconsciente tenía razón: era muy difícil entrar en la intimidad del anarquista.

El Doble Ciego recurrió al banco de datos propio de Eunuperia, al cúmulo de contraseñas maestras y las combinaciones que tenía a su disposición. Las probó a todas sin éxito. Pasaron las horas. El operador salió de su desmayo, se enjugó la sangre de la cabeza y se marchó sin decir una palabra. Avanzó la noche. El psiquiatra seguía experimentando con algoritmos complicados, pero el interior de Luscenti seguía inexpugnable. Escribió la palabra “Miñajapa” en todas las formas. La tradujo a cientos de combinaciones numéricas y finalmente la proyectó en ecuaciones de segundo grado con dos incógnitas
Ya asomaba el sol fuera del hospital clandestino de Eunuperia. Ya se escuchaba por los altavoces el himno original de la organización cuando el psiquiatra decidió revisar por tercera vez el expediente de Luscenti. Se detuvo en la primera página donde se describían la infancia y la adolescencia . Mencionaban que era admirador de Kropotkin. Villarreal, cansado y con cierto hastío, introdujo el apellido del anarquista ruso y entonces la represa se abrió en medio de notas triunfales. Las aguas del río contenido simularon avanzar hacia la pantalla. Villarreal iba a presenciar lo que escondía Luigi Luscenti. El programa no sólo mostraría los deseos y las tendencias del anarquista, sino que revelaría su naturaleza más profunda.

Las aguas dejaron de fluir, y en el cielo se diseñó una aurora: bajo el sol que asomaba, la pantalla se llenó de tonos celestes y brillantes.

―Este hijo de puta parece un poeta ― murmuró Villarreal.

Una serie de halos dorados surgieron a los costados de la pantalla. Aquello indicaba que estaba por llegar al quid, a la esencia de Luigi Luscenti. En el monitor de treinta y dos pulgadas, conectado al circuito interno del hospital, aparecería por primera vez la naturaleza profunda del anarquista, al que alguien había definido como “el hombre más duro de la historia”. Otros sonidos de música triunfal acompañaron a los halos. El monitor graduó automáticamente el brillo y mostró la cumbre de una montaña bajo el contraluz de un amanecer brillante. Cabalgando por las laderas, surgió un gigantesco y blanco unicornio, que se detuvo un momento, miró a la cámara que lo filmaba y luego se alejó por los prados verdes.

Pedro Villarreal, el Doble Ciego solía jactarse que nunca delataba las emociones a través de los gestos, pero al ver en la pantalla la mítica bestia corriendo por las campiñas virtuales, la boca y los ojos del psiquiatra se abrieron en una clara mueca de asombro.

Apretó un botón que estaba a su lado. Los tres hombres más cercanos, un cuerpo “de élite”, intensamente entrenado, se presentaron de inmediato y se pararon en escuadra, señalando que estaban listos para cumplir con lo que el Doble Ciego ordenara. Villarreal mostró la pantalla: el enorme unicornio blanco bebía de un río de aguas cristalinas. El sol que acababa de salir se reflejaba en su piel y despedía intensos destellos azules.

― Están frente a la interioridad de Luigi Luscenti. Como pueden ver, se trata de un unicornio. Quiero que lo secuestren y que lo traigan al hospital. Es la primera y la última vez que una de estas bestias hediondas se burla de nosotros.

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