• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    Soluciones para un caos

    por Alfonso Estudillo


Yo ya no sé qué pensar del presidente del Gobierno en funciones Sr. Rajoy, si es un pánfilo cachazudo sin ideas ni reflejos, o un ingenuo fantasioso que confía plenamente en que sus ideas, por cuanto, para él, son las únicas lógicas y verdaderas, deben prosperar y ser aceptadas por todos. De piñón fijo... De ahí el caos que le sobreviniera en las elecciones del 20-D -permitiendo que los votos se le escaparan a manos llenas- y que, al día de hoy, sin que haga absolutamente nada por aplicar solución adecuada, mantiene en la trascendental situación de ser elegido de nuevo presidente del Gobierno.

Y lo cito como único culpable porque, a diferencia de los pretendientes al cargo de otros partidos -caso de Pedro Sánchez, muy mediatizado por varones y "varonas" de su formación política-, el Sr. Rajoy parece ser considerado líder único y absoluto en las filas del PP. "Aquí el jefe es uno y goza de toda nuestra confianza." Así lo hemos oído decir a casi la totalidad de sus allegados.

Y me pregunto: ¿Qué hace el Sr. Rajoy con los consejos, opiniones y advertencias de sus asesores? Porque no me cabe dudas de que son muchos los personajes que lo rodean con altísima capacidad y experiencia política. Por citar uno, harto conocido de todos y que goza de las prerrogativas señaladas, ahí tenemos a la ex presidenta de la Comunidad, y actual presidenta del PP de Madrid, Esperanza Aguirre, la cual, en la recién celebrada junta directiva regional (22-1-2016), pidió “los sacrificios y renuncias que hagan falta para lograr un Gobierno del PP, Ciudadanos y PSOE", y recordó que ella ofreció su cabeza tras las municipales de mayo para pactar con los socialistas y evitar que la alcaldía fuera ocupada por Podemos. "Los sacrificios que hagan falta y las concesiones que sean necesarias”, dijo.

Totalmente lógico. Una perfecta toma de conciencia de lo que hay, ...y una solución tan categórica como irrefutable. Ahora se trata de desarrollarla, de dotarla de contenido, de ofrecer al PSOE y Ciudadanos las prerrogativas que ellos esperan, y que no son otras que devolver a los ciudadanos, siquiera sea mínimamente y en tiempo y forma adecuados, los derechos sociales y laborales que se le esquilmaron en la última legislatura -y que persisten sin el menor gesto de reintegrarlos-. No hay otra posible solución que no conlleve un altísimo riesgo en todos los aspectos, y muy principalmente, para los intereses económicos, de España.

¿Y qué ofrece el Sr. Rajoy al PSOE para conseguir su favor, no ya que voten SÍ a su investidura, sino que se abstengan de votar NO para poder salir elegido en la segunda vuelta con la mayoría simple? Nada. Absolutamente nada. Sólo palabras sin propuestas ni contenidos de ningún tipo. Un absurdo total. De ahí que -según sondeo de Metroscopia- el 62 % de los votantes todos, y un 52 % de los propios, opinen que el Sr. Rajoy es un obstáculo para la consecución de un gobierno estable, y que, ni él ni tampoco el Sr. Sánchez, están actuando por el interés general de los españoles.

A pesar de esta visión negativa sobre el presidente del Gobierno en funciones, también se recoge en la misma muestra que, de todas las opciones posibles, la preferida de buen número de ciudadanos -en mi opinión, la más acertada- sería un gobierno del PP con el apoyo del PSOE y de Ciudadanos, señalándose que para dar respaldo a esta alternativa se exige que se negocie un programa de reformas muy detallado y concreto. Por último, como clara muestra del desencanto y malestar generado en la población, también señalan que preferirían que el presidente de ese hipotético ejecutivo no fuera Mariano Rajoy. Esto deja meridianamente claro que el Sr. Rajoy, indefectiblemente, está obligado a cambiar ideas y posturas, reconsiderando y admitiendo que la política social es tan importante como la económica.

Si hubiera una propuesta concreta en la que se contemplara soluciones a corto y medio plazo de toda la problemática socio laboral creada para superar la crisis, que incluyera devolución de todo lo sustraído del bolsillo de los ciudadanos, y que mostrara una clara voluntad de ir recomponiendo el estado de bienestar y contribuyendo al justo progreso económico de todos los españoles, se podría considerar como muy viable que el Sr. Sánchez y el Sr. Rivera aceptaran la investidura y continuidad del actual presidente en funciones. Naturalmente, con luz y taquígrafos, dejando perfectamente claro que, aunque las nuevas directrices se ordenen desde un Gobierno presidido por el PP, son el PSOE y Ciudadanos los promotores e impulsores de las nuevas legislaciones sociales y laborales. Salvarían así cualquier suspicacia que hiciera pensar en sometimientos o "rebujos· de ideologías, motivados por debilidades u ocultos intereses de líderes o partidos, para dejar meridianamente claro que el único fin pretendido es acabar con la caótica situación política, tan pésima para los intereses de España como de difícil solución en la inmediatez que requeriría, y contribuir a poner en marcha programas de gobierno que contemplen plenamente los interrumpidos o menoscabados derechos de los ciudadanos.

Este pacto acabaría con el actual caos, el Sr. Rajoy continuaría en su labor de Presidente del Gobierno y la normalidad volvería al plano político en España. Todos los integrantes de la coalición tendrían cuatro años por delante para demostrar que saben comportarse como caballeros, llegar a acuerdos satisfactorios por el bien común y luchar codo a codo en la defensa de los intereses de todos los españoles. Acabada la legislatura, como el pueblo tendría perfecta conciencia de la medida en que ha colaborado cada uno de los partidos integrantes, también la tendrían en su intención de voto para la siguiente.

Y, créanme. Si lo solución señalada se consiguiera hacer efectiva y estos partidos consiguieran acabar la legislatura sin disrupciones, en buena sintonía y consiguiendo llevar a cabo con toda seriedad las comunes pretensiones de gobierno, no me cabe la menor duda de que el pueblo español respondería en las siguientes elecciones, no eligiendo a este o al otro, sino pidiendo por aplastante mayoría la continuidad de esta coalición de partidos.

Para terminar, si me permiten que continúe concediéndome esta licencia de omitir actitudes más acordes con el ser humano, sólo debería añadir lo que sigue, que no es otra cosa que lo que los españoles pensarían y se dirían para sus adentros ante la novedosa y satisfactoria situación:

"Da la impresión de que, al menos aquí en España, los partidos políticos se han hecho mayores de edad..."


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