• Juan R. Mena

    Contraluz

    Valor actual de la palabra lírica

    por Juan R. Mena


Hoy día vemos cómo los valores de consumo y la televisión de solaz para dispersión de entretenimientos relajantes, hacen un uso insensible y rutinario de la palabra. La expresión “dar la palabra” actualmente se nos antoja pretérita, casi medieval, precisamente cuando la palabra que daba un caballero tenía toda la solvencia del mundo. Recuérdese que hasta finales del siglo XIX la cuestión el honor llevaba a enfrentarse en duelo a dos individuos incluso por una palabra desdichada que manchaba la honra de uno de ellos.

Después de la primera guerra mundial, la crisis del Humanismo se hizo notar en la credibilidad de términos que hasta entonces daban prestigio a las academias y a las instituciones que defendían los esquemas espirituales que habían vertebrado la cultura europea.

Los medios de comunicación asaltaron, por así decirlo, los escenarios de la vida contemporánea y una visión materialista se fue apoderando de los órganos de difusión de la cultura hasta impregnar las conciencias de un vivir al día hasta el extremo de crear una mass media que tiraniza con sus gustos y niveles la estética general. El buen gusto está proscrito, incluso las preferencias de la minoría se ocultan entre los bastidores de los espectáculos y las charlas, para no pecar de pedantes.

Todo esto ha condicionado a la palabra, que se ha convertido en un instrumento de briega, pero totalmente despersonalizada. Incluso el lenguaje del periodismo, tanto periodístico como televisivo, se recarga de expresiones de la calle con las que incurren en grotescas construcciones gramaticales.

El artista de la palabra se revela contra este estancamiento expresivo, determinado en parte por la praxis cotidiana, que se vale de frases hechas, y se propone unas actitudes que van contra esa cobertura lingüística al uso y se propone desbordar la norma teniendo en cuenta no coincidir con las denominaciones ya lexicalizadas propias de una escritura que rehúsa la renovación y emplea insensiblemente el lenguaje como una herramienta práctica y, además, se arrellana en los tópicos manidos. Es, por tanto, una ruptura total y de orientación exclusivamente creadora. Un verso o una línea de prosa sin originalidad es trabajo perdido, piensan hoy muchos escritores y poetas comprometidos con un idiolecto exclusivamente poético, lejos de la narrativa, que cumple, por supuesto, su función dentro de los géneros literarios. Es repetir a los demás poetas, en su caso, y privarse de entusiasmo creativo, aunque también corra el riesgo de caer en el disparate tomándolo por una rasgo de genialidad. Un poeta aspirante a una alta competencia lingüística tiene celo del empleo de los vocablos de su lengua y busca en ésta todos los recursos que ella le preste para o bien combinar las palabras de manera insólita a los ojos de los lectores, o bien dejarse traspasar por una intuición tras la cual late un misterio de mediumnidad a través de la que le habla una inteligencia limítrofe con un mundo maravilloso. Pero esto sería platonismo y hoy todo el mundo tiende a una concepción convencional, mentalista y utilitaria de la lengua, lejos de los ensueños del poeta que mira “hacia arriba” como un santo o iluminado de los cuadros del Barroco. Esto no significa romper con el poema sencillo o de poesía “desnuda” como quería el onubense universal. Lo mismo que hay varios registros, también hay varios niveles de creación literaria, pero, lo cierto es que, sea cual sea uno u otro, el lenguaje no puede renunciar a seguir buscando combinaciones para lograr una expresividad que compense con entusiasmo al que escribe, lejos de lo petrificado y obsoleto, ya rechazado incluso en los certámenes literarios provinciales. Escribir poesía se convierte en una asignatura ardua por lo que tiene de reto para conseguir satisfacer a los más exigentes en estas lides, no importa los temas.

Oigamos a Jorge Meneses y Juan de Mairena:

— “Pronto el poeta no tendrá más remedio que enfundar su lira y dedicarse a otras cosas.
— ¿Piensa usted?...
— Me refiero al poeta lírico. El sentimiento individual, mejor diré: el polo individual del sentimiento, que está en el corazón de cada hombre, empieza a no interesar, y cada día interesará menos”.


Si esto lo decía un poeta como Antonio Machado, nada amigo del nuevo “gay trinar”, como él denominaba a los seguidores del movimiento modernista, y tendente él mismo a la expresión poética tradicional, incluso arcaizante en sus pocos sonetos, ¿qué hemos de decir hoy en que el tema como leit motiv del poema sufre crisis y ello le da opción al protagonismo del lenguaje como crédito suficiente como para que un poeta hábil en emparejamientos de palabras dé rienda suelta a su genio lúdico y nos brinde un poema en el que el tema es mínimo, como en el Barroco, en que el poeta recurre a la metáfora, sobre todo, y a otras figuras que potencian el mensaje para conseguir un efecto lingüístico-estilístico impactante en el lector.

En una época de cansancios y dispersión como la nuestra, aceptemos que quienes sean capaces de tales crucigramas poéticos —dicho sin ironía—, nos curen de poemas con fuertes contenidos cuyos argumentos ya conocimos en otras tendencias de otras épocas y que hoy, con el vaticinio del gran maestro sevillano, tienen que dejar paso a la lengua como sola protagonista ante el peligro de resolver la ecuación, sin más ayuda que la propia genialidad.

Retengamos lo que dice Eugenio Montale en su obra En nuestro tiempo: ”La sustitución de la palabra por otra con diferentes medios expresivos es la prueba de que el hombre está cansado de ser hombre [...] ¿Por qué no pintan ya los pintores la figura humana y el paisaje en el que vive el hombre? [...] Una obra de arte que se pueda explicar, traducir en términos de lenguaje, pertenece aún al viejo mundo, que se hacía la ilusión de explicar, de justificar, de comprender...”

Ese viejo mundo es el de la poesía realista que nos quiere trasladar sus sentimientos, sus ideas, sus vaguedades románticas, que no están de más, pues cada uno escribe lo que quiere, pero que ya ese estilo está desecado como un estanque donde no se ve sino musgo. Para la gente de a pie la poesía es un rollo de otros tiempos. Los poetas de ahora tienen que hacerla de nuevo creíble, comunicable y también implicadora.

Esto acrecienta las razones del desafío. Continúa Montale: “Porque tras el hombre y su hábitat real se halla siempre escondida la insidia de la palabra”. Por eso, un poeta actual, consciente de que escribir es algo más que entretenerse bajo el sosiego de una mentalidad burguesa, nos puede sorprender con una clave que nos dé pista de esperanza. Para ello tendría que desprenderse de la lógica de nuestra vida consumista y escribir una poesía que parezca revelada por un inconsciente donde se han quedado enterrado los valores del espíritu, la posibilidad de entrever una nueva vida para la gente que se deja adormecer por todo lo que hemos criticado en párrafos más arriba.

Los poetas que van a intervenir en esta Afirmación poética —Blanca Flores Cueto, Josela Maturana Mendoza, Ramón Luque Sánchez, María Jesús Rodríguez Barberá y Charo Troncoso— son variados en su estética literaria, pero inquietos en cuanto a su preocupación por complacer a la musa de la exigencia.


(Discurso del autor leído en el Acto convocado por la Real Academia San Romualdo, el 2 de junio de 2010, en el Hotel Salymar de San Fernando (Cádiz), coordinado también por el autor, vocal de Letras.)

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