• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    A mi más grande amigo

    por Alfonso Estudillo


Sé que desde hace algún tiempo mi más querido amigo está en las últimas. Y sabiendo que nada podré hacer por él, que ni la Ciencia ni nadie podrá hacer nada por su vida, quería, al menos, dedicarle el humilde y mínimo homenaje de unas letras.

Han sido muchos años manteniendo una cordial, estrecha y fecundísima amistad. Podemos decir que desde siempre, pues cuando lo conocí yo era un rapazuelo que apenas levantaba un palmo del suelo, un niño de pocos años que, ya desde los primeros momentos, desde el mismo instante en que lo vi, recuerdo que lo miraba sorprendido y con toda la atención puesta en sus palabras. Porque eran sus palabras, claras, precisas, sugestivas, evocadoras, nuevas para mí algunas, reexplicadas con infinita paciencia, y cargadas de interés todas ellas, las que subyugaban mi interés y me hacían permanecer horas y horas a su lado.

Sabía de todo. Un auténtico pozo de conocimientos y sabiduría. Igual me explicaba con todo detalle el nacimiento y evolución de la especie humana o la lista de los Reyes Godos que, más tarde, a medida que el niño iba quedando atrás, me hacía entender los axiomas, hipótesis y corolarios de los teoremas en la lógica matemática, o me relataba con perfecto conocimiento tanto los antiguos textos bíblicos, desde el Génesis hasta el Apocalipsis como las últimas teorías descubiertas en el campo de la Mecánica Cuántica. También fue él el que, hablándome de los grandes descubrimientos, despertó mi ingénito interés por las Ciencias todas, o describiéndome mecanismos patológicos de los muchos que afectan la salud del hombre, me hizo descubrir los caminos de una gran vocación por la Medicina. Y quien me enseñó los dorados perfiles de las Humanidades, quien me llevó de la mano por los múltiples campos de la Historia, quien me introdujo en la Lingüística, quien me hizo soñar con cielos y horizontes hablándome de la Filosofía y los grandes filósofos y quien me abrió las sendas de los nuevos mundos y universos al relatarme las obras de los grandes personajes de las Letras...

Desde entonces, desde aquel tiempo niño, mi vida giró sin apartarme jamás de mi amigo. Hoy, después de tantos años de tan inolvidable como fructífera amistad, sé que su vida se acaba, que dentro de algún tiempo, muy poco ya, sólo será un simple recuerdo en la mente de todos aquellos que lo conocimos y admiramos. Pero de mí no se irá del todo, porque seguirá para siempre dentro de mi corazón...

Y de ahí, de su latido, es de donde me nace este último deseo: ¡Cuánto me gustaría saber escribir para hacerle llegar a mi inolvidable amigo, a mi único y muy querido amigo EL LIBRO, el homenaje de estas torpes letras convertidas en fúlgidos ramilletes de la tanta luz que me regaló!

* * * * *


Y ahora, aunque no me gusta repetirme, considero que debo y puedo completar esta humilde ofrenda de veneración al mayor tesoro salido de las manos del hombre, ampliándola al que le confirió soberana dignidad, al no menos grande autor de las Letras patrias, al insigne y admirable Miguel de Cervantes, reproduciendo unas letras que publiqué en esta misma sección de la Revista en abril de 1999. Fue una de las primeras que se publicaron en Internet. Es lo que sigue:

ENTRE PUTAS Y PIOJOS...

Coincidiendo con la salida de este número a la calle se celebra el Día del Libro, el día grande de las letras de este país. El argumento para que sea ese día y no otro es que el 23 de abril se conmemora, no el nacimiento (29 de septiembre de 1547), que es lo que comúnmente suele dar lugar a fiesta y jolgorio, sino el óbito, el deceso, el final de uno de esos raros especímenes que pululan por los márgenes de la racionalidad y medran utilizando el lenguaraz e incordiante doble filo de la pluma.

Se celebra, digo, la muerte perra y aperreada de un tal Miguel de Cervantes, frate de tiempos ha, opulento de genio y magín y poco probada cordura, que vivió en carnes y estómago las consecuentes penitencias de su locura escritoria, y que, lógicamente, murió rodeado de miserias y piojos después de haber escrito un tocho de mil quinientas páginas que, pasado el tiempo normal para estos casos -o sea, ido ya al otro barrio aquél que lo escribiera- fue reconocido por el señor gobernador de las españas ínsulobaratarias y demás calañas consuetudinarias en la propiedad y guarda de la pela como la obra literaria más grande de todos los tiempos.

Al tipo, que la espichó en su paupérrima casucha de la calle del León esquina a Francos, tras serle hecha la prueba del nueve (dos pinchazos de lezna zapateril en los ijares) le dieron tierra en algún sórdido rincón del convento de las Trinitarias Descalzas de la madrileña calle de Cantarranas. Y, al parecer, tan al lado y tan hondo lo sepultaron (los muertos pobres hieden el doble, pues huelen a muerto y a pobre) que jamás han podido recuperar el más mínimo vestigio de sus restos. Otras voces -que nunca faltan las malas lenguas-, a poco del sepelio, dieron por decir que las gallinas que criaban las Trinitarias en la corraleta del convento se pusieron “de buena racha”, pues los huevos que vendían en las abacerías de los alrededores eran el doble de gordos. De ahí que, durante un tiempo, la gente diferenciaran los huevos como “de los corrientes” y “los huevos de Cervantes”.

Fecha memorable la tal fecha. Acontecimiento de fasto y gloria que es aprovechado por gerifaltes de curias y cabildos para poner real y medio de laureles sobre los héticos y depauperados frontispicios de quienes dedican su tiempo y demás miserias a este viejo oficio, a este arte de locos y majaras, a este incordio ocupacional sin lauros ni beneficios, al que no sé si, dentro de una escala lógica, habría que conceptuar como el segundo más viejo del mundo o, tras cederle adecuado sitio a clero, políticos y banqueros, situarlo en posición más lejana a esa deífica y archireputada cúpula de nuestras mayores glorias nacionales.

Descanse en paz aquel insigne hermano, el más grande genio de las letras españolas, que murió entre putas, piojos y locuras...


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