• Ricardo Iribarren

    La Agonía del Unicornio (39)

    Los poemas del general Anaya

    por Ricardo Iribarren


Una vez lo conversamos, Ataulfo: a veces es necesario saber que uno esta vivo y para saberlo hay que matar a otro, al que sea. Después todos los papeles se pueden arreglar.

1
-General Anaya, desde el fondo de la historia, las orgías resuenan sus toques de clarín. En épocas remotas, hombres y mujeres se reunían en un descampado y allí se unían de mil formas. Los odres repletos de” jugo de unicornio”, como usted los llama, circulaban y eran bebidos por todos. Las orgías de los tiempos primordiales, General Anaya. Desde ellas, la juventud y la potencia llegan galopando, imparables y se detienen en su bajo vientre. Ellas procurarán que no perdone a ninguna de las mujeres que se cruzan en su camino. Caerán bajo su pene enorme que no tendrá piedad a la hora de satisfacer el hambre insaciable de un soldado. Le pregunto, General Anaya: ¿sigue aún reclamando el triste felpudo con forma de ratón? La dosis de jugo de unicornio que le brindaremos, tendrá un efecto de tres meses a partir de la fecha, y cuando llegue ese momento, dispondremos para usted una segunda dosis potenciada, de modo que podrá tener un sexo desmedido, sin riesgos para la salud, hasta los ciento cinco años, la edad que los médicos consideran que debe vivir un general de nuestro glorioso ejército. Le pregunto, General, ¿está de acuerdo en apurar el bebedizo?

El psiquiatra Pedro Villarreal, a quien llamaban el Doble Ciego, explicaba al General Anaya las bondades del elixir erótico que estaba a punto de beber. La versión oficial era que se trataba de los huesos y el cuerno de un unicornio sacrificado para él. La realidad era que aquella bebida verdosa con olor a miel no era otra cosa que un licuado de cucarachas cornudas a las que habían agregado algunas esencias neutras. Era la misma preparación que la enfermera Gervasia Artigas diera a beber a Pancho, el gorila con mezcla de hombre que desde la jaula en el sótano del hospital aún emitía sus gritos de amor hacia la enfermera

Anaya era el primero de los militares que probaría la mezcla. No debían saber que en vez de cuernos de unicornios bebían jugo de cucarachas. Un equipo de tres químicos especializados había seleccionado sustancias que mejorarían el sabor y el aroma del bebedizo sin alterar los principios activos. El que seleccionaran para el general, tenía un suave perfume a mandarina y al probarlo dejaba en el paladar un leve amargor que enseguida se transformaba en una sensación de dulzura.

El militar bebió de un trago el contenido del frasco que le alcanzó una enfermera. Al terminar, quedó jadeando, mientras una pequeña gota de color morado, caía por su mentón.

General, lo felicito. Soldado avezado, se ha convertido en el pionero de un nuevo universo. Debo repetir que este jugo de unicornios potenciado se trata de un producto natural. Los estudiosos afirman que esta mezcla carece de los efectos secundarios de otros medicamentos de venta en el mercado. Que produce los mismos efectos, pero mejorados y duraderos. Es importante que ahora pruebe su virilidad remozada en el suave cuerpo de una de nuestras jóvenes nativas, dispuestas a engrandecer la patria, al satisfacer la libido de nuestros héroes.

2
En el Centro de Detención y Tortura se alineaban las camillas con presos políticos sumergidos en una profunda ensoñación de la que salían de tanto en tanto a golpe de picana eléctrica, quemaduras debajo de las uñas, púas en los genitales y otros tormentos exquisitos proporcionados por especialistas.

Un pequeño ejército de médicos siempre alertas, procuraba que los reos no murieran prematuramente. Muchos de ellos tenían datos que volcar, personas a las que delatar. Pero lo más importante según las órdenes de la Junta de Comandantes que dirigía el país, era que los detenidos se quebraran. Que una parte de ellos, repleta de rebeldía y de lucha contra el régimen, perdiera la fuerza.

Se procuraba llegar al punto en que la voluntad ya no resistiera la tortura; en que la acción sobre la carne derribara el espíritu. Muchos de los conjurados eran detenidos como jóvenes y entusiastas líderes. Cuando salían del centro, habían perdido las fuerzas, dormían todo el tiempo y los había ganado una total desesperanza. Anhelaban encontrar un sitio tibio y como dijera con cierto dramatismo el propio General Anaya, “tan sólo soñaban con lamer las heridas”.

En los primeros años de la dictadura, el ejército practicaba ejecuciones masivas. A los detenidos que ya hubieran expresado todo lo que sabían, se los arrojaba desde un avión a las aguas siempre del mar que bañaba la ciudad, heladas en toda época del año. La enorme cantidad de muertos, algunos de ellos extranjeros, desataba acciones judiciales que se expresaban en protestas masivas en otros países y en juicios en foros internacionales. La dictadura no tardó en advertir que el avasallamiento brutal de los derechos, los comprometía en términos de política internacional. Poco a poco el país se aislaba y los centros de poder, que siempre los habían apoyado, recibían presiones para expresarse en contra de aquella política inhumana. El primero de los tres presidentes de aquella dictadura , había emitido una sentencia que fue el inicio del cambio: ”Lo único que hacemos es montar enormes fábricas de mártires.”

A partir de esta circunstancia, se decidió mantener a los detenidos con vida. Con un trato que alternaba brutalidad y afecto, se quebraban las voluntades y muchos de ellos, al recuperar la libertad, estaban dispuestos a declarar a favor de los verdugos. Al verlos convertidos en muertos vivientes, sus antiguos compañeros sabrían lo que les esperaba en caso de seguir conspirando. Muchas veces, los detenidos quebrados eran acusados de traición, sometidos a juicios sumarios y ejecutados por quienes fueran sus camaradas,

Matías Videla, un historiador de ese período, explicaba en una de sus obras que fueron necesarios los diez primeros años de la dictadura para establecer el punto óptimo en que el dolor quebrara las defensas internas; la suave línea que llevaba al reo a los límites de la locura, la invalidez o la muerte y que era diferente en cada detenido. Para el uso interno del ejército, se publicaron meticulosas tablas con algoritmos establecidos en base a edad, condición física, entorno cultural y otras variables. Ellos debían servir a los equipos interdisciplinarios formados por médicos, psicólogos y torturadores a fin de precisar la dosis individual de sufrimiento que era necesaria para quebrar a un sujeto. En esos años se definió la carrera de torturador, y se habilitaron escuelas universitarias en las que se enseñaba aquel oscuro y encumbrado arte.

La orden emitida por el comando en jefe era que la tortura debía prolongarse al máximo y no se debía acelerar la muerte. En los veintisiete centros de detención diseminados en todo el país, las paredes estaban cubiertas de carteles que rezaban el mismo slogan: EL DOLOR PURIFICA.

Varias veces por mes y en forma imprevista, aquel centro ubicado en la principal provincia, recibía la visita de algún miembro del comando en jefe, casi siempre del General Anaya, quien venía a fiscalizar que se cumpliera con lo establecido, es decir que la tortura avanzara dolorosa, firme e implacable y que los reos no murieran de modo intempestivo.

El Centro estaba dirigido por un comando especial, compuesto por un almirante naval, un jefe de aviación y el propio General Anaya en representación de las fuerzas terrestres. Cualquiera de ellos podía retirar detenidos sin rendir cuenta de su accionar. Este hecho los convertía en responsables de los reos, ya que al trasponer las puertas del centro, el oficial tenía derechos totales sobre los detenidos que escogía. Esta disposición era la única excepción que se establecía sobre la norma de no ejecutar a los prisioneros. Por lo general, los miembros del comando retiraban mujeres jóvenes, con quienes mantenían relaciones sexuales bajo la promesa de una posible liberación que nunca se concretaba. A veces procedían a la tortura, pero no eran muchos los casos en que asesinaban a lo liberados. Casi siempre los devolvían luego de someterlos a exigencias personales y apremios.

Cuando alguien moría en el centro, iniciaban un sumario que culminaba en un juicio dirigido por un tribunal “ad hoc”. Tras un intenso interrogatorio de los imputados y la realización de pericias, se precisaba si la muerte se debía a un accidente, una torpeza profesional o una actitud excesiva del torturador. En casi todos los casos, los imputados eran los médicos. Si se demostraba la responsabilidad en el deceso, podían recibir las mismas penas que los subversivos y, como ellos, ser sometidos a torturas.

3
Aquella mañana el General Anaya llegó al Centro de Detención. Siempre muy pulcro, el guardia de la puerta se asombró al ver el uniforme arrugado; no llevaba gorra y los cabellos estaban revueltos. No respondió al saludo del subalterno, ni a los dos oficiales que lo recibieron. Decidido, entró al salón central y se dirigió a las veinticuatro camillas que albergaban otros tantos detenidos. Sacó su pistola nueve milímetros, equipada con silenciador y acercándose a cada una de las mesas disparó en la cabeza de los reos. Bajo el efecto de la morfina que les aplicaban entre una sesión de tortura y la otra, al recibir el disparo las víctimas gemían, los cuerpos se agitaban en un último espasmo y quedaban inertes sobre la camilla. En algunos casos, las balas atravesaban la arteria yugular y un chorro de sangre caían sobre el piso.

Esa tarde de otoño, antes que pudieran detenerlo, el General Anaya ultimó a once detenidos. Escogidos al azar, cayeron hombres y mujeres de todas las edades y condiciones. Al contenerlo entre varios oficiales; el general se dejó desarmar y llamaron al Almirante Ataúlfo López Torres, a cargo del centro.

4
―Anaya: acabás de ganarte una corte marcial. Está de más que te diga que no podés entrar al centro y empezar a matar prisioneros. Es una de las cosas que estabas encargado de impedir.

Anaya permanecía sentado, con aspecto abatido.

―Merecían morir, Ataúlfo. Vos lo sabés. ¿Hasta cuando los íbamos a mantener? Esto no es un hotel.
―Anaya, hace cinco años que nos pusieron al frente de todo. Siempre fuiste uno de los principales responsables de este centro. Las personas que acabás de matar podrían tener importante información para darnos…
El almirante se interrumpió para mirar la hora.

―Tenés 20 minutos para decirme lo que pasó. Veinte minutos para convencerme de que tu acción fue justa. Sabés que todo puede tener arreglo con buena voluntad e influencias, pero necesito saber por qué lo hiciste. No te podés guardar nada.

El general permanecía con la cabeza baja, y no era sólo por de abatimiento. El almirante pensó que parecía ausente; quizá sumergido en una idea fija que lo desesperaba.

―Hace treinta años que nos conocemos, Ataúlfo y ahora me vas a denunciar por unos hijos de puta; por unos traidores a la patria que merecían morir.

El Almirante movió la cabeza antes de hablar.

―Anaya, estamos entre caballeros Se pueden arreglar las cosas. y es lo que te ofrezco. Pero necesito saber por qué lo hiciste. Ya sé que todos los que están en este centro necesitan morir, pero eso no basta. Estoy seguro que tenés otra explicación. Debo saber que no estás loco. Debo saber que obraste por vos mismo con una buena razón. Si me convencés, arreglamos todo. Somos nosotros los que llevamos registros de los presos. Hay una orden del comando, pero nosotros somos los que decidimos cuándo ejecutarla. Acaban de morir once detenidos que pueden convertirse en desaparecidos: ni muertos ni vivos; como si nunca hubieran nacido.

Anaya levantó la cabeza y miró a su camarada. Fue en ese momento cuando López Torres advirtió el resplandor. Surgía directamente de la piel del General y atravesaba la gruesa tela del uniforme.

―Necesitaba matar, Ataúlfo. No hay otra cosa. Necesitaba disparar en la cabeza de alguien
―¿Por qué, Anaya?
―Si no lo hacia, yo mismo me iba a disparar en la cabeza. Una vez lo conversamos, Ataulfo: a veces es necesario saber que uno esta vivo y para saberlo hay que matar a otro, al que sea. Después todos los papeles se pueden arreglar.

Anaya estaba muy pálido. Se limito a meter la mano en uno de los bolsillos de la chaqueta militar y a sacar un papel arrugado. Estaba quebrado en una de las esquinas, como si hubiera tratado de romperlo. Escrito a lápiz, los renglones formaban líneas irregulares. Ataúlfo lo desplegó y leyó en voz alta,

“Las flores de mi jardín
florecen en primavera
pero mi amor por ti,
florece la vida entera…”

“La lima nació verde,
el tiempo la maduró.
Mi corazón nació libre,
y el tuyo lo conquistó”.

¿Qué es esto Anaya?. No entiendo No lo entiendo.

―Vos no lo entendés, Ataúlfo. Yo tampoco lo entiendo
―¿De dónde sacaste esto, Anaya?
―Lo escribi yo.

5
La historia del General no fue muy extensa. Mientras hablaba, una vena inflamada en el cuello, indicaba los esfuerzos por mantener la coherencia. El almirante, advirtió dos detalles alarmantes: cada tanto, los ojos del hombre se perdían como si le costara reconocer dónde estaba. Por otro lado, el resplandor que recorría el cuerpo y atravesaba la tela del uniforme, aumentaba momento a momento. Una línea de llamas parecía rodearlo.

―Hace tres días me llamo Villarreal, de Eunuperia. Vos sos uno de los pocos que conoce mi problema, Ataúlfo. Sabés que a veces no funciono en la cama y necesito ayuda. Vos también lo probaste, ¿te acordás? El jugo de unicornio. Matan uno de esos animales y muelen los huesos y en especial el cuerno. Los efectos son milagrosos y duran un año y medio. Otra cosa que te recomiendo es que consigas una piel de esas ratas gigantes que andan por ahí y que la huelas. Eso también funciona. El miembro parece entonces un soldado novato. Uno le grita: “¡Firme soldado!” y se para como un boludo. El efecto del último jugo de unicornio había pasado, Ataúlfo. Me pusieron en la lista de espera de Eunuperia. Me dijeron: “usted sabe, Anaya. Esto cuesta. A estos animales no los podemos destripar así como así. Para que la cosa funcione, tiene que estar de acuerdo en morir.” En la desesperación, secuestré la piel de una de esas ratas: despide un olor que es una maravilla; que te la para aunque no quieras, pero se la volvieron a llevar… bueno, sería larga la explicación. Eunuperia me llamó hace una semana. Me dijo que estaba listo mi jugo. Pensé que con eso se terminaban mis males. “Vea, Anaya, me dijo Villarreal, “Notará que este jugo tiene otro color. Lo que pasa es que no es lo mismo cortar el cuerno del animal en el crepúsculo que en el amanecer. En el crepúsculo es rojo porque se contagia el color del cielo, el color cinabrio. En el amanecer es verde por un insecto muy parecido a la cucaracha, pero mucho más fino, más noble; un insecto que sale de la punta del cuerno donde ha estado incubando los huevos. Mi equipo de científicos ha demostrado que el cuerno del amanecer es mucho más potente. Le garantizo que el efecto de este bebedizo no va a durar un año y medio como el anterior. Tampoco durara dos años ni tres años ni cinco años. ¿Qué edad tiene Anaya?” . “Cincuenta y nueve”, contesté. “Esta mezcla tomada ahora le hará efecto hasta los ciento cinco años, y si todavía anda bien de salud, estaremos aquí para brindarle un nuevo trago”. Claro, me lo tomé. Ellos merecen confianza, Ataúlfo, vos lo sabes. Ellos trabajan con el comando y han realizado una buena tarea en la guerra contra la subversión. Y tengo que reconocer que el jugo que me dieron era bueno. Demasiado bueno. Era superior a todos. Esa misma tarde conseguí una cita con una chica. Vos sabes, Ataúlfo, una estudiante jodida y asquerosa; una de esas que le gusta el sexo chancho y cuando se las estas metiendo grita como loca. Entonces algo pasó. Bueno, pasaron muchas cosas. Te digo que no tenía un sexo así desde los veinte años. Seis orgasmos, Ataúlfo. Uno detrás del otro. A la chica la enloquecí. La deje muerta.
 
El comandante levanto la mano e interrumpió a su camarada.

―Te sentís bien, Anaya?

El general bajó la mirada.

―No me siento bien, Ataúlfo. No me siento bien. Si no, no hubiera hecho lo que hice.
―Me refiero a si te sentís bien físicamente…

El halo luminoso alrededor del cuerpo del general aumentaba y despedía penachos de luz que vibraban con suavidad.

―Dejá que te siga contando, Ataúlfo. Seis orgasmos. Y lo mas lindo es que no quedé cansado. Tengo leche para repartir.
―Entonces, ¿cuál fue el problema?
Anaya metió la mano en el bolsillo y sacó otros papeles
―Uno de los problemas lo leíste. Aquí tengo más.

Ataúlfo volvió a leer.

“El ciego pide la vista
el preso la libertad,
y yo pido para ti,
la mayor felicidad. …”

Con las mejillas rojas, el general aparataba la vista, avergonzado.

―Fue cuando la mina se durmió Estaba rendida. Es la primera vez en muchos años que dejo rendida a una mina. Entonces la miré dormir. Vos conocés mi departamento. Estaba en la habitación y había encendido la luz del pasillo, por lo que podía ver la cara. Era linda la piba. Entonces sentí algo que me subía por la garganta y la acaricie desde las tetas hasta las piernas y los pies. No me acuerdo de mucho, Ataúlfo. No me acuerdo del momento en que busqué el papel, en que me puse a escribir. Cuando quise acordar estaban estos versos. Algunos los aprendí de memoria.

“Mi ojos lloran por verte,
mis brazos por abrazarte,
mis labios por darte un beso
y mi corazón por amarte”

“Una noche muy bonita
en tus ojos me miré,
fue tan linda tu mirada
que de tí me enamoré…”

―Anaya no creo que vos hayas escrito esto. No te imagino.

―Yo tampoco puedo creerlo. La única explicación es que la puta que se acostó conmigo, la que recibió los seis orgasmos, me haya envenenado, me haya convertido en un subversivo más. Así se empieza, Ataúlfo. Nos lo enseñaron en el liceo. Así se empieza a ser un terrorista: escribiendo poemas de amor.

―¿Qué hiciste con la chica, Anaya?

Antes de contestar el general apartó la vista, bajó por un instante la cabeza y se mordió con suavidad el labio inferior.

―La denuncie por subversiva y un grupo de tareas llegó a buscarla. La deben estar torturando…

Anaya volvió a bajar la cabeza y la sostuvo con las manos. El comandante pensó que debería llamar al medico del centro para que revise al general; era posible que luego de un diagnóstico preliminar ordenara la derivación a un psiquiatra. El brillo del cuerpo sugería una contaminación con radiación. López Torres buscó con la mirada uno de los baremos rectangulares que desde la pared marcaba los niveles de radiactividad: La aguja permanecía en el área verde; no se había movido frente a la presencia del General y de su brillo.

―Anaya, voy a disponer de vos
―¿Qué querés decir, Ataúlfo?
―Estás brillando desde que entraste. No sé la razón. Debemos examinarlo y te pido que cooperes. Es posible que tengas razón; que estas poesías y lo que te ocurre sea un ataque. Debés colaborar, Anaya. En momentos así es bueno que recuerdes que sos un soldado; que te debés a la defensa de la patria.

Se interrumpió. Anaya tenía los ojos entornados, con una expresión de dolor; las lagrimas caían por las mejillas. Ataúlfo recordó que desde joven, su camarada se destacaba por la dureza. No toleraba en los subordinados la mínima debilidad. Aquel llanto turbaba al Almirante. Le hubiera gustado sacudirlo, pero se contuvo y tragó saliva antes de hablar.

―¿Por qué llorás, Anaya?

El general contesto con voz temblorosa.

―Porque la extraño
―A quién extrañás?
―A ella… La extraño aunque sé que es una subversiva; que me puso algo en la comida para que sienta esto, para que escriba cosas como esas. Me drogó. Me envenenó. Ahora siento que me abren el pecho y me sacan el corazón. Eso es lo que siento en este momento.
―Siempre fuiste muy frío con las minas.
―Yo también lo pensaba. Y ahora la estarán torturando… ¡Fase siete fue lo que dije al turco!. ¡Fase siete…!

Al decir “Fase Siete”, Anaya se refería al grado de tortura. Los que se incluían en la “Fase Uno”, eran sometidos a la intimidación. Gritos, trompadas; a lo sumo, golpes en los riñones con una cachiporra de goma. Eran casos leves, en los que no se requeriría de mucho para que el reo confiese. La “Fase Ocho”, en cambio, era la tortura más cruel que debía terminar en la muerte. Se elegían a los agentes más sádicos; los que eran capaces de sentir placer sexual al infligir sufrimiento.

Los tormentos de las “Fase Siete” y de la “Fase Ocho” eran similares. La diferencia era que en la siete, las torturas no debían conducir a la muerte, sino a alguna forma de invalidez; lesiones en la médula, el cerebro o el cerebelo; diversos tipos de parálisis o daños irreversibles; deformación del rostro, utilización de ácidos en zonas de la cara, del cuerpo o aquello que la imaginación del torturador pudiera crear.

. Anaya sollozaba y el sonido se extendía en el centro de detención. El almirante se puso de pie. Había llegado el médico militar que lo saludó haciendo la venia.

—Parece que el general tiene un ataque —.comentó el galeno. Lo veo muy desequilibrado. Creo que antes que nada, le vendría bien un sedante…

Mientras el médico extraía la aguja de su maletín, en la habitación sopló una brisa caliente que recorrió a los presentes. De pronto, Anaya empezó a flotar en el aire. El Almirante López Torres y el médico, observaron que el rostro se descomponía en una risa súbita. En segundos llegó al techo de la habitación y desde allí, siguió profiriendo poemas a los gritos,

—¡No sé que será besarte,
pero sé la dicha
que siento al soñarte!

¡En la vida hay mucho dolor,
pero mis penas se alivian
con tu amor!

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