Rincón de la Poesía 

Juan Mena
San Fernando (Cádiz)





A la memoria de Antonio González Muñoz y Germán Caos Roldán, que me despertaron el amor a las araucarias de nuestra Isla de San Fernando (Cádiz), en aquel despuntar de los años sesenta.



ARAUCARIAS DE MI BARRIO


Araucarias con brazos anfitriones de vientos,
serenando la cólera de sus errantes giros.
Ramas para las aves, fugaces aposentos.
Esa paz vertical cadenciando suspiros.

¿Dónde estáis, araucarias de huertas y jardines
—de Togores, Cervera, El Carmen, La Plazuela…?
Montabais guardia a guisa de celosos confines.
Erais en todo el barrio símbolo de tutela.

De caballas, de higos y marisco a la sombra
en tardes de un levante en calma, con pregones.
El cielo, pedrería. La luna, insomne alfombra
de estaño igual en parques que en largos callejones.


En vosotras, perfil de altivas e impasibles,
crepúsculos y auroras una cripta ponían.
Estoicas vuestras ramas, ejemplos invencibles
para seguir viviendo, siempre nos parecían.

Igual que las salinas, cristalinos veranos,
os fuisteis a desvanes de la nostalgia vieja.
Desde un rumor con lacre de recuerdos lejanos
viene el ayer y vierte en un verso su queja.


De Rehén de la vida (2014)




LA ARAUCARIA DEL HUERTO DE TOGORES


Con sus brazos abiertos pide perdón al cielo.
¿Y por qué si es más recta que ningún otro árbol?
Porque aspira a enredar en sus ramas la lana
de los cirros que pasan camino de la Vía,
los cirros o madejas que vienen de los caños,
de Chiclana y Medina con vientos de levante.

La araucaria conoce a la gente del barrio
y con brazos corteses al pasar la saluda.
Cuando muere algún niño, tras su caja de nieve,
como una bendición, echa encima sus frondas
y emite un sollocillo suavemente oscilando.

O se queja con todos los trinos y piares
de pájaros que alberga, y entre las viejas ramas
instala una capilla de morados reflejos,
si al través, la contemplas, del ocaso tardío.

En reciprocidad de vecinas palmeras
ella intercambia arrullos y olores de resina.
Todo el que por su lado pasa la ve, se para,
y con disimulada ternura le sonríe
como si fuese acaso esa abuela del barrio
que sentada en la esquina todo el mundo saluda.

Si la derriba el hacha, el día en que ella falte
nadie suplicará por el barrio a los cielos,
porque a mí me parece que ella ruega por tantas
bellezas que aún nos quedan endulzando el entorno.



De Eritheia o versos de circunstancias elegidas (2000)







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