• Ricardo Iribarren

    La Agonía del Unicornio (40)

    La Cucaracha Gigante

    por Ricardo Iribarren


“El monstruo había logrado atravesar la tenue barrera que separaba la dimensión subterránea, de la réplica fantasmal de la mansión y había podido acceder al ámbito que la mayoría consideraba real. Fue así que tras atravesar enormes y caóticas alcantarillas, al caer de la tarde de ese día, la enorme cucaracha asomó al mundo cotidiano de los hombres”.


1
La cucaracha gigante se formó cuando Mika y el agonizante escritor unicornio se unieron en un apretado abrazo. Al unirse, los cuerpos despidieron chispas y durante una hora el perímetro de las siluetas fue cubierto por un halo luminoso. La piel de ambos supuró una sustancia ígnea que se endurecía al contacto con el aire. Análisis posteriores descubrirían su similitud con la queratina, esa capa rígida que cubre los cuerpos de muchos insectos. En cuestión de media hora encerró a la pareja y emitió unos apéndices largos, articulados y fuertes que serían las patas. En los primeros momentos permaneció inmóvil en el rincón del inexistente salón ubicado en el sexto nivel de la Biblioteca. El doctor Petrov y su mayordomo Anselmo, aplicaron al insecto un equipo portátil de rayos ultravioletas capaces de atravesar el caparazón. Constataron que el escritor y la bella joven del Mundo sin Nombre, siguieran dentro de la cubierta, que no hubieran sido deglutidos y digeridos por el monstruo.

El gigantesco insecto siguió creciendo y sólo se detuvo cuando desde el centro de la cabeza, creció un puntiagudo cuerno. Un líquido en el interior le brindaba una luminosidad intensa y con los movimientos del sol que entraba por la ventana, despedía variados destellos tornasoles.

Con el paso de las horas, desde el gris caparazón de la cucaracha, se formaron pequeños remolinos de un viento cálido que penetró por el ombligo de Anselmo, invadió las entrañas del mayordomo y lo hizo despegar de la tierra. Sonriendo, quizá por primera vez en su vida, y con una expresión de éxtasis, el sirviente se dejó llevar por la extraña fuerza que lo hizo atravesar una de las ventanas del salón y lo arrastró a un destino desconocido en el lejano firmamento.

El extraño y lento huracán que emergía de la cucaracha, siguió actuando. Arrancó el revoque de las paredes y descuajó los vidrios de las ventanas. A fin de protegerse, el Doctor Petrov conjuró a uno de sus espíritus protectores. La entidad se presentó con el aspecto de Karina, la Reina de la Bailanta. Sumergiéndose en las enormes tetas de la aparición, el galeno pudo evitar que aquel viento rumoroso, cálido y pausado lo arrastrara junto con el inexistente sexto nivel de la biblioteca. Al regresar a la realidad, Petrov se encontró un solar lleno de ruinas y comprobó que el gigantesco insecto había escapado.

El médico pudo reconstruir la trayectoria del animal: las huellas se dirigían al sur del jardín y se interrumpían de pronto; aquello indicaba que la cucaracha había logrado atravesar la tenue barrera que separaba la dimensión subterránea, de la réplica fantasmal de la mansión; que había podido acceder al ámbito que la mayoría consideraba real. Fue así que tras atravesar enormes y caóticas alcantarillas, al caer de la tarde de ese día, el gigantesco insecto asomó al mundo cotidiano de los hombres.

2
Las noticias iniciales acerca de la aparición del monstruo fueron contradictorias. Los primeros testigos la vieron frente al Edificio “Águila”, el búnker donde residían el presidente y los representantes más encumbrados del ejército. En el mismo momento, con diferencia de segundos, llegaron otras denuncias desde barrios de clase media o de las villas de emergencia que rodeaban la ciudad. Al parecer, la cucaracha se presentó en forma simultánea en lugares alejados unos de otro. Fotografías y películas mostraban al colosal insecto, avanzando decidido. El cuerno vibraba con un sonido grave que se escuchaba a gran distancia y que aumentaba el terror de la población.

A las tres horas de reportada la primera aparición, el ejército destacó un batallón con el objetivo de aniquilar a la cucaracha. Tanques y aviones la rodearon cerca del arroyo que marcaba el límite oeste de la ciudad. Al ver el despliegue de soldados y vehículos, el insecto dio media vuelta y corrió hacia el campo. Le dispararon con todo tipo de armas, pero la cucaracha resistió los impactos y siguió escapando hasta detenerse cerca de la cima de las de montañas que rodeaban la ciudad . Emitieron la orden de disparar contra ella un poderoso misil. El proyectil impactó al insecto y las vibraciones destrozaron parte de uno de los picos que formaban la cadena de sierras. La cucaracha emergió de las piedras pulverizadas. Intacta, brillante, con aspecto victorioso, se limitó a sacudir algunas esquirlas y trepó a la cima de una de las sierras. Ordenaron disparar otro misil que produjo un hueco profundo, pero sin resultados. Desde la cumbre de la elevación más alta, el insecto contempló a sus agresores. El cuerno al vibrar, emitía ondas rosadas.

Ante la falta de eficacia de las armas convencionales, el Comando en Jefe convocó a un grupo de científicos para que explicaran el fenómeno. Lo primero que hicieron fue medir a la cucaracha utilizando instrumentos de precisión que podían determinar sus dimensiones a la distancia. De forma ovalada, medía quince metros de diámetro y la extensión de cada una de las patas era de diez metros. Con ellas podía desplazarse por el campo abierto a la velocidad de un tren expreso. El enorme cuerno de la frente se calculó en cinco metros de largo. De un rojo subido, lo hacía brillar un elemento fluorescente y líquido que lo recorría de arriba abajo. Un grupo de soldados recogió un trozo de la sustancia que cubría una de las patas y que se desprendiera en forma espontánea. Al analizarla, descubrieron que estaba formado por queratina y una mezcla de origen desconocido, parecida al cemento. Al recibir la luz de la luna, el caparazón del enorme insecto tomaba una coloración violeta y brillante. Era entonces cuando cucaracha dejaba de verse por varios segundos para reaparecer repitiendo el proceso una y otra vez, como si fuera un cartel luminoso. Los científicos elevaron un informe completo a la superioridad:

“Las armas convencionales no afectan al monstruo, porque el mismo tiene una existencia intermitente. Puede apreciarse este hecho cuando aparece y desaparece, fenómeno apreciable a simple vista bajo la luna llena. Esto significa parte de su cuerpo se encuentra en este mundo y parte en un mundo desconocido. La estructura del animal es una enorme criba capaz de colar las explosiones de las armas que se dirigen contra él y dirigir el efecto hacia una dimensión que no podemos llegar.”

El informe agregaba que quizá un arma atómica basada en el uranio pudiera lograr la destrucción del insecto,. Por un lado detectaban este elemento en su constitución y por el otro, afirmaban que las radiaciones serían capaces de llegar a los mundos instantáneos en los que se encontraba la cucaracha. Si bien no siguieron el consejo, un sector del gobierno consideró esta posibilidad, a pesar de lo letal que podría ser la medida para la población y para ellos mismos.

Desde la aparición del enorme insecto, los servicios de inteligencia trabajaron a tiempo completo. Convencidos que se trataba un arma secreta de la subversión, los desconcertaba la falta de agresividad del animal. Al perseguirla, se limitaba a escapar hacia el campo y cuando sus agresores se detenían, regresaba a la ciudad, como si esperara o buscara algo. Nunca la vieron alimentarse y los científicos supusieron que se mantendría con alguna sustancia presente en el aire. Los excrementos tenían forma de rosas, se disolvían antes de llegar al suelo y llenaban el entorno con un perfume suave y vegetal.

3
Desde el primer día de la aparición de la cucaracha, se produjo otro fenómeno que al principio no se vinculó con su presencia. Nadie pudo precisar cuál fue el primer caso; muchos afirmaron que se trató de un niño de cinco años que caminaba de la mano de su madre. Otros señalaban a una pareja de ancianos en un día de campo con hijos y nietos; lo cierto fue que el niño en el primer caso y los ancianos en el segundo, desaparecieron de pronto. Los testigos explicaban que “de pronto sopló un viento cálido, y las víctimas se elevaron hasta alejarse y perderse en el cielo”. Coincidían en que el rostro de los raptados mostraba paz, gozo; casi una expresión de éxtasis.

Durante los tres primeros días, ante la conmoción que produjera la cucaracha, nadie prestó atención al fenómeno. Lo hicieron cuando las desapariciones se multiplicaron. La prensa calificó el proceso como algo simple e inexplicable: de dos personas que conversaban en la calle, uno de ellos permanecía y el otro se elevaba en el aire de forma súbita. Hubo varios a los que se impidió el vuelo, ya que quienes estaban junto a ellos, alcanzaron a sostenerlos de los tobillos. Fue difícil evitar la ascensión de los cuerpos, impulsados con una fuerza casi incontenible. En muchos casos se requirió la intervención de varios hombres jóvenes y en otros de la propia policía. Los sobrevivientes, explicaron que un viento súbito, tibio y delicioso, llegaba de pronto y se instalaba en el vientre (señalaban un punto a la altura del hígado). “Se siente como si uno llegara a casa después de una larga ausencia”, afirmaban. Ninguno de ellos fue consciente de haberse elevado . Se sometió a los rescatados a todo tipo de exámenes para buscar la influencia de alguna droga desconocida. El resultado fue negativo.

El gobierno militar se preocupó aún más por el fenómeno cuando un coronel desapareció mientras daba órdenes a sus subalternos. Por razones que nadie pudo explicar, al elevarse en el aire el uniforme del militar cayó del cuerpo. El hombre, desnudo fue zarandeado por el viento interior, mientras los soldados no sabían cómo reaccionar. Afirmaron que el militar reía desde el aire, gritando cosas incomprensibles, exhibiendo los genitales y haciendo gestos obscenos a quienes lo observaban en tierra. Con una diferencia de horas, dos sargentos y un cabo se marcharon de la misma forma.

Al cumplirse el cuarto día de la presencia de la cucaracha en la ciudad, habían desaparecido más de mil personas, y los raptos seguían multiplicándose. El gobierno insistía en atribuirlo a los subversivos. Se multiplicó la represión y en una tarde se detuvieron, torturaron y ejecutaron a cientos de sospechosos. Pero la gente continuaba desvaneciéndose bajo la influencia del viento cálido y amable que se anidaba en las entrañas.

4
Varios grupos religiosos relacionaron los hechos con el Rapto de la Iglesia descripto en el Apocalipsis. Afirmaron que la significación de aquello era que estaba cerca la “Gran Tribulación”, luego de la cual llegaría el fin del mundo conocido. Vestidos de blanco y portando cruces y símbolos cristianos, los miembros de la nueva fe se asentaron en las cercanías del enorme insecto. Fueron ellos quienes detectaron los pequeños remolinos brillantes que se formaban en la caparazón. Al seguir la trayectoria, descubrieron el viento cálido que producía las desapariciones. Efectuaron medidas complicadas y pudieron predecir algunos raptos que se produjeron entre ellos mismos. Filmaron los cambios en el cuerno: vibraba con intensidad cuando la persona se elevaba en el aire.

En el quinto día de la presencia del enorme insecto en la ciudad, los grupos religiosos organizaron una procesión a la que asistieron miles de fieles. Se dirigieron a la cucaracha y ofrecieron oraciones en las que se le pedía protección y larga vida. En los inicios de la dictadura se había promulgado una ley por la cual se prohibían todas las sectas y organizaciones que se apartaran de la iglesia oficial. Se reprimió a los adorantes, encarcelándolos y torturándolos junto a los subversivos. Ante aquello, los fieles decidieron pasar a la clandestinidad; desde allí, siguieron ejerciendo el culto al Insecto—Cordero, como lo llamaron desde entonces.

A la gente que era secuestrada, se los siguió en aviones y helicópteros guiados por experimentados pilotos. Los informes consignaban que los raptados mostraban en todo momento signos de felicidad hasta que los cuerpos perdían consistencia, se volvían trasparentes, dejaban de ser detectados por los radares y desaparecían por completo.

Al transcurrir dos semanas de la llegada de la cucaracha, el gobierno militar la comparó con el caballo de Troya que los aqueos introdujeran en el frente troyano para lograr la victoria. Eran los tiempos de la Guerra Fría, y se elaboró la hipótesis que la tecnología del insecto habría sido ideada en el bloque comunista.

Aprovechando el carácter temeroso de la cucaracha a pesar de su tamaño, se la persiguió hacia la zona sur de la ciudad, donde se iniciaban las viviendas precarias que albergaban a los sectores sumergidos. Con el pretexto de atacar al monstruo, el ejército destruyó barrios enteros. Al ordenar la evacuación de amplias zonas, la gente sólo tenía dos horas para dejar la vivienda, y muchos alcanzaban a recoger unas pocas pertenencias. A la distancia veían a sus casas destrozarse por el fuego o las granadas del ejército.

En cuanto a los daños producidos por la cucaracha, sólo se registró la caída de un edificio abandonado que estaba destinado a la demolición. Al parecer, el insecto lo derrumbó en forma accidental, cuando escapaba de los suburbios para dirigirse al campo.

5
“¡Tardé una hora en conocerte
y un solo día en enamorarme,
pero me llevará toda una vida
lograr olvidarte”!.

El General Anaya pronunció sus últimas palabras coherentes en la última charla que mantuviera con el almirante Ataúlfo López Torres en el centro de detención, luego de asesinar a sangre fría a once reos alojados en las instalaciones. En la declaración efectuada ante el juzgado militar, el Almirante explicó que a partir de entonces su camarada sólo profirió poesías espontáneas dirigidas a la mujer de la que se había enamorado; una desconocida a la que había ordenado torturar hasta mutilarla.

―¡Te amo porque has cambiado mi vida
y has dado rumbo a mi corazón!.
¡ Una noche muy bonita
en tus ojos me miré,
fue tan linda tu mirada
que de tí me enamoré…!

Frente a la Corte Marcial, el almirante explicó con brevedad lo ocurrido la tarde en que su camarada entró armado y disparó a los reos. Nadie lo detuvo, ya que el general compartía la responsabilidad del centro. El almirante estaba concentrado en sus tareas y se presentó de inmediato cuando los subalternos le informaron lo que ocurría. Sólo un hipnótico inyectable suministrado por el médico del centro pudo tranquilizar al general. Al terminar la defensa, Ataúlfo López Torres pidió permiso al tribunal para efectuar un alegato y una exhortación.

“Fue como si el General estuviera luchando contra algo. Esta resistencia, a la que me animaría a calificar de heroica, se reafirma por su decisión enviar a la joven con la que mantuvo relaciones al grupo de tareas para que le apliquen un tratamiento de fase siete. Digamos que esta acción de Agapito Anaya fue uno de los últimos actos en su guerra interna… “

Ataúlfo sacó el papel donde el general escribiera el primer poema y lo puso frente al juez.

“En el momento en que me lo alcanzó fue como si me dijera: Almirante: aquí le entrego el testimonio de esta guerra, cuyas características no puedo afrontar. Reitero: el General pidió ayuda antes de enloquecer por completo. Con todo respeto, y apelando a mi prolongada carrera militar, sugiero a este Tribunal que se busquen los verdaderos culpables; los que fueron capaces de lograr que un militar aguerrido, templado en cientos de combates, enloquezca de pronto y se dedique a escribir poemas de amor. Desde el hospital psiquiátrico, Anaya no recuerda su paso por el ejército y es como si otro hubiera tomado su mente. Los diagnósticos médicos hablan de personalidad desdoblada,; de una presunta Esquizofrenia; pero son treinta y cinco los oficiales de nuestro sagrado ejército que padecen este problema. Treinta y cinco soldados, probados en batalla, que están escribiendo versos de amor a sus esposas o novias. Sugiero que se considere esta circunstancia como un episodio de la guerra sucia que estamos librando. Los efectos de un arma desconocida que los enemigos de nuestro suelo han dirigido contra las filas de este sagrado ejército con fines inconfesables.”

El comandante terminó su alegato y los miembros del Tribunal ordenaron un cuarto intermedio para deliberar.

En las calles de la ciudad se multiplicaban los raptos que ahora se atribuían claramente a la cucaracha. En el curso de una mañana, en una calle céntrica, un buen número de ciudadanos sin importar sexo o edad, volaban de pronto arrastrados por el extraño viento. Seguían mostrando felicidad en el momento de la partida. Los adoradores del insecto, arrodillados frente a él, oraban para ser transportados y así llegar con rapidez al Reino de Dios proclamado por Cristo, a la Tierra Pura de los budistas, a la Isla del Mestre Juan y a otros sitios legendarios.

Luego de las primeras desapariciones de militares, las víctimas de los raptos atribuidos a la cucaracha, se concentraron en la población civil. Tras una burocrática intervención en los primeros días, procurando evitar las desapariciones, el gobierno se retiró y dejó que la gente se alejara seducida por aquel viento cálido y arrobador. Los tecnócratas al servicio del gobierno militar, concluían que los beneficiaba la disminución de los habitantes. En la guerra sucia que libraban contra la subversión, el número debía descender en un treinta por ciento. En forma inesperada y espontánea, la cucaracha los ayudaba a cumplir con el objetivo.

Los jueces, que respondían al gobierno militar, establecieron jurisprudencia al afirmar que los raptos no eran secuestros coercitivos. Según el criterio unánime de los testigos, quienes partían, lo hacían siempre con una sonrisa. Nadie había registrado entre las víctimas un pedido de ayuda. Esto llevaba a pensar que quienes se marchaban, quizá procurasen alejarse en forma voluntaria de familias y hogares. Los dictámenes judiciales sugerían no había motivos para investigar sus destinos. Elevarse del suelo, volar sin alas, era un simple detalle que no incumbía al ámbito de la ley. No podían suponer que aquellas personas sufrieran algún tipo de coerción, por lo que considerar sus partidas como posibles secuestros, sería atentar contra las básicas libertades individuales.

6
Enfundado en un blanco chaleco de fuerza, el General Anaya seguía vociferando sus coplas amorosas en un hospital psiquiátrico situado a tres kilómetros del lugar donde sesionaba la corte militar. La clínica se ubicaba en los suburbios de la ciudad, y en el momento en que el Almirante López Torres realizaba su alegato, la cucaracha gigante se acercó a las murallas exteriores, coronadas por alambre de púa para evitar las fugas de los internos. A eso de las diez de la mañana, el enorme insecto giró su cuerno y lo orientó al hospital. Rodeado por el halo que no dejaba de brillar y que atravesaba el grueso lino blanco del chaleco de fuerza, el General Anaya continuaba con el improvisado parnaso. El viento que se formaba en el caparazón de la cucaracha, llegó al cuerno y de allí voló en forma de pequeños remolinos hacia la celda del general.

Cuando las primeras brisas llegaron atravesaron el ombligo del militar y se expandieron por las entrañas, el hombre dejó de recitar. En ese momento tres enfermeros que habían entrado al cuarto de aislamiento, pudieron ver la expresión extática de Anaya, quien pasados unos segundos empezó a flotar. Uno de los enfermeros lo tomó del tobillo, pero la fuerza del militar lo arrastró en forma irremediable. Lo soltó cuando el general empezó a atravesar uno de los gruesos muros, y el enfermero que no estaba sometido al éxtasis, tropezó con la pared, cayendo y fracturándose una muñeca.

Otros testigos vieron emerger del techo de la clínica la figura de Anaya El halo brillante lo rodeaba como una hilera de llamas y aseguraron que siguió subiendo hasta que se convirtió en un pequeño punto y se perdió en el cielo azul y despejado de la tarde.

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