Rincón de la Poesía 

Juan Mena
San Fernando (Cádiz)




Colón antes de la partida

(3 de agosto: Colón reflexiona antes de la partida acerca de las muchas dificultades vencidas hasta este momento)


De Palos, como un sueño, voy a partir ahora.
Onuba milenaria es testigo del sueño
que se airea de alivio con brisas del poniente
y es la raya del alba la rúbrica que hace
Dios en estos mis planes que partean un mundo
todavía en el vientre de la Historia. Me vibra
la impaciencia, mas amo la calma y los rumores
de lonas y aparejos que me animan lo mismo
que los noventa hombres que ordenan los Pinzones
cada uno en su puesto con víspera en los labios
de cantos y plegarias, con las manos alzadas
dibujando en el aire adioses a los suyos;
yo, mientras, vencedor de mil dificultades,
respiro con la calma de un buitre en las alturas
y recuerdo mis años en Portugal fallidos
ante la ufana burla de los hombres de corte,
casado como estuve con Felipa Moñiz,
que me dio un hijo: Diego —recordando a mi hermano—;
a Córdoba me vine y me gané la vida
pintando muchos mapas de marear vendidos
después a navegantes, también fui mercader
de los libros de estampa, y en Córdoba fui ave
caída en dulces redes de un amor imprevisto,
y conocí a Beatriz, madre de mi hijo Hernando.
Bajé a la Andalucía y visité a los duques
de Medinasidonia y de Medinaceli.

Mas tuve que aguardar mendigando esperanza
que acabase la guerra de Granada y pudiese
a los Reyes Católicos devanar la madeja
de mi sueño oceánico, en la proa la fe
como la reina quiso desde el primer instante.

En principio no tuvo acogida mi sueño
de llegar a Cipango. Yo supe de Catay,
de Mangi, de Ciamba por el gran Toscanelli,
seguidor en sus mapas del viejo Marco Polo.

Pero yo discrepaba del sabio florentino
y afiné las distancias con precisión de buitre.
Y así convencer pude a los expertos juntos
y celosos avaros de la condescendencia.
Así gané el influjo del fraile franciscano
Antonio de Marchena y fray Diego de Daza,
y Juan Pérez, el fraile que fue luz en La Rábida,
el convento que diera cuna y calor al hijo
de mi proyecto, allí nacido entre papeles.

Como un león, Castilla esperaba la presa
de Granada en ponerse de la cruz a la mano.
Con los reyes oí las campanas de horas
en el sabio convento y desposé a la dicha
cuando envuelto me vi entre viejos legajos,
portulanos, compases, astrolabio, ordenanzas,
y en la paz de aquel claustro, que es remanso del tiempo,
con pájaros cantores y brisas por testigos,
firmé con emoción las Capitulaciones,
en las que yo, almirante de un sueño a toda vela,
ya oía los clamores hirvientes de los mares,
como si una marea con guirnaldas de espuma
fuese un anticipado y animoso homenaje.

Hay quienes van diciendo por cortes y salones
que mi sueño no ha sido providencial ni acaso
un rapto de aventura de los que en el olfato
y en el sabor llevamos el salitre y la brea,
sino que navegantes anónimos venidos
de Madeiras le dieron a mi oído el secreto
de que otras tierras firmes esperaban conquista.

Ahora miro a los hombres igual que a una cadena
de afanes e ilusiones, igual que las hormigas
en densa termitera, hermanas laboriosas;
y ruidos y gritos, parabienes y bríos,
desplegado el velamen a favor de los vientos,
el viejo Romancero fragmentado en las bocas,
los ecos de victoria vibrantes y recientes
por Granada, de nuevo castellana, española,
en la víspera ponen buen augurio, y del fraile
la bendición ciñéndome, elevo a Dios las gracias,
y a la sombra morada del pendón de Castilla
y bajo de los brazos de la cruz protectora,
a la mar enigmática nos echamos gozosos
para llevar la fe de mi reina a las gentes,
y como Roma antaño, civilizar los pueblos
llevándoles la lengua del Cid, los Arcipreste,
Juan de Mena, Manrique, Nebrija, Celestina,
y yo, que he recorrido los palacios, los puertos,
hirviéndome en las manos, leales, documentos
y en las sienes el fuego de una gran confianza
con el hambre insaciable de las navegaciones;
yo, a cuestas el insulto y el menosprecio, ahora,
desde la Pinta observo cómo el alba partea
la mañana gloriosa que llevará a otros mundos
los venerables nombres de Isabel y Fernando,
la gesta de Castilla y la gloria de España.



Editado por la Real Academia de San Romualdo de San Fernando, en el libro V CENTENARIO DE LA MUERTE DE CRISTÓBAL COLÓN (2008)







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