• Peregrina Flor

    Senderos de sol y nubes

    Mi vida rutinaria de Saint Perscunsteill

    por Peregrina Flor

 


Saint Perscunsteill es un sitio especial, allí tengo mi vivienda, mis cosas, ordenador, viejas fotos, recuerdos, obras literarias, mi coche de pocos euros, mi bodega, carpetas llenas de recuerdos, bolígrafos, carboncillos, algunos lienzos por mí pintados, cartucheras, cajas, lápices, televisión, comida, ropa, calcetines nuevos, cintas, libros, sillas y mi hermoso sofá con tela de frutas.

Salí temprano aquella mañana de lunes para hacer la compra en Buncielt. Sacando el coche del garaje vi como un lindo gatito blanco se había quedado encerrado allí. Sin consultar con los vecinos dejé abierta la puerta de salida para que pudiese escapar a la calle. Me dolió pensar que su dueño podría estar buscándolo, pero al no ver ninguna nota decidí darle libertad.

Camino de Buncielt Norte pasé por la avenida Rhoxallía di Brastew, que estaba en obras, con indicaciones de estrechamiento de vías y disminución de velocidad. Señalizaciones que muy pocos conductores respetaban provocando continuos accidentes, aquellos que provocan las muertes de conductores y viandantes, que deshacen sus vidas, que ni el cura les salva ni les perdona, ni les recuerda, ni les añora, ni les reza ni les recomienda a Dios, lo pierden todo, paso a paso, quedan en la sombra y en medio de su fracaso, no cumplir las normas, perder, no reaccionar a tiempo, y el sacerdote que no nos mire mal por encima y nos saque del ir al cielo azul, que no nos desprecie con sus dotes, su sabiduría, su saber dominar los demonios, los malos que hay en todos, e incluso en ellos.

En Buncielt, luego de aparcar, primero compré patatas y verduras. Luego fui a una frutería y llevé naranjas y manzanas para el zumo del desayuno. Metí todo en el coche, y el buen día me hizo tomar la decisión de dar un paseo por la Alameda y las empedradas calles de la zona vieja de las que los compostelanos se sienten tan orgullosos. Como siempre, compré pan para las palomas y me entretuve viendo como en pocos minutos no dejaban ni una miga.

Cuando regresé a casa, antes de subir, saqué mi querida bicicleta del trastero e hice un poco de ejercicio. Al volver subí la compra y comí algo rápido pues luego fui a la fábrica de chocolate en la que trabajo y en donde, con sorpresa, discutí con un compañero porque me desaparecieran unos bombones que había dejado arriba de la mesa de un despacho en el que le vieran entrar.

Por la noche tardé en dormirme pensando en quien robaría los bombones, lo que haría el día siguiente y si el gatito habría tenido suerte. Es cierto que los chocolates son ricos, llenan el ser de felicidad, sacan depresiones, te despiertan, pero también te engordan, y robar no está bien, hay que pensar si se hace, a quienes, el motivo, y sobretodo, asumir las consecuencias.

Cuando por fin estaba quedándome dormida, el timbre de mi casa volvió a sonar. Me asomé a la ventana a ver quien me jugaba la broma, pero sólo vi a un hombre con una chaqueta de cuadros roja y blanca y un sombrero que se alejaba ocultándose el rostro. Por primera vez pensé que esa llamada de medianoche no podía ser de un mortal sino un fantasma que quería distraerme y animarme. Ya la oyera más veces y en las otras ocasiones, la figura del hombre se perdía entre la densa niebla nocturna. Era como una figura llena de magia, nada terrenal, por cierto, una cosa rara, sus formas eran extrañas, se ocultaba y yo también de él, pues no sabía si, como el cura, querría hacerme mal y expulsarme del paraíso terrenal, si me quería convertir en una tonta o ayudarme a vivir y superar los obstáculos, los duelos, las frustraciones y la melancolía por la vida no vivida, esa que no conoce el religioso, esa que no conocen mis paisanos y amigos, esa es.

A la mañana siguiente cuando me levanté y fui a la cocina le vi sentado en una silla, seguía tapándose la cara, pero no tuve miedo. Me era tan familiar que no pudo intimidarme. Pensé que actuando como si no estuviera se iría, pero me equivoqué. Entonces le pregunté qué quería.

Su respuesta la supe sin que dijera una sola palabra: quería que despertase a la vida y dejara de llevar una vida rutinaria, que me divirtiese y llenase mi vida de ilusiones. Me recomendó que trabajase para vivir y no lo contrario. Era un amigo que me invitaba a ser feliz el resto de mis días y a hacer lo que realmente siempre deseara: invertir mis ahorros en una casa grande cerca de la playa, organizar reuniones con mis familiares y amigos, pedir más días libres en el trabajo para descansar e, incluso, hacer algún bonito viaje a un país tropical.

No era malo, era un católico obediente, entregado, amable, familiar y buen consejero, era un hombre lleno de cualidades buenas, de trabajo bien hecho, de orgullo por conocerme, de esperanza, pero también de tristeza, por estar realmente ausente, ser ya de otros espacios, no poder seguir viéndome.

Ese fantasma hizo más placentera mi existencia y aún hoy le estoy agradecida por abrir mis ojos a la luz una mañana en la que me sentía muy angustiada.

La depresión, que me llamen idiota, roben, maldigan, escupan y señalen, me hacía daño, él lo sabía, no le temía como puede que me hubiera pasado con algún cura, no le escapé, no perdería con él ni con nadie, pero el miedo siempre me pudo mucho y siempre escapo cuando le siento, aunque no tenga nada que perder.

Miedo que llenas mi ser de angustia y me hace correr, hacia la playa de Bhurxient o de Vhunticaetió, en direcciones desconocidas, y sin saber si Jesús estará esperándome, aunque creo que hasta la fecha siempre lo estuvo, incluso con los que todo el poder tienen sobre la faz de la tierra.

Gracias le doy, espero que siga porque soy tremenda, me gusta el experimento y en ocasiones hago daño, me gusta avanzar derecho y no me importa que me llame pecadora, soy así, única, especial, pero me parezco a mi madre físicamente, a mi padre en la forma de ser y a nadie más, a mi misma en mis maldades que esconden la inocencia de un ángel, por eso nadie podrá hacerme daño, nadie me tocará el alma para depositarla sobre la llama, aunque ande más tonta, inútil y pierda, aunque sienta ganas de llorar con los demonios y de reír con los ángeles, aunque siga perdiendo la lotería y no consiga un novio adecuado y no decida como hacer mi trabajo porque todos desean hacerlo, todos mandan, a mí me tocó resistir para demostrar que les quiero, que les sirvo, por eso nadie podrá jamás tener el poder de maldecirme y sacarme de una vida llena de paz en un futuro junto a ese fantasma que me visitó y es una firme promesa de que me elevaré algún día.

Nadie me arrancará de mi fe, y si algún poder tengo, deseo que el que me haga daño, pague por ello, caro, que no me maten ni roben ni quemen, ni deseen mal ni desesperen, mientras voy aprendiendo que hay ciertas personas que debo apartar de mi vida, porque algún poder poseen, al menos para asustarme, Jesús bien dirá el resto de lo que me tocará en el reparto, lo siento mucho, en voz grave, sin pensar en las consecuencias obro, y ahora lloro porque ya no sé cual será mi porvenir, que hoy, en Saint Perscunsteill, sólo a los santos verdaderos confío, porque no soy santa ni me fío de mí.

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