• Alfonso Estudillo
    La Voz de Arena y Cal

    2017. Un año para el optimismo

    por Alfonso Estudillo

Sin apenas darnos cuenta se nos ha ido para siempre el descolorido, infausto y anodino año de 2016. Un año al que, desde una perspectiva menos amable y precisa -y para la mayoría de siempre-, habría que calificar como trágico, terrible, funesto, extremadamente negro y desastroso, colmado de guerras, terrorismo y muertes, y dejándonos muchos renglones escritos en sangre en los anales de la Historia. Eso sin hablar de los niveles de hambre y necesidad, que siguen remontando peldaños desde las sombras y el más absoluto silencio. Un mal año en suma al que es necesario olvidar.

2017 parece que será otra cosa. Por lo menos eso es lo que oímos cuando prestamos atención a los diversos púlpitos de la política y a las ostentosas tribunas de los magnates de la pela. Hasta el más inhábil de sus augures, leídos los rasgos y colores de su cordón umbilical (obvia decir que la placenta arraiga en el todopoderoso útero de la opulenta madre plata), le pronostican un discurrir amable y gratificante que supondrá bonanza y prosperidad para los tantos objetivos de la Humanidad.

Un magnífico augurio, esencial e imprescindible, qué sonará como campanitas de gloria en los oídos de cuantos llevamos a cuesta andas y palanquines o seguimos empujando para que no se pare este viejo y destartalado cacharro que nos lleva. Pero un vaticinio absurdo y sin visos de realidad, pues que, apenas lo despoja de su disfraz de utopías, se nos muestra en la cruda desnudez de lo imposible.

Haría falta cambiar el mundo. Cambiar los intereses de muchos, las conciencias de otros tantos y las ambiciones y codicias de todos para que la vida de los hombres adquiriera cualidades de amable y gratificante. Y como no es difícil encerrar en el contexto de tres simples preguntas absolutamente todo cuanto supone y genera los males que afligen al mundo, aquí las tienen:

¿Qué podemos hacer para que acaben los miserables y criminales intereses de las guerras? ¿Qué hacer para que llegue la luz a las desacertadas e improcedentes conciencias de los terroristas? ¿Qué para que las nefastas ambiciones de los hombres se tornen en desprendimiento y bondad?

Un vistazo a la historia del hombre, desde aquellos homínidos que comenzaban a andar erguidos hasta los actuales y súper evolucionados homo sapiens, nos muestra la casi completa imposibilidad de cambiar la condición humana. De ella han hablado a lo largo de los tiempos grandes humanistas, pensadores y filósofos como Martin Heidegger, André Malraux, Enrique Fermi, Hannah Arendt, Jean-Paul Sartre, José Ortega y Gasset..., y tantos otros, sin que, aún considerando que algunos elementos de la misma se han calificados como "primitivos, innecesarios, débiles, inútiles, etc., o no han alcanzado su máximo potencial", hayan conseguido ni siquiera determinar con total exactitud qué es "la condición humana".

Acertadas reflexiones sobre el tema -y donde se abunda en lo ya dicho- las tenemos en La condición humana, obra de la escritora Hannah Arendt, o, sin ser un tratado de filosofía, en la novela del mismo título de André Malraux, La condición humana, (Gallimard, París, 1933), una magnífica obra con la que el escritor francés ganó el premio Goncourt el mismo año de su publicación. La también homóloga escrita por el japonés Gomikawa Jumpeiy -distinta en argumentos y enfoque conceptual- sería pasada al celuloide en 1959 por Masaki Kobayashi.

Soy de los que opinan que la evolución -posiblemente, a muy largo plazo- incidirá positivamente en la condición de los humanos. Debemos considerar que estas actitudes negativas son parte ingénita del hombre por cuanto vienen determinadas por la propia Naturaleza y, aunque no todos los autores en la historia de la filosofía son defensores de la existencia de una ley natural -Sartre niega la naturaleza humana, pero introduce el término "condición" en su conferencia El existencialismo es un humanismo-, es creencia de la mayoría que este ordenamiento superior, por muy cruel y negativo que pueda parecernos, tiene una validez universal y atemporal. Pero, como miembro del grupo minoritario, convencido de que, aún aceptando que nada es eterno por si mismo, que todo nace y muere, el concepto evolución es parte intrínseca del afirmado por Aristóteles o San Agustín de eternidad, y, por tanto, llegado su tiempo, esperable sustanciales cambios dentro de esa inequívoca e incontrovertible continuidad compuesta de eternos fines y principios. Y en esa nueva era, forzosamente debemos encontrar modificaciones genéticas producidas por las experiencias y las necesidades de la inmensa mayoría de la Humanidad en la finiquitable era que acaba. Hay muchas razones y ejemplos de que el hombre en su evolución ha sabido y conseguido mejorar muchos de los condicionantes y obligaciones impuestos por las leyes naturales.

Puede que el amanecer de este 2017 sea el principio de cambios sustanciales en la condición humana, del inicio de una nueva era evolutiva que contemple y traiga consigo el indispensable altruismo, la tan imprescindible luz para las conciencias y la necesaria bondad para los corazones de los hombres. No es ninguna utopía pensar que, de la misma forma que la evolución nos convirtió en esta singular especie llamada hombre, la misma evolución acabe por convertirnos en humanos. Y que dentro de un tiempo, días, meses, años, siglos, milenios..., en la historia de la Humanidad venga reflejado el 2017 d.C. como el año en que el hombre alcanzó la cima evolutiva y la excelencia como especie.

Es posible. Y también que esté ya a la vuelta de la esquina... Mírenlo con optimismo.


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