• Marie Rojas Tamayo
    Literatura en colores

    Tempus regit actum y La píldora

    por Marié Rojas Tamayo

(Del libro “El rostro del ángel”)

 

TEMPUS REGIT ACTUM

Tempus regit actum

(Ilustración: Ray Respall Rojas)

Ese era su reloj de arena, había aprendido a reconocerlo entre miles, sin importar en qué estante o rincón se hallara. Lo volteó y se dio por satisfecho. Desde que había descubierto la entrada al almacén de La Muerte podía darse el lujo de vivir el tiempo de varias vidas. Solo tenía que encontrar una nueva identidad para despistar a la descarnada; una simple precaución, pues ella solo prestaba atención a aquellos cuyo contenido se estuviera agotando.

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LA PÍLDORA

 Ilustración de Julián Alpízar Blanca

(Ilustración: Julián Alpízar Blanca)

Había aceptado servir de cobaya para la prueba de un nuevo medicamento, potenciador de las conexiones cerebrales. Para ello, solo tenía que llevarse las píldoras –en paquetes de diez- a casa y tomar una diaria, acompañada con el desayuno. Sabían un poco ácidas, pero a peores sabores y sinsabores estaba habituada. La convocatoria para evaluar candidatos a la prueba le había caído del cielo… literalmente, junto con la revista donde aparecía publicada, mientras pasaba por debajo de un balcón.

Cuando firmó el contrato en el laboratorio –se hallaba en óptimas condiciones físicas, era la persona más sana posible a pesar de odiar los ejercicios y alimentarse de cualquier comida rápida con tal de no cocinar-, le dijeron que estaba contribuyendo a decidir al mundo a dar el paso decisivo que establecería el tránsito del homo sapiens al homo superioris… Sonaba bien, pero le dio lo mismo: con tal que el pago final cubriera las deudas pendientes, las facturas y la hipoteca, habría dado el mejor paso posible, ya que se acababa de divorciar del clásico homo fracasado y del proceso solo había heredado los débitos.

Una semana después de iniciado el experimento, la citaron para una reunión a la cual faltó porque tuvo que llevar de urgencia a su gato al veterinario; ahí se enteró de que a los gatos también se les podía poner acupuntura y le dio por estudiar toda la noche cuanto texto de medicina holística halló en la red, gracias a lo cual descubrió que misteriosamente había adquirido una increíble velocidad de lectura, sumada a una memoria eidética que la hacían recorrer página tras página, como un scanner viviente… “Si esto es gracias a la píldora, bienvenido sea el salto evolutivo”, reflexionó y se trazó un plan de estudios. Un empujoncito más y lograría convalidar las asignaturas que había dejado pendientes en la carrera, o quizás optar por alguna mejor.

Al atardecer siguiente, estaba estudiando la Cábala en hebreo -un libro recién comprado en un carrito ambulante cuando fue a comprar su café con leche de la mañana, ya que su ineptitud en la cocina la inhabilitaba para cualquier cosa que conllevara mezclas y medidas-, cuando vio en el noticiero que el hospital había sido víctima de un atentado, una explosión que borró hasta sus cimientos… Y que había ocurrido precisamente a la hora en que ella y el resto de los sujetos a prueba habían sido convocados.

Su cerebro enhebró en fracciones de segundo lo visto, olido, escuchado, probado… comenzó a crear nuevas conexiones, sumar y promediar causas-efectos, analizar probabilidades, generar soluciones, incluso –esto le arrancó una sonrisa de satisfacción mayor que su reciente aptitud para los idiomas-se reconoció capaz de replicar la fórmula… ¡qué sencillos ingredientes, el quid estaba en la proporción de cada dosis! La clave para el éxito de su plan era el silencio, sabía muy bien qué sucedería si era descubierta por “quién sabe quién". Tomó a su gato, su laptop, y desapareció sin dejar rastros.

Tres meses después, el mundo se sorprendió ante una explosión editorial: seis escritores que preferían permanecer alejados de la prensa y las cámaras habían acaparado con sus óperas primas el mercado literario. No eran un grupo, sino una coincidencia, pues cada uno escribía en un idioma, estilo y género diferente. Para colmo, habían comenzado en editoriales casi desconocidas, convertidas ahora en imperios de las letras. Ni siquiera sus editores podían alardear de haberles visto el rostro, toda negociación se hacía online, algo que no sorprende a nadie en esta era. De haber sumado sus dividendos, darían una de las fortunas más jugosas del planeta.

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