• Peregrina Flor
    Senderos de sol y nubes

    El número nueve

    por Peregrina Flor
 

Rafael Lyonert y Miguel Chertío Huerticanbelk eran dos hermanos bastante pobres. Uno trabajaba mucho y el otro, Miguel, que padecía fuertes gripes en invierno, esperaba siempre el momento de disculparse para no hacerlo.

Miguel era rubio y muy guapo y en las fiestas siempre conseguía con quien bailar, pasear, cenar, hablar, intercambiar ideas, compartir deportes, pasiones, ir al cine, mirarse. A Rafael le pasaba otro tanto de lo mismo. Les encantaban las fiestas, intercambiar impresiones, hablar del trabajo, de la familia, invitar a reuniones, pedir consejo.

Un día en la feria, rifaron una moto muy grande y cara. Un joven vendía números y nuestro Rafael compró el maravilloso número nueve. Nadie creyó que caería ese número por ser bajito pero Rafael ganó la moto y los números grandes por los que otros pelearon quedaron pequeños. Rafael se hizo dueño del móvil, ya era menos pobre, sonrió porque la vida le había hecho un gesto de complicidad, le había dado un beso tierno en la mejilla, que no rechazaría.

Con la moto, Rafael consiguió un trabajo mejor de repartidor de pan por las casas de la aldea en Maiún Jhrandiett. En una de ellos, la número nueve, conoció a Cristina Chunghalkik, y se enamoró locamente de ella. Ella le hizo caso aunque Rafael era más pobre y sencillo y ella, a pesar de ser una mujer exuberante, a la que le gustaba cuidarse, vestirse bien, llevarse con la alta sociedad, darse masajes, ir al gimnasio, pesarse todos los días, rezar poco, nada de curas, por si fueran las cosas mal. A los ocho meses decidieron casarse y a los nueve lo hicieron. A los nueve meses tuvieron su primer hijo, al que llamaron Gilberto Panchiett.

Rafael pensó entonces que por esa y otras coincidencias el número nueve estaba en su vida. La regía. Lo que no esperaba era tener nueve hijos, pero los tuvo... casualidades de la vida. Siete niños y dos niñas: Gilberto Panchiett, Anhuité, Enuchatielk, Bhircatí, Ghuaminha, Enrrikantiert, Susiertín, Aurriett y Ejdhuarghú.

Miguel, sorprendido un día, preguntó a su hermano si tenía idea de su relación con ese número, pero Rafael no acertaba a dar respuesta, era una cosa paranormal, estaba en su camino, le perseguía y quería, le llamaba y preparaba la vida, era su amuleto, estaba en los astros, en las sombras y en las claridades de esas mañanas tan hermosas que en ocasiones contemplaba en Suantín Dhiesterty.

Tenían nueve vacas blancas y negras y muy hermosas, nueve habitaciones pequeñas de menos de doce metros cuadrados, nueve conejos muy juguetones, nueve perros obedientes y sanos. ¿Por qué Dios acertaría a ponerle siempre el número nueve delante de sus mismísimos ojos claros?. ¿qué pasaba, qué no sabía sobre todo lo que le rodeaba, sobre lo que se movía detrás de tal número matemático?... Rafael fue donde un cura para encontrar una explicación y éste le respondió: “lo sabrás al final de tu vida, porque Dios va atando hilos en la vida de cada uno, y sólo al final del camino, al mirar atrás, verás como y porque fueron atados de esa manera y te sentirás un hombre pleno y completo si nada malo hay en tu pasado aunque el maravilloso número nueve que siempre te trago dicha, te haya acompañado siempre”.

Plenitud por un número, puede que sí, si te trae dicha, hijos guapos, familia, tranquilidad, si te realizas y consigues sonreír, claro que sí, claro que se gana la lucha, claro que se cumplen los designios, se avanza, se estudia, se construye, se camina recto, se va al fondo de los problemas, se gana.

Nueve, nueve, no me abandones, no me hagas caerme de la cama, ni soñar con gente mala, ni reírme de los hombres de fe, la tienen y se le debe respetar, se le debe apoyar la esperanza, son amigos, aunque no tengan mis conductas ni mi educación ni mis ojos negros, aunque no sonrían ni hayan conocido el vicio hasta el verdadero fondo, no importa, son ellos, respetuosos, a saber si con muchas experiencias, aquellos en los que se me está dando por pensar, desconozco la razón, pero sé, que vivo en un mundo aparte aunque quizás lleguemos a compartir el mismo, pero en la distancia, cada uno por su lado, yo con mi mal hacer, mis errores, mi sonrisa triste, mi soledad, soltera, sin hijos, sin nadie que me vea como a una futura esposa, cayendo, lentamente cayendo hasta lo más profundo, llamándome callejera, mujer de los mundos de Pikadiert, fracasada, porque ellos, todos ellos son malos hombres, perdidos que caminan sin saber hacia donde, falsas son las paredes que me brindan para apoyarme, todo es mentira, fantasmagórico, menos el número nueve de don Rafael, que sí le ha permitido ser un hombre feliz.

Nueve, que te quiero y deseo bien, nueve de san Rafael, nueve que te veo y eres blanco, negro de barcos que salen hacia el norte, que se llevan mis obras literarias a buen fin, para la ayuda del animal, del gato negro, del que sufre a mares por no tener un número nueve en su vida, de los que han sido abandonados, despreciados muchas veces, a los que se les cayó la negra mirada al suelo, en donde han encontrado una simple moneda de dos céntimos de euro y un viejo peluche. También el cuadro del osito, que regalé en su día a una buena iglesia, cuya santa romana me convencía.

Ciento treinta y pico obras de arte, que quizás acaben el la papelera, de las que se reirán, que a saber si roban, copian, queman, ciento y pico momentos de sostener el lápiz o el pincel en mis morenas manos, para después, llevarlos en bolsas a un santuario, donde a saber si reposarán, donde a saber si irán bien o mal, si gustarán o no, si me moriré sin volverlas a ver.

Mi osito, mis gatos en la casa, las flores, el cuadro de mi hermana y de mi madre, de los gatos, de mi Pochiett, todo lo he dado porque estoy nerviosa, porque no tengo valor de persona, ya que me he perdido en la sombra, el nueve no me acompaña de verdad, y ahora puede que llore por lo hecho, por las bolsas llenas de recuerdos y sucesos, aprendizajes, lágrimas, risas de otros, muchas risas, pero deseando lo mío, lo propio, lo que me pertenece, mi arte, mi saber hacer, mi saber conducirme, mi soledad.

No a la muerte violenta, sí al esmero en llevar una vida vegetariana, sí que sientas dolor cuando se matan vacas y cerdos, porque así me lo enseñó mi madre, que es una santa.

No a las balas, no a las miradas de rabia de los que me circundan y envidian y desean perdición. Bailaré hasta la mañana siguiente, me maquillaré, me pondré dos coletas en el pelo con grandes lazos y cantaré, aunque lo haga mal, lo haré.

No a las gentes malas que mi mal desean, ni a la envidia que mal me hace, ni a dejar de progresar en lo que pueda. Sí a mi Jhughitú, a mi Minnie, Pochie y Nannie, a mis amigas, algunas ya muertas en las fechas del 28 de julio de 2012 y 21 de mayo de 2013.

Que ahora puedo contar porque mi obra, aunque anterior, aún no es pública.

No a las velas si no me ayudan, menos si muero, que Dios proceda, si me castiga, nada tendré que hacer, puede que sea lo que me toca por hablar de mal, por sentirme mal, por no saber llorar y por meterme continuamente en pleitos, en líos, en fracasos ajenos, en batallas prohibidas.

Cuando muera no quiero saber de nadie, a nadie ayudar, que no se me rece ni se me busque, cuando no esté, sólo les quiero a ellos, a los que quiero, a los que en algún momento critiqué, lo sé, pero sólo a ellos. En soledad y con ellos, sin los terrícolas.

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