• RESEÑA de LIBROS

    Estelas en la mar: Cantos sentimentales

    de Genaro J. Pérez

    por Edith Getzmi


Estelas en la mar: Cantos sentimentalesEstelas en la mar: Cantos sentimentales
Genaro J. Pérez
Editorial iUniverse
1ª impresión 2015
United States of America

Genaro J. Pérez con Estelas en la mar: cantos sentimentales construye para nosotros sus lectores una vía para “[…] ordenar el dolor, sin disfrazarlo, para que no se desboque y lo ocupe todo, un querer frenarlo con diques de poesía levantados para contener la pena, dejando grietas para que respire también”. Este, su quinto poemario encarna una modalidad poco frecuente de experienciar y compartir la angustia del otro en el enfrentamiento con el demonio de la demencia. En medio de este mundo donde “[…] perder la memoria y la habilidad lingüística equivale, en una sociedad que enfatiza la división entre mente y cuerpo, a la desaparición de la identidad, y por ende de la individualidad”.

Es por ello que al tener en la mano esta oda de vida el lector no puede soslayarse a su lectura, y por el contrario se ve comprometido a vivir con el relato de un cuento triste y mucho más que tal, el relato de una amenaza real que nos acecha a lo largo de la vida para reservarse el ataque cuando más vulnerables estamos: al final del camino. Para los que hemos tenido la triste vivencia y para los que no, este poemario es la compartición de una ruta alternativa para no vivir la experiencia solos, saber que está ahí la hermana poesía para acompañarnos como excelente medida terapéutica cuando de desaguar el alma se tratare.

Desde el título mismo Estelas en la mar… nos rememora con los Proverbios y Cantares de Machado esos momentos aciagos de la vida cuando “caminante no hay camino”. Cuando la demencia nos apaña y el brillante intelecto pareciera obnubilarse por “Las babas del diablo” que en analogía con el cuento de Cortázar, cubren vida, frutos y amores mediante una maligna visión caleidoscópica que turba la propia conciencia de estar parado en este mundo, no sin dejar sumergido al narrador amante en la total desesperanza que ahoga su realidad al verse olvidado, suplido por las densidades de la niebla del olvido de la mujer amada.

Lejos muy lejos de la representación que a la demencia dieran Cervantes y Shakespeare hace siglos con Don Quijote y El Rey Lear mostrando genial grandilocuencia, en pleno siglo XXI le enfrentamos cual desgracia que nos hace caer abrumados de rodillas ante la adversidad. Es entonces cuando el poeta clama ante los dioses del Olimpo, situándose como en La divina Comedia en el Inferno mismo de Dante, suplicando al sórdido dios Caronte le mueva hasta la otra orilla para rescatar al ser amado y su memoria, y burlando al can Cerbero recuperar como hiciera Orfeo con Eurídice, del abyecto a la mujer amada. El poeta clama, le reclama, le recuerda y le recrea en toda su belleza lo feliz que han sido recorriendo los lugares más recónditos del mundo reconstruyendo su idílica morada como si fuesen castillos de letra y de papel. Para llegar al fin de la jornada ya en el “Ocaso” reconocer que la ha perdido, que se la han robado demonios codiciosos de las perlas de su erudición.

Independientemente de que las cifras oficiales de la ONU muestren que la demencia con sus terribles diversificaciones ocupa un lugar preponderante en las incidencias de los padecimientos de las personas adultas a nivel mundial, cuando nos ocurre manifestada sobre la persona amada, el dolor supera la razón, ahoga la esperanza y muchas de las veces nunca se obtiene el consuelo ante el horror de ver sumergirse una mente brillante en las arenas pantanosas del olvido cotidiano. Dejándonos avasallados, destrozados, totalmente desaforados tristes sin remedio tristes, Estelas en la mar... cierto nos lleva de la mano en su jornada melancólica pero lo bello es que no nos deja totalmente expuestos a la desgracia de saberse solos, no mientras tengamos la compañía amorosa de nuestras letras, de los versos vertidos en el cáliz amargo de la hermanad, la bendita hermandad de su poesía para paliar el dolor de la ausencia en plenitud.

Estelas en la mar… es en realidad una historia de amor hilada más que contada, -como muchas obras maestras- a través del dolor del desamor. A través de noventa y nueve versos (nótese la ironía del número) Genaro J. Pérez nos muestra la Vía Dolorosa en que se ve envuelto el testigo doloroso-vivencial de la perdida de la memoria. Es como el mismo autor dijera: “un cuento triste de un ser querido contándotelo mientras se ducha” tal vez para ocultar las lágrimas desgranadas al escribir sus versos. Ya desde el primer poema, nos invita, nos suplica la presencia, la compañía que ayude a paliar la soledad de saberse víctima de la fatalidad. Para llevarnos a narrar su historia, su propia historia de amor desde la admiración al cuerpo de la Venus impecable, a la cual invoca como cápsula bella de inmortalidad. Habla en su “Carta IV” de la sequedad que enfrenta el poeta cuando de saciar la sed de paz se trata, a las once, las doce del mediodía o de la noche a sabiendas que es necesario escribir para salvarse a través de la “Melancolía” rememorando tangos texanos o corridos gringos…

La poesía de Genaro J. Pérez es en cierta medida autobiográfica y al mismo tiempo nos involucra a todos -parafraseando a Delibes- “desde el momento en que todos los hombres hemos [sufrido] unas trastadas parecidas […], pero no porque [hayamos] vivido una experiencia rigurosamente exacta a la de ellos”. Mas sí, porque el dolor trasciende hasta nosotros. Su versificación abunda en citaciones de egregias diosas para describir en “Perfil I” a su amada Carmona, confesando en “Sirena” que la miel de su canto consumió arrastrando su “Melancolía” por los desiertos texanos, mientras que nos hace guiños de remotas ciudades envueltas en citaciones filmográficas de Bergman tratando de exorcizar con “Fantasía I” las noches lúgubres, la inexorable consumación de la futura ausencia. Desde otra perspectiva, la lectura de Estelas en la mar… es una jornada cultural per se iniciada con citaciones a figuras mitológicas: Venus para cantar a la egregia belleza de la amada, su emulación de Sísifo y las invocaciones al divino Orfeo en “Plegaria” para que tal como él lo hizo con Eurídice lo ayude a bajar al inframundo y lograr el rescate de la amada Athena, su diosa de la sabiduría a quien al observarle dormida supone atrapada entre los brazos malignos de Morfeo; al mismo tiempo que en su poema “Eurídice” inquiere suplicante le haga saber si con amarle ha infringido algún precepto. Nos vierte además una cadena de sonidos mientras se escuchan en el fondo “Los últimos cuartetos de Beethoven” lo mismo que parado frente “A un desnudo de Modigliani” lamenta su desventura en “Fantasía I” sintiéndose abandonado, defecado por una ave gigantesca del Bosco probablemente en la parte central del “Jardín de las Delicias”. De semejante manera, nos lleva de la mano a saborear su amplio bagaje literario evocando “A Pablo Neruda” solo para explicarnos que “La vida es una serie de preguntas encadenadas excluyendo las respuestas entre la una y la otra”.

Para Genaro J. Pérez “Escribir es sufrir” y evoca al gran caballero castellano Miguel Delibes dilucidando que “[…] la felicidad hace mala literatura”. Al mismo tiempo que cuestiona la verdad de la vida para decirnos que “Amor es dolor” al ver como la demencia devora, destroza el cerebro de la amada bloqueando la memoria enciclopédica de su ninfa querida, su Isabella, la Plurabella a quien invoca en “Eurídice” pidiéndole que salga de la ciudad donde se encuentra atrapada. Clama ante la injusticia en “Lamento I” como un Sísifo criollo que en el “Ocaso” confiesa a su hembra sui generis que él fue seducido por su ingenio para finalmente preguntarnos con “Dolor infinito” si habrá vida después del desamor…


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