• Peregrina Flor
    Senderos de sol y nubes

    Amistad sin fronteras

    por Peregrina Flor
 

A mis padres: Conchie, “la gorda” y Eliseo José, “Elito”.

“Un amigo te ama incondicionalmente. Se queda a tu lado cuando otros deciden partir muy lejos”.



Mi amigo, al que consideraba un sabio, era sociólogo y profesor. También era mayor que yo casi cuarenta años.

Sabía de mi vida pues nos escribíamos frecuentemente y cuando estaba cerca nos veíamos. Estuvo enamorado de una mujer de Centroamérica muy fiestera, de treinta y pocos años, pero no llegaron a nada serio, ella se fue con su negro Gilberto.

Fue él quien hizo de mí una mujer sabia. Yo que había vivido tantas cosas difíciles de entender, traiciones en el amor, no fui madre… estaba vacía, pero tenía amigos, entre ellos él.

Yo era hija única. Yo no dejaré descendencia, ni adoptaré niños. Pero en medio de todo voy a ser feliz. Mis hijos son mis amigos, mis recuerdos, la serenidad del viejo Javier que me decía que estoy bien así, soltera y sola. Me consolaba porque nadie había tocado a mi puerta, nadie se había fijado en mi. Él me contó tristes historias de la emigración, como la historia de Melchor, que jamás olvidaré. En su boca sonaba así:

Comenzaba el verano cuando llegó Melchor al pueblo con su hermana. Era un desconocido que pronto se hizo querer por su amabilidad. Su hermana tenía el pelo largo y negro y unos ojos azul verdoso como el mar en los que se veía el navegar de toda su inocencia.

Melchor la cuidaba con esmero pues era su joya más valiosa y con la que compartió una infancia llena de miseria en Brunjuhia. Por eso estaban en ese pueblo. Eran unos emigrantes más que cruzaron el mar buscando fortuna y un trabajo que les permitiese poder enviar algo de dinero para los suyos.

Melchor consiguió trabajo de camionero cerca de un hotel en el que alquilaran una habitación barata, pero respetable. Ella comenzó a servir en una casa muy rica y trabajaba muchas horas. Melchor la iba a recoger cuando salía de noche e iban juntos hasta el hotel. A fin de mes contaban el dinero que juntaban y fuera sus gastos, el resto lo enviaban en un giro a la casa de sus padres en España.

Triste historia la de la emigración que hizo a muchos españoles tener que acostumbrarse a otras gentes, costumbres y pueblos. Pero, ¿qué hay que el tiempo no arregle?... Con los años Melchor y Aurirattie se iban adaptando y viendo el acento de la gente y sus hábitos como algo normal que iban haciendo propio.
Un día decidieron mudarse a una ciudad más grande. Tenían experiencia en sus trabajos y unos ahorros con los que comenzarían a comprar una vivienda.

La ciudad se les hacía grande comparada con la aldea y el pueblo. Aurirattie abría sus grandes ojos para ver los rascacielos, los grandes americanos de gran tamaño, las amplias avenidas y cuidadas aceras. Todo era grandioso... Pasaron los años y ella llega a pensar que jamás regresaría a La Coruña. Allí les iba bien, pero no era su país.

Melchor, con cuarenta y muchos años quería casarse y ella comenzaba a sentirse sola y desatendida. Un día dice a Melchor que quiere regresar a su tierra, pero él no la deja, pues piensa que España aún no estaba preparada para dar de comer a todos sus hijos. Aurirattie llora amargamente pues comprende que si volvía iba a pasar necesidades, pero extrañaba el campo, sus amigos, quería ver a sus familiares...

Melchor se casó y tuvo su primer hijo; un niño que Aurirattie cuidaba siempre que su cuñada no estaba y que la hizo permanecer con ellos más tiempo, hasta que un día, la situación social y económica cada vez peor del país, les hizo pensar seriamente en regresar. Cuando lo tienen todo preparado esperan ansiosos el día de la partida, pero un tiro de una pistola hiere de muerte y sin motivo a Melchor. Sólo le mataron por ser extranjero, trabajador y por querer volver a pisar su patria. Un país que nunca le acogió por completo tampoco le permitió partir con el mayor de los bienes: la vida.

Aurirattie llora su muerte sintiéndose impotente. Mientras, la policía le recomienda que no haga demasiadas investigaciones. Un amigo que adivinaba el porvenir les pide que por favor viajen pronto a España o correrán la misma suerte que Melchor. Ella, creyendo en el adivino, incinera los restos de su hermano y con su cuñada y los niños regresa a España un nueve de abril. El día anterior a la partida reciben una llamada telefónica con el mensaje de que iban a morir.

En el aeropuerto entran rápidamente en el avión y, sin creer que aún respiran, pasan las primeras horas de vuelo. Llegando a La Coruña doña Aurirattie ve por la ventanilla los fértiles campos y caudalosos ríos.

Abrazando los restos de su hermano, que llevaba en una caja de madera, baja del avión y van a ver a sus padres que llenos de angustia les esperan ansiosos. Cuando se ven, el amor y la rabia se entremezclan con los recuerdos.

Regresara viva, pero vacía. Sólo los ojos de sus sobrinos que le recordaban a su Melchor, podían levantarle el ánimo. Pensaba que en aquel país extranjero más que buscar un provenir buscaron enlutar para siempre las sonrisas de una familia.

Triste destino el de los emigrantes que van ilusionados con las manos dispuestas a realizar cualquier trabajo y los brazos abiertos a nuevas gentes, y regresan vacíos, marcados por el dolor más grande, que sólo el que lo ha vivido sabe y puede comprender.

Esta es una interesante historia que me contó mi gran amigo.

Jamás creí que una relación de amigos pudiera darse entre dos personas con edades tan distintas. Pero fue mi amigo y mi maestro. Sus ojos me comunicaban paz, es como si estuviera viendo el mar. Estaba orgullosa de él, nos hablábamos por teléfono, nos mandábamos e-mails, yo siempre con mis locuras de joven y él con la serenidad de un viejo. Sin duda la amistad no tiene edad. El amor no tiene límites cuando hay correspondencia, claro que no estábamos enamorados, sabíamos que no teníamos nada que hacer juntos más que hablar. Eso era lo que necesitábamos.

Jamás imaginé a mi amigo desnudo, ni él a mí. Jamás se nos fue la mente a otra galaxia. Estábamos en el mundo para apoyarnos, para darnos ánimos, consolarnos por nuestros temores, frustraciones y fracasos. Él pasaba buenos momentos conmigo, me leía cosas, yo a él también. Nos gustaba la cultura, las cosas decentes, la rectitud humana. Éramos seres que estábamos cerca de Dios. Supe a su la que la piel arrugada puede ser hermosa, le veía como un ser que me protegía, quería y cuidaba. Él me decía que algún día yo también tendría canas y que los años pasan como un tren de alta velocidad.

Cuando se murió lo sentí muchísimo… Recuerdo que Javier muchas veces me leía artículos de prensa sobre la violencia doméstica… Lo primero que me leyó en su casa, cuando yo lloraba por seguir sola, sin un hombre a mi lado fue: “La violencia doméstica se da en el ámbito familiar, entre las cuatro paredes de una casa o pisito”. La edad de los que son violentos puede ser diferente. Las cifras no te las leo, piensa que si estás soltera es mejor. Dios quiso que fuera así por algún motivo. Sé feliz.

Tienes razón le decía… pero el amor es como una flor… es bonito el amor, escucha estas letras con la que identifico plenamente… no me pesa haber tenido desilusiones, ¿sabes?. Escucha… “El amor es una flor de mentira como falsos fueron los labios que se atrevieron a besar los míos un día de lluvioso invierno... ya olvidado. Pero ella cuenta verdades y fue la que me advirtió... de ti. Ahora la lluvia está dentro de mí y cual temporal abate mi carne y mis huesos y me enferma. Yo soy ese día postrada en una cama que no me deja descansar, ni soñar, ni tener esperanzas. Yo soy ese invierno que desea comerme los recuerdos... Yo soy esa pobre mujer de la que te burlaste y a la que luego sonreías como si no pasara nada. Pero algo me ha pasado... algo que tu como hombre no comprenderás jamás y es que: no quiero volver a tener más el infierno de aquel día de invierno en mi corazón y deseo ser una muñeca de tul cian para no volver a sentir y así... y poder ver la mentira en lo que me rodea como mi amiga la flor”.

Seguía Javier, después de observarme mientras leía por encima de sus anteojos: …El término de violencia doméstica engloba a todos los habitantes del hogar, no sólo mujeres…

Yo, que no quería seguir escuchándole y le contesté con unas letras que leía en un viejo libro de un escritor “Wendullet Vicenpiu”, se titulaba “Violencia entre enamorados en Rivanostish 50”: “Insolente el destino nos separó para hacer que día a día nos llegásemos a amar aún más y más”…

Yo sabía que jamás pensaría: …Si el amor es así, no quiero probarlo. Me siento mareada, perdida ante un fuego negro, sin destino bueno. ¿Qué hará el cariño cuando la otra mitad es un fantasma?

Javier, al notar que no quería escucharle más, concluyó: Abuso de poder y de exceso de confianza, lo constituye cualquier forma de conducta violenta. De esto puede que te estés librando tú, Gabriela. Si no te casaste fue porque Dios lo cree mejor así para ti.  Mejor solo que mal acompañado. También a saber como serían tus hijos si los tuvieras, hay muchos hijos que no quieren a sus padres. Y para concluir, aún puede que te cases, así que no llores niña.

Yo sabía que sólo buscaba darme ánimos, por eso no lo malinterpretaba. Era tan buen amigo y me dolió mucho cuando se murió. Fue un día gris y amargo… Él, a pesar de no ser demasiado alto, llevó la música de su tierra a todos los rincones de este país. Su labor como instrumentista la mezclaba con su trabajo como profesor de escuela secundaria en un famoso colegio público, famoso por su profesorado altamente cualificado.

Su muerte ocurrió un día jueves del año 1992. Un hombre que decía que viviría 99 años, apenas alcanzó los 86. Dirigía un grupo de música de un centro recreativo y de ocio de la ciudad llamado "Sagitario Kuagh 2740 Madre". Con su grupo musical viajó por toda España, alegrando fiestas, haciendo amigos, siendo muy feliz. Felicidad que comunicaba a todos pues era un hombre honesto y transparente.

Son muchas las cosas que se pueden contar de este gran hombre, eran muchas las cosas que contaba a sus alumnos y amigos... de recuerdos estoy llena, sus historias nos las contó más de una vez entre pieza y pieza musical. De su boca oí la verdadera historia de su venida a España.

Según el maestro, emigró a España tras la muerte de su padre Camilo, y no con su familia como se tenía comentado. El caso es que no se decidía a regresar a su país. La mujer decidió entonces viajar para reencontrarse con su marido.

Así fue como decidieron establecerse en España, pocos años después muere su mujer de una hemorragia cerebral y deja a Javier muy desconsolado.

Su primera guitarra la guardaba cerrada en una habitación pequeña cerca del salón de ensayos y la cogía de vez en cuando para tocar alguna vieja pieza de su repertorio.

Algo que no olvido de él es su amor por los niños, deseaba ser llamado abuelo por todos ellos. Para mi también fue como un abuelo pues me llenaba de buenos consejos. Fue uno más de mi familia y también para muchos de mis amigos. Su frase más pronunciada es que había que tener vida diurna y nocturna. Ese humor lo hacía muy querido, de noche nunca se olvidaba de hablar y cumplir con sus compromisos.
Todas sus actuaciones fueron un éxito pues dirigía con maestría, cuando alguno de sus músicos desafinaba lo dirigía aparte. Era capaz de afinar veinte guitarras en menos de una hora. Le gustaba más dar que recibir y cuando recibía algo lo agradecía con toda el alma. Sabiendo que era un personaje público, siempre iba bien vestido, perfumado y peinado.

A mí me queda la satisfacción de haberle conocido, de tenerlo en mis recuerdos para siempre.

Por mi amigo me quedé llorando mucho tiempo. Un día después de mucho llorar escribí en unas viejas hojas de papel reciclado… “Los terrestres lloran juntos representando un bonito espectáculo a orillas del río Horientycanjhí. Colgándonos vamos, voluntariamente, de pedazos de hierro cilíndricos y de color apagado. En los sueños fugaces ponemos el mal gesto, podría ser, que la ilusión del amanecer, el falso amor que apetecía un poquito tener. Llorar, reclama de los santos “infinita piedad”. Créeme, no hay una lágrima que llegue a lo más profundo, más larga, más lejana, más extraña e inhumana, más honda y angustiosa, perturbadora y fría que el llanto que dice: Uyuyuuuyyy y ya no soy más veces yo.

Antes de que murieras pasaban los días y yo seguía pensando en tu mejoría, pero sabía que “Doñita Muerte” se presentaría, por la gravedad de tu caso.

Paseabas pensativo y enfermo, cogido a dos bastones medio rotos, no hablabas. Al mejorar algo, regresabas a calmar mi inquietud y por ello te veo un porvenir azullll. Lloraba a todas horas y rezaba en alto, dibujaba y daba limosna para sentirte cerca. Nos queremos. Te tuve en mi pasado, y te conservo en presente, y te recordaré siempre. Lo que alguna vez vivió en mí, nunca le dejaré morir “forever”. Entraste en mi corazón y no deseo sacarte de ahí, sólo te olvidaré un poco para rehacer mi vidita.

Querido Javier, en mi “adiós” escribí en el viejo diario que guardaba en mi mesita de noche: No hay que entender cifras, ni horas ni kilómetros, ni montañas sinuosas sino de hechos, sentimientos fraternales, yo sigo siendo una niñita de cinco años, que muchas veces se obliga a ser una inmadura y alegre mujer.

Pude haber dicho y hecho muchas cosas pero no hubiera servido de nada, ya habías echado a correr muy lejos… antes de que yo llegara a tiempo para decirte “no mueras, haces mucha falta al gato y a mí”. Tus consejos fueron y lo sé bien, para darme tranquilidad en tiempos de crisis y de este modo, hacerme madurar.

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