• Pedro García Cueto
    En el laberinto del ser

    Pedro J. de la Peña

    por Pedro García Cueto

EL POETA QUE CONOCE EL LATIR DE LOS CABALLOS:
PEDRO J DE LA PEÑA

Pedro J. de la Peña nació en Reinosa en 1944, pero, siendo niño, su familia se trasladó a Valencia. En la ciudad que baña el Mediterráneo ha realizado toda su obra y ha transcurrido casi toda su vida. No hay que olvidar el espíritu viajero del poeta de Reinosa, su ansiedad de conocer el mundo, su avidez cultural y su amor indiscutible por la poesía.

Su mundo poético tiene, como esencia, el encuentro mágico con la palabra, para que surja la creación, donde el vate encuentra el mejor de los caminos.

Su poesía, desde Círculo de Amor (Premio Ausias March en 1972), pasando por Teatro del sueño (Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana y Accesit del Premio Adonais) hasta El soplo de los dioses, en 1991, galardonado con el Premio de la Ciudad de Valencia. Todo ello representa que la obra poética de Pedro de la Peña está suficientemente reconocida por su esmero, por su calidad y por ese arraigo al mundo del Mediterráneo que late en sus versos.

Pedro J. de la Peña no sólo es un hombre que ejerce de profesor de Literatura en la Universidad de Valencia, sino también un hombre que mira al mar, extasiado ante el rumor de las olas, ante la fascinación de sus aguas.

Pero no es el mar el interés que centra mi estudio (importante, sin duda, en su mundo poético) sino su Poesía Hípica. Este grupo de poemas es un muestrario magnífico del amor por los caballos, animal mágico, telúrico, cuya fuerza desborda los sentidos y convierte al poeta en un admirador incondicional de su perfil divino.

Pedro de la Peña contempla al equino con toda su avidez humana, implicando su mirada y su voz en lo que el caballo le transmite, viviendo, al unísono, las mismas emociones.

Desde el caballo mitológico que irrumpe, desaforado, en la batalla (visión que nos recuerda al cine de Akira Kurosawa) hasta el caballo que comparte con el poeta el paso del tiempo, que le da parte de su ser. Esta comunicación maravillosa nos deslumbra y hace que el lector se entregue con devoción a la magia del poema y, desde luego, que entienda que el amor verdadero nace en un lugar que está más allá del lenguaje, en los gestos, en la mirada, en el tacto.

Todo ello da a la Poesía Hípica de Pedro J. de la Peña una singularidad que traspasa el papel, nos inunda desde cada verso, hasta conquistarnos totalmente. Nunca antes el caballo había sido tratado con tanto amor y nunca se había producido un libro donde el extraño misterio de la relación entre un ser humano y un animal cobrara tanta hondura.

Como dijo muy bien Andrés Torés García en el excelente prólogo a Poesía Hípica: “Poesía Hípica nace por el deseo, incesante y bullicioso, de dar sentido pleno a los rumores de la memoria” (p. 8).

Es, sin duda, una obra que busca el recuerdo, hilada por el paso del tiempo, donde el caballo y el hombre han tejido intensas emociones. Ambos, son espíritus activos y, a la vez, contemplativos, el hombre y el caballo alzan el vuelo hacia el misterio del poema que el poeta de Reinosa y tan profundamente valenciano, nos regala en cada verso.

Comento, a continuación, el poema “Los caballos” dedicado por el autor a Fernando Savater, otro gran amante del mundo equino. Dice: “La niebla es los caballos cuando respiran / de sus ardientes pechos sube a sus bocas, / como una nube blanca se eleva y gira / por los cortados picos, sobre las rocas” (vv. 1-4).

Como podemos ver hay una profundo dinamismo en el poema, el vaho del animal al respirar es niebla, tal es su poderío, la fuerza del pecho que le impulsa para formar desde el interior (su espíritu) hasta el exterior (la conmoción de éste en la Naturaleza).

Además, la comparación oportuna, el caballo alza el vuelo, cual nube blanca, en su continuo movimiento: “se eleva y gira” y en un ámbito de montaña: “por los cortados picos, sobre las rocas”.

Pero va más allá el poeta en su visión del caballo como ser mitológico, cuando dice: “El sol es los caballos cuando te miran / el sol son los caballos cuando los tocas / después de ese galope cuando transpiran / y relucen y brillan como las focas” (vv. 5-8).

Si el sol es comparado al caballo es por su resplandor, que ciega, sin duda, los ojos del que le miran. El caballo es un titán, una fuerza de la Naturaleza. Pero no elude la comparación con un animal menos épico (las focas), ya que el caballo tiene también sangre de los demás seres que pueblan su reino, pese a que brilla por encima de ellos.

Y el final del poema es magnífico: “El viento es esas crines cuando se mecen, / la tempestad sus belfos cuando resoplan, / la vida sólo es vida cuando galopan, / la noche sólo es noche cuando se desvanecen” (vv. 9-12).

En estos versos, el poeta ya se entrega del todo al animal, hay una fuerza telúrica en el equino, tal es su estampa al galopar que parece que las crines son el viento y el resoplido ensordece como una tempestad. La pregunta es evidente: ¿quién puede parar a semejante titán?

El poeta lo ve en su grandeza, mirándolo admirativamente, consciente de que sólo se vive cuando él está (la vida sólo es vida cuando galopan) y herido de muerte cuando se va, como el influjo de la noche que todo lo oscurece: “la noche sólo es noche cuando se desvanecen”.

Al leer el poema, uno se pregunta si es un caballo real o un sueño que el poeta ha dejado impreso en el papel. La respuesta no es fácil, pero intuyo que es el caballo real, visto desde el amor infinito del jinete-poeta que le otorga cualidades humanas y divinas al mismo tiempo.

Y Pedro J. de la Peña sabe que el caballo es libre, indomable, que surca el mar y el cielo y que, pese al jinete que lo monta, su poder destrona a cualquier hombre.

Lo dice muy bien en “Aceptación del propio destino”, cuando menciona el poder del caballo, su infinita libertad: “Aunque tu flecha alcance / el aire abierto, el viento, el sol, / el curvo espacio, la infinita carrera, / la longitud perdida de la tarde, / hay un caballo ilimitado / que sin jinete corre más allá” (vv. 3-8).

Sí, el poder del caballo es ilimitado, tanto que el hombre puede domarlo todo (el aire abierto, el viento, el sol) pero no al equino. El caballo es sólo dueño de sí mismo, porque en su existencia lleva el sino de la inmortalidad. Por ello, el espacio que queda entre el hombre, condenado a morir y el caballo, emparentado con los dioses, es inabarcable, abismal.

La flecha que lanza el hombre no tiene fin, porque el caballo, ya enloquecido la persigue, en el confín del Universo: “Pero lanzas tu flecha y nunca llega / donde tu sueño quiere ir, Quirón demente: / donde la noche es vida / y vida es el silencio, / donde germinan oros sin medida, / donde nace el temblor del talismán…” (vv. 13-18).

Sí aparece de nuevo la noche, pero en un sentido distinto, ya que la noche es el espacio donde el caballo, como una aparición, se desvanece, en “Los caballos”, aquí es noche de descubrimiento, de fulgor, donde el caballo reaparece del vacío y lo alumbra todo.

Pilar Verdú señaló en la revista El Mono-Gráfico de Valencia (nº 15-2003) que Pedro J. de la Peña ama al equino, ha hecho de su vida una completa entrega al fantástico animal: “Con sus caballos ha corrido, ha conocido, ha crecido: juntos, como narra en un hermoso poema de Los dioses derrotados, les han salido las canas” (p. 105).

Y dice algo aún más esclarecedor: “Parece encontrar en estos fieles compañeros una relación de respeto y apoyo más pura que con muchos seres humanos” (p. 105).

Y es muy cierto lo que señala Pilar Verdú, ya que al caballo lo mira siempre el poeta con admiración y con amor, no conoce el equino el odio o el rencor, vive sólo entregado a su poder, a su furia y a su mansedumbre. Estas cualidades asombran al amigo-poeta que se siente en él verdaderamente feliz, dichoso como casi nunca ha podido estar con los seres humanos que ha conocido a lo largo de su vida.

Y es importante centrarse en los temas que van hilando el libro: el tiempo, la muerte. Y, sin duda alguna, dos mundos: el épico, a través de las batallas que describe magníficamente el poeta de Reinosa hasta los poemas íntimos, como “Lo inaccesible” o “Envejecemos juntos” donde ambos, hombre y caballo, se encuentran en perfecta sintonía, hasta el punto de vivir juntos las más hermosas emociones.

Si en “Lo inaccesible” dice: “Y yo acerco mi mano hasta tu boca / y tú la besas…” (vv. 19-20), para reflejar el gran cariño y la enorme complicidad que ambos tienen, en “Envejecemos juntos” consigue que el lector se deje llevar por la belleza del paisaje henchido de melancolía que nos recuerda a los parajes soñados por Antonio Machado: “A lo lejos el ansia de los montes azules, / los roquedales cárdenos bajo la tarde gris, / los palomos pintados sobre un campo de gules / en búsqueda de amor” (vv. 9-12), y también por ese sentimiento de pertenencia, de afinidad bien entendida entre el poeta y Sufí, su último caballo, perteneciente, estoy seguro, a la estirpe de los dioses.

El momento culminante llega cuando el hombre descubre una cana en la crin del equino, metáfora de una humanidad que les une para la eternidad: “En tu crin portentosa te ha salido una cana / y se une a las mías con la misma vejez. / Caballo hermoso y mío, tu cabeza es humana. / También tu corazón” (vv. 21-24).

Es en ese instante cuando Poesía Hípica culmina y nos ofrece el hermoso tapiz de emociones que se ha ido tejiendo en el noble corazón de Pedro J. de la Peña. Nunca antes se había escuchado tanta emoción que no necesita de palabras, comunicación única y verdadera hecha de miradas y de caricias, honda como la poesía de Pedro J. de la Peña.

LA ZARZA DE MOISÉS: LA MADUREZ POÉTICA DE PEDRO J. DE LA PEÑA.

Celebro que haya aparecido La zarza de Moisés y que su autor haya conseguido el Premio de Poesía José Hierro a finales del año 2007 en San Sebastián de los Reyes. La publicación del libro, editado por el Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes y el Departamento de Publicaciones de la Universidad Popular José Hierro, es motivo de satisfacción para todos los que amamos la poesía del autor.

El mundo poético de Pedro J. de la Peña está reflejado en este libro donde la experiencia y la sabiduría consiguen aunarse en perfecta comunión.

Pasando al libro, podemos ver que está dividido en tres secciones: la primera, “De Zarzas interiores”, nos adentra en la poesía moral, donde el poeta inicia una aventura hacia el significado de la creación y una exploración sobre conceptos como virtud o rencor. En la segunda sección, nos habla de la poesía amorosa y lo hace con la pasión que un buen conocedor del amor puede dejarnos a los lectores. No en vano, el título “De amores locos” nos envuelve en el mundo de la fogosidad, como todo estado pasional debe ser para el que lo vive con intensidad.

La tercera y última sección se titula “De clérigos y juglares” y nos conduce a los poetas que De la Peña ha admirado y al significado que tiene la poesía como misterio y revelación del mundo. Aparecen poemas dedicados a Bécquer, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío o Luis Cernuda. Hay, como podemos observar, un deseo de repasar la historia de la poesía a través de poetas esenciales que han dejado una gran huella en nuestra literatura. Pero no olvida el autor a poetas contemporáneos de la talla de Alberti, Luis Rosales, José Hierro y Juan Gil-Albert.

En todos ellos, late un apasionado lector de poesía, un hombre que ha dejado sus ojos y su corazón entre versos por los que ha bebido incesantemente. Sólo así, con esa entrega, se puede lograr la maestría poética que posee el poeta cántabro.

El libro se convierte así en un todo, un mosaico: desde la poesía moral, que quema en el interior del poeta en pos de lo que es debido hacer para alcanzar la virtud, hasta la poesía amorosa, que arrastra a De la Peña por los senderos de lo que se siente al ser herido por el amor. Y, naturalmente, aparece el concepto de poesía, como necesidad, como aliento para respirar y la presencia de los poetas de los que se ha nutrido, en los que ha bebido, para conseguir ese magnífico esfuerzo de ser diferente y, a la vez, tan humano como todos.

No quiero terminar este repaso por el libro sin referirme a dos poemas de alto calado emotivo, porque suponen un canto admirativo a dos figuras irrepetibles en el panorama de nuestras letras: José Hierro y Juan Gil-Albert. Si el primero nos dejó una poesía hermosa y llena de emotividad, el segundo ha expresado, como muy pocos, qué significa la dedicación poética, cómo debe un hombre aferrarse a lo que ama y qué inmenso sacrificio debe hacer para ser fiel a sí mismo.

El poema a José Hierro se titula “José Hierro respira con dificultad”, cito los veros que me parecen más relevantes: “Hablaba ya quebrado / desde una póstuma existencia / quién sabe si real o alucinada. / Y sin embargo seguía siendo / el ser más vivo que nunca conocí” (vv. 1-5).

De la Peña nos habla desde el afecto, retrata muy bien a un hombre que se iba muriendo: “Hablaba ya quebrado / desde una póstuma existencia”, pero cuya vida era tan real, tan apasionada que no se le notaba su extinción.

Me gustan mucho los versos que siguen: “Él inventaba las palabras nuevas / como “amistad”, “otoño” y “música” / que nadie había dicho con verdad mayor” (vv. 6-8). El lenguaje deja de ser algo convencional cuando lo pronunciaba un hombre único, inmenso, como era José Hierro, nos dice el poeta de Reinosa.

José Hierro vivió el dolor, una vida llena de penurias, pero también de pletóricas satisfacciones: “Y el corazón de acero no pudo resistir / tanta vida, tanta cárcel, tanto odio / que lo había asediado desde su juventud” (vv. 14-16).

Si la Guerra Civil y la cárcel mermaron al poeta, su ganas de vivir eran tan poderosas que siguió luchando, bravo como su temperamento y el mar cántabro de su juventud. El rencor no asoló su mirada, nos dice De la Peña: <“Pero él no odiaba, no sabía otra cosa que / amar su minifundio, sus gentes, sus amigos, / sus nietas y allegados al solar común / de “Nayagua”> (vv. 17-20). De nuevo, el amor, la compañía, el don de gentes del buen hombre, noble y auténtico que fue José Hierro y Nayagua, su lugar amado, el verdadero paraíso en la tierra. Este nombre nos recuerda a los edenes de otros poetas, como el de Luis Cernuda, llamado Sansueña o el de Francisco Brines, cuyo edén es Elca.

El poema nos habla también del poder del vino y el tabaco, aliados de su vida, pero aniquiladores de su salud. Quiero citar los últimos versos escritos con gran belleza, donde vemos el amor y el cariño que De la Peña tuvo hacia una figura irrepetible como Hierro: “Sabemos, por sus versos, que vive aún, / que no podrá morir nunca jamás, / que era una fuerza bruta y delicada, / una fuerza cantábrica y bravía / como el mar que él amó” (vv. 30-34). Qué mejor manera de acabar el poema que este sentido homenaje al poeta cuyos versos son ya inmortales, donde unió su amor por la poesía y la música y su cariño hacia los demás seres humanos. Esa enorme humanidad es cantada por el poeta de Reinosa y, como era de esperar, los últimos versos son un tributo a una hermosa tierra que les unió, tierra natal de Pedro J. de la Peña y tierra adoptiva de José Hierro: “una fuerza cantábrica y bravía / como el mar que él amó”.

En mi opinión, la referencia final al mar está cargada de sentido, ya que el mar es misterio, como la poesía, es vida, como nuestro aliento en la tierra. La existencia de un hombre único como José Hierro merecía un homenaje ten delicado y hermoso como el que le brinda, con extrema sensibilidad, Pedro J. de la Peña.

Y no quisiera terminar este estudio al último libro del poeta cántabro, sin referirme a otro gran amigo y poeta, admiradísimo por él y por el que escribe estas líneas: Juan Gil-Albert. La gran amistad que les unió queda reflejada en este poema crítico, duro, pero hermoso, donde la figura del poeta de Alcoy queda totalmente impregnada en nuestro espíritu.

El poema se titula “Gil-Albert calla definitivamente” y, aunque me gustaría citarlo en su totalidad, he elegido los versos que más me han impresionado: “No fue tu exilio tu silencio más largo / sino el aplauso de las gentes / que nunca te leyeron” (vv. 1-3). Esta crítica ya nos dice mucho, el poeta alcoyano soportó la hipocresía de los oportunistas que, sin tener interés en él ni en su obra, le dieron un sí postizo y engañoso.

Me gusta, sobre todo, cuando dice De la Peña lo siguiente: “Tú no fuiste de nadie que no fuera, tú mismo. / En esa libertad vivías enteramente solo / y silencioso / hasta que te sacaron a la rifa / momentánea del éxito” (vv. 10-14).

La mentira de la fama que sufrió Gil-Albert, el aplauso fingido, la hipócrita alabanza de tantos, pero la ética del poeta anulaba a todos, ensombrecía a los necios que le ensalzaban sin leerle, sin entender, ni atisbar, qué significa la poesía en la vida de un hombre que se entrega por entero a ella. La alusión a “rifa” para mencionar el éxito efímero es muy oportuna, porque en ese mundo de necios, el poeta se salda en la feria de las vanidades. Afortunadamente, para los que admiramos y queremos a Gil-Albert su espíritu nunca será traicionado por ese detestable vodevil: “Querido Juan, ¿cómo no imaginar / tu confusión de griego entre romanos / en ese desamparo del instante / del halago del necio / que es peor que el insulto?” (vv. 15-19).

De la Peña dialoga con su amigo y le ofrece el mayor tributo que puede darle a una figura que amó el mundo helénico: griego, ya que este término define muy bien cual era el pensamiento del poeta de Alcoy. La alusión en los siguientes versos a la voz de Juan Gil-Albert me emociona y me acerca aún más a esta figura irrepetible, como lo fue José Hierro: “Era grave, próxima y cadenciosa, / sin la prisa que corre por el mundo / y sin la ligereza de los que se mueven / hacia ninguna parte. / ¡Cómo pudieron confundirte con ellos!” (vv. 23-27).

La figura del poeta, su voz pausada que recreaba los momentos del pasado, que hacía del ocio una forma de vida, una manera de estar en el mundo. La alta calidad humana e intelectual de Gil-Albert lleva a Pedro J. de la Peña a indignarse ante la más remota posibilidad de confundir al oro (Gil-Albert) con la bisutería de los necios que le aplaudieron.

El dolor llega en los últimos versos, la pérdida de la memoria que sufrió el poeta en los últimos años y que dejó una herida honda en sus verdaderos amigos: “Ya en la cama, en las últimas visitas, / te quedabas callado ciegamente, / con las manos mudas, cruzadas, / mirando al infinito” (vv. 28-31).

Si la voz del poeta era un regalo para sus amigos, sus manos finas y delicadas que perdieron la capacidad de escribir (tantas obras irrepetibles) son una huella imborrable en ese mundo del dolor que soportó los últimos años.

Aparece de nuevo la palabra “silencio”, el que tuvo que soportar en sus años de anonimato mientras fraguaba una obra fecunda y hermosa, pero este último silencio, el de la ausencia de la memoria le hace aún más digno, mientras los predicadores de salón siguen alabando al que apenas conocieron: “Era el tuyo el silencio de un espíritu elegante / mientras soporta la inapelable banalidad del mundo” (vv. 32-33).

Magnífico final para este poema homenaje al que fuera su gran amigo. La alusión al “espíritu elegante” es muy brillante, ya que el dandismo del poeta era una actitud ante la vida, reflejaba su espíritu, su alto sentido del detalle y de lo bien hecho. Los otros, los necios, son la “banalidad”, seres que pasan de soslayo por el mundo, incapaces de adentrarse en un espíritu pulcro y perfeccionista como el que tuvo Juan Gil-Albert.

Hay otros hermosos homenajes en el libro, como el que le dedica a Juan Ramón Jiménez en “Juan Ramón Jiménez ve amanecer” o el de Rubén Darío, magnífico e inigualable poeta que abrió el Modernismo a nuestras letras, en un poema muy marcado por la presencia que el mundo cortesano y refinado tuvo en la vida y la obra de Darío, se titula “Me tomo unas copas con Rubén Darío”.

Es digno de mención el poema “Luis Rosales nos abre la puerta de su casa”, donde podemos conocer un poco mejor la humanidad de un hombre marcado por los bulos y la falsa historia, pero lleno de buena y honda poesía como fue Luis Rosales. Y no quiero dejar de citar el último poema del libro dedicado a Antonio Machado, titulado “Último retrato de Don Antonio Machado”, donde la voz del poeta suena en su mejor tono, la rima, que tanto y tan bien practicó el poeta andaluz.

En definitiva, estamos ante un gran libro de Pedro J. de la Peña, donde nos regala un hermoso testimonio de lo humano, reflejado en el arte de crear y en la poesía moral que componen la primera sección, en la pasión que lleva el amor y en su acabamiento, el desamor, en la segunda, y, como colofón, una meditación sobre la poesía, ejercicio al que ha entregado su vida, en el que se ha desangrado y en el cual ha sufrido la herida más honda, en el último apartado. La referencia a los poetas que han marcado su obra, como influencias necesarias, me parece muy brillante. Y, desde luego, el testimonio de la amistad como fondo en los poemas dedicados a José Hierro y a Juan Gil-Albert, llenos de emoción y lirismo.

Celebro este libro, porque, como su título indica, es fruto de una pasión que arde y que no se ha consumido, el gusto por la poesía y por la vida. Con La zarza de Moisés, Pedro J. de la Peña nos habla con el corazón y con la inteligencia, como sólo lo hacen los verdaderos poetas. Bienvenido sea.

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