• Peregrina Flor
    Senderos de sol y nubes

    No fue nada valiente ese VaLeNtín

    por Peregrina Flor
 

Allá, allá lejos, hace muchos años, añazos, diría yo, me enamoré, pero que mal me supo, amor nada correspondido, nada comprometido, amor que quería serlo por una noche, y yo, para eso, no servía, no y no. Olvidarle me tocaba.

Lo voy a contar muy breve, escueto.

Me gustaba un chico cuatro años mayor que yo, que me veía simplemente como una diversión, pero la cabezona de Errehiolí, que soy yo, insistió, hasta partirse los mismísimos cuernos contra una gran pared de acero, la del desamor, la bofetada y la herida sangrante que propician los hombres viciados de todos los tiempos, igual que existió siempre, dicen, las prostitutas...

Dolió lo suyo, entonces supe, que jamás lo volvería a hacer, no regresaría a su casa para verle y no, oigan bien, nunca le volvería a ver delante mío, me había perdido para siempre ¿y qué?, y yo, a él, porque así lo quiso él. Pues yo, aunque era cabezona, de las muy buenas, también llegué a mi punto de comprensión y de poner marcha atrás.

Creí que no volvería a enamorarme, que nadie se fijaría en mí después de lo de Rheiphy, pero sí que se fijaron varios, pero con tan repetida mala suerte que no me gustaban demasiado, no para compartir con ellos el resto de mis días.

Yo siempre pensé “gustas si te gustan”, por ello no entendía que su amor fuese verdadero, algo escondían igual que yo, era un “falso deseo” y no debía seguirles el juego, algo disimulaban porque estaba claro que querían rehacer sus vidas y no tirarse de la sexta planta de un edificio al verse solos. A la par, deseaban poder celebrar también el día de San Valentín con una pareja al lado, una de las que como yo, nos íbamos quedando solas o para vestir los santos de las muy santas iglesias parroquiales.

Como desaprovechan la vida los hombres que se casan por diferentes motivos, más no con aquella “que les sacan la respiración y los dejan pensando toda la noche en sus formas femeninas y sus hermosas palabras de amor”, palabras que el viento se llevará lejos si se ponen al lado de los dólares de una segunda mujer también posible para ellos.

Con sus grandes soles no quieren unirse en santísimo matrimonio, porque la comida sería arroz blanco con un vasito de agua y no caviar con cava, su casa sería de alquiler y no una gran casa con 6000 metros cuadrados de jardín y setecientos en cada una de las tres plantas.

Lo comprendo también, desconozco si me lo han enseñado ellos o si lo llevaba también dentro de mí, igualito todos somos parte del mismo pastel de chocolate tan singular, y yo cual oportunista cabezona, solamente quería acomodarme la vida con aquel arquitecto famoso, Don Rheiphy de Huartubil Valtí.

Paciencia, mis gatos me ayudarán a encontrarme a mí misma, a saber caminar derechito y a permanecer tal cual estoy sino encuentro a mi hombre: celestial, verdadero, sincero, que me valore, que me de la talla y que nos sintamos bien en la celebración de ese gran día de los enamorados; no acordándonos de las relaciones ingratas, malhumoradas, que tan feas pero no imborrables cicatrices dejaron sobre nuestra piel, no doliéndonos de un pasado terrible, en que el cielo no se pudo tocar con un dedo ni con dos.

Y casi así, fue lo mejor que nos pasó. A ellos, los de la elección perfecta, que vivieron chachipiruli y a nosotras que nos quedamos... felizmente solteras y sin “ellos”.

Aquel santo no fuera nada valiente, se fue con lo fácil y ahora le aplaudo mucho, le aplaudo hasta dolerme las palmas de las manos, porque quizás yo, Errehiolí, hubiera hecho lo mismo.

No obstante, sigo siendo sencilla y breve, guardo la fe en el bolsillo de mi pantalón de cuadros y creo que Dios me ayudará, porque es mi padre, porque es Dios y es “valiente”, de los muy valientes, nada cobarde ni deficiente, ni maltratador ni orgulloso, es él quien enseña, quien se enseña tal cual es cuando estas cosas suceden y quien… me ayudará, sin pensárselo demasiado.

No iré a misa a rezar para que eso suceda, no me arrodillaré ante el altar de ningún santo, pero en mi cabeza ellos están y siempre han estado, por eso aquella noche no pudo hacerme suya, porque la balanza se inclinó hacia bien de los justos y de los que sufren en silencio y supe guardarme y guardarle a él de disfrutarme y poder ponerse una medalla más.

Mis amigas dicen que he debido aprovechar mejor las oportunidades, pero el caso es que no me hubiera sentido mejor ahora, sino mal, muy mal. Y la verdad, es que me siento bien y en San Valentín celebro no haber cedido ante su deshonor que sería mi desvirtud en una edad tan temprana, tan de boda para las chicas del sur, en la que deseaba tanto ser madre.

…Al hombre hay que tratarle como una escoba, barrer con ellas y luego ponerlas en una esquina, sacudirlas por las ventanas a la vista de las curiosas vecinas que simplemente se afanan en criticarte todos los días, lavarlas en agua caliente y finalmente dejarlas hasta el día siguiente en el lavandero secándose a la luz del sol para que estén limpias nuevamente al día siguiente, para poder barrer de nuevo con ellas una y otra vez. Eso me decía mi hermana Gloriett…

Así debo hacerlo yo también, y todas las damas de bien, no cediendo ante los malos impulsos que adquieren los señores en estos malos tiempos de crisis.

Ellos quieren hijos, dinero y una mujer con un buen sueldo, realización personal que por ahí les viene y yo, no puedo más, no debo más, que comprenderlo. Aplaudirlo también, sonreír y celebrar por todo lo alto, porque con todo se aprende, se pasa el rato y se divierte uno, cúmulo incansable de fe, paz, amor y más amor, incluso para los que me hacen daño, y todo porque dejan de interesarme.

Y esto que cuento brevemente, nada pesa sobre mi alma ya, sé que algún día celebraré el día de San Valentín con un caballero valiente, decente, inteligente, que me quiera con todo lo que soy, con mi madre dominante, mis mascotas, mis pequeñas enfermedades, mis noches de insomnio y mi pequeño sobrepeso, que espero algún día dejar de tener.

Así de sencillo lo cuento, en este cuento no quiero liarme demasiado, es agua fresca del manantial de Ollykantell, que todos comprenderán.

Sé que sí, que el amor de un valiente está por venir, porque me lo merezco, porque guardé mi fe y no la derroché ni la he invertido en los deshonestos.

Mi futuro estará lleno de claveles blancos y frescas orquídeas, no cortadas, lucirán en un parque hermoso y grande, me llenarán la vida y sacarán de las tinieblas, de este mundo de injustos, interesados, desvergonzados, cobardes.

Allá está él y es agua clara y claro será nuestro amanecer en Khujilelt. Allá le veo con sus ojos de cielo y su pelo rizo moviéndose como las olas del mar a causa del fuerte viento, aquel que me empujará, sin yo saber, hacia él, porque es el hombre que Dios guardaba para mí y que se refleja ciertamente en la palma de mi mano.

Mi madre se casó con un hombre mayor y fue feliz, él la quería, cuidaba y mimaba. Algo similar era lo que yo buscaba para mí, pero mi vida no fue como la de ella, porque las historias no se repiten siempre y somos diferentes.

Cuando era niña, el día de San Valentín había una gran cena y baile. Ellos se movían por toda la sala moviendo sus esqueletos con sabor, energía, sonrisas, sus ojos estaban iluminados y yo estaba como en una tímida nube, pensando en mi día de mañana, de casada. Quería ser igual a ellos, estar bailando sin pensar que me veían los familiares, que podía tropezar, que me felicitarían al final de la danza por lo bien que lo había hecho y lo mucho que había disfrutado.

Mi tía se casó enamorada y así estuvo hasta el final, cuando se murió él, le cuidó de lo mejor hasta su último aliento, que se fue con un tierno beso que ella le propició sobre sus labios…

Jamás pelearon, jamás se levantaron la voz, cooperaban el uno con el otro, eran mágicos y esa unión me hacía más fuerte, más unida a ellos, me hacía pisar más firme el terreno infértil de las tierras en que naciera y hablar con mayor seguridad sobre todos los temas.

Eran ellos los que me mantenían con ilusión, no sólo se la debía a mis padres, mis tíos también celebraban su felicidad, porque la había, y me la hacían sentir fuerte, adentro, como una bendición divina y única. Sin embargo mi prima Juillitté vivió una peor situación, su matrimonio fue un recorrido lleno de sinsabores, con una hija a cuestas se marchó con otro hombre lejos, muy lejos, pues él la amenazara de muerte y tuvo miedo.

Afortunadamente ahora están separados, cada uno en un pueblo y no se hablan. Con su segundo marido dice ser feliz, pero duermen en camitas separadas, no sé el motivo, no lo veo muy normal, pero no pienso preguntarles nada.

Allá ellos que sigan su curso hasta donde les lleve el destino, su destino, aquel que nos marca a fuego, que nos une y nos separa, tal vez… Entiendo que lo suyo, son secretos de matrimonio, que buscan la comodidad durmiendo, o que dan muchas vueltas en la cama y por eso se separan para bien dormir. Lo importante es que también celebran el día de los enamorados, debe ser que aún hay fuego en su relación.

De todo hay en las familias, lo de Juillitté Dhurraé es el primer divorcio que conozco en la mía. Yo no quiero lo mismo para mí, quiero una unión fuerte, que perdure, grata, inocente, verdadera, celestial y en la que haya comprensión, bienestar y olvido del pasado, de Rheiphy, Eilphujs, Vhidallí y otros de los que no he hablado porque quiero ser muy breve.

Rheiphy, Eilphujs Mhejew, Vhidallí Phuallé, no son hijos de un “Sol fuerte”, son cobardes, no valientes, no les llegará el día de San Valentín a sus salones de casa, porque no saben que es amar a pleno pulmón, a los cuatro vientos, con todas las fuerzas del corazón, sin importarles nada, a toda costa, contra viento y marea, sin importarles el qué dirán.

De todas formas, felicidades a todos los enamorados, yo siempre lo he estado de uno u otro, es grato, es divertido, me gusta. Se puede llegar a olvidar y lo siempre bueno es esperar que los amigos de las nubes se acuerden de ti y que algún día, con una maravillosa luz mágica, la unión entre dos seres sea posible, sencilla, no breve, como lo que cuento, sino eterna y de novela, sin mentiras ni robos ni desafíos que no llevan a ninguna parte, ni comparaciones ni dudas.

Mi mensaje es de esperanza para todos, porque sé que se puede tener, que hay muchos hombres, que se aprende por el camino y lo aprendido no debe olvidarse, que somos hijos de Dios y que nos ayudará ya que San Valentín desea que todos, en especial aquellos que tuvimos difícil una relación estable, celebremos en su día nuestros dulces instantes de amor, gloria y felicidad.

Un día no muy lejano, con lo sabido seremos “solares”, quizás por serlo hemos tenido estas conductas que otros no comprenderán jamás, de la que otros se reirán y no adoptarán, pena, porque no saben que sólo a “los hijos del sol”, les está guardada la verdadera felicidad.

Breve y sencilla esta historia, que nadie se canse de leerla ni deje huella en nadie, no la he escrito para eso. Que nadie se burle de ella tampoco porque le haya ido muy bien, porque le falta una “parte dos”, y que no la critiquen porque fue vivida desde la perspectiva de una mujer de fe, que deseó celebrar por todo lo alto el día de su amor.

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