• Pedro García Cueto
    En el laberinto del ser

    Carlos Fuentes

    por Pedro García Cueto

CARLOS FUENTES: EL ESCRITOR Y SUS IDEAS, HOMENAJE A SU FIGURA


Carlos Fuentes fue un escritor mexicano de vasta cultura, cuya forma de enfocar el mundo está llena de la lucidez de los hombres que conocen, a través de muchos viajes, el verdadero latido de la humanidad. Su muerte, el 15 de mayo del 2012 , deja un gran vacío en las letras hispanoamericanas.

Nació en Panamá en 1928 (aunque muchos creen que es mexicano por haber vivido allí mucho tiempo, aunque ahora reside en Londres). Estudió en Estados Unidos, México, Montevideo, Buenos Aires, Santiago de Chile, Río de Janeiro y Ginebra. Fue delegado de México ante los organismos internacionales con sede en Ginebra y embajador de México en España.

Fuentes recibió numerosos premios, entre los que destacan el Nacional de Literatura de México en 1984, el Cervantes, en 1987 y el Príncipe de Asturias de las Letras, en 1994. Ha sido condecorado con la Legión de Honor francesa en 1992.

Publicó una extensa obra en prosa y muchos ensayos, entre otros, los libros de relatos Los días enmascarados (1954), Cantar de ciegos (1964) y Agua quemada (1981) y las novelas La región más transparente (1958), una verdadera radiografía de México y de sus habitantes, Las buenas conciencias (1959), La muerte de Artemio Cruz (1962), donde usó con maestría el monólogo interior para contarnos la existencia última de Artemio Cruz, su muerte inminente, que le lleva al recuerdo y a un análisis hondo y profundo por su propio cuerpo, Cambio de piel (1967), Terra nostra (1975), Gringo viejo (1985), que fue llevada al cine por el excelente actor Gregory Peck y con la siempre brillante Jane Fonda, Diana o la cazadora solitaria (1994) Los años con Laura Díaz (1999) e Instinto de Inez (2001). No hay que olvidar sus novelas cortas, El naranjo (1993) y ensayos tan interesantes como Cervantes o la crítica de la lectura (1976).

Hay muchos más libros, pero he querido hacer una síntesis de una obra rica y compleja, que le emparenta, sin duda alguna, con escritores y pensadores de la talla de Octavio Paz o García Márquez.
Mi interés radica no en hablar de sus novelas, sino en un libro titulado En esto creo, donde Fuentes hace una valoración de las principales prioridades de su vida, un libro que sirve para conocer su pensamiento, el cual es enormemente interesante, porque planea en él su cultura y su experiencia vital.

Trata muchos temas en este libro, desde los generales como la amistad o el amor, a los esencialmente literarios como su predilección por Balzac o Faulkner, pero también la política, sobre la izquierda o sus ideas sobre México. Por ello, el libro es un mosaico donde conviven muchas escrituras, pero donde confluyen todas ellas en un mismo río, el pensamiento crítico y sabio del escritor panameño.

He elegido, sería exhaustivo dedicarme a cada una de sus apreciaciones, tres asuntos muy candentes y sangrantes, la educación, la globalización y la izquierda. Pero también me detengo a contemplar sus ideas sobre Faulkner y Kafka, dos de los grandes de nuestro pasado siglo y México, donde Fuentes nos ofrece la mirada de un hombre que conoce la historia de un país que ha sufrido el peso del tiempo, la colonización, la devastación de sus pasadas culturas, pero que conserva ese espíritu de alta civilización que no ha de perder nunca, sin olvidar que la violencia ha hecho mella, de forma sangrante, en ese hermoso país.

Sobre la educación, Fuentes acierta al considerar que el atraso de los países latinoamericanos viene por la falta de recursos económicos, un lastre que está afectando a toda Europa, la educación hoy sufre una situación terrible, al no ser importante para los políticos de turno, sino solo un medio de confrontación: “Creo que la educación debe ser un proyecto público apoyado por el sector privado y dinamizado por el sector social. Su base es la educación primaria: que ningún hombre o mujer de dieciséis años o menos se encuentre sin pupitre. Su meta es la educación vitalicia: que ningún ciudadano deje jamás de aprender” (p. 70).

La idea de la educación para llenar el vaso de nuestra vida ya prevalece en el espíritu de la Ilustración, a la que invoca Fuentes en estas acertadas palabras, sin ese esfuerzo, el sistema fracasará estrepitosamente, los valores deben ser cimentados desde la cuna, desde los medios informativos, desde la educación en casa, para hacer de los ciudadanos gente culta y responsable de sus actos.

No es menos brillante su forma de ver la globalización, ese afán que ha hecho del capitalismo un medio de poder, que ha sustentado toda vida humana en lo económico, despreciando otros valores esenciales:
“La globalización puede instalarnos en un mundo indeseable dominado por la lógica especulativa, el olvido del ser humano concreto, el desprecio hacia el capital social, la burla de los restos de soberanías nacionales ya heridas profundamente, la destitución del orden internacional y la consagración del capitalismo autoritario como forma expedita de seguridad, sin necesidad de mejores explicaciones” (p. 104).

Para evitar esa catástrofe, Fuentes acude a la idea de una globalización controlada, que no olvide al ser humano, que le hace partícipe de las decisiones económicas, la presencia de culturas diversificadas que no olviden que lo que nos rodea puede ser solo vacuo, si no contamos con el ser humano y su cultura, apoyada, claro está, con la educación.

¿Y la izquierda? ¿Considera Fuentes que ya ha llegado a sus metas o ha perdido ya su credibilidad, tras las dictaduras de Stalin y Castro, por poner dos ejemplos sangrantes de nuestro tiempo? Fuentes nos dice lo siguiente, acerca de esa nueva izquierda europea, que busca terminar con el pasado, con los totalitarismos de la antigua izquierda:

“Si algo une a la nueva izquierda europea es su decisión de sujetar la globalización a la ley y la política. El “darwinismo global” sólo genera inestabilidad, crisis financiera y desigualdades crecientes. La misión de la nueva izquierda es controlar la globalización y regular drásticamente los conflictos que de ella se derivan” (p. 141).

Para Fuentes, esta nueva izquierda es el compromiso de partidos que buscan el bienestar social, ahora mermado terriblemente por los últimos recortes, curiosamente, de gobiernos de izquierda, porque el mercado está por encima de ellos y de sus ideas, como muestra nuestro gobierno español y los últimos recortes sociales.

Fuentes fue demasiado idealista, ya que creía en una izquierda que no se someta a lo económico y a la globalización, pero esto no está ocurriendo en la realidad, lo que está agravando los conflictos sociales.

Lejos de todo tema político, dejo sus impresiones sobre dos genios: Faulkner, un escritor que construyó un mundo propio, con una prosa muy rica y de gran calado emocional, y Kafka, donde la denuncia de los totalitarismos ha quedado claramente manifestada en una obra apasionante y muy crítica con su siglo. De Faulkner dice Fuentes, como claro deudor de ese mundo que cala en libros tan lúcidos como La región más transparente, donde el escritor panameño nos regala toda una radiografía del mundo mexicano, con sus luces y sus sombras:

“Porque Faulkner va más allá de la crítica para alcanzar la tragedia. Está y no está solo. Franz Kafka y Samuel Beckett son, acaso, los otros dos escritores trágicos del siglo pasado” (p. 93).

La tragedia se halla en novelas que pesan como losas, donde adivinamos el dolor incesante del ser humano, la brutal imagen de la violación en Santuario o la confesión demoledora de la enfermedad y la muerte del núcleo familiar en Mientras agonizo, la visión del americano del Sur de Estados Unidos como seres que viven en lo hondo la presión de una Naturaleza que los oprime, donde el calor asfixiante les convierte en fieras unos contra otros, lo que nos recuerda al maestro Tenessee Williams y a sus dramas sureños.

Pero Kafka refleja para Fuentes un escritor trágico, como lo fue la desgraciada vida del novelita checo, así lo describe acerca del individuo, sometido a la máquina brutal del poder: “El individuo en Kafka es un parásito, escribe Hopenhayn, que quisiera dejar de serlo pero que, a pesar suyo, revela el mundo de parásitos que el sistema requiere para ejercer el poder” (p. 159).

Triste verdad, porque Kafka crea personajes que solo contienen iniciales y que son deglutidos por un poder invisible que les cosifica irremediablemente, de ahí surge el espíritu trágico que contienen sus demoledoras novelas, como es el caso de J. en El proceso o K. en El castillo.

Por último, Fuentes, con su sabiduría, se adentró en el México que ha conocido, ese país denso y profundo, país que no se encuentra en la modernidad, donde conviven los ritos con una historia apasionante que se filtra en cada poro del visitante a las tierras del antiguo mundo azteca: “Siempre llegamos tarde a la civilización, dijo Alfonso Reyes. Y es, en cierto modo, bastante cierto. Fernando Benítez decía que no habíamos sido capaces de inventar un solo objeto servible para el mundo moderno. Somos, sin embargo, grandes improvisadores, componemos cosas rotas, conectamos claves y secuestramos luces, resucitamos gallos en los palenques y sabemos cocinar cuanto la naturaleza ofrece: somos los chefs de cuisine de la pobreza” (p. 180).

No hay que olvidar la presencia del mexicano en los Estados Unidos, su dedicación a trabajos más duros, pero también su búsqueda de aquello que alegre la vida, sin poder abandonar, como diría muy bien Octavio Paz, un mundo de sombras que siempre contiene el mexicano en la mirada, en pos de su identidad.

Habla en una parte de este capítulo de la belleza de los niños mexicanos, de la cortesía del ciudadano de México, porque Fuentes se siente mexicano hasta la médula, porque conoce la vida interior que hay en cada rincón del país.

Quizá, desde este hermoso libro, donde más me he sentido conmovido, es en el recuerdo de su hijo muerto en plena juventud, Carlos, artistas precoz, pero aquejado de una enfermedad incurable, que le precipitó a la muerte, honda y negra que a todos nos espera, en plena vida. “Carlos realizó su trayecto artístico con urgencia, con alegría, con dolor, pero sin una sola queja. Sus ojos profundos, brillantes a veces, ausentes otras, nos decía que el dolor individual de nuestro cuerpo es no sólo intransferible, sino inimaginable para los demás. Si no lograba transmitirlo en un poema o una pintura, el dolor permanecería siempre mudo, solitario, dentro del cuerpo suficiente” (p. 121).

En estas líneas encuentro la enorme humanidad de este padre dolido hasta en el tuétano, por la muerte, injusta como todas las que llegan en plena juventud, de un ser prodigioso al que amó con toda la hondura de su ser. Me atrevo a decir que este libro dice más del escritor que muchas de sus novelas sin que, por ello, éstas pierdan interés, sino que se acrecienta por el poderoso impulso que hay detrás de las páginas de sus libros, el ímpetu de un verdadero escritor, culto y de prosa brillante, como muchos de los novelistas de la generación del boom de los sesenta (García Márquez, Vargas Llosa, Bryce Echenique, etc.) y de un gran ser humano. Su muerte, a los ochenta y tres años, el 15 de mayo de este año, nos deja huérfanos de un escritor de gran obra y de un hombre de talento poco común, hecho con los mimbres de la inteligencia y de su gran humanidad. Leer sus libros es el mayor homenaje que podemos hacer a tan gran hombre de las letras.

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